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La magia es poder
A medida que avanzaba agosto, el descuidado rectángulo de césped que había en el
centro de Grimmauld Place iba marchitándose al sol hasta quedar reseco y marrón.
Los muggles que vivían en las casas vecinas de esa plaza nunca habían visto a los
inquilinos del número 12 ni la casa en sí, pero hacía mucho tiempo que habían
aceptado el gracioso error de numeración, en virtud del cual los números 11 y 13 eran
colindantes.
Y sin embargo, la plaza atraía un goteo de visitantes que, por lo visto,
consideraban esa anomalía de lo más intrigante. Así pues, no pasaba ni un día sin que
una o dos personas llegaran a Grimmauld Place con el único propósito (al menos
aparentemente) de apoyarse en la pequeña valla que cercaba la plaza, frente a los
números 11 y 13, y observar la unión de las dos casas. Esos individuos nunca eran los
mismos, aunque todos solían vestir de una forma muy rara. La mayoría de los
londinenses que pasaban por allí, acostumbrados a ver personajes excéntricos, no se
fijaban mucho en ellos, aunque de vez en cuando algún viandante volvía la cabeza y
se preguntaba cómo se le ocurría a alguien salir a la calle con una capa tan larga, visto
el calor que hacía.
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No obstante, parecía que esos observadores no obtenían mucha satisfacción de su
vigilancia. A veces, alguno echaba a correr hacia los edificios, como si por fin
hubiera visto algo interesante, pero siempre regresaba decepcionado.
El 1 de septiembre merodeaba más gente que nunca por la plaza. Ese día,
ataviados con largas capas, había media docena de individuos en actitud alerta
escudriñando con esmero los números 11 y 13, pero lo que esperaban ver seguía
ocultándose. Al anochecer cayó un inesperado y frío aguacero por primera vez en
varias semanas, y entonces se produjo uno de aquellos inexplicables momentos en
que los mirones parecían haber visto algo fascinante: el hombre de la cara deforme
señaló los edificios y el que estaba más cerca de él, un tipo pálido y gordinflón, hizo
ademán de correr hacia allí, pero un instante más tarde ambos volvían a estar
inmóviles, con aspecto frustrado.
Entretanto, Harry entraba en el vestíbulo del número 12. Había estado a punto de
perder el equilibrio al aparecerse en el escalón de la puerta de la calle, y temió que los
mortífagos le hubieran visto un codo que se le había salido un instante de la capa
invisible. Cerró la puerta con cuidado y se quitó la capa; se la colgó del brazo y cruzó
el tétrico vestíbulo hacia la puerta que conducía al sótano; en la mano llevaba un
ejemplar robado de El Profeta.
Lo recibió el habitual susurro: «¿Severus Snape?» Acto seguido, lo envolvió la
ráfaga de aire frío y la lengua se le enrolló.
—Yo no te maté —dijo Harry en cuanto la lengua se le hubo desenrollado, y
contuvo la respiración mientras explotaba la figura de polvo. Se dispuso a bajar la
escalera que conducía a la cocina y, cuando la señora Black ya no podía oírlo y se
hubo librado de la nube de polvo, gritó—: ¡Tengo noticias, y no os gustarán!
La cocina estaba casi irreconocible, pues todo relucía de limpio: habían sacado
brillo a los cacharros de cobre, que destellaban como si fueran nuevos; la mesa de
madera resplandecía, y las copas y los vasos que había en la mesa preparada para la
cena reflejaban el alegre y chispeante fuego de la chimenea, sobre el que hervía un
caldero. Sin embargo, nada en la estancia había cambiado tanto como el elfo
doméstico que, envuelto en una toalla inmaculadamente blanca, con el pelo de las
orejas tan limpio y esponjoso como el algodón y el guardapelo de Regulus
rebotándole sobre el delgado pecho, se acercó corriendo a Harry.
—Quítese los zapatos, por favor, amo Harry, y lávese las manos antes de cenar —
pidió Kreacher con su ronca voz; le cogió la capa invisible y se puso de puntillas para
colgarla de un gancho en la pared, junto a unas túnicas viejas recién lavadas.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Ron con aprensión. Hermione y él estaban
examinando un montón de notas garabateadas y mapas trazados a mano, esparcidos
por un extremo de la larga mesa de la cocina, pero levantaron la cabeza cuando Harry
se acercó y puso el periódico encima de los trozos de pergamino.
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Una gran fotografía de un hombre de nariz ganchuda y pelo negro los miró con
fijeza, bajo un titular que rezaba:
SEVERUS SNAPE, NUEVO DIRECTOR DE HOGWARTS
—¡Nooo! —exclamaron Ron y Hermione.
Hermione fue la más rápida: agarró el periódico y empezó a leer en voz alta:
—«Severus Snape, hasta ahora profesor de Pociones del Colegio Hogwarts de
Magia y Hechicería, ha sido nombrado hoy director. Su nombramiento es el más
importante de una serie de cambios en la plantilla del antiguo colegio. Tras la
dimisión de la anterior profesora de Estudios Muggles, Alecto Carrow asumirá su
cargo, mientras que su hermano Amycus ocupará el puesto de profesor de Defensa
Contra las Artes Oscuras. "Agradezco esta oportunidad para conservar nuestras
mejores tradiciones y nuestros valores mágicos"»… ¡Ya, como cometer asesinatos y
cortarle las orejas a la gente! ¡Snape director! ¡Snape en el despacho de Dumbledore!
¡Por las calzas de Merlín! —chilló Hermione, y los dos chicos se sobresaltaron. Ella
se levantó de la silla y salió en tromba de la estancia, gritando—: ¡Vuelvo enseguida!
—¿Por las calzas de Merlín? —repitió Ron, divertido—. Debe de estar muy
enfadada. —Cogió el periódico y, tras leer detenidamente el artículo sobre Snape,
comentó—: Los otros profesores no lo permitirán; McGonagall, Flitwick y Sprout
saben la verdad, saben cómo murió Dumbledore. No aceptarán a Snape como
director. Oye, ¿y quiénes son esos Carrow?
—Mortífagos. Dentro hay fotografías suyas. Se hallaban en la torre cuando Snape
mató a Dumbledore; están todos compinchados. Y no creo que los demás profesores
puedan hacer otra cosa que quedarse en Hogwarts —añadió Harry con amargura,
acercando una silla a la mesa—. Si el ministerio y Voldemort apoyan a Snape,
tendrán que elegir entre quedarse y enseñar o pasar unos años en Azkaban, y eso si
tienen suerte. Supongo que se quedarán e intentarán proteger a los alumnos.
Kreacher se acercó muy animado a la mesa con una gran sopera y, silbando entre
dientes, sirvió el potaje con el cucharón en unos impolutos cuencos.
—Gracias, Kreacher —dijo Harry, y volvió El Profeta para no verle la cara a
Snape—. Bueno, al menos ahora ya sabemos con toda certeza en qué bando está.
Empezó a tomar la sopa. Las habilidades culinarias de Kreacher habían mejorado
notablemente desde que le habían regalado el guardapelo de Regulus; la sopa de
cebolla de esa noche, por ejemplo, era la mejor que Harry había probado jamás.
—Todavía hay muchos mortífagos vigilando la plaza —le dijo a Ron mientras
comía—, más de lo habitual. Parecen estar esperando vernos salir cargados con los
baúles del colegio y dirigirnos hacia el expreso de Hogwarts.
—Llevo todo el día pensando en eso —comentó Ron y consultó su reloj—. El
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tren salió hace casi seis horas. Qué raro no estar en él, ¿verdad?
Harry visualizó la locomotora de vapor roja, como la vio el día que Ron y él la
perseguían por el aire, reluciendo entre campos y colinas, semejante a una ondulada
oruga escarlata. Estaba seguro de que Ginny, Neville y Luna estarían sentados en el
mismo compartimento en ese preciso instante, preguntándose quizá dónde se habían
metido sus tres amigos, o debatiendo la mejor manera de minar el nuevo régimen de
Snape.
—Casi me han visto cuando llegué —explicó Harry—. No caí bien en el escalón
y se me resbaló un poco la capa.
—A mí siempre me pasa. ¡Ah, mira, ya está aquí! —exclamó Ron cuando
Hermione reapareció en la cocina—. ¿Se puede saber, en nombre de los calzones más
andrajosos de Merlín, qué te ha pasado?
—Me he acordado de esto —dijo ella con la respiración agitada.
Traía un gran lienzo enmarcado que apoyó en el suelo. Cogió su bolsito bordado
con cuentas del aparador de la cocina, lo abrió y, aunque era imposible que el cuadro
cupiera, se dispuso a meterlo dentro. Unos segundos más tarde había desaparecido en
las profundidades del diminuto bolso, como tantas otras cosas.
—Phineas Nigellus —explicó, y dejó el bolso encima de la mesa con el habitual
estrépito.
—¿Cómo dices? —se asombró Ron.
Pero Harry lo había entendido: la imagen pintada de Phineas Nigellus Black era
capaz de trasladarse desde el retrato de Grimmauld Place hasta el que colgaba en el
despacho del director de Hogwarts, en la estancia circular de la parte superior de la
torre donde, sin duda, Snape estaría sentado en ese mismo momento, triunfante y
satisfecho de poseer la colección de delicados y plateados instrumentos mágicos de
Dumbledore, el pensadero de piedra, el Sombrero Seleccionador y, a menos que la
hubieran llevado a otro sitio, la espada de Griffyndor.
—Snape podría enviar a Phineas Nigellus a espiar aquí —explicó Hermione
mientras se sentaba—. Pero que lo intente ahora, porque lo único que verá Phineas
Nigellus será el interior de mi bolso.
—¡Bien pensado! —soltó Ron, impresionado.
—Gracias —repuso Hermione con una sonrisa, y se acercó su cuenco de sopa—.
Bueno, Harry, ¿qué novedades hay hoy?
—Ninguna. He pasado siete horas vigilando la entrada del ministerio. Ni rastro de
ella. Pero he visto a tu padre, Ron. Me ha parecido que estaba bien.
Ron asintió agradeciendo esa noticia. Habían acordado que era demasiado
peligroso intentar comunicarse con el señor Weasley cuando éste entrara o saliera del
ministerio, porque siempre iba rodeado por otros empleados. Sin embargo, era
tranquilizador verlo, aunque fuera brevemente y a pesar de que tuviera aspecto de
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cansancio y nerviosismo.
—Mi padre siempre nos decía que la mayoría de los empleados del ministerio
utilizan la Red Flu para ir al trabajo —comentó Ron—. Por eso no hemos visto a
Umbridge; seguro que nunca va a pie, se cree demasiado importante.
—¿Y qué me dices de esa bruja estrambótica y del mago bajito de la túnica azul
marino? —preguntó Hermione.
—Ah, sí, el tipo de Mantenimiento Mágico —dijo Ron.
—¿Cómo sabes que trabaja en ese departamento? —inquirió la chica con una
cucharada de sopa suspendida ante la boca.
—Porque mi padre decía que los empleados de Mantenimiento Mágico llevan
túnicas azul marino.
—¡Nunca lo habías comentado!
Hermione dejó la cuchara en el plato y acercó el montón de notas y mapas que
estaban examinando antes de la llegada de Harry.
—¡Aquí no pone nada de túnicas azul marino! —protestó mientras revisaba
febrilmente las hojas.
—Bueno, ¿qué importancia tiene eso?
—¡Claro que importa, Ron! ¡Si queremos entrar en el ministerio sin que nos
descubran, mientras ellos están en máxima alerta respecto a cualquier intruso,
importa hasta el detalle más insignificante! Llevamos días dándole vueltas al asunto,
pero ¿de qué van a servir todos estos viajes de reconocimiento si tú no te molestas en
contarnos que…?
—Caray, Hermione, por una cosa que se me olvida…
—¿No te das cuenta de que seguramente no podríamos estar en ningún otro lugar
más peligroso que en el Ministerio de…?
—Creo que deberíamos hacerlo mañana —la interrumpió Harry.
Hermione se detuvo en seco con la boca abierta, y Ron se atragantó un poco con
la sopa.
—¿Mañana? —repitió Hermione—. No lo dirás en serio, ¿verdad, Harry?
—Sí, lo digo en serio. No creo que vayamos a estar mejor preparados de lo que
estamos ahora, aunque nos pasemos otro mes entero vigilando la entrada del
ministerio. Cuanto más lo retrasemos, más lejos podría estar ese guardapelo. Ya hay
muchas probabilidades de que Umbridge se haya deshecho de él, porque no se abre.
—A menos —intervino Ron— que haya encontrado la manera de abrirlo y que
ahora esté poseída.
—A ella no se le notaría mucho, porque siempre ha sido rematadamente mala —
repuso Harry y, dirigiéndose a Hermione, que estaba muy concentrada mordiéndose
los labios, continuó—: Ya sabemos lo más importante, es decir, que no se puede
entrar ni salir del ministerio mediante Aparición, y que sólo a quienes ocupan un
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cargo de responsabilidad se les permite conectar sus hogares a la Red Flu, porque
Ron oyó a esos dos inefables quejarse de ello. Y también sabemos, más o menos,
dónde está el despacho de Umbridge, por lo que tú oíste que ese tipo barbudo le
comentaba a su amigo…
—«Voy a la primera planta; Dolores quiere verme» —recitó Hermione.
—Exacto. E igualmente sabemos que se entra utilizando esas extrañas monedas, o
fichas o lo que sean, porque yo sorprendí a esa bruja pidiéndole prestada una a su
amiga…
—¡Pero nosotros no tenemos ninguna!
—Si el plan funciona, las tendremos —declaró Harry con serenidad.
—No sé, Harry, no sé si… Hay muchas cosas que podrían salir mal, dependen
tanto del azar…
—Eso no cambiará aunque pasemos otros tres meses preparándonos. Ha llegado
el momento de entrar en acción.
Harry comprendió, por la expresión de sus amigos, que estaban asustados. Él
tampoco las tenía todas consigo, pero estaba seguro de que había llegado la hora de
poner en práctica su plan.
Habían pasado las cuatro semanas anteriores turnándose para ponerse la capa
invisible y espiar la entrada principal del ministerio, que Ron, gracias a su padre,
conocía desde su infancia. Del mismo modo habían seguido a varios empleados del
ministerio, escuchado sus conversaciones y descubierto, mediante una atenta
observación, quiénes solían aparecer solos a la misma hora todos los días. De vez en
cuando birlaban un ejemplar de El Profeta de algún maletín, y, poco a poco, trazaron
los mapas y tomaron las notas que ahora se amontonaban delante de Hermione.
—Está bien —dijo Ron con cautela—, supongamos que lo hacemos mañana…
Creo que deberíamos ir Harry y yo.
—¡Va, no vuelvas a empezar! —le espetó Hermione suspirando—. Creía que eso
ya había quedado claro.
—Una cosa es merodear por las entradas protegidos por la capa invisible, pero
esto es diferente, Hermione. —Ron hincó un dedo en un ejemplar de El Profeta de
diez días atrás—. ¡Tú estás en la lista de hijos de muggles que no se han presentado
voluntarios para ser interrogados!
—¡Y tú se supone que estás muriendo de spattergroit en La Madriguera! Si hay
alguien que no debería ir, ése es Harry, por cuya cabeza están dispuestos a pagar diez
mil galeones…
—Vale, yo me quedo aquí. Ya me avisaréis si conseguís derrotar a Voldemort,
¿eh?
Mientras Ron y Hermione reían, Harry sintió una fuerte punzada en la cicatriz. Se
llevó una mano a la frente, pero, al ver que Hermione lo miraba con desconfianza,
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intentó disimular el movimiento apartándose un mechón de cabello.
—Bueno, si vamos los tres, tendremos que desaparecernos por separado —decía
Ron—. Ya no cabemos todos debajo de la capa invisible.
A Harry cada vez le dolía más la cicatriz. Se levantó y Kreacher fue rápidamente
hacia él.
—El amo no se ha terminado la sopa. ¿Prefiere el sabroso estofado, o la tarta de
melaza que al amo tanto le gusta?
—No, Kreacher, gracias. Vuelvo enseguida. Voy… al lavabo.
Harry, consciente de que Hermione no le quitaba ojo, subió a toda prisa la
escalera que llevaba al vestíbulo, y de ahí al primer piso. Cuando por fin logró
encerrarse en el cuarto de baño, se desplomó gimiendo de dolor sobre el lavamanos
negro, de grifos en forma de serpiente con la boca abierta, y cerró los ojos…
Avanzaba como deslizándose por una calle en penumbra, donde los altos tejados
de los edificios que la flanqueaban eran de madera a dos aguas; parecían casitas de
chocolate.
Se acercó a una de ellas, y entonces su blanca mano de largos dedos resaltó contra
la oscura puerta. Llamó. Sentía una emoción cada vez mayor…
Se abrió la puerta y apareció una mujer risueña, pero, al ver la cara de Harry, se
puso seria y su expresión jovial se trocó en una mueca de terror…
—¿Está Gregorovitch? —preguntó una voz fría y aguda.
La mujer negó con la cabeza e intentó cerrar la puerta. Una blanca mano se
interpuso, impidiéndole cerrarla…
—Quiero ver a Gregorovitch.
—Er wohnt hier nicht mehr! —gritó ella sacudiendo la cabeza—. ¡Él no vivir
aquí! ¡No vivir aquí! ¡Yo no conocer!
La mujer desistió de cerrar la puerta y retrocedió por el oscuro vestíbulo. Harry la
siguió, siempre deslizándose, y su mano de largos dedos sacó la varita mágica.
—¿Dónde está?
—Das weis ich nicht! ¡Él irse! ¡Yo no saber, no saber!
Harry levantó la varita y la mujer chilló. Dos niños pequeños llegaron corriendo
al vestíbulo y ella intentó protegerlos con los brazos. Hubo un destello de luz verde…
—¡Harry! ¡HARRY!
El muchacho abrió los ojos y comprobó que había caído al suelo. Hermione
golpeaba la puerta.
—¡Abre, Harry!
«He gritado en sueños», pensó. Se levantó y descorrió el pestillo de la puerta.
Hermione entró tropezando, recuperó el equilibrio y miró alrededor con
desconfianza. Ron apareció agitado detrás de ella y apuntó con la varita a los rincones
del frío cuarto de baño.
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—¿Qué hacías? —preguntó Hermione con severidad.
—¿Tú qué crees? —replicó Harry con un tono bravucón nada convincente.
—¡Chillabas como un condenado! —le espetó Ron.
—Oh, es eso… Debo de haberme quedado dormido, o…
—¿Nos tomas por tontos, Harry? —terció Hermione—. Sabemos que en la cocina
te dolía la cicatriz, y estás blanco como la cera.
El chico se sentó en el borde de la bañera.
—Está bien, tienes razón —cedió—. Acabo de ver cómo Voldemort mataba a una
mujer. A estas alturas ya debe de haber acabado con toda la familia. Y no tenía
ningún motivo para hacerlo. Ha sido como lo de Cedric: ellos estaban allí y…
—¡No debes permitir que esto vuelva a pasar, Harry! —le recriminó Hermione
con vehemencia—. ¡Dumbledore quería que utilizaras la Oclumancia porque creía
que esa conexión era peligrosa! ¡Voldemort puede utilizarla, Harry! ¿De qué te sirve
ver cómo él tortura y mata, en qué puede ayudarte?
—Así sé lo que hace —se defendió.
—Entonces, ¿ni siquiera tratarás de cerrarle el paso a tu mente?
—No puedo, Hermione. Ya sabes que la Oclumancia se me da muy mal, nunca
llegué a entender cómo funciona.
—¡Porque nunca lo intentaste de verdad! —replicó ella, acalorada—. No lo
entiendo, Harry. ¿Acaso te gusta tener esa conexión o relación o… como quieras
llamarla?
Vaciló al ver la mirada que Harry le dirigió al levantarse.
—¿Gustarme, dices? —musitó el chico—. ¿A ti te gustaría?
—Yo no… Lo siento, no quería…
—La odio. Detesto que él pueda meterse dentro de mí, detesto tener que verlo
cuando más sanguinario se muestra. Pero voy a utilizarla.
—Sin embargo, Dumbledore…
—Olvídate de Dumbledore. Esto es asunto mío y de nadie más. Quiero saber por
qué busca a Gregorovitch.
—¿A quién?
—Es un fabricante de varitas extranjero —explicó Harry—. Confeccionó la varita
de Krum, y éste asegura que es muy bueno.
—Pero, según tú —intervino Ron—, Voldemort tiene a Ollivander encerrado en
alguna parte. Si ya tiene a un fabricante de varitas, ¿para qué necesita a otro?
—Quizá piensa como Krum y considera que Gregorovitch es mejor. O quizá cree
que Gregorovitch podrá explicarle lo que hizo mi varita cuando él me perseguía,
porque Ollivander no supo aclarárselo.
Harry echó un vistazo al resquebrajado y sucio espejo, y vio a Ron y Hermione
intercambiando miradas de escepticismo a sus espaldas.
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—Harry, no paras de hablar de cómo actuó tu varita —dijo la chica—, pero lo
hiciste tú. ¿Por qué te empeñas en no asumir tu propio poder?
—¡Porque estoy seguro, y Voldemort también lo está, de que no fui yo,
Hermione! ¡Él y yo sabemos qué ocurrió en realidad!
Se miraron fijamente a los ojos; Harry sabía que no la había convencido y que
ahora ella estaba ordenando sus argumentos para rebatirle la teoría de la actuación de
la varita y el hecho de que siguiera metiéndose en la mente de Voldemort. Por ello
sintió alivio cuando Ron intervino:
—Déjalo, Hermione. Que haga lo que quiera. Además, si tenemos que ir mañana
al ministerio, ¿no crees que deberíamos repasar el plan?
Hermione cedió a regañadientes, pero Harry sabía que volvería a la carga en
cuanto se le presentara una oportunidad.
Regresaron a la cocina del sótano, donde Kreacher les sirvió estofado y tarta de
melaza.
Esa noche no se acostaron hasta muy tarde, tras pasar horas repasando una y otra
vez su plan, hasta que lograron recitárselo a la perfección unos a otros. Harry, que
desde hacía unos días dormía en la habitación de Sirius, se tumbó en la cama y con la
varita mágica iluminó la vieja fotografía en la que aparecían su padre, Sirius, Lupin y
Pettigrew. Dedicó unos minutos más a memorizar el plan. Sin embargo, cuando
apagó la varita no pensaba en la poción multijugos, ni en las pastillas vomitivas, ni en
las túnicas azul marino de los empleados de Mantenimiento Mágico, sino en
Gregorovitch, el fabricante de varitas, y se preguntó cuánto tiempo conseguiría
ocultarse mientras Voldemort lo buscaba con tanta determinación.
El amanecer sucedió a la medianoche a velocidad de agravio.
—Tienes un aspecto espantoso —dijo Ron al entrar en la habitación para
despertar a Harry.
—No por mucho tiempo —repuso éste bostezando.
Encontraron a Hermione en la cocina. Kreacher estaba sirviéndole café y bollos
calientes, y ella tenía esa expresión de desquiciada que Harry asociaba con el repaso
previo a los exámenes.
—Túnicas —murmuró la chica saludando a Harry con un gesto de la cabeza, y
siguió revolviendo en su bolsito de cuentas—, poción multijugos, capa invisible,
detonadores trampa (deberíais llevar un par cada uno, por si acaso), pastillas
vomitivas, turrón sangranarices, orejas extensibles…
Engulleron el desayuno y subieron sin entretenerse. Kreacher se despidió de ellos
con cortesía y prometió preparar un pastel de carne y riñones para cuando volvieran.
—Este elfo se hace querer —dijo Ron con afecto—. Y pensar que antes soñaba
con cortarle la cabeza y colgarla en la pared.
Salieron al escalón de la puerta principal con muchísimo cuidado, porque había
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un par de mortífagos con caras soñolientas observando la casa desde el otro extremo
de la neblinosa plaza. Hermione se desapareció primero con Ron, y luego volvió a
buscar a Harry.
Tras unos momentos de oscuridad y sensación de asfixia, Harry se encontró en el
diminuto callejón donde habían previsto llevar a cabo la primera fase del plan. El
callejón todavía estaba desierto (sólo se veían un par de cubos de basura), pues los
primeros empleados del ministerio no solían aparecer hasta las ocho en punto, como
muy pronto.
—Muy bien —dijo Hermione consultando la hora—. Tendría que llegar dentro de
unos cinco minutos. Cuando la haya aturdido…
—Ya lo sabemos, Hermione —resopló Ron—. ¿Y no teníamos que abrir la puerta
antes de que ella llegara?
Hermione soltó un chillido.
—¡Casi se me olvida! Apartaos un poco…
Sacó la varita y apuntó a la puerta contra incendios que tenían al lado, cerrada con
candado y cubierta de grafitis. Se abrió con estrépito, dejando a la vista un oscuro
pasillo que conducía, como ya sabían gracias a sus meticulosas exploraciones, a un
teatro en desuso. Hermione la entornó para que pareciera cerrada e indicó:
—Y ahora nos ponemos otra vez la capa invisible y…
—… y esperamos —concluyó Ron y le echó la capa por encima como quien
cubre un periquito con un trapo, y miró a Harry poniendo los ojos en blanco.
Un par de minutos después se oyó un débil «¡paf», y una bruja menuda del
ministerio, de cabello canoso y suelto, se apareció a escasos metros de ellos y
parpadeó, deslumbrada, porque el sol acababa de salir por detrás de una nube. Pero
apenas tuvo tiempo de disfrutar de aquella inesperada tibieza, porque el silencioso
hechizo aturdidor de Hermione le dio en el pecho y la bruja cayó hacia atrás.
—Buen trabajo —la felicitó Ron, saliendo de detrás del cubo de basura que había
junto a la puerta del teatro, mientras Harry se quitaba la capa invisible.
Juntos, trasladaron a la bruja al oscuro pasillo que conducía a la parte trasera del
escenario. Hermione le arrancó varios pelos y los metió en un frasco de fangosa
poción multijugos que sacó del bolsito de cuentas. Entretanto, Ron rebuscaba en el
bolso de la bruja.
—Se llama Mafalda Hopkirk —anunció leyendo una tarjetita que la identificaba
como auxiliar de la Oficina Contra el Uso Indebido de la Magia—. Será mejor que
cojas esto, Hermione, y aquí están las fichas.
Le dio unas moneditas doradas, todas con las iniciales «M.D.M.» grabadas, que
había en el bolso de la bruja.
Hermione se bebió la poción multijugos, que había adoptado el bonito color de
los heliotropos, y pasados unos segundos se convirtió en el doble de Mafalda
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Hopkirk. Le quitó las gafas a la verdadera y se las puso, y entonces Harry consultó su
reloj.
—Vamos retrasados. El empleado de Mantenimiento Mágico llegará en cualquier
momento.
Se apresuraron a cerrar la puerta tras la que habían dejado a la Mafalda auténtica.
Harry y Ron se taparon con la capa invisible, pero Hermione permaneció a la vista,
esperando. Segundos después se oyó otro «¡paf!» y un mago bajito y con cara de
hurón se apareció ante ellos.
—¡Hola, Mafalda!
—¡Hola! —lo saludó Hermione con voz temblorosa—. ¿Qué tal?
—No muy bien, la verdad —respondió el mago, que parecía muy abatido.
Hermione y el mago se encaminaron hacia la calle principal. Harry y Ron los
siguieron.
—¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien? —preguntó Hermione, ya más calmada,
mientras el mago intentaba exponerle sus problemas; era esencial que no llegara a la
calle—. Toma, un caramelo.
—¿Cómo? Ah. No, no, gracias…
—¡Insisto! —dijo Hermione con agresividad, agitando la bolsa de pastillas
delante de la cara del mago. Un tanto alarmado, el tipo cogió una.
El efecto fue instantáneo. Apenas la pastilla le tocó la lengua, empezó a vomitar
de tal modo que ni siquiera notó que Hermione le arrancaba unos pelos de la
coronilla.
—¡Madre mía! —exclamó la chica mientras el mago esparcía vómito por todo el
callejón—. Quizá deberías tomarte el día libre.
—¡No, no! —Sentía unas tremendas arcadas pero seguía su camino, aunque
haciendo eses—. Tengo que… precisamente hoy… tengo que…
—¡No digas tonterías! —farfulló Hermione, alarmada—. ¡No puedes ir a trabajar
en este estado! ¡Creo que deberías ir a San Mungo para que te examinen!
El mago se derrumbó, sin parar de tener arcadas, pero poniéndose a cuatro patas
intentó llegar a la calle principal.
—¡No puedes ir a trabajar así! —chilló Hermione.
Por fin, el mago admitió que su acompañante tenía razón. Se agarró de Hermione,
que estaba muerta de asco, para levantarse del suelo, se dio la vuelta y se esfumó. Lo
único que quedó de él fue la bolsa, que Ron le había arrancado de la mano antes de
que se desapareciera, y algunas gotas de vómito flotando en el aire.
—¡Puajj! —exclamó Hermione recogiéndose la túnica para esquivar los charcos
de vómito—. Habría sido mucho más limpio aturdirlo a él también.
—Tienes razón —corroboró Ron, y salió de debajo de la capa invisible con la
bolsa del mago en la mano—, pero sigo pensando que si dejáramos un reguero de
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magos inconscientes llamaríamos más la atención. Oye, a ese tipo le gusta mucho su
trabajo, ¿no? Pásame los pelos y la poción, Hermione.
En dos minutos, Ron estaba ante ellos, tan menudo y con la misma cara de hurón
que el mago al que había suplantado. Acto seguido, se puso la túnica azul marino que
llevaba doblada en la bolsa.
—Qué raro que no la llevara puesta, con las ganas que tenía de ir a trabajar,
¿verdad? En fin, me llamo Reg Cattermole, o al menos eso pone en la tarjeta.
—Quédate ahí —le dijo Hermione a Harry, que seguía bajo la capa invisible—.
Volveremos enseguida con unos pelos para ti.
Harry tuvo que esperar diez minutos que se le hicieron eternos, solo en aquel
callejón salpicado de inmundicia, junto a la puerta tras la que habían escondido a la
aturdida Mafalda. Al fin llegaron Ron y Hermione.
—No sabemos quién es —dijo Hermione, y le dio a Harry unos cabellos negros y
rizados—, pero se ha marchado a su casa con una hemorragia nasal tremenda. Ten, es
bastante alto, necesitarás una túnica más grande…
Sacó una de las túnicas viejas que Kreacher les había lavado, y Harry se retiró un
poco para cambiarse y tomar la poción.
Cuando hubo terminado la dolorosa transformación, Harry llevaba barba, medía
más de un metro ochenta y, a juzgar por sus musculosos brazos, tenía una complexión
atlética. Se guardó la capa invisible y las gafas bajo la túnica y fue a reunirse con sus
amigos.
—¡Caray, das miedo! —exclamó Ron; ahora su amigo era bastante más alto que
él.
—Coge una de las fichas de Mafalda y vámonos —le dijo Hermione a Harry—;
ya casi es la hora.
Salieron del callejón. En la abarrotada acera de la calle principal, a unos cincuenta
metros, unas rejas negras y puntiagudas flanqueaban dos tramos de escalones, uno
con el letrero «Damas» y el otro «Caballeros».
—Nos vemos ahora mismo —dijo Hermione, nerviosa, antes de bajar
tambaleándose los escalones que conducían al lavabo de señoras. Harry y Ron
siguieron a unos individuos de extraño atuendo que también bajaban hacia lo que
parecía un lavabo público subterráneo, normal y corriente, revestido de azulejos
blancos y negros.
—¡Buenos días, Reg! —saludó otro mago con túnica azul marino al entrar en una
cabina tras insertar una ficha dorada en la ranura de la puerta—. Menudo latazo,
¿verdad? ¡Obligarnos a ir al trabajo de esta forma! ¿Quién creen que va a venir, Harry
Potter? —Y rió de su propio chiste.
Ron soltó una risita forzada y replicó:
—Sí, qué tontería, ¿no?
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Ambos amigos entraron en cabinas contiguas.
Harry oyó cómo los magos tiraban de la cadena en otras cabinas. Se agachó y
miró por el resquicio del panel que separaba su cubículo del de al lado, justo a tiempo
de ver un par de botas subiéndose al retrete. Luego miró por el resquicio de la
izquierda y vio a Ron, que también se había agachado y lo miraba a él.
—¿Tenemos que meternos en el retrete y tirar de la cadena? —susurró incrédulo.
—Por lo visto, sí —respondió Harry con una voz grave y áspera que no
reconoció.
Ambos se incorporaron y Harry se subió al retrete; se sentía increíblemente
imbécil.
Sin embargo, supo al instante que había hecho lo correcto, pues aunque tuvo la
sensación de meterse de lleno en el agua, los zapatos, los pies y el bajo de su túnica
permanecieron completamente secos. Tiró de la cadena y un momento después
descendía por una corta rampa hasta aterrizar en una de las chimeneas del Ministerio
de Magia.
Se levantó con dificultad, nada acostumbrado a manejar un cuerpo tan grande. El
inmenso Atrio parecía más oscuro de como lo recordaba; antes, una fuente dorada
ocupaba el centro del vestíbulo y arrojaba temblorosos puntos de luz al pulido
parquet y las paredes. Ahora, en cambio, una gigantesca composición en piedra negra
dominaba la escena; se trataba de una enorme y sobrecogedora escultura de una bruja
y un mago que, sentados en sendos tronos labrados y ornamentados, observaban a los
empleados del ministerio que salían por las chimeneas; en el pedestal se leían unas
palabras grabadas con letras de un palmo de alto: «LA MAGIA ES PODER.»
Harry recibió un repentino golpe en la parte posterior de las piernas: otro mago
acababa de caer por la chimenea detrás de él.
—¡Aparta, hombre! ¿No ves que…? ¡Oh, lo siento, Runcorn!
El mago, un tipo calvo con cara de asustado, se escabulló rápidamente. Al
parecer, el hombre al que Harry suplantaba, el tal Runcorn, era un personaje que
imponía.
—¡Pst! —siseó una voz.
Harry volvió la cabeza y vio a una bruja bajita y menuda y al mago con cara de
hurón de Mantenimiento Mágico haciéndole señas desde el otro lado de la estatua.
Enseguida fue a reunirse con ellos.
—¿Has llegado bien? —le preguntó Hermione.
—No, todavía está atrapado en el cagadero —se mofó Ron.
—¡Muy gracioso! Es horrible, ¿verdad? —le dijo a Harry, que estaba
contemplando la estatua—. ¿Has visto dónde están sentados?
Harry miró con más atención y vio que lo que había tomado por tronos labrados
con motivos decorativos eran en realidad montañas de seres humanos esculpidos:
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cientos y cientos de cuerpos desnudos —hombres, mujeres y niños—, de rostros
patéticos, retorcidos y apretujados para soportar el peso de aquella pareja de magos
ataviados con elegantes túnicas.
—Muggles… —susurró Hermione— en el sitio que les corresponde. ¡Vamos, no
perdamos más tiempo!
Mirando alrededor con disimulo, se unieron al torrente de magos y brujas que
avanzaban hacia las puertas doradas que había al fondo del vestíbulo, pero no vieron
ni rastro de la característica silueta de Dolores Umbridge. Cruzaron las puertas y
entraron en un vestíbulo más pequeño, donde se estaban formando colas enfrente de
veinte rejas doradas correspondientes a veinte ascensores. Nada más ponerse en la
cola más cercana, una voz exclamó:
—¡Cattermole!
Los chicos se volvieron y a Harry le dio un vuelco el corazón. Uno de los
mortífagos que había presenciado la muerte de Dumbledore se dirigía hacia ellos. Los
empleados que estaban a su lado guardaron silencio y bajaron la vista. Harry sintió
cómo el miedo los atenazaba. El tosco y ceñudo rostro de aquel individuo no acababa
de encajar con su amplia y magnífica túnica, bordada con abundante hilo de oro.
Entre la multitud que esperaba ante los ascensores, algunos gritaron con tono
adulador: «¡Buenos días, Yaxley!», pero Yaxley los pasó por alto.
—Pedí que alguien de Mantenimiento Mágico fuera a ver qué ocurre en mi
despacho, Cattermole. Pero sigue lloviendo.
Ron miró alrededor como si esperara que alguien interviniese, pero nadie dijo
nada.
—¿Lloviendo? ¿En su despacho? Vaya, qué contrariedad, ¿no?
Ron soltó una risita nerviosa y Yaxley enarcó las cejas.
—¿Lo encuentras gracioso, Cattermole?
Un par de brujas se apartaron de la cola y se marcharon a toda prisa.
—No —contestó Ron—. No, por supuesto que no…
—Por cierto, ¿sabes adónde voy? Abajo, a interrogar a tu esposa, Cattermole. De
hecho, me sorprende que no estés allí acompañándola y confortándola mientras
espera. Supongo que te has desentendido de ella, ¿verdad? Bueno, es lo más sensato.
La próxima vez asegúrate de casarte con una sangre limpia.
Hermione soltó un gritito de horror y Yaxley la miró. La chica tosió un poco y se
dio la vuelta.
—Yo… yo… —tartamudeó Ron.
—Si a mi esposa la acusaran de ser una sangre sucia (aunque yo jamás me casaría
con una mujer que pudiera ser tomada por semejante escoria) y el jefe del
Departamento de Seguridad Mágica necesitara que le arreglaran algo, daría prioridad
a ese trabajo, Cattermole. ¿Lo captas?
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—Sí, claro, claro —murmuró Ron.
—Pues entonces ocúpate de mi despacho, Cattermole, y si dentro de una hora no
está completamente seco, el Estatus de Sangre de tu esposa estará aún más en
entredicho de lo que ya está.
La reja dorada que tenían delante se abrió con un traqueteo. Yaxley saludó con
una inclinación de la cabeza y una sonrisa a Harry, convencido de que éste aprobaría
cómo había tratado a Cattermole, y se dirigió a otro ascensor. Los tres amigos
entraron en el suyo, pero no los siguió nadie: era como si tuvieran una enfermedad
contagiosa. La reja se cerró con estrépito y el ascensor comenzó su ascensión.
—¿Qué hago? —preguntó Ron a sus amigos; parecía muy acongojado—. Si no
voy, mi esposa… es decir, la esposa de Cattermole…
—Te acompañaremos, tenemos que seguir juntos… —musitó Harry, pero Ron
movió la cabeza enérgicamente.
—Eso es una locura, no tenemos mucho tiempo. Id vosotros en busca de
Umbridge y yo iré a arreglar el despacho de Yaxley… Pero ¿qué hago para que deje
de llover?
—Prueba con un Finite Incantatem —sugirió Hermione—. Si es un maleficio o
una maldición, eso detendrá la lluvia; si no, es que ha pasado algo con un
encantamiento atmosférico, y eso es más difícil de arreglar. Como medida
provisional, haz un encantamiento impermeabilizante para proteger sus cosas…
—Repítelo todo más despacio —pidió Ron mientras buscaba ansiosamente una
pluma en sus bolsillos, pero en ese momento el ascensor se detuvo con una sacudida.
Una incorpórea voz de mujer anunció: «Cuarta planta, Departamento de
Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, que incluye las Divisiones de Bestias,
Seres y Espíritus, la Oficina de Coordinación de los Duendes y la Agencia Consultiva
de Plagas.» La reja volvió a abrirse para dejar entrar a un par de magos y algunos
aviones de papel violeta que revolotearon alrededor del foco del techo.
—Buenos días, Albert —dijo un hombre de poblado bigote sonriendo a Harry.
Cuando el ascensor dio un chirrido y siguió ascendiendo, el mago echó un vistazo
a Ron y Hermione; la chica, angustiada, estaba susurrándole instrucciones a Ron. El
mago se inclinó hacia Harry esbozando una sonrisa socarrona y musitó:
—Dirk Cresswell, ¿eh? ¿De Coordinación de los Duendes? Bien hecho, Albert.
¡Estoy seguro de que ahora conseguiré su puesto! —Le guiñó un ojo.
Harry le devolvió la sonrisa, con la esperanza de que bastara con eso. El ascensor
se detuvo y las puertas volvieron a abrirse.
«Segunda planta, Departamento de Seguridad Mágica, que incluye la Oficina
Contra el Uso Indebido de la Magia, el Cuartel General de Aurores y los Servicios
Administrativos del Wizengamot», dijo la voz de mujer.
Harry vio que Hermione le daba un empujoncito a Ron y que éste salía del
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ascensor dando traspiés, seguido de los otros magos, dejando solos a sus amigos. En
cuanto la reja dorada se hubo cerrado, Hermione dijo con agitación:
—Mira, Harry, será mejor que vaya con él, porque me parece que no sabe lo que
hace, y si lo descubren todo nuestro plan…
«Primera planta, Ministro de Magia y Personal Adjunto.»
La reja dorada volvió a abrirse y Hermione sofocó un grito. Ante ellos había
cuatro personas, dos de ellas enfrascadas en una conversación: un mago de pelo largo
con una elegante túnica negra y dorada, y una bruja rechoncha, de cara de sapo, que
lucía un lazo de terciopelo en la corta melena y apoyaba contra el pecho un montón
de hojas de pergamino prendidas con un sujetapapeles
La magia es poder
A medida que avanzaba agosto, el descuidado rectángulo de césped que había en el
centro de Grimmauld Place iba marchitándose al sol hasta quedar reseco y marrón.
Los muggles que vivían en las casas vecinas de esa plaza nunca habían visto a los
inquilinos del número 12 ni la casa en sí, pero hacía mucho tiempo que habían
aceptado el gracioso error de numeración, en virtud del cual los números 11 y 13 eran
colindantes.
Y sin embargo, la plaza atraía un goteo de visitantes que, por lo visto,
consideraban esa anomalía de lo más intrigante. Así pues, no pasaba ni un día sin que
una o dos personas llegaran a Grimmauld Place con el único propósito (al menos
aparentemente) de apoyarse en la pequeña valla que cercaba la plaza, frente a los
números 11 y 13, y observar la unión de las dos casas. Esos individuos nunca eran los
mismos, aunque todos solían vestir de una forma muy rara. La mayoría de los
londinenses que pasaban por allí, acostumbrados a ver personajes excéntricos, no se
fijaban mucho en ellos, aunque de vez en cuando algún viandante volvía la cabeza y
se preguntaba cómo se le ocurría a alguien salir a la calle con una capa tan larga, visto
el calor que hacía.
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No obstante, parecía que esos observadores no obtenían mucha satisfacción de su
vigilancia. A veces, alguno echaba a correr hacia los edificios, como si por fin
hubiera visto algo interesante, pero siempre regresaba decepcionado.
El 1 de septiembre merodeaba más gente que nunca por la plaza. Ese día,
ataviados con largas capas, había media docena de individuos en actitud alerta
escudriñando con esmero los números 11 y 13, pero lo que esperaban ver seguía
ocultándose. Al anochecer cayó un inesperado y frío aguacero por primera vez en
varias semanas, y entonces se produjo uno de aquellos inexplicables momentos en
que los mirones parecían haber visto algo fascinante: el hombre de la cara deforme
señaló los edificios y el que estaba más cerca de él, un tipo pálido y gordinflón, hizo
ademán de correr hacia allí, pero un instante más tarde ambos volvían a estar
inmóviles, con aspecto frustrado.
Entretanto, Harry entraba en el vestíbulo del número 12. Había estado a punto de
perder el equilibrio al aparecerse en el escalón de la puerta de la calle, y temió que los
mortífagos le hubieran visto un codo que se le había salido un instante de la capa
invisible. Cerró la puerta con cuidado y se quitó la capa; se la colgó del brazo y cruzó
el tétrico vestíbulo hacia la puerta que conducía al sótano; en la mano llevaba un
ejemplar robado de El Profeta.
Lo recibió el habitual susurro: «¿Severus Snape?» Acto seguido, lo envolvió la
ráfaga de aire frío y la lengua se le enrolló.
—Yo no te maté —dijo Harry en cuanto la lengua se le hubo desenrollado, y
contuvo la respiración mientras explotaba la figura de polvo. Se dispuso a bajar la
escalera que conducía a la cocina y, cuando la señora Black ya no podía oírlo y se
hubo librado de la nube de polvo, gritó—: ¡Tengo noticias, y no os gustarán!
La cocina estaba casi irreconocible, pues todo relucía de limpio: habían sacado
brillo a los cacharros de cobre, que destellaban como si fueran nuevos; la mesa de
madera resplandecía, y las copas y los vasos que había en la mesa preparada para la
cena reflejaban el alegre y chispeante fuego de la chimenea, sobre el que hervía un
caldero. Sin embargo, nada en la estancia había cambiado tanto como el elfo
doméstico que, envuelto en una toalla inmaculadamente blanca, con el pelo de las
orejas tan limpio y esponjoso como el algodón y el guardapelo de Regulus
rebotándole sobre el delgado pecho, se acercó corriendo a Harry.
—Quítese los zapatos, por favor, amo Harry, y lávese las manos antes de cenar —
pidió Kreacher con su ronca voz; le cogió la capa invisible y se puso de puntillas para
colgarla de un gancho en la pared, junto a unas túnicas viejas recién lavadas.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Ron con aprensión. Hermione y él estaban
examinando un montón de notas garabateadas y mapas trazados a mano, esparcidos
por un extremo de la larga mesa de la cocina, pero levantaron la cabeza cuando Harry
se acercó y puso el periódico encima de los trozos de pergamino.
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Una gran fotografía de un hombre de nariz ganchuda y pelo negro los miró con
fijeza, bajo un titular que rezaba:
SEVERUS SNAPE, NUEVO DIRECTOR DE HOGWARTS
—¡Nooo! —exclamaron Ron y Hermione.
Hermione fue la más rápida: agarró el periódico y empezó a leer en voz alta:
—«Severus Snape, hasta ahora profesor de Pociones del Colegio Hogwarts de
Magia y Hechicería, ha sido nombrado hoy director. Su nombramiento es el más
importante de una serie de cambios en la plantilla del antiguo colegio. Tras la
dimisión de la anterior profesora de Estudios Muggles, Alecto Carrow asumirá su
cargo, mientras que su hermano Amycus ocupará el puesto de profesor de Defensa
Contra las Artes Oscuras. "Agradezco esta oportunidad para conservar nuestras
mejores tradiciones y nuestros valores mágicos"»… ¡Ya, como cometer asesinatos y
cortarle las orejas a la gente! ¡Snape director! ¡Snape en el despacho de Dumbledore!
¡Por las calzas de Merlín! —chilló Hermione, y los dos chicos se sobresaltaron. Ella
se levantó de la silla y salió en tromba de la estancia, gritando—: ¡Vuelvo enseguida!
—¿Por las calzas de Merlín? —repitió Ron, divertido—. Debe de estar muy
enfadada. —Cogió el periódico y, tras leer detenidamente el artículo sobre Snape,
comentó—: Los otros profesores no lo permitirán; McGonagall, Flitwick y Sprout
saben la verdad, saben cómo murió Dumbledore. No aceptarán a Snape como
director. Oye, ¿y quiénes son esos Carrow?
—Mortífagos. Dentro hay fotografías suyas. Se hallaban en la torre cuando Snape
mató a Dumbledore; están todos compinchados. Y no creo que los demás profesores
puedan hacer otra cosa que quedarse en Hogwarts —añadió Harry con amargura,
acercando una silla a la mesa—. Si el ministerio y Voldemort apoyan a Snape,
tendrán que elegir entre quedarse y enseñar o pasar unos años en Azkaban, y eso si
tienen suerte. Supongo que se quedarán e intentarán proteger a los alumnos.
Kreacher se acercó muy animado a la mesa con una gran sopera y, silbando entre
dientes, sirvió el potaje con el cucharón en unos impolutos cuencos.
—Gracias, Kreacher —dijo Harry, y volvió El Profeta para no verle la cara a
Snape—. Bueno, al menos ahora ya sabemos con toda certeza en qué bando está.
Empezó a tomar la sopa. Las habilidades culinarias de Kreacher habían mejorado
notablemente desde que le habían regalado el guardapelo de Regulus; la sopa de
cebolla de esa noche, por ejemplo, era la mejor que Harry había probado jamás.
—Todavía hay muchos mortífagos vigilando la plaza —le dijo a Ron mientras
comía—, más de lo habitual. Parecen estar esperando vernos salir cargados con los
baúles del colegio y dirigirnos hacia el expreso de Hogwarts.
—Llevo todo el día pensando en eso —comentó Ron y consultó su reloj—. El
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tren salió hace casi seis horas. Qué raro no estar en él, ¿verdad?
Harry visualizó la locomotora de vapor roja, como la vio el día que Ron y él la
perseguían por el aire, reluciendo entre campos y colinas, semejante a una ondulada
oruga escarlata. Estaba seguro de que Ginny, Neville y Luna estarían sentados en el
mismo compartimento en ese preciso instante, preguntándose quizá dónde se habían
metido sus tres amigos, o debatiendo la mejor manera de minar el nuevo régimen de
Snape.
—Casi me han visto cuando llegué —explicó Harry—. No caí bien en el escalón
y se me resbaló un poco la capa.
—A mí siempre me pasa. ¡Ah, mira, ya está aquí! —exclamó Ron cuando
Hermione reapareció en la cocina—. ¿Se puede saber, en nombre de los calzones más
andrajosos de Merlín, qué te ha pasado?
—Me he acordado de esto —dijo ella con la respiración agitada.
Traía un gran lienzo enmarcado que apoyó en el suelo. Cogió su bolsito bordado
con cuentas del aparador de la cocina, lo abrió y, aunque era imposible que el cuadro
cupiera, se dispuso a meterlo dentro. Unos segundos más tarde había desaparecido en
las profundidades del diminuto bolso, como tantas otras cosas.
—Phineas Nigellus —explicó, y dejó el bolso encima de la mesa con el habitual
estrépito.
—¿Cómo dices? —se asombró Ron.
Pero Harry lo había entendido: la imagen pintada de Phineas Nigellus Black era
capaz de trasladarse desde el retrato de Grimmauld Place hasta el que colgaba en el
despacho del director de Hogwarts, en la estancia circular de la parte superior de la
torre donde, sin duda, Snape estaría sentado en ese mismo momento, triunfante y
satisfecho de poseer la colección de delicados y plateados instrumentos mágicos de
Dumbledore, el pensadero de piedra, el Sombrero Seleccionador y, a menos que la
hubieran llevado a otro sitio, la espada de Griffyndor.
—Snape podría enviar a Phineas Nigellus a espiar aquí —explicó Hermione
mientras se sentaba—. Pero que lo intente ahora, porque lo único que verá Phineas
Nigellus será el interior de mi bolso.
—¡Bien pensado! —soltó Ron, impresionado.
—Gracias —repuso Hermione con una sonrisa, y se acercó su cuenco de sopa—.
Bueno, Harry, ¿qué novedades hay hoy?
—Ninguna. He pasado siete horas vigilando la entrada del ministerio. Ni rastro de
ella. Pero he visto a tu padre, Ron. Me ha parecido que estaba bien.
Ron asintió agradeciendo esa noticia. Habían acordado que era demasiado
peligroso intentar comunicarse con el señor Weasley cuando éste entrara o saliera del
ministerio, porque siempre iba rodeado por otros empleados. Sin embargo, era
tranquilizador verlo, aunque fuera brevemente y a pesar de que tuviera aspecto de
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cansancio y nerviosismo.
—Mi padre siempre nos decía que la mayoría de los empleados del ministerio
utilizan la Red Flu para ir al trabajo —comentó Ron—. Por eso no hemos visto a
Umbridge; seguro que nunca va a pie, se cree demasiado importante.
—¿Y qué me dices de esa bruja estrambótica y del mago bajito de la túnica azul
marino? —preguntó Hermione.
—Ah, sí, el tipo de Mantenimiento Mágico —dijo Ron.
—¿Cómo sabes que trabaja en ese departamento? —inquirió la chica con una
cucharada de sopa suspendida ante la boca.
—Porque mi padre decía que los empleados de Mantenimiento Mágico llevan
túnicas azul marino.
—¡Nunca lo habías comentado!
Hermione dejó la cuchara en el plato y acercó el montón de notas y mapas que
estaban examinando antes de la llegada de Harry.
—¡Aquí no pone nada de túnicas azul marino! —protestó mientras revisaba
febrilmente las hojas.
—Bueno, ¿qué importancia tiene eso?
—¡Claro que importa, Ron! ¡Si queremos entrar en el ministerio sin que nos
descubran, mientras ellos están en máxima alerta respecto a cualquier intruso,
importa hasta el detalle más insignificante! Llevamos días dándole vueltas al asunto,
pero ¿de qué van a servir todos estos viajes de reconocimiento si tú no te molestas en
contarnos que…?
—Caray, Hermione, por una cosa que se me olvida…
—¿No te das cuenta de que seguramente no podríamos estar en ningún otro lugar
más peligroso que en el Ministerio de…?
—Creo que deberíamos hacerlo mañana —la interrumpió Harry.
Hermione se detuvo en seco con la boca abierta, y Ron se atragantó un poco con
la sopa.
—¿Mañana? —repitió Hermione—. No lo dirás en serio, ¿verdad, Harry?
—Sí, lo digo en serio. No creo que vayamos a estar mejor preparados de lo que
estamos ahora, aunque nos pasemos otro mes entero vigilando la entrada del
ministerio. Cuanto más lo retrasemos, más lejos podría estar ese guardapelo. Ya hay
muchas probabilidades de que Umbridge se haya deshecho de él, porque no se abre.
—A menos —intervino Ron— que haya encontrado la manera de abrirlo y que
ahora esté poseída.
—A ella no se le notaría mucho, porque siempre ha sido rematadamente mala —
repuso Harry y, dirigiéndose a Hermione, que estaba muy concentrada mordiéndose
los labios, continuó—: Ya sabemos lo más importante, es decir, que no se puede
entrar ni salir del ministerio mediante Aparición, y que sólo a quienes ocupan un
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cargo de responsabilidad se les permite conectar sus hogares a la Red Flu, porque
Ron oyó a esos dos inefables quejarse de ello. Y también sabemos, más o menos,
dónde está el despacho de Umbridge, por lo que tú oíste que ese tipo barbudo le
comentaba a su amigo…
—«Voy a la primera planta; Dolores quiere verme» —recitó Hermione.
—Exacto. E igualmente sabemos que se entra utilizando esas extrañas monedas, o
fichas o lo que sean, porque yo sorprendí a esa bruja pidiéndole prestada una a su
amiga…
—¡Pero nosotros no tenemos ninguna!
—Si el plan funciona, las tendremos —declaró Harry con serenidad.
—No sé, Harry, no sé si… Hay muchas cosas que podrían salir mal, dependen
tanto del azar…
—Eso no cambiará aunque pasemos otros tres meses preparándonos. Ha llegado
el momento de entrar en acción.
Harry comprendió, por la expresión de sus amigos, que estaban asustados. Él
tampoco las tenía todas consigo, pero estaba seguro de que había llegado la hora de
poner en práctica su plan.
Habían pasado las cuatro semanas anteriores turnándose para ponerse la capa
invisible y espiar la entrada principal del ministerio, que Ron, gracias a su padre,
conocía desde su infancia. Del mismo modo habían seguido a varios empleados del
ministerio, escuchado sus conversaciones y descubierto, mediante una atenta
observación, quiénes solían aparecer solos a la misma hora todos los días. De vez en
cuando birlaban un ejemplar de El Profeta de algún maletín, y, poco a poco, trazaron
los mapas y tomaron las notas que ahora se amontonaban delante de Hermione.
—Está bien —dijo Ron con cautela—, supongamos que lo hacemos mañana…
Creo que deberíamos ir Harry y yo.
—¡Va, no vuelvas a empezar! —le espetó Hermione suspirando—. Creía que eso
ya había quedado claro.
—Una cosa es merodear por las entradas protegidos por la capa invisible, pero
esto es diferente, Hermione. —Ron hincó un dedo en un ejemplar de El Profeta de
diez días atrás—. ¡Tú estás en la lista de hijos de muggles que no se han presentado
voluntarios para ser interrogados!
—¡Y tú se supone que estás muriendo de spattergroit en La Madriguera! Si hay
alguien que no debería ir, ése es Harry, por cuya cabeza están dispuestos a pagar diez
mil galeones…
—Vale, yo me quedo aquí. Ya me avisaréis si conseguís derrotar a Voldemort,
¿eh?
Mientras Ron y Hermione reían, Harry sintió una fuerte punzada en la cicatriz. Se
llevó una mano a la frente, pero, al ver que Hermione lo miraba con desconfianza,
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intentó disimular el movimiento apartándose un mechón de cabello.
—Bueno, si vamos los tres, tendremos que desaparecernos por separado —decía
Ron—. Ya no cabemos todos debajo de la capa invisible.
A Harry cada vez le dolía más la cicatriz. Se levantó y Kreacher fue rápidamente
hacia él.
—El amo no se ha terminado la sopa. ¿Prefiere el sabroso estofado, o la tarta de
melaza que al amo tanto le gusta?
—No, Kreacher, gracias. Vuelvo enseguida. Voy… al lavabo.
Harry, consciente de que Hermione no le quitaba ojo, subió a toda prisa la
escalera que llevaba al vestíbulo, y de ahí al primer piso. Cuando por fin logró
encerrarse en el cuarto de baño, se desplomó gimiendo de dolor sobre el lavamanos
negro, de grifos en forma de serpiente con la boca abierta, y cerró los ojos…
Avanzaba como deslizándose por una calle en penumbra, donde los altos tejados
de los edificios que la flanqueaban eran de madera a dos aguas; parecían casitas de
chocolate.
Se acercó a una de ellas, y entonces su blanca mano de largos dedos resaltó contra
la oscura puerta. Llamó. Sentía una emoción cada vez mayor…
Se abrió la puerta y apareció una mujer risueña, pero, al ver la cara de Harry, se
puso seria y su expresión jovial se trocó en una mueca de terror…
—¿Está Gregorovitch? —preguntó una voz fría y aguda.
La mujer negó con la cabeza e intentó cerrar la puerta. Una blanca mano se
interpuso, impidiéndole cerrarla…
—Quiero ver a Gregorovitch.
—Er wohnt hier nicht mehr! —gritó ella sacudiendo la cabeza—. ¡Él no vivir
aquí! ¡No vivir aquí! ¡Yo no conocer!
La mujer desistió de cerrar la puerta y retrocedió por el oscuro vestíbulo. Harry la
siguió, siempre deslizándose, y su mano de largos dedos sacó la varita mágica.
—¿Dónde está?
—Das weis ich nicht! ¡Él irse! ¡Yo no saber, no saber!
Harry levantó la varita y la mujer chilló. Dos niños pequeños llegaron corriendo
al vestíbulo y ella intentó protegerlos con los brazos. Hubo un destello de luz verde…
—¡Harry! ¡HARRY!
El muchacho abrió los ojos y comprobó que había caído al suelo. Hermione
golpeaba la puerta.
—¡Abre, Harry!
«He gritado en sueños», pensó. Se levantó y descorrió el pestillo de la puerta.
Hermione entró tropezando, recuperó el equilibrio y miró alrededor con
desconfianza. Ron apareció agitado detrás de ella y apuntó con la varita a los rincones
del frío cuarto de baño.
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—¿Qué hacías? —preguntó Hermione con severidad.
—¿Tú qué crees? —replicó Harry con un tono bravucón nada convincente.
—¡Chillabas como un condenado! —le espetó Ron.
—Oh, es eso… Debo de haberme quedado dormido, o…
—¿Nos tomas por tontos, Harry? —terció Hermione—. Sabemos que en la cocina
te dolía la cicatriz, y estás blanco como la cera.
El chico se sentó en el borde de la bañera.
—Está bien, tienes razón —cedió—. Acabo de ver cómo Voldemort mataba a una
mujer. A estas alturas ya debe de haber acabado con toda la familia. Y no tenía
ningún motivo para hacerlo. Ha sido como lo de Cedric: ellos estaban allí y…
—¡No debes permitir que esto vuelva a pasar, Harry! —le recriminó Hermione
con vehemencia—. ¡Dumbledore quería que utilizaras la Oclumancia porque creía
que esa conexión era peligrosa! ¡Voldemort puede utilizarla, Harry! ¿De qué te sirve
ver cómo él tortura y mata, en qué puede ayudarte?
—Así sé lo que hace —se defendió.
—Entonces, ¿ni siquiera tratarás de cerrarle el paso a tu mente?
—No puedo, Hermione. Ya sabes que la Oclumancia se me da muy mal, nunca
llegué a entender cómo funciona.
—¡Porque nunca lo intentaste de verdad! —replicó ella, acalorada—. No lo
entiendo, Harry. ¿Acaso te gusta tener esa conexión o relación o… como quieras
llamarla?
Vaciló al ver la mirada que Harry le dirigió al levantarse.
—¿Gustarme, dices? —musitó el chico—. ¿A ti te gustaría?
—Yo no… Lo siento, no quería…
—La odio. Detesto que él pueda meterse dentro de mí, detesto tener que verlo
cuando más sanguinario se muestra. Pero voy a utilizarla.
—Sin embargo, Dumbledore…
—Olvídate de Dumbledore. Esto es asunto mío y de nadie más. Quiero saber por
qué busca a Gregorovitch.
—¿A quién?
—Es un fabricante de varitas extranjero —explicó Harry—. Confeccionó la varita
de Krum, y éste asegura que es muy bueno.
—Pero, según tú —intervino Ron—, Voldemort tiene a Ollivander encerrado en
alguna parte. Si ya tiene a un fabricante de varitas, ¿para qué necesita a otro?
—Quizá piensa como Krum y considera que Gregorovitch es mejor. O quizá cree
que Gregorovitch podrá explicarle lo que hizo mi varita cuando él me perseguía,
porque Ollivander no supo aclarárselo.
Harry echó un vistazo al resquebrajado y sucio espejo, y vio a Ron y Hermione
intercambiando miradas de escepticismo a sus espaldas.
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—Harry, no paras de hablar de cómo actuó tu varita —dijo la chica—, pero lo
hiciste tú. ¿Por qué te empeñas en no asumir tu propio poder?
—¡Porque estoy seguro, y Voldemort también lo está, de que no fui yo,
Hermione! ¡Él y yo sabemos qué ocurrió en realidad!
Se miraron fijamente a los ojos; Harry sabía que no la había convencido y que
ahora ella estaba ordenando sus argumentos para rebatirle la teoría de la actuación de
la varita y el hecho de que siguiera metiéndose en la mente de Voldemort. Por ello
sintió alivio cuando Ron intervino:
—Déjalo, Hermione. Que haga lo que quiera. Además, si tenemos que ir mañana
al ministerio, ¿no crees que deberíamos repasar el plan?
Hermione cedió a regañadientes, pero Harry sabía que volvería a la carga en
cuanto se le presentara una oportunidad.
Regresaron a la cocina del sótano, donde Kreacher les sirvió estofado y tarta de
melaza.
Esa noche no se acostaron hasta muy tarde, tras pasar horas repasando una y otra
vez su plan, hasta que lograron recitárselo a la perfección unos a otros. Harry, que
desde hacía unos días dormía en la habitación de Sirius, se tumbó en la cama y con la
varita mágica iluminó la vieja fotografía en la que aparecían su padre, Sirius, Lupin y
Pettigrew. Dedicó unos minutos más a memorizar el plan. Sin embargo, cuando
apagó la varita no pensaba en la poción multijugos, ni en las pastillas vomitivas, ni en
las túnicas azul marino de los empleados de Mantenimiento Mágico, sino en
Gregorovitch, el fabricante de varitas, y se preguntó cuánto tiempo conseguiría
ocultarse mientras Voldemort lo buscaba con tanta determinación.
El amanecer sucedió a la medianoche a velocidad de agravio.
—Tienes un aspecto espantoso —dijo Ron al entrar en la habitación para
despertar a Harry.
—No por mucho tiempo —repuso éste bostezando.
Encontraron a Hermione en la cocina. Kreacher estaba sirviéndole café y bollos
calientes, y ella tenía esa expresión de desquiciada que Harry asociaba con el repaso
previo a los exámenes.
—Túnicas —murmuró la chica saludando a Harry con un gesto de la cabeza, y
siguió revolviendo en su bolsito de cuentas—, poción multijugos, capa invisible,
detonadores trampa (deberíais llevar un par cada uno, por si acaso), pastillas
vomitivas, turrón sangranarices, orejas extensibles…
Engulleron el desayuno y subieron sin entretenerse. Kreacher se despidió de ellos
con cortesía y prometió preparar un pastel de carne y riñones para cuando volvieran.
—Este elfo se hace querer —dijo Ron con afecto—. Y pensar que antes soñaba
con cortarle la cabeza y colgarla en la pared.
Salieron al escalón de la puerta principal con muchísimo cuidado, porque había
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un par de mortífagos con caras soñolientas observando la casa desde el otro extremo
de la neblinosa plaza. Hermione se desapareció primero con Ron, y luego volvió a
buscar a Harry.
Tras unos momentos de oscuridad y sensación de asfixia, Harry se encontró en el
diminuto callejón donde habían previsto llevar a cabo la primera fase del plan. El
callejón todavía estaba desierto (sólo se veían un par de cubos de basura), pues los
primeros empleados del ministerio no solían aparecer hasta las ocho en punto, como
muy pronto.
—Muy bien —dijo Hermione consultando la hora—. Tendría que llegar dentro de
unos cinco minutos. Cuando la haya aturdido…
—Ya lo sabemos, Hermione —resopló Ron—. ¿Y no teníamos que abrir la puerta
antes de que ella llegara?
Hermione soltó un chillido.
—¡Casi se me olvida! Apartaos un poco…
Sacó la varita y apuntó a la puerta contra incendios que tenían al lado, cerrada con
candado y cubierta de grafitis. Se abrió con estrépito, dejando a la vista un oscuro
pasillo que conducía, como ya sabían gracias a sus meticulosas exploraciones, a un
teatro en desuso. Hermione la entornó para que pareciera cerrada e indicó:
—Y ahora nos ponemos otra vez la capa invisible y…
—… y esperamos —concluyó Ron y le echó la capa por encima como quien
cubre un periquito con un trapo, y miró a Harry poniendo los ojos en blanco.
Un par de minutos después se oyó un débil «¡paf», y una bruja menuda del
ministerio, de cabello canoso y suelto, se apareció a escasos metros de ellos y
parpadeó, deslumbrada, porque el sol acababa de salir por detrás de una nube. Pero
apenas tuvo tiempo de disfrutar de aquella inesperada tibieza, porque el silencioso
hechizo aturdidor de Hermione le dio en el pecho y la bruja cayó hacia atrás.
—Buen trabajo —la felicitó Ron, saliendo de detrás del cubo de basura que había
junto a la puerta del teatro, mientras Harry se quitaba la capa invisible.
Juntos, trasladaron a la bruja al oscuro pasillo que conducía a la parte trasera del
escenario. Hermione le arrancó varios pelos y los metió en un frasco de fangosa
poción multijugos que sacó del bolsito de cuentas. Entretanto, Ron rebuscaba en el
bolso de la bruja.
—Se llama Mafalda Hopkirk —anunció leyendo una tarjetita que la identificaba
como auxiliar de la Oficina Contra el Uso Indebido de la Magia—. Será mejor que
cojas esto, Hermione, y aquí están las fichas.
Le dio unas moneditas doradas, todas con las iniciales «M.D.M.» grabadas, que
había en el bolso de la bruja.
Hermione se bebió la poción multijugos, que había adoptado el bonito color de
los heliotropos, y pasados unos segundos se convirtió en el doble de Mafalda
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Hopkirk. Le quitó las gafas a la verdadera y se las puso, y entonces Harry consultó su
reloj.
—Vamos retrasados. El empleado de Mantenimiento Mágico llegará en cualquier
momento.
Se apresuraron a cerrar la puerta tras la que habían dejado a la Mafalda auténtica.
Harry y Ron se taparon con la capa invisible, pero Hermione permaneció a la vista,
esperando. Segundos después se oyó otro «¡paf!» y un mago bajito y con cara de
hurón se apareció ante ellos.
—¡Hola, Mafalda!
—¡Hola! —lo saludó Hermione con voz temblorosa—. ¿Qué tal?
—No muy bien, la verdad —respondió el mago, que parecía muy abatido.
Hermione y el mago se encaminaron hacia la calle principal. Harry y Ron los
siguieron.
—¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien? —preguntó Hermione, ya más calmada,
mientras el mago intentaba exponerle sus problemas; era esencial que no llegara a la
calle—. Toma, un caramelo.
—¿Cómo? Ah. No, no, gracias…
—¡Insisto! —dijo Hermione con agresividad, agitando la bolsa de pastillas
delante de la cara del mago. Un tanto alarmado, el tipo cogió una.
El efecto fue instantáneo. Apenas la pastilla le tocó la lengua, empezó a vomitar
de tal modo que ni siquiera notó que Hermione le arrancaba unos pelos de la
coronilla.
—¡Madre mía! —exclamó la chica mientras el mago esparcía vómito por todo el
callejón—. Quizá deberías tomarte el día libre.
—¡No, no! —Sentía unas tremendas arcadas pero seguía su camino, aunque
haciendo eses—. Tengo que… precisamente hoy… tengo que…
—¡No digas tonterías! —farfulló Hermione, alarmada—. ¡No puedes ir a trabajar
en este estado! ¡Creo que deberías ir a San Mungo para que te examinen!
El mago se derrumbó, sin parar de tener arcadas, pero poniéndose a cuatro patas
intentó llegar a la calle principal.
—¡No puedes ir a trabajar así! —chilló Hermione.
Por fin, el mago admitió que su acompañante tenía razón. Se agarró de Hermione,
que estaba muerta de asco, para levantarse del suelo, se dio la vuelta y se esfumó. Lo
único que quedó de él fue la bolsa, que Ron le había arrancado de la mano antes de
que se desapareciera, y algunas gotas de vómito flotando en el aire.
—¡Puajj! —exclamó Hermione recogiéndose la túnica para esquivar los charcos
de vómito—. Habría sido mucho más limpio aturdirlo a él también.
—Tienes razón —corroboró Ron, y salió de debajo de la capa invisible con la
bolsa del mago en la mano—, pero sigo pensando que si dejáramos un reguero de
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magos inconscientes llamaríamos más la atención. Oye, a ese tipo le gusta mucho su
trabajo, ¿no? Pásame los pelos y la poción, Hermione.
En dos minutos, Ron estaba ante ellos, tan menudo y con la misma cara de hurón
que el mago al que había suplantado. Acto seguido, se puso la túnica azul marino que
llevaba doblada en la bolsa.
—Qué raro que no la llevara puesta, con las ganas que tenía de ir a trabajar,
¿verdad? En fin, me llamo Reg Cattermole, o al menos eso pone en la tarjeta.
—Quédate ahí —le dijo Hermione a Harry, que seguía bajo la capa invisible—.
Volveremos enseguida con unos pelos para ti.
Harry tuvo que esperar diez minutos que se le hicieron eternos, solo en aquel
callejón salpicado de inmundicia, junto a la puerta tras la que habían escondido a la
aturdida Mafalda. Al fin llegaron Ron y Hermione.
—No sabemos quién es —dijo Hermione, y le dio a Harry unos cabellos negros y
rizados—, pero se ha marchado a su casa con una hemorragia nasal tremenda. Ten, es
bastante alto, necesitarás una túnica más grande…
Sacó una de las túnicas viejas que Kreacher les había lavado, y Harry se retiró un
poco para cambiarse y tomar la poción.
Cuando hubo terminado la dolorosa transformación, Harry llevaba barba, medía
más de un metro ochenta y, a juzgar por sus musculosos brazos, tenía una complexión
atlética. Se guardó la capa invisible y las gafas bajo la túnica y fue a reunirse con sus
amigos.
—¡Caray, das miedo! —exclamó Ron; ahora su amigo era bastante más alto que
él.
—Coge una de las fichas de Mafalda y vámonos —le dijo Hermione a Harry—;
ya casi es la hora.
Salieron del callejón. En la abarrotada acera de la calle principal, a unos cincuenta
metros, unas rejas negras y puntiagudas flanqueaban dos tramos de escalones, uno
con el letrero «Damas» y el otro «Caballeros».
—Nos vemos ahora mismo —dijo Hermione, nerviosa, antes de bajar
tambaleándose los escalones que conducían al lavabo de señoras. Harry y Ron
siguieron a unos individuos de extraño atuendo que también bajaban hacia lo que
parecía un lavabo público subterráneo, normal y corriente, revestido de azulejos
blancos y negros.
—¡Buenos días, Reg! —saludó otro mago con túnica azul marino al entrar en una
cabina tras insertar una ficha dorada en la ranura de la puerta—. Menudo latazo,
¿verdad? ¡Obligarnos a ir al trabajo de esta forma! ¿Quién creen que va a venir, Harry
Potter? —Y rió de su propio chiste.
Ron soltó una risita forzada y replicó:
—Sí, qué tontería, ¿no?
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Ambos amigos entraron en cabinas contiguas.
Harry oyó cómo los magos tiraban de la cadena en otras cabinas. Se agachó y
miró por el resquicio del panel que separaba su cubículo del de al lado, justo a tiempo
de ver un par de botas subiéndose al retrete. Luego miró por el resquicio de la
izquierda y vio a Ron, que también se había agachado y lo miraba a él.
—¿Tenemos que meternos en el retrete y tirar de la cadena? —susurró incrédulo.
—Por lo visto, sí —respondió Harry con una voz grave y áspera que no
reconoció.
Ambos se incorporaron y Harry se subió al retrete; se sentía increíblemente
imbécil.
Sin embargo, supo al instante que había hecho lo correcto, pues aunque tuvo la
sensación de meterse de lleno en el agua, los zapatos, los pies y el bajo de su túnica
permanecieron completamente secos. Tiró de la cadena y un momento después
descendía por una corta rampa hasta aterrizar en una de las chimeneas del Ministerio
de Magia.
Se levantó con dificultad, nada acostumbrado a manejar un cuerpo tan grande. El
inmenso Atrio parecía más oscuro de como lo recordaba; antes, una fuente dorada
ocupaba el centro del vestíbulo y arrojaba temblorosos puntos de luz al pulido
parquet y las paredes. Ahora, en cambio, una gigantesca composición en piedra negra
dominaba la escena; se trataba de una enorme y sobrecogedora escultura de una bruja
y un mago que, sentados en sendos tronos labrados y ornamentados, observaban a los
empleados del ministerio que salían por las chimeneas; en el pedestal se leían unas
palabras grabadas con letras de un palmo de alto: «LA MAGIA ES PODER.»
Harry recibió un repentino golpe en la parte posterior de las piernas: otro mago
acababa de caer por la chimenea detrás de él.
—¡Aparta, hombre! ¿No ves que…? ¡Oh, lo siento, Runcorn!
El mago, un tipo calvo con cara de asustado, se escabulló rápidamente. Al
parecer, el hombre al que Harry suplantaba, el tal Runcorn, era un personaje que
imponía.
—¡Pst! —siseó una voz.
Harry volvió la cabeza y vio a una bruja bajita y menuda y al mago con cara de
hurón de Mantenimiento Mágico haciéndole señas desde el otro lado de la estatua.
Enseguida fue a reunirse con ellos.
—¿Has llegado bien? —le preguntó Hermione.
—No, todavía está atrapado en el cagadero —se mofó Ron.
—¡Muy gracioso! Es horrible, ¿verdad? —le dijo a Harry, que estaba
contemplando la estatua—. ¿Has visto dónde están sentados?
Harry miró con más atención y vio que lo que había tomado por tronos labrados
con motivos decorativos eran en realidad montañas de seres humanos esculpidos:
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cientos y cientos de cuerpos desnudos —hombres, mujeres y niños—, de rostros
patéticos, retorcidos y apretujados para soportar el peso de aquella pareja de magos
ataviados con elegantes túnicas.
—Muggles… —susurró Hermione— en el sitio que les corresponde. ¡Vamos, no
perdamos más tiempo!
Mirando alrededor con disimulo, se unieron al torrente de magos y brujas que
avanzaban hacia las puertas doradas que había al fondo del vestíbulo, pero no vieron
ni rastro de la característica silueta de Dolores Umbridge. Cruzaron las puertas y
entraron en un vestíbulo más pequeño, donde se estaban formando colas enfrente de
veinte rejas doradas correspondientes a veinte ascensores. Nada más ponerse en la
cola más cercana, una voz exclamó:
—¡Cattermole!
Los chicos se volvieron y a Harry le dio un vuelco el corazón. Uno de los
mortífagos que había presenciado la muerte de Dumbledore se dirigía hacia ellos. Los
empleados que estaban a su lado guardaron silencio y bajaron la vista. Harry sintió
cómo el miedo los atenazaba. El tosco y ceñudo rostro de aquel individuo no acababa
de encajar con su amplia y magnífica túnica, bordada con abundante hilo de oro.
Entre la multitud que esperaba ante los ascensores, algunos gritaron con tono
adulador: «¡Buenos días, Yaxley!», pero Yaxley los pasó por alto.
—Pedí que alguien de Mantenimiento Mágico fuera a ver qué ocurre en mi
despacho, Cattermole. Pero sigue lloviendo.
Ron miró alrededor como si esperara que alguien interviniese, pero nadie dijo
nada.
—¿Lloviendo? ¿En su despacho? Vaya, qué contrariedad, ¿no?
Ron soltó una risita nerviosa y Yaxley enarcó las cejas.
—¿Lo encuentras gracioso, Cattermole?
Un par de brujas se apartaron de la cola y se marcharon a toda prisa.
—No —contestó Ron—. No, por supuesto que no…
—Por cierto, ¿sabes adónde voy? Abajo, a interrogar a tu esposa, Cattermole. De
hecho, me sorprende que no estés allí acompañándola y confortándola mientras
espera. Supongo que te has desentendido de ella, ¿verdad? Bueno, es lo más sensato.
La próxima vez asegúrate de casarte con una sangre limpia.
Hermione soltó un gritito de horror y Yaxley la miró. La chica tosió un poco y se
dio la vuelta.
—Yo… yo… —tartamudeó Ron.
—Si a mi esposa la acusaran de ser una sangre sucia (aunque yo jamás me casaría
con una mujer que pudiera ser tomada por semejante escoria) y el jefe del
Departamento de Seguridad Mágica necesitara que le arreglaran algo, daría prioridad
a ese trabajo, Cattermole. ¿Lo captas?
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—Sí, claro, claro —murmuró Ron.
—Pues entonces ocúpate de mi despacho, Cattermole, y si dentro de una hora no
está completamente seco, el Estatus de Sangre de tu esposa estará aún más en
entredicho de lo que ya está.
La reja dorada que tenían delante se abrió con un traqueteo. Yaxley saludó con
una inclinación de la cabeza y una sonrisa a Harry, convencido de que éste aprobaría
cómo había tratado a Cattermole, y se dirigió a otro ascensor. Los tres amigos
entraron en el suyo, pero no los siguió nadie: era como si tuvieran una enfermedad
contagiosa. La reja se cerró con estrépito y el ascensor comenzó su ascensión.
—¿Qué hago? —preguntó Ron a sus amigos; parecía muy acongojado—. Si no
voy, mi esposa… es decir, la esposa de Cattermole…
—Te acompañaremos, tenemos que seguir juntos… —musitó Harry, pero Ron
movió la cabeza enérgicamente.
—Eso es una locura, no tenemos mucho tiempo. Id vosotros en busca de
Umbridge y yo iré a arreglar el despacho de Yaxley… Pero ¿qué hago para que deje
de llover?
—Prueba con un Finite Incantatem —sugirió Hermione—. Si es un maleficio o
una maldición, eso detendrá la lluvia; si no, es que ha pasado algo con un
encantamiento atmosférico, y eso es más difícil de arreglar. Como medida
provisional, haz un encantamiento impermeabilizante para proteger sus cosas…
—Repítelo todo más despacio —pidió Ron mientras buscaba ansiosamente una
pluma en sus bolsillos, pero en ese momento el ascensor se detuvo con una sacudida.
Una incorpórea voz de mujer anunció: «Cuarta planta, Departamento de
Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, que incluye las Divisiones de Bestias,
Seres y Espíritus, la Oficina de Coordinación de los Duendes y la Agencia Consultiva
de Plagas.» La reja volvió a abrirse para dejar entrar a un par de magos y algunos
aviones de papel violeta que revolotearon alrededor del foco del techo.
—Buenos días, Albert —dijo un hombre de poblado bigote sonriendo a Harry.
Cuando el ascensor dio un chirrido y siguió ascendiendo, el mago echó un vistazo
a Ron y Hermione; la chica, angustiada, estaba susurrándole instrucciones a Ron. El
mago se inclinó hacia Harry esbozando una sonrisa socarrona y musitó:
—Dirk Cresswell, ¿eh? ¿De Coordinación de los Duendes? Bien hecho, Albert.
¡Estoy seguro de que ahora conseguiré su puesto! —Le guiñó un ojo.
Harry le devolvió la sonrisa, con la esperanza de que bastara con eso. El ascensor
se detuvo y las puertas volvieron a abrirse.
«Segunda planta, Departamento de Seguridad Mágica, que incluye la Oficina
Contra el Uso Indebido de la Magia, el Cuartel General de Aurores y los Servicios
Administrativos del Wizengamot», dijo la voz de mujer.
Harry vio que Hermione le daba un empujoncito a Ron y que éste salía del
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ascensor dando traspiés, seguido de los otros magos, dejando solos a sus amigos. En
cuanto la reja dorada se hubo cerrado, Hermione dijo con agitación:
—Mira, Harry, será mejor que vaya con él, porque me parece que no sabe lo que
hace, y si lo descubren todo nuestro plan…
«Primera planta, Ministro de Magia y Personal Adjunto.»
La reja dorada volvió a abrirse y Hermione sofocó un grito. Ante ellos había
cuatro personas, dos de ellas enfrascadas en una conversación: un mago de pelo largo
con una elegante túnica negra y dorada, y una bruja rechoncha, de cara de sapo, que
lucía un lazo de terciopelo en la corta melena y apoyaba contra el pecho un montón
de hojas de pergamino prendidas con un sujetapapeles
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