17

17
El secreto de Bathilda
—¡Espera, Harry!
—¿Qué pasa?
Se encontraban a la altura de la tumba de aquel Abbott desconocido.
—Ahí hay alguien. Alguien nos está observando. Lo noto. Allí, detrás de esos
arbustos.
Se quedaron quietos, abrazados, escrutando los densos y negros límites del
cementerio. Pero Harry no veía nada.
—¿Estás segura?
—He visto moverse algo, juraría que he… —Se separó de él para tener libre el
brazo de la varita.
—Tenemos aspecto de muggles —le recordó Harry.
—¡Sí, de unos muggles que acaban de dejar flores en la tumba de tus padres!
¡Estoy segura de que hay alguien, Harry!
Al chico le vino a la memoria el libro Historia de la magia; se suponía que en ese
cementerio había fantasmas. ¿Y si…? Pero entonces oyó un susurro y percibió un
pequeño remolino de nieve que se desplazaba en el arbusto que Hermione había
señalado. Los fantasmas no movían la nieve…
—Será un gato —comentó Harry— o un pájaro. Si fuera un mortífago ya
estaríamos muertos. Pero salgamos de aquí y volvamos a ponernos la capa.
Miraron hacia atrás varias veces mientras salían del cementerio. Harry, que no
www.lectulandia.com - Página 231
estaba tan tranquilo como le había hecho creer a Hermione para calmarla, se alegró
cuando llegaron a la cancela y pisaron la resbaladiza acera; entonces se taparon con la
capa invisible.
El pub estaba más lleno que antes, y en su interior un coro de voces cantaba el
mismo villancico que habían oído cuando se acercaron a la iglesia. Harry estuvo a
punto de proponer que se refugiaran en el local, pero antes Hermione murmuró:
«Vamos por aquí», y lo arrastró por una oscura calle por la que se salía del pueblo en
dirección opuesta a la que los había llevado a Godric's Hollow. Harry distinguió el
punto donde terminaban las casitas y el camino se perdía de nuevo en los campos, así
que anduvieron tan rápido como les fue posible, pasando por delante de varias
ventanas en las que destellaban luces multicolores y a través de cuyas cortinas se
adivinaba el contorno de árboles navideños.
—¿Cómo vamos a encontrar la casa de Bathilda? —preguntó Hermione, que
temblaba ligeramente y no paraba de mirar hacia atrás—. ¡Harry! ¿Tú qué opinas?
¡Harry!
La chica le tiró del brazo, pero él no estaba prestándole atención, concentrado en
la oscura edificación que se alzaba al final de la hilera de casas. A continuación echó
a correr tirando de su amiga, que resbaló un poco en el hielo.
—Harry…
—Mira. Mírala, Hermione.
—No sé qué… ¡Oh!
El encantamiento Fidelio debía de haber perdido su eficacia al morir James y
Lily, porque Harry la veía. El seto había crecido desmesuradamente en los dieciséis
años transcurridos desde que Hagrid lo rescatara de entre los escombros esparcidos
por la hierba, que ahora le llegaba por la cintura. Gran parte de la casita seguía en pie,
aunque cubierta por completo de oscura hiedra y nieve, pero la zona derecha del piso
superior estaba destrozada. Harry tenía la certeza de que era allí donde la maldición
había rebotado. Ambos se quedaron de pie frente a la verja contemplando las ruinas
de lo que, en su día, fue una casita muy parecida a las que había al lado.
—No entiendo por qué no la reconstruyeron —susurró Hermione.
—A lo mejor es que no se puede. Tal vez pasa como con las heridas producidas
por magia oscura, que es imposible curarlas.
El chico sacó una mano de debajo de la capa y la apoyó sobre la oxidada verja
cubierta de nieve, no con la intención de abrirla, sino simplemente por tocar una parte
de la casa.
—¿No piensas entrar? No parece muy segura, podría… ¡Oh, Harry! ¡Mira!
Por lo visto, el roce de la mano sobre la verja había provocado que en el suelo,
frente a ellos y entre la maraña de ortigas y hierbajos, surgiera un letrero de madera,
como una extraña flor de crecimiento rápido, con una inscripción en letras doradas:
www.lectulandia.com - Página 232
En este lugar, la noche del 31 de octubre de 1981, Lily y James Potter
perdieron la vida. Su hijo, Harry, es el único mago que ha sobrevivido a la
maldición asesina. Esta casa, invisible para los muggles, permanece en
ruinas como monumento a los Potter y como recordatorio de la violencia que
destrozó una familia.
Alrededor de esas frases pulcramente trazadas, otros magos y brujas que habían
visitado el lugar donde «el niño que sobrevivió» logró escapar, habían añadido
anotaciones. Algunos se limitaron a firmar con tinta imperecedera; otros grabaron sus
iniciales en la madera, y otros escribieron mensajes. De entre éstos, los más recientes,
que brillaban sobre los grafitis mágicos de dieciséis años de antigüedad, decían cosas
muy parecidas: «Buena suerte, Harry, dondequiera que estés»; «Si lees esto, Harry,
que sepas que estamos contigo», o bien, «Larga vida a Harry Potter».
—¡No deberían haber escrito en ese letrero! —se indignó Hermione.
Pero Harry la miró esbozando una sonrisa radiante, y replicó:
—Es genial. Me encanta que lo hayan hecho. Es…
No terminó la frase al ver que una figura envuelta de arriba abajo se les acercaba
renqueando; las luces de la lejana plaza recortaban su silueta. A Harry le pareció que
era una mujer, aunque resultaba difícil distinguirla. Andaba despacio, probablemente
para no resbalar en el suelo nevado, pero el hecho de caminar encorvada, su gordura
y la forma de arrastrar los pies indicaban que se trataba de una persona muy anciana.
La observaron acercarse. Harry pensó que tal vez entraría en alguna de las casitas por
las que pasaba, pero su instinto le decía que no lo haría. Al fin la figura se detuvo a
pocos metros de ellos y se quedó quieta en medio de la calle helada, mirándolos.
Hermione pellizcó a Harry en el brazo, pero no hacía falta. No había
prácticamente ninguna probabilidad de que esa mujer fuera una muggle: estaba allí
inmóvil, contemplando una casa que, de no ser una bruja, le habría sido del todo
imposible ver. Sin embargo, aun así era extraño que hubiera salido a la calle, de
noche y con aquel frío, sólo para mirar una vieja casa en ruinas. Por otra parte, según
todas las leyes de la magia normal, a la mujer no le sería posible ver a Hermione ni a
Harry. Sin embargo, el muchacho intuía que la anciana sabía que estaban allí e
incluso quiénes eran. Acababa de llegar a esa inquietante conclusión cuando la mujer
levantó una mano enguantada y les indicó que se acercaran.
Hermione se estrechó más contra Harry bajo la capa, con un brazo pegado al
suyo.
—¿Cómo lo sabe?
Harry negó con la cabeza. La mujer, que seguía mirándolos sin moverse en la
calle desierta, volvió a hacerles señas, esta vez con apremio. A Harry se le ocurrían
muchas razones para no hacerle caso, pero sus sospechas acerca de la identidad de
www.lectulandia.com - Página 233
aquella desconocida eran cada vez más sólidas.
¿Cabía la posibilidad de que llevara todos esos largos meses aguardándolos?
¿Podía ser que Dumbledore le hubiera pedido que esperara, porque Harry acabaría
yendo a Godric's Hollow? ¿Tal vez era ella la que estaba escondida en el cementerio
y los había seguido hasta allí? El que la mujer fuera capaz de percibir su presencia
indicaba que poseía poderes que Harry sólo había intuido en Dumbledore.
Por fin decidió dirigirle la palabra, y Hermione, sobresaltada, soltó un gritito
ahogado.
—¿Es usted Bathilda?
La figura envuelta asintió y volvió a hacerles señas.
Bajo la capa, Harry consultó a Hermione con la mirada, y ella dio una breve y
nerviosa cabezada de asentimiento.
Avanzaron poco a poco y, de inmediato, la mujer se dio la vuelta y echó a andar
cojeando por donde había venido. Pasó por delante de varias casas, con los chicos
detrás, y al fin entró por la verja de una de ellas. Harry y Hermione la siguieron por el
sendero que discurría por un jardín casi tan descuidado como el que acababan de
abandonar. Al llegar a la puerta principal, la mujer sacó una llave, abrió y se apartó
para dejarlos entrar.
Ella olía mal, o quizá el mal olor provenía de la casa; Harry arrugó la nariz al
pasar con sigilo por su lado y se quitó la capa. Ahora que estaba cerca de la anciana
comprobó lo bajita que era; encorvada por la edad, apenas le llegaba a la altura del
esternón. Cerró la puerta con una mano cubierta de manchas y nudillos azulados y se
volvió hacia Harry; hundidos entre pliegues de piel casi translúcida, sus ojos eran
opacos a causa de las cataratas, y tenía la cara cubierta de capilares rotos y manchas
de vejez. El chico se preguntó si podía verlo con aquellos ojos enfermos; si así era,
sólo vería al muggle calvo cuya apariencia él había adoptado.
El olor a viejo, polvo, ropa sucia y comida rancia se intensificó cuando la anciana
se quitó el chal negro y apolillado, revelando una cabeza de cabello blanco y ralo a
través del cual se veía claramente el cuero cabelludo.
—¿Es usted Bathilda? —repitió Harry.
Ella volvió a asentir y él recordó que llevaba el guardapelo colgado del cuello,
porque la cosa que contenía el Horrocrux había despertado y sus pulsaciones se
percibían a través de la fría cubierta de oro. ¿Sabía esa cosa, podía notarlo, que lo que
iba a destruirla estaba cerca?
Bathilda echó a andar arrastrando los pies, empujó a Hermione al pasar, como si
no la hubiera visto, y entró en lo que parecía un salón.
—Harry, esto no me gusta —musitó Hermione.
—¿La has visto bien? Estoy seguro de que en caso de necesidad podríamos
dominarla. Mira, debí decírtelo antes, pero yo ya sabía que no estaba muy bien de la
www.lectulandia.com - Página 234
cabeza. Muriel lo dijo.
—¡Ven! —llamó Bathilda desde la otra habitación.
Hermione dio un respingo y se agarró al brazo de Harry.
—Tranquila —dijo él, y la precedió hacia el salón.
Bathilda iba de un lado para otro encendiendo velas, pero la estancia todavía
estaba oscura, además de sumamente sucia. Una gruesa capa de polvo se removió
bajo sus pies y, al olfatear, Harry detectó entre el olor a humedad y moho algo
semejante a carne podrida. Se preguntó cuánto hacía que nadie iba allí a airear las
habitaciones. Además, la mujer parecía haber olvidado que podía hacer magia,
porque encendía las velas a mano, torpemente, de modo que siempre estaba a punto
de prender el puño de encaje de su manga.
—Permítame que lo haga yo —se ofreció Harry, y le cogió las cerillas de la
mano.
Ella lo observó mientras él acababa de encender los cabos de vela que había en
unos platillos repartidos por toda la estancia, precariamente colocados sobre
montones de libros y en mesitas abarrotadas de tazas sucias y desportilladas.
La última vela que encendió Harry estaba en una cómoda de frontal abombado y
repleta de fotografías. Cuando la llama cobró vida, su reflejo titiló en los marcos de
plata y los polvorientos cristales, y el muchacho detectó pequeños movimientos en las
imágenes. Mientras Bathilda buscaba unos troncos para la chimenea, él musitó:
«¡Tergeo!», y el polvo desapareció de las fotografías. Enseguida vio que faltaba una
media docena de ellas, las de los marcos más grandes y ornamentados, y se preguntó
si las habría retirado de allí la propia Bathilda. Entonces le llamó la atención una
colocada al fondo de la colección, y la cogió.
Aquel ladrón de cara risueña, el joven rubio que había saltado desde el alféizar de
la ventana de Gregorovitch, le sonreía perezosamente desde su marco de plata. Al
instante recordó que había visto a aquel chico en Vida y mentiras de Albus
Dumbledore, abrazado a un Dumbledore adolescente, y comprendió que las
fotografías que faltaban probablemente estaban en el libro de Rita.
—Señora Bagshot… —dijo, y le tembló un poco la voz—. ¿Quién es éste?
Bathilda estaba en medio de la habitación contemplando cómo Hermione
encendía el fuego de la chimenea.
—Señora Bagshot… —repitió Harry, y fue hacia ella para enseñarle la fotografía,
al mismo tiempo que las llamas prendían en la chimenea. Bathilda miró a Harry y el
Horrocrux latió más deprisa—. ¿Quién es este joven? —preguntó.
La anciana observó la fotografía con aire solemne, y luego a Harry.
—¿Sabe quién es? —insistió él en voz más alta y articulando con mayor claridad
—. ¿Sabe quién es este joven? ¿Lo conoce? ¿Cómo se llama?
Bathilda compuso una expresión de indiferencia, frustrando a Harry. ¿Cómo
www.lectulandia.com - Página 235
había conseguido Rita Skeeter desenterrar los recuerdos de aquella mujer?
—¿Quién es este hombre? —dijo elevando aún más la voz.
—¿Qué pasa, Harry? —preguntó Hermione.
—Mira esta fotografía… ¡Es el ladrón, el ladrón que robó a Gregorovitch!
»¡Por favor! —le suplicó a Bathilda—. ¿Quién es?
Pero ella se limitó a mirarlo fijamente.
—¿Por qué nos ha pedido que viniéramos con usted, señora Bagshot? —intervino
Hermione elevando también el tono—. ¿Quería contarnos algo?
Bathilda se acercó a Harry arrastrando los pies, como si no hubiera oído a
Hermione, y con la cabeza señaló el vestíbulo.
—¿Quiere que nos marchemos? —preguntó él.
Bathilda repitió el gesto, esta vez señalándolo primero a él, luego a sí misma y
por último el techo.
—Ah, ya… me parece que quiere que suba con ella al piso de arriba.
—Está bien, vamos —dijo Hermione, pero cuando dio un paso, Bathilda sacudió
la cabeza con repentina vehemencia y volvió a señalar primero a Harry y luego a sí
misma.
—Quiere que suba con ella yo solo.
—¿Por qué? —preguntó Hermione, y su voz resonó, aguda y diáfana, en la
estancia iluminada por las velas; la anciana movió un poco la cabeza, como molesta
por la intensidad de ese sonido.
—A lo mejor Dumbledore le dijo que me diera la espada a mí y sólo a mí.
—¿De verdad crees que sabe quién eres?
—Sí, me parece que sí —respondió Harry observando los blanquecinos ojos de la
anciana, de nuevo fijos en los suyos.
—Bueno, en ese caso… Pero date prisa, Harry.
—Usted primero —le dijo el chico a Bathilda.
La mujer debió de entenderlo, porque lo rodeó arrastrando los pies y fue hacia la
puerta. Harry le lanzó una sonrisa tranquilizadora a su amiga, pero no estuvo seguro
de que ella la viera, porque se había quedado en medio de aquella deprimente
estancia, abrazándose el cuerpo y mirando la librería. Al salir, Harry se metió la
fotografía del ladrón anónimo debajo de la chaqueta, sin que se dieran cuenta ni
Hermione ni Bathilda.
La escalera era estrecha y empinada. Harry estuvo tentado de apoyar las manos en
el voluminoso trasero de Bathilda para impedir que la anciana cayera hacia atrás y lo
aplastara, lo cual parecía bastante probable. La mujer llegó resollando al primer
rellano, torció hacia la derecha y guió a Harry hasta un dormitorio de techo bajo.
Allí dentro reinaba la oscuridad y también olía fatal. Harry atisbo un orinal que
asomaba por debajo de la cama, pero Bathilda cerró la puerta y ya no vio nada más.
www.lectulandia.com - Página 236
—¡Lumos! —dijo el muchacho, y su varita mágica se encendió. Al punto dio un
respingo, porque la anciana se le había acercado aprovechando esos segundos de
oscuridad total, aunque él no la había oído aproximarse.
—¿Eres Potter? —susurró Bathilda.
—Sí, soy Potter.
Ella asintió despacio, con solemnidad. Harry notó que los latidos del Horrocrux
se aceleraban hasta superar los de su propio corazón, una sensación desagradable e
inquietante.
—¿Tiene usted algo para mí? —preguntó, pero ella parecía absorta en la luz que
emitía el extremo de la varita—. ¿Tiene algo que darme? —insistió.
La mujer cerró los ojos y entonces pasaron varias cosas a la vez: Harry sintió una
fuerte punzada en la cicatriz, el Horrocrux palpitó con tanta fuerza que movió el
jersey del muchacho, y la oscura y pestilente habitación desapareció por unos
momentos. De pronto sintió un arrebato de júbilo y, con voz clara y aguda, gritó:
«¡Rétenlo!»
Se tambaleó un poco, mientras la maloliente habitación en penumbra volvía a
formarse alrededor de él, pero no entendió qué había ocurrido.
—¿Tiene algo para mí? —preguntó por tercera vez, más fuerte aún.
—Está allí —susurró ella señalando un rincón.
Harry dirigió la varita hacia la ventana y bajo las cortinas vio un tocador atestado
de cosas.
Esta vez la anciana no lo precedió. Con la varita en alto, Harry pasó lentamente
entre ella y la cama, que estaba deshecha. No quería perder de vista a Bathilda.
—¿Qué es? —preguntó al llegar al tocador, sobre el que había un gran montón de
ropa muy sucia, a juzgar por el hedor que desprendía.
—Ahí —insistió la mujer señalando el montón deforme.
Harry se volvió brevemente hacia aquel amasijo buscando distinguir la
empuñadura de una espada o algo que pareciera un rubí, y entonces la mujer hizo un
movimiento extraño que él advirtió con el rabillo del ojo; presa del pánico, miró
rápidamente a la anciana y el horror lo paralizó al ver cómo su cuerpo se
desmoronaba y una enorme serpiente le surgía del cuello.
La serpiente lo atacó cuando él alzaba la varita, y el impacto de la mordedura que
recibió en el antebrazo hizo que aquélla saliera despedida hacia el techo girando
sobre sí misma. La luz osciló vertiginosamente por la habitación antes de apagarse.
En ese momento, la serpiente le propinó con la cola un fuerte golpe en el pecho que
le cortó la respiración. Harry cayó hacia atrás sobre el montón de ropa del tocador.
Lanzándose hacia un lado logró esquivar por muy poco la cola de la serpiente,
que descargó con violencia sobre el tocador. Harry se derrumbó en el suelo y le
cayeron encima añicos del cristal que cubría la superficie del mueble.
www.lectulandia.com - Página 237
—¿Harry, qué haces? —gritó Hermione desde abajo.
Él intentó coger aire para responder, pero una mole lisa y pesada lo derribó y se
deslizó por encima de él, potente y musculosa…
—¡No! —chilló con voz ahogada, inmovilizado en el suelo.
—Sí —susurró la voz—. Sssíii… prepárate… prepárate…
—¡Accio… varita!
Pero la varita no acudió, y él necesitaba ambas manos para intentar soltarse de la
serpiente, que ya empezaba a enroscarse alrededor de su torso, dejándolo sin aire y
clavándole el Horrocrux en el pecho, un círculo de hielo que latía, vivo, a sólo unos
centímetros de su propio y desbocado corazón. La mente se le iba llenando de una luz
fría y blanca que le impedía pensar. Sin poder respirar, oía pasos a lo lejos y todo se
iba…
Un corazón metálico golpeaba fuera de su pecho, y entonces Harry voló, voló
triunfante, sin necesidad de escoba ni thestral…
Despertó bruscamente en la apestosa oscuridad. Nagini lo había soltado. Se puso
en pie con dificultad y vio la silueta de la serpiente recortada contra la luz del rellano:
en ese momento la bestia atacó y Hermione se lanzó hacia un lado dando un grito. La
maldición de la chica dio contra la ventana y rompió los cristales. Un aire helado
invadió la estancia. Harry se agachó para esquivar otra lluvia de cristales rotos y
resbaló al pisar algo con forma de lápiz: su varita…
La recogió rápidamente, pero la serpiente sacudía la cola sin parar, ocupando toda
la habitación. Harry no veía a Hermione y por un instante temió lo peor, pero
entonces se oyó un fuerte estallido seguido de un destello de luz roja y la serpiente,
golpeando con fuerza a Harry en la cara, dio una especie de brinco y se impulsó hacia
el techo con un movimiento en espiral. Harry levantó la varita y al hacerlo sintió un
dolor atroz en la cicatriz, un dolor que no notaba desde hacía años.
—¡Viene hacia aquí! ¡Viene hacia aquí, Hermione!
Mientras Harry gritaba, la serpiente cayó silbando como enloquecida. Reinaba un
caos tremendo: la bestia destrozó los estantes de la pared e hizo saltar pedazos de
porcelana por todas partes, mientras el muchacho se lanzaba hacia la cama y agarraba
a tientas la oscura figura de Hermione.
La chica gritó de dolor cuando él la tumbó de un empujón sobre la cama. La
serpiente se irguió de nuevo, pero Harry sabía que se avecinaba algo mucho peor,
algo que quizá ya había llegado a la verja del jardín, porque la cicatriz le dolía
horrores y la cabeza parecía a punto de explotarle…
La bestia se abalanzó sobre Harry, que saltó a un lado tirando de Hermione, la
cual gritó «¡Confringo!». El hechizo voló por todo el cuarto, haciendo añicos el
espejo del ropero, cuyos trozos rebotaron contra ellos, el suelo y el techo. El calor del
hechizo le abrasó una mano a Harry y un fragmento de cristal le hizo un corte en la
www.lectulandia.com - Página 238
mejilla cuando, siempre tirando de Hermione, pasó junto al tocador y saltó hacia la
destrozada ventana para lanzarse al vacío. El grito de Hermione resonó en la
oscuridad mientras ambos giraban en el aire…
Y entonces se le abrió la cicatriz y él mismo era Voldemort, que corría por la
hedionda habitación y se sujetaba con las largas y blancas manos al antepecho de la
ventana, viendo al hombre calvo y a la mujer menuda girar sobre sí mismos y
esfumarse; y él mismo gritó de rabia, un chillido que se fundió con el de Hermione y
resonó por los oscuros jardines acallando el sonido de las campanadas de la iglesia
que celebraban la Navidad…
Y su grito era el grito de Harry; su dolor era el dolor de Harry… Si sucediera allí,
donde ya había sucedido una vez… Allí, desde donde se veía la casa en que él había
estado tan a punto de saber qué significaba morir… Morir… Era un dolor tan
intenso… Sentía como si lo arrancaran de su cuerpo. Pero si no tenía cuerpo, ¿por
qué le dolía tanto la cabeza? Si estaba muerto, ¿por qué sentía un dolor tan
insoportable? ¿Acaso no cesaba el dolor con la muerte, acaso no desaparecía?
La noche era húmeda y ventosa, dos niños disfrazados de calabaza caminaban
como patos por la plaza, y los escaparates de las tiendas, cubiertos de arañas de
papel, exhibían toda la parafernalia decorativa con que los muggles reproducían un
mundo en que no creían. Y él se deslizaba con esa sensación de determinación, poder
y potestad que siempre experimentaba en tales ocasiones. No era rabia… eso era
para almas más débiles que la suya. No era rabia sino triunfo, sí… Había esperado
mucho ese momento, lo había deseado tanto…
—¡Bonito disfraz, señor!
Vio cómo la sonrisa del niño flaqueaba cuando se le acercó lo suficiente para
fisgar bajo la capucha de la capa; percibió el miedo ensombreciendo su maquillado
rostro. Entonces el niño se dio la vuelta y huyó. El aferró su varita mágica bajo la
túnica… Un solo movimiento y el niño nunca llegaría a los brazos de su madre. Pero
no hacía falta, no hacía ninguna falta… Y siguió por otra calle más oscura, y por fin
divisó su destino; el encantamiento Fidelio se había roto, aunque ellos todavía no lo
supieran… Haciendo menos ruido que las hojas secas que se deslizaban por la
acera, cuando llegó a la altura del oscuro seto miró por encima de él…
No habían corrido las cortinas, así que los vio claramente en su saloncito: él —
alto, moreno y con gafas— hacía salir de su varita nubes de humo de colores para
complacer al niño de pelo negro y pijama azul. El niño reía e intentaba atrapar el
humo, asirlo con su manita…
Se abrió una puerta y entró la madre; dijo algo que él no pudo oír, pues el largo
cabello pelirrojo le tapaba la cara. Entonces el padre levantó al niño del suelo y se lo
dio a la madre. Dejó su varita mágica encima del sofá y se desperezó bostezando…
La puerta chirrió un poco cuando la abrió, pero James Potter no la oyó. Su
www.lectulandia.com - Página 239
blanca mano sacó la varita de debajo de la capa y apuntó a la puerta, que se abrió
de par en par.
Ya había traspuesto el umbral cuando James llegó corriendo al vestíbulo. Fue
fácil, demasiado fácil, ni siquiera llevaba su varita mágica…
—¡Coge a Harry y vete, Lily! ¡Es él! ¡Corre, vete! ¡Yo lo contendré!
¡Contenerlo! ¡Sin una varita a mano! Rió antes de lanzar la maldición.
—¡Avada Kedavra!
La luz verde inundó el estrecho vestíbulo, iluminó el cochecito apoyado contra la
pared, reverberó en los balaustres como si fueran fluorescentes, y James Potter se
desplomó como una marioneta a la que le han cortado los hilos.
La oyó gritar en el piso de arriba, atrapada, pero, mientras fuera sensata, al
menos ella no tenía nada que temer. Subió la escalera, escuchando con cierto
regocijo los ruidos que la mujer hacía mientras intentaba atrincherarse. Ella
tampoco llevaba encima su varita mágica… Qué estúpidos eran y qué confiados;
pensar que podían dejar su seguridad en manos de sus amigos, o separarse de sus
armas aunque fuera sólo un instante.
Forzó la puerta, apartó con un único y lánguido movimiento de la varita la silla y
las cajas que Lily había amontonado apresuradamente… Y allí la encontró, con el
niño en brazos. Al verlo, ella dejó a su hijo en la cuna que tenía detrás y extendió
ambos brazos, como si eso pudiera ayudarla, como si apartándolo de su vista fuera a
conseguir que la eligiera a ella.
—¡Harry no! ¡Harry no! ¡Harry no, por favor!
—Apártate, necia. Apártate ahora mismo…
—¡Harry no! ¡Por favor, máteme a mí, pero a él no!
—Te lo advierto por última vez…
—¡Harry no! ¡Por favor… tenga piedad… tenga piedad! ¡Harry no! ¡Harry no!
¡Se lo ruego, haré lo que sea!
—Apártate. Apártate, estúpida…
Podría haberla apartado él mismo de la cuna, pero le pareció más prudente
acabar con todos.
La luz verde destelló en la habitación y Lily se desplomó igual que su esposo. El
niño no había llorado en todo ese rato; ya se sostenía en pie, agarrado a los barrotes
de la cuna, y miró con expectación al intruso, quizá creyendo que quien se escondía
bajo la capa era su padre, haciendo más luces bonitas, y que su madre se levantaría
en cualquier momento, riendo…
Con sumo cuidado, apuntó la varita a la cara del niño: quería ver cómo sucedía,
captar cada detalle de la destrucción de ese único e inexplicable peligro. El pequeño
rompió a llorar: ya había comprendido que aquél no era su padre. A él no le gustó
oírlo llorar; en el orfanato nunca había soportado oír llorar a los niños pequeños…
www.lectulandia.com - Página 240
—¡Avada Kedavra!
Y entonces se derrumbó: no era nada, sólo dolor y terror, y tenía que esconderse,
no allí, entre los escombros de la casa en ruinas, donde el niño seguía llorando,
atrapado, sino lejos, muy lejos…
—No —gimió.
La serpiente susurró en el sucio y desordenado suelo, y él había matado al niño,
y sin embargo él era el niño…
—No…
Y ahora estaba de pie junto a la ventana rota de la casa de Bathilda, abrumado
por los recuerdos de otra pérdida mayor, y a sus pies la enorme serpiente se
deslizaba sobre fragmentos de porcelana y cristal. Miró hacia abajo y vio algo, algo
increíble…
—No…
—¡No pasa nada, Harry! ¡Estás bien!
Se agachó y recogió la destrozada fotografía. Y allí estaba el ladrón anónimo, el
ladrón que él andaba buscando…
—No… Se me ha caído… Se me ha caído…
—¡No pasa nada, Harry! ¡Despierta! ¡Despierta!
Él era Harry… Harry, no Voldemort… Y esa cosa que susurraba no era una
serpiente…
Abrió los ojos.
—Harry —musitó Hermione—. ¿Te encuentras bien?
—Sí… —mintió.
Se hallaba en la tienda de campaña, tumbado en la cama inferior de una litera,
tapado con un montón de mantas. Comprendió que estaba a punto de amanecer por la
quietud y la luz fría y mate que había en el exterior. Tenía el cuerpo empapado de
sudor; lo notaba en las sábanas y mantas.
—Conseguimos huir.
—Sí —confirmó Hermione—. Tuve que utilizar un encantamiento planeador para
ponerte en la litera, porque no podía levantarte. Has estado… Bueno, no has estado
muy…
La muchacha tenía unas marcadas ojeras y sujetaba una pequeña esponja; Harry
dedujo que le había limpiado la cara.
—Has estado enfermo —explicó ella—, muy enfermo.
—¿Cuánto hace que salimos de allí?
—Unas horas. Está amaneciendo.
—Y todo este tiempo he estado… ¿inconsciente?
—No exactamente —contestó Hermione, un tanto turbada—. Gritabas, gemías y
hacías… cosas —añadió con un tono que inquietó a Harry.
www.lectulandia.com - Página 241
¿Qué había hecho? ¿Gritar maldiciones como Voldemort, o llorar como el bebé de
la cuna?
—No podía quitarte el Horrocrux —continuó ella, y él comprendió que quería
cambiar de tema—. Estaba clavado, clavado en tu pecho. Te ha hecho una marca; lo
siento, pero tuve que emplear un encantamiento seccionador para quitártelo. Además,
te mordió la serpiente, aunque te he limpiado la herida y puesto un poco de
díctamo…
Harry se apartó la sudada camiseta y se miró. Tenía un óvalo encarnado sobre el
corazón, en el sitio donde el guardapelo le había quemado la piel. También vio la
marca de la mordedura, casi cicatrizada, en el antebrazo.
—¿Dónde has puesto el Horrocrux?
—En mi bolso. Creo que deberíamos separarnos un tiempo de él.
Harry se recostó en las almohadas y observó la mala cara de su amiga.
—No debimos ir a Godric's Hollow. Fue culpa mía. Todo es culpa mía, Hermione.
Lo siento.
—Tú no tienes la culpa de nada; yo también quería ir. Creía que Dumbledore
podía haberte dejado la espada allí.
—Ya… Pues parece que nos equivocamos.
—¿Qué pasó, Harry? ¿Qué pasó cuando Bathilda te llevó arriba? ¿La serpiente
estaba escondida en algún sitio, o apareció de repente, la mató a ella y te atacó a ti?
—No, nada de eso. Ella era la serpiente, o la serpiente era ella. Lo era desde el
principio.
—¿Qué quieres decir?
Harry cerró los ojos. Todavía estaba impregnado de la fetidez de aquella casa y
eso contribuía a que el episodio le resultara horriblemente vivido.
—Bathilda debía de llevar ya algún tiempo muerta y la serpiente estaba… dentro
de ella. Quien-tú-sabes la dejó esperando en Godric's Hollow. Tenías razón: él sabía
que yo volvería allí.
—¿Así que la serpiente estaba dentro de Bathilda?
Harry abrió los ojos y vio que su amiga ponía cara de asco.
—Lupin nos advirtió que nos encontraríamos ante una magia inimaginable —le
recordó Harry—. Bathilda no quería decir nada delante de ti y habló todo el rato en
lengua pársel, y yo no me di cuenta, claro, porque la entendía perfectamente. Cuando
subimos a la habitación, la serpiente le envió un mensaje a Quien-tú-sabes, yo la oí en
mi mente, y noté cómo él se emocionaba y le ordenaba que me retuviera allí… Y
entonces… —recordó el momento en que la serpiente había salido por el cuello de
Bathilda, pero decidió que Hermione no necesitaba conocer todos los detalles—
entonces se transformó en la serpiente y me atacó. —Se miró la mordedura en el
antebrazo—. No quería matarme, sólo retenerme allí hasta que llegara Quien-túwww.lectulandia.com
- Página 242
sabes.
Si al menos hubiera conseguido matar a aquella bestia, todo habría valido la pena.
Afligido, se incorporó y apartó las mantas.
—¡No, Harry! ¡Tienes que descansar!
—La que necesita descansar eres tú. No te ofendas, pero tienes un aspecto
horrible. Yo me encuentro bien; voy a vigilar un rato. ¿Dónde está mi varita? —
Hermione se limitó a mirarlo sin contestar—. ¿Hermione?
Ella se mordió el labio y los ojos se le humedecieron.
—Harry…
—¡¿Dónde está mi varita?!
Ella se inclinó junto a la cama, cogió la varita y se la dio.
La varita de acebo y fénix estaba casi partida en dos. Una frágil hebra de pluma
de fénix mantenía unidos ambos trozos, pero la madera se había astillado por
completo. Harry la cogió con delicadeza, como si fuera un ser vivo que hubiera
sufrido un terrible accidente. Luego se la tendió a su amiga.
—Arréglala, por favor.
—Harry, me parece que no… Cuando una varita se rompe así…
—¡Inténtalo, Hermione! ¡Por favor!
—¡Re… reparo!
Los dos trozos de madera volvieron a unirse. El muchacho la cogió y exclamó:
—¡Lumos!
La varita chisporroteó un poco y enseguida se apagó. Harry apuntó con ella a
Hermione.
—¡Expelliarmus!
La varita de la chica dio una pequeña sacudida, pero no le saltó de la mano. Aquel
sencillo intento de hacer magia fue demasiado para la varita de Harry, que volvió a
partirse. Él la miró perplejo, incapaz de asimilar lo que estaba viendo: la varita que
tantas veces había sobrevivido…
—Harry —susurró Hermione de forma casi inaudible—. Lo lamento muchísimo.
Creo que fui yo. Cuando nos íbamos, la serpiente nos siguió, así que le hice una
maldición explosiva, pero rebotó por todas partes y debió de… debió de darle a…
—Fue un accidente —dijo Harry mecánicamente, pero se sentía vacío, aturdido
—. Bueno, ya encontraremos la manera de repararla.
—No creo que podamos arreglarla —musitó Hermione mientras las lágrimas le
resbalaban por las mejillas—. ¿Te acuerdas… de lo que le pasó a la varita de Ron
cuando se rompió al estrellar el coche? Nunca volvió a ser la misma, y tuvo que
comprar otra.
Harry pensó en Ollivander, a quien Voldemort había secuestrado y retenía como
rehén; y en Gregorovitch, a quien había asesinado. ¿De dónde iba él a sacar una
www.lectulandia.com - Página 243
varita nueva?
—Bueno —dijo fingiendo naturalidad—, en ese caso, de momento utilizaré la
tuya. Al menos para hacer la guardia.
Ella, llorosa, le entregó su varita y él la dejó sentada junto a la cama; no había
nada que deseara más que alejarse de Hermione.

Comentarios