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In Memoriam
Harry sangraba. Mientras se apretaba la mano derecha con la izquierda y maldecía
por lo bajo, abrió la puerta de su dormitorio empujándola con el hombro. De
inmediato se oyó un crujido de porcelana al romperse, pues le había dado un puntapié
a una taza de té que había en el suelo, delante mismo de la puerta.
—Pero ¿qué…?
Echó un vistazo alrededor: el rellano del número 4 de Privet Drive se hallaba
desierto. Seguramente, Dudley había dejado allí la taza, convencido de que estaba
haciendo una broma ingeniosa. Manteniendo la mano que le sangraba en alto, Harry
recogió los fragmentos de porcelana con la otra y los arrojó a la papelera, ya
rebosante, que había justo al lado de su dormitorio. Luego fue al cuarto de baño a
poner el dedo bajo el grifo.
Era estúpido, absurdo y sumamente irritante que todavía faltaran cuatro días para
que se le permitiera practicar magia. Pero tenía que admitir que no habría sabido qué
hacer con aquel corte irregular en el dedo. Todavía no había aprendido a curar heridas
y, pensándolo bien —sobre todo a la luz de sus planes inmediatos—, eso era un grave
fallo de su educación mágica. Se dijo que debía pedirle a Hermione que le enseñara y
a continuación, con un gran puñado de papel higiénico, limpió el té derramado antes
de volver a su dormitorio y cerrar de un portazo.
Había pasado la mañana vaciando por completo su baúl del colegio por primera
vez desde que lo llenara seis años atrás. Al principio de cada curso escolar se limitaba
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a sacar de él las tres cuartas partes de su contenido y sustituirlas o ponerlas al día,
pero dejaba una capa de residuos en el fondo: plumas viejas, ojos de escarabajo
disecados, calcetines desparejados… Unos minutos antes, al meter la mano en ese
mantillo, había experimentado un agudo dolor en el dedo anular de la mano derecha
y, al retirarla, vio la sangre.
Esta vez tuvo más cuidado. Volvió a arrodillarse junto al baúl, buscó a tientas en
el fondo y, tras sacar una vieja insignia donde se leía alternativamente «Apoya a
CEDRIC DIGGORY» y «POTTER APESTA», un chivatoscopio rajado y gastado y un
guardapelo de oro que contenía una nota firmada «R.A.B.», encontró por fin el borde
afilado que le había producido la herida. Lo reconoció de inmediato: era un trozo de
unos cinco centímetros del espejo encantado que le había regalado Sirius, su difunto
padrino. Lo puso aparte y siguió tanteando con precaución en el baúl en busca de la
parte restante, pero del último regalo de su padrino no quedaba más que un poco de
vidrio pulverizado que, como brillante arenilla, se había adherido a la capa más
profunda de residuos.
Se incorporó y examinó el trozo de bordes irregulares con que se había cortado,
pero lo único que vio reflejado fue su propio ojo, de un verde vivo. Dejó el fragmento
encima de El Profeta de esa mañana (todavía por leer), que estaba sobre la cama, y,
para detener el repentino torrente de amargos recuerdos y punzadas de remordimiento
y nostalgia originados por el hallazgo del espejo roto, arremetió contra el resto de los
cachivaches que quedaban en el baúl.
Tardó otra hora en vaciarlo por completo, tirar los bártulos inservibles y separar
los demás en dos montones, según fuera a necesitarlos o no. Acumuló en un rincón la
túnica del colegio y la de quidditch, el caldero, las hojas de pergamino, las plumas y
la mayoría de los libros de texto, porque no tenía intención de llevárselos. Entonces
se preguntó qué harían sus tíos con ellos; seguramente quemarlos a altas horas de la
noche, como si fueran la prueba de algún espantoso crimen. En cambio, metió en una
mochila vieja la ropa de muggle, la capa invisible, el equipo de preparar pociones,
algunos libros, el álbum de fotografías que le había regalado Hagrid, un atado de
cartas y su varita mágica. En un bolsillo delantero de la mochila guardó el mapa del
merodeador y el guardapelo con la nota firmada «R.A.B.». Al guardapelo le había
concedido ese lugar de honor no porque fuera valioso —no valía nada, al menos a
efectos prácticos—, sino por lo que le había costado obtenerlo.
Encima del escritorio, junto a Hedwig —su lechuza blanca como la nieve—, aún
quedaba un buen montón de periódicos: uno por cada día pasado en Privet Drive ese
verano.
Al cabo de un rato se puso en pie, se estiró y se acercó al escritorio. Hedwig no se
movió mientras él se ocupaba de hojear los periódicos antes de tirarlos al montón de
basura uno tras otro; la lechuza dormía o fingía hacerlo, ya que estaba enfadada con
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Harry por el poco tiempo que le permitía salir de la jaula.
A medida que llegaba al final de los periódicos, fue pasándolos más despacio,
intentando recuperar uno que había llegado poco después de que él regresara a Privet
Drive a principios del verano; recordaba que la primera plana de ese ejemplar incluía
un breve comentario sobre la dimisión de Charity Burbage, la profesora de Estudios
Muggles de Hogwarts. Por fin lo encontró. Buscó la página 10, se dejó caer en la silla
del escritorio y releyó el artículo que buscaba.
REMEMBRANZA DE ALBUS DUMBLEDORE
Elphias Doge
Conocí a Albus Dumbledore cuando tenía once años; era nuestro primer día en
Hogwarts. La atracción mutua que experimentamos se debió sin duda al hecho de que
ambos nos sentíamos como intrusos allí. Yo había contraído viruela de dragón poco
antes de instalarme en el colegio y, aunque ya no contagiaba, mi cara —picada y de
un desagradable tono verdoso— no animaba a nadie a acercárseme. Albus, por su
parte, había llegado a Hogwarts bajo la carga de una notoriedad en absoluto deseada.
Apenas un año atrás, su padre, Percival, había sido condenado por una brutal
agresión, muy divulgada, contra tres jóvenes muggles.
Él nunca intentó negar que su progenitor (que moriría en Azkaban) hubiera
cometido ese crimen; es más, cuando reuní el valor suficiente para preguntárselo, me
aseguró que sabía que su padre era culpable. Aparte de eso, se negó a seguir hablando
de tan lamentable asunto, aunque muchos intentaron tirarle de la lengua. Algunos
incluso elogiaban el acto de Percival y daban por sentado que su hijo también odiaba
a los muggles. Pero estaban muy equivocados, como podría atestiguar cualquiera que
lo conociera; él nunca manifestó ni la más remota tendencia antimuggle. De hecho,
con su decidido apoyo a los derechos de los no magos, se ganaría muchos enemigos
en los años posteriores.
Sin embargo, en cuestión de meses la fama que iba adquiriendo empezó a eclipsar
la de su padre. Hacia finales de su primer curso, ya nadie lo conocía como el hijo de
un criminal antimuggles, sino como —nada más y nada menos— el alumno más
brillante que jamás había pasado por el colegio. Quienes tuvimos el privilegio de
contarnos entre sus amigos nos beneficiamos de su ejemplo, así como de su ayuda y
sus palabras de ánimo, con las que siempre fue generoso. Años después me confió
que ya entonces sabía que lo que más le gustaba era enseñar.
No sólo ganó todos los premios importantes del colegio, sino que pronto
estableció una correspondencia regular con los personajes del mundo mágico más
destacados de la época, entre ellos Nicolás Flamel, el famoso alquimista; Bathilda
Bagshot, la renombrada historiadora, y Adalbert Waffling, el teórico de la magia.
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Asimismo, varios trabajos suyos fueron incluidos en publicaciones especializadas
como La transformación moderna, Desafíos en encantamientos y El elaborador de
pociones práctico. La carrera de Dumbledore prometía ser meteórica, y lo único que
quedaba por saber era cuándo se convertiría en ministro de Magia. Sin embargo, pese
a que en los años siguientes a menudo se predijo que estaba a punto de asumir el
cargo, nunca tuvo ambiciones políticas.
Tres años después de nuestro ingreso en Hogwarts llegó al colegio su hermano
Aberforth. No se parecían mucho, pues éste nunca fue buen estudiante y, a diferencia
de mi amigo, prefería resolver las disputas mediante duelos en lugar de con
discusiones razonadas. Con todo, no es correcto insinuar, como han hecho algunos,
que ambos hermanos estuvieran enemistados. Se llevaban tan bien como podían
llevarse dos chicos tan diferentes. Para ser justos con Aberforth, hay que reconocer
que vivir a la sombra de Albus no era una experiencia agradable. Sus amigos
teníamos que sobrellevar el hecho de quedar siempre eclipsados por él, y para su
hermano debía de resultar aún más difícil.
Cuando Dumbledore y yo terminamos los estudios en Hogwarts, planeamos hacer
juntos la entonces tradicional vuelta al mundo, visitando y observando a los magos de
otros países, antes de emprender nuestras respectivas carreras. Pero se produjo una
tragedia: la víspera del inicio de nuestro viaje murió la madre de mi amigo, Kendra, y
él se convirtió en el cabeza de familia y su único sostén. Aplacé mi partida el tiempo
suficiente para asistir al funeral y ofrecer mi pésame a la familia, pero luego
emprendí el viaje en solitario. Como Albus tenía un hermano y una hermana menores
a su cargo y, además, les habían dejado muy poco dinero, no podía plantearse
acompañarme.
Ése fue el periodo de nuestras vidas en que tuvimos menos contacto. A pesar de
todo, me carteaba con él y le describía, quizá con escaso tacto, las maravillas de mi
viaje, desde cómo me salvé por muy poco de las quimeras en Grecia hasta los
experimentos de los alquimistas egipcios. En sus cartas, él apenas me hablaba de su
vida cotidiana, que a mí se me antojaba frustrante y aburrida para un mago tan
brillante. Inmerso en mis propias experiencias, cuando mi año sabático tocaba ya a su
fin, me enteré horrorizado de que otra tragedia había golpeado a los Dumbledore: la
muerte de su hermana Ariana.
Pese a que ésta tenía problemas de salud desde hacía mucho tiempo, el infortunio,
acaecido poco después de la pérdida de la madre, afectó mucho a los dos hermanos.
Todos los que teníamos una relación estrecha con Albus (y me cuento entre esos
afortunados) coincidimos en que la muerte de Ariana y el sentimiento de culpa que lo
embargó (aunque él no tuvo ninguna responsabilidad en lo ocurrido, por supuesto) lo
marcaron para siempre.
A mi regreso encontré a un joven que había soportado un sufrimiento
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desproporcionado para su edad; se mostraba más reservado que antes y mucho menos
alegre. Por si fuera poca su desgracia, la muerte de Ariana no propició el
acercamiento entre él y Aberforth, sino que acentuó su distanciamiento. (Con el
tiempo, esa situación se resolvió, pues ambos hermanos recuperaron, si no una
estrecha amistad, al menos una relación cordial.) Sin embargo, a partir de entonces
Albus raramente hablaba de sus padres ni de Ariana, y sus amigos aprendimos a no
mencionarlos.
Otras plumas se ocuparán de describir los éxitos de los años siguientes. Las
innumerables contribuciones de Dumbledore al acervo del conocimiento mágico,
entre ellas el descubrimiento de los doce usos de la sangre de dragón, beneficiarán a
generaciones venideras, igual que la sabiduría de que hizo gala en las numerosas
sentencias que dictó mientras fue Jefe de Magos del Wizengamot. Dicen, todavía hoy,
que ningún duelo mágico puede compararse con el que protagonizaron él y
Grindelwald en 1945. Aquellos que lo presenciaron han descrito el terror y el
sobrecogimiento que sintieron al ver combatir a esos dos extraordinarios magos. La
victoria de Dumbledore y sus consecuencias para el mundo mágico se consideran un
punto de inflexión en la historia de la magia, semejante al de la introducción del
Estatuto Internacional del Secreto o a la caída de El-que-no-debe-ser-nombrado.
Albus Dumbledore nunca fue orgulloso ni pedante; sabía encontrar algo meritorio
en cada persona, por insignificante o desgraciada que pareciera, y creo que sus
tempranas pérdidas lo dotaron de una gran humanidad y una enorme compasión. No
tengo palabras para expresar cuánto echaré de menos su amistad, pero mi dolor no es
nada comparado con el del mundo mágico. Nadie puede poner en duda que
Dumbledore fue el más ejemplar y el más querido de todos los directores de
Hogwarts. Murió como había vivido: siempre trabajando por el triunfo del bien y,
hasta el último momento, tan dispuesto a tenderle una mano a un niño con viruela de
dragón como lo estaba el día que lo conocí.
Harry terminó de leer, pero siguió contemplando la fotografía que acompañaba la
nota necrológica: Dumbledore exhibía su habitual y bondadosa sonrisa, y como
miraba el objetivo por encima de sus gafas de media luna, al muchacho le dio la
sensación, incluso en el papel de prensa, de que lo traspasaba con rayos X. Y la
tristeza se le mezcló con un sentimiento de humillación.
Siempre había creído que conocía bien a Dumbledore, pero tras leer esa nota
necrológica se vio obligado a reconocer que apenas sabía nada de él. Jamás había
imaginado su infancia ni su juventud; era como si siempre hubiera sido como él lo
conoció: un venerable anciano de cabello plateado. La idea de un Dumbledore
adolescente se le antojaba rara; era como tratar de pensar en una Hermione estúpida o
en un escreguto de cola explosiva bonachón.
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Nunca se le ocurrió preguntarle acerca de su pasado (sin duda habría resultado
extraño, incluso impertinente, pues al fin y al cabo todos sabían que había participado
en aquel legendario duelo con Grindelwald), ni le había pasado por la cabeza pedirle
detalles de ése ni de ningún otro de sus famosos logros. No, siempre habían hablado
de Harry, del pasado de Harry, del futuro de Harry, de los planes de Harry… y ahora
éste tenía la impresión, pese a lo peligroso e incierto que era su futuro, de que había
desperdiciado oportunidades irrepetibles al no preguntarle más cosas sobre su vida,
aunque la única pregunta personal que le había formulado era también la única que
sospechaba que el director del colegio no había contestado con sinceridad:
«¿Qué es lo que ve cuando se mira en el espejo?»
«¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana.»
Harry permaneció pensativo unos minutos; luego recortó la nota necrológica de
El Profeta, la dobló con cuidado y la guardó dentro del primer volumen de Magia
defensiva práctica y cómo utilizarla contra las artes oscuras. Entonces tiró el resto
del periódico al montón de basura y contempló la habitación: estaba mucho más
ordenada. Lo único que seguía fuera de su sitio era el periódico de ese día, sobre la
cama y con el fragmento del espejo roto encima.
Harry cruzó el dormitorio, cogió El Profeta, dejando que el fragmento de espejo
resbalara y cayera a la cama, y lo abrió. Cuando la lechuza del correo se lo entregó
enrollado por la mañana, no había hecho más que echarle un vistazo al titular y
dejarlo por ahí, tras comprobar que no mencionaba a Voldemort. Estaba seguro de
que el ministerio se valía de El Profeta para ocultar las noticias sobre el Señor
Tenebroso. Por eso no vio hasta ese momento lo que había pasado por alto.
En la mitad inferior de la primera plana había un titular más pequeño sobre una
fotografía de Dumbledore caminando a grandes zancadas, al parecer con prisa:
DUMBLEDORE, ¿LA VERDAD, POR FIN?
La semana que viene se publicará la asombrosa historia del imperfecto genio,
considerado por muchos el mago más grande de su generación. Rita Skeeter echa por
tierra la popular imagen del sabio sereno de barba plateada y revela la problemática
infancia, la descontrolada juventud, las eternas enemistades y los vergonzosos
secretos que Dumbledore se llevó a la tumba. ¿Por qué un hombre destinado a ser
ministro de Magia se contentó con dirigir un colegio? ¿Cuál era el verdadero
propósito de la organización secreta conocida como Orden del Fénix? ¿Cómo murió
realmente Dumbledore?
Estas y muchas otras preguntas se investigan en la explosiva biografía Vida y
mentiras de Albus Dumbledore, de Rita Skeeter, entrevistada en exclusiva por Betty
Braithwaite (véase página 13).
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Harry abrió el periódico con brusquedad y buscó la página 13. El artículo iba
acompañado de una fotografía de otra cara que también le resultó familiar: una mujer
de galas con joyas incrustadas en la montura y de rubio cabello rizado artificialmente;
dejando entrever los dientes, esbozaba una sonrisa que sin duda pretendía ser
encantadora y saludaba agitando los dedos. Harry hizo todo lo posible por ignorar esa
desagradable imagen y leyó:
En persona, Rita Skeeter es más dulce y afectuosa de lo que sugieren sus famosas y
despiadadas semblanzas. Tras recibirme en el vestíbulo de su acogedora casa, me
lleva directamente a la cocina para ofrecerme una taza de té, un trozo de bizcocho y,
huelga decirlo, una buena hornada de cotilleos.
«Sí, desde luego, Dumbledore es el sueño de todo biógrafo —afirma—. Tuvo una
vida larga y plena. Estoy segura de que mi libro será el primero de una larga serie.»
Skeeter no ha perdido el tiempo, pues terminó su libro —de novecientas páginas
— tan sólo cuatro semanas después de la misteriosa muerte de Dumbledore, acaecida
en junio. Le pregunto cómo consiguió esa hazaña.
«Bueno, verás, cuando llevas tantos años como yo ejerciendo el periodismo te
acostumbras a trabajar con un plazo determinado. Era consciente de que el mundo
mágico estaba pidiendo a gritos la historia completa, y quería ser la primera en
satisfacer esa necesidad.»
Menciono los recientes comentarios, ampliamente divulgados, de Elphias Doge,
consejero especial del Wizengamot y gran amigo de Albus Dumbledore, según los
cuales «el libro de Skeeter contiene menos hechos reales que los cromos de las ranas
de chocolate».
Skeeter echa la cabeza atrás y ríe.
«¡El bueno de Dodgy! Recuerdo que hace unos años lo entrevisté acerca de los
derechos de la gente del agua. ¡Pobre hombre! Estaba completamente ido; al parecer
creía que nos hallábamos sentados en el fondo del lago Windermere, y no paraba de
decirme que estuviera atenta por si veía alguna trucha.»
Sin embargo, otras personas se han hecho eco de las acusaciones de inexactitud
formuladas por Elphias Doge. De modo que le planteo a Skeeter si cree que un
tiempo tan breve —cuatro semanas— le ha bastado para hacerse una idea completa
de la larga y extraordinaria vida de Dumbledore.
«¡Ay, querida! —replica componiendo una sonrisa, y me da unas afectuosas
palmaditas en la mano—. Tú sabes tan bien como yo la cantidad de información que
puede obtenerse con una bolsa llena de galeones, con la determinación de no aceptar
un no por respuesta y provista de una buena pluma a vuelapluma. Además, la gente
hacía cola para criticar a Dumbledore. Verás, no todo el mundo lo consideraba tan
maravilloso, puesto que molestó a más de un personaje importante. Pero el bueno de
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Dodgy Doge ya puede ir apeándose de su hipogrifo, porque yo he tenido acceso a una
fuente por la que muchos periodistas cambiarían su varita, alguien que hasta ahora
nunca había hablado en público y que estuvo cerca de Dumbledore durante la etapa
más turbulenta e inquietante de su juventud.»
En efecto, los avances publicitarios de la biografía redactada por Skeeter sugieren
que ésta deparará sorpresas a los que creen que Dumbledore llevó una vida sin tacha.
Le pregunto cuáles son las sorpresas más relevantes que incluye.
«Vamos, Betty, no creerás que voy a desvelar lo más destacado antes de que la
gente haya comprado el libro, ¿verdad? —bromea la periodista—. Pero puedo
adelantar que quien siga creyendo que Dumbledore era tan inmaculado como su
barba se va a llevar un chasco. Me limitaré a decir que nadie que alguna vez lo oyera
despotricar contra Quien-tú-sabes habrá podido imaginar que tuvo sus escarceos con
las artes oscuras en su juventud. Y para tratarse de un mago que pasó los últimos años
de su vida exigiendo tolerancia, de joven no era muy tolerante que digamos. Sí, Albus
Dumbledore tuvo un pasado sumamente turbio, por no mencionar al resto de esa
sospechosa familia a la que tanto trabajo le costó mantener a raya.»
Le pregunto a Skeeter si se refiere al hermano de Dumbledore, Aberforth, cuya
condena por parte del Wizengamot por uso indebido de la magia provocó un pequeño
escándalo hace quince años.
«Bueno, Aberforth sólo es la punta del iceberg —responde Skeeter riendo—. No,
no; me refiero a algo mucho peor que un hermano aficionado a jugar con cabras, o
peor incluso que un padre que iba por ahí agrediendo a muggles. Además,
Dumbledore no consiguió que se moderaran, y el Wizengamot los inculpó a ambos.
En realidad, las que me intrigaban eran la madre y la hermana, así que me puse a
indagar y no tardé en descubrir un verdadero nido de infamias. Pero, como ya he
dicho, tendréis que leer del capítulo nueve al doce para saber todos los detalles. Lo
único que puedo adelantar ahora es que no me extraña que Dumbledore nunca
explicara cómo se rompió la nariz.»
Le comento a Skeeter si, a pesar de esos trapos sucios que la familia intentaba
ocultar, niega la genialidad que permitió a Dumbledore hacer tantos descubrimientos
mágicos.
«Era listo —admite—, aunque ahora muchos ponen en duda si realmente merecía
que se le reconociera la autoría de todos sus presuntos logros. Como revelo en el
capítulo dieciséis, Ivor Dillonsby afirma que él ya había descubierto ocho usos de la
sangre de dragón cuando Dumbledore "tomó prestados" sus trabajos.»
No obstante, insisto en que la importancia de algunos logros de Dumbledore no
puede negarse. Así pues, ¿qué opina de la famosa derrota de Grindelwald?
«Mira, me alegro de que menciones a Grindelwald —responde Skeeter con una
seductora sonrisa—. Me temo que aquellos cuyos ojos se humedecen con la historia
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de la espectacular victoria de Dumbledore deberían prepararse para recibir un
bombazo, o quizá una bomba fétida. Fue un asunto muy sucio, ¿sabes? Lo único que
voy a decir es que no debéis estar tan seguros de que sea verdad que hubo un
espectacular duelo digno de una leyenda. Cuando la gente haya leído mi libro, quizá
se vea obligada a concluir que Grindelwald se limitó a hacer aparecer un pañuelo
blanco en el extremo de su varita mágica y entregarse sin oponer resistencia.»
Skeeter se niega a dar más detalles sobre ese intrigante tema, así que pasamos a
hablar de la relación amistosa que sin duda más fascinará a sus lectores.
«¡Ah, sí, sí —dice Skeeter asintiendo enérgicamente—, le dedico un capítulo
entero a la relación de Dumbledore con Potter! Hay quien la ha calificado de
morbosa, incluso siniestra. Una vez más insisto en que los lectores tendrán que
comprar mi libro para conocer toda la historia, pero no cabe duda de que el director
de Hogwarts desarrolló un interés poco natural por Potter desde el principio. Ya
veremos si lo hizo realmente por el interés del chico. Desde luego, es un secreto a
voces que éste ha tenido una adolescencia muy turbulenta.»
Le pregunto si todavía sigue en contacto con Harry Potter, a quien entrevistó
divinamente el año pasado y sobre quien publicó un revelador artículo en el que él
hablaba en exclusiva de su convicción de que Quien-ustedes-saben había regresado.
«Sí, claro, hemos desarrollado un fuerte vínculo. El pobre Potter tiene muy pocos
amigos auténticos, y nosotros nos conocimos en uno de los momentos más difíciles
de su vida: el Torneo de los Tres Magos. Seguramente soy una de las pocas personas
con vida que pueden jactarse de conocer al verdadero Harry Potter.»
Esa afirmación nos lleva a hablar de los numerosos rumores que todavía circulan
acerca de las horas finales de Dumbledore. ¿Cree Skeeter que Potter estaba presente
cuando murió el profesor?
«Verás, no quiero hablar demasiado (está todo en el libro), pero hay testigos
oculares del castillo de Hogwarts que vieron a Potter huyendo del lugar momentos
después de que el director del colegio cayera, saltara o fuera empujado desde la torre.
Más tarde, Potter acusó a Severus Snape, a quien guarda un profundo rencor.
¿Ocurrió todo como parece? Eso tendrá que decidirlo la comunidad mágica…
después de leer mi libro.»
Dejamos esa intrigante frase en el aire. No cabe duda de que Skeeter ha escrito un
auténtico superventas. Entretanto, las legiones de admiradores de Dumbledore quizá
estén temblando por lo que pronto descubrirán sobre su héroe.
Harry llegó al final del artículo y se quedó contemplando la página como
embobado. La rabia y el asco surgían en su interior como vómito; arrugó el periódico
y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la pared, donde se unió al resto de la basura
amontonada alrededor de la rebosante papelera.
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A continuación se paseó abstraído por la habitación, abriendo cajones vacíos y
cogiendo libros para luego dejarlos en los mismos montones, apenas consciente de lo
que hacía. Algunas frases del artículo le resonaban en la cabeza: «[…] dedico un
capítulo entero a la relación de Dumbledore con Potter […] hay quien la ha calificado
de morbosa, incluso siniestra […] tuvo sus escarceos con las artes oscuras en su
juventud […] he tenido acceso a una fuente por la que muchos periodistas cambiarían
su varita […]».
—¡Mentiras! —gritó Harry, y por la ventana vio al vecino de al lado que,
mirándolo con nerviosismo, se había detenido para volver a poner en marcha el
cortacésped.
Se dejó caer con frustración en la cama, haciendo saltar el trozo de espejo; lo
cogió y lo giró entre los dedos, al tiempo que pensaba en Dumbledore y en los
embustes con que Rita Skeeter lo estaba difamando.
De pronto percibió un intenso destello azul. Se quedó paralizado, y el dedo que se
había cortado se le deslizó otra vez por el borde irregular del espejo. Eran
imaginaciones suyas, no había otra explicación. Miró hacia atrás, pero la pared lucía
aquel asqueroso tono melocotón elegido por tía Petunia: allí no había nada de color
azul que pudiera haberse reflejado en el espejo. Volvió a mirarse en éste y no vio más
que su ojo, de un verde vivo, devolviéndole la mirada.
Se lo había imaginado, era evidente; se lo había imaginado porque estaba
pensando en el difunto director del colegio. Si de algo estaba seguro era de que los
ojos azules de Albus Dumbledore jamás volverían a clavarse en los suyos.

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