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Xenophilius Lovegood
Harry ya suponía que a Hermione no se le pasaría el enfado de la noche a la mañana,
de modo que no lo sorprendió que al día siguiente se comunicara con ellos mediante
miradas asesinas y deliberados silencios. Ron reaccionó adoptando una actitud en
extremo contrita cuando ella estaba presente, para demostrarle que seguía
arrepentido. De hecho, cuando estaban los tres juntos, Harry se sentía como un
intruso en un funeral con muy pocos dolientes. Sin embargo, durante los escasos
momentos que ambos amigos pasaban a solas cuando iban a buscar agua o setas entre
la maleza, Ron se mostraba pleno de entusiasmo.
—Alguien nos ha ayudado, Harry —decía una y otra vez—. Alguien que está de
nuestra parte envió esa cierva. ¡Y ya hemos destruido un Horrocrux, colega!
Animados por su reciente victoria contra el guardapelo, se dedicaron a debatir las
posibles ubicaciones de los otros Horrocruxes, y, aunque ya habían discutido mucho
sobre ese asunto, Harry se mostraba esperanzado y tenía la certeza de que al primer
éxito le seguirían otros. No permitiría que el malhumor de Hermione le estropeara el
optimismo, pues estaba tan contento con su repentino cambio de suerte (la aparición
de la misteriosa cierva, la recuperación de la espada de Gryffindor y, por encima de
todo, el regreso de Ron) que resultaba difícil seguir poniendo aquella cara tan seria.
A última hora de la tarde, ambos volvieron a escaparse de la torva presencia de la
chica con el pretexto de recoger moras entre los desnudos matorrales de los
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alrededores de la tienda, y siguieron intercambiando noticias. Harry ya había
conseguido contarle a su amigo toda la historia de sus andanzas con Hermione,
incluyendo lo ocurrido en Godric's Hollow; le correspondía ahora a Ron ponerlo al
día de lo que hubiera descubierto sobre el mundo mágico en las semanas que había
pasado lejos de ellos.
—¿Y cómo os habéis enterado de lo del tabú? —preguntó Ron después de relatar
los muchos y desesperados intentos de los hijos de muggles de eludir al ministerio.
—¿Enterarnos de qué?
—¡Hermione y tú ya no llamáis a Quien-tú-sabes por su nombre!
—¡Ah, ya! Bueno, es una mala costumbre que hemos cogido. Pero yo no tengo
ningún inconveniente en llamarlo Vo…
—¡¡No!! —El bramido de Ron provocó que Harry pegara un salto hacia un
arbusto, y Hermione (que estaba con la nariz pegada a un libro en la entrada de la
tienda) los miró con ceño—. Perdona —se disculpó y ayudó a su amigo a salir de las
zarzas—, pero ese nombre está embrujado. ¡Así es como le siguen la pista a la gente!
Si lo pronuncias se rompen los sortilegios protectores y provocas una especie de
alteración mágica. ¡Fue así como nos encontraron en Tottenham Court Road!
—¿O sea que se debió a que pronunciamos su nombre?
—¡Exacto! Hay que admitir que tiene su lógica. Sólo los que estaban firmemente
decididos a plantarle cara, como Dumbledore, se atrevían a emplearlo. Pero ahora lo
han convertido en tabú, y pueden dar con cualquiera que lo pronuncie. ¡Es una forma
fácil y rápida de averiguar el paradero de los miembros de la Orden! Tanto es así que
estuvieron a punto de atrapar a Kingsley, ¿sabes?
—¿Lo dices en serio?
—Sí, sí, es cierto. Bill nos dijo que lo acorraló un grupo de mortífagos, aunque él
consiguió escapar; pero ha pasado a ser un fugitivo, igual que nosotros. —Se rascó la
barbilla con la punta de la varita, pensativo—. ¿Crees que pudo ser Kingsley quien
envió a esa cierva?
—Su patronus es un lince. Lo vimos en la boda, ¿no te acuerdas?
—Sí, es verdad.
Siguieron caminando junto a la zarza, alejándose más de la tienda y de Hermione.
—Oye, Harry… ¿y si lo hubiera hecho Dumbledore?
—¿Si hubiera hecho qué?
Ron parecía un poco turbado, pero dijo en voz baja:
—Si fue él quien envió a la cierva. Porque… —observó a Harry con el rabillo del
ojo— al fin y al cabo fue el último que tuvo en su poder la espada, ¿no?
Harry no se burló porque comprendía muy bien el vivo deseo que había detrás de
esa pregunta. La idea de que Dumbledore hubiera logrado regresar y los estuviera
vigilando, habría resultado indescriptiblemente reconfortante. Sin embargo, negó con
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la cabeza.
—Dumbledore está muerto —afirmó—. Yo vi cómo lo mataban y contemplé su
cadáver. Se ha ido para siempre. Además, su patronus era un fénix, no una cierva.
—Pero los patronus pueden cambiar, como ocurrió con el de Tonks, ¿verdad?
—Sí, pero si Dumbledore estuviera vivo, ¿por qué no iba a dejarse ver y darnos la
espada en persona?
—Ni idea, tío. Quizá por la misma razón por la que no te la dio cuando todavía
vivía, o te dejó una vieja snitch a ti y un libro de cuentos infantiles a Hermione.
—¿Y qué razón es ésa? —preguntó Harry mirándolo a los ojos, ansioso por
encontrar una respuesta.
—No lo sé, colega. Mira, a veces, cuando estaba un poco deprimido, pensaba que
Dumbledore se reía de nosotros, o que sólo quería ponérnoslo más difícil. Pero no lo
creo, ya no. Él sabía lo que hacía cuando me dio el desiluminador, ¿no? Él…
bueno… —Se le enrojecieron las orejas y se quedó mirando una mata que había junto
a sus pies mientras la pateaba—. Quiero decir que él probablemente sabía que yo os
abandonaría.
—No, más bien debía de saber que querrías volver —lo corrigió Harry. Ron lo
miró entre agradecido e incómodo, y Harry, en parte para cambiar de tema, comentó
—: Y hablando de Dumbledore, ¿te has enterado de lo que Skeeter dice sobre él en su
libro?
—¡Oh, sí, la gente habla mucho de eso! Si la situación fuera diferente, sería una
gran noticia que Dumbledore hubiera sido amigo de Grindelwald, claro; pero ahora
sólo es motivo de regodeo para aquellos a quienes nunca les cayó bien el profesor, y
una bofetada para todos los que pensaban que era muy buena persona. Pero yo no
creo que haya para tanto. Dumbledore era muy joven cuando…
—Tenía nuestra edad —puntualizó Harry, inflexible, tal como había hecho con
Hermione. Ron vio que no valía la pena insistir.
En las zarzas junto a las que se hallaban, en medio de una telaraña congelada,
había una araña enorme. Harry le apuntó con la varita que Ron le había dado la noche
anterior (Hermione había accedido a examinarla y dictaminó que era de endrino).
—¡Engorgio!
La araña se estremeció un poco y rebotó ligeramente en la telaraña. Harry volvió
a intentarlo. Esta vez la araña aumentó un poco de tamaño.
—¡Para! —dijo Ron con brusquedad—. Retiro eso de que Dumbledore era muy
joven, ¿vale?
Harry había olvidado que Ron odiaba las arañas.
—¡Ay, lo siento! ¡Reducio!
Pero la araña no se encogió y Harry contempló la varita de endrino. Todos los
hechizos menores realizados con esa varita resultaban menos potentes que los que
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hacía con la suya de fénix. No estaba familiarizado con la nueva; era como tener la
mano de otra persona cosida en el extremo del brazo.
—Sólo necesitas practicar un poco —lo animó Hermione, que se les había
acercado sigilosamente y miraba, nerviosa, cómo Harry intentaba agrandar y reducir
la araña—. Todo es cuestión de confianza en uno mismo, Harry.
Él sabía que si a su amiga le interesaba tanto que la varita funcionara se debía a
que todavía se sentía culpable por haberle roto la suya. Así que reprimió el
comentario que estuvo a punto de hacerle (si tan segura estaba de que no había
diferencia, podía quedarse ella con la nueva varita) y le dio la razón, porque quería
que los tres volvieran a ser amigos. Sin embargo, cuando Ron le dirigió a Hermione
una vacilante sonrisa, ella se alejó con gesto indignado y volvió a ocultarse detrás de
su libro.
Al anochecer entraron en la tienda y Harry hizo la primera guardia. Sentado en la
entrada, intentó hacer levitar con la varita de endrino unas piedras pequeñas, pero su
magia continuó pareciendo más torpe y menos potente que antes. Tumbada en su
litera, Hermione leía, mientras que Ron, tras lanzarle varias miradas inquietas, había
sacado de su mochila una pequeña radio de madera e intentaba sintonizar una
emisora.
—Hay un programa que explica las noticias tal como son en realidad —le dijo a
Harry en voz baja—. Todos los demás están de parte de Quien-tú-sabes y siguen la
línea del ministerio, pero éste… Espera y verás, es genial, aunque no pueden
transmitir todas las noches y además tienen que hacerlo siempre desde sitios
diferentes para que no los localicen. Se necesita una contraseña para sintonizarla, y el
problema es que no me enteré de cuál era la última…
Le dio unos golpecitos a la radio con la varita, murmurando palabras al azar. De
vez en cuando miraba con disimulo a Hermione, porque temía que le diera un
arranque de ira, pero ella lo ignoraba olímpicamente. De manera que continuó dando
golpecitos y musitando, mientras ella pasaba las páginas de su libro y Harry
practicaba con la varita de endrino.
Luego, Hermione bajó de la litera. Ron se quedó quieto al instante y dijo con
inquietud:
—Si te molesta, lo dejo.
Hermione, sin dignarse contestar, se acercó a Harry y le espetó:
—Tenemos que hablar.
El muchacho miró el libro que ella tenía en la mano: se trataba de Vida y mentiras
de Albus Dumbledore.
—¿Qué pasa? —preguntó con aprensión. De pronto se le ocurrió que el libro tal
vez incluía un capítulo sobre él, y no supo si le apetecía oír la versión de Rita de su
relación con Dumbledore. No obstante, la respuesta de Hermione lo pilló por
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sorpresa:
—Quiero ir a ver a Xenophilius Lovegood.
—¿Cómo dices?
—Que quiero ir a ver a Xenophilius Lovegood, el padre de Luna, ¿vale? ¡Quiero
hablar con él!
—Pero… ¿por qué?
Hermione inspiró hondo, como si fuera a decir algo muy importante, y respondió:
—Es esa marca, la marca que aparece en Beedle el Bardo. ¡Mira esto!
Puso el libro ante los reticentes ojos de Harry, y éste contempló una fotografía de
la carta original que Dumbledore le había escrito a Grindelwald, con su inconfundible
caligrafía pulcra y estilizada. Le sentó fatal ver una prueba tan evidente de que el
profesor era el autor de esa misiva y no se trataba de una invención de Rita.
—Y ahora mira la firma —añadió Hermione—. ¡Mira la firma, Harry!
El chico obedeció, al principio sin saber a qué se refería su amiga, pero cuando
acercó la varita iluminada y miró más de cerca, vio que Dumbledore había sustituido
la «A» de Albus por una diminuta versión del símbolo triangular que aparecía en Los
Cuentos de Beedle el Bardo.
—Oye, ¿qué…? —dijo Ron con timidez, pero Hermione lo hizo callar con una
mirada y siguió hablando con Harry.
—Se repite continuamente —planteó ella—. Ya sé que Viktor dijo que era la
marca de Grindelwald, pero la vimos grabada en esa vieja tumba de Godric's Hollow,
y las fechas de la lápida eran mucho más antiguas que Grindelwald. ¡Y ahora esto!
Bueno, no podemos preguntar a Dumbledore o Grindelwald qué significa (ni siquiera
sé si éste todavía vive), pero podemos preguntárselo al señor Lovegood; a fin de
cuentas, él lucía ese símbolo en la boda. ¡Estoy segura de que es importante, Harry!
Él tardó un poco en contestar. Escudriñó el ansioso y expectante rostro de su
amiga y luego la oscuridad que los rodeaba, pensativo. Tras una larga pausa, replicó:
—No quiero que vuelva a pasarnos lo de Godric's Hollow, Hermione. Los dos
estábamos seguros de que teníamos que ir allí y…
—¡Es que aparece por todas partes, Harry! Dumbledore me legó Los Cuentos de
Beedle el Bardo: tal vez quería que averiguáramos lo que significa ese símbolo.
—¡Ya empezamos otra vez! —replicó Harry—. No cesamos de intentar
convencernos de que Dumbledore nos dejó señales secretas y pistas…
—El desiluminador ha resultado muy útil —intervino Ron—. Creo que Hermione
tiene razón; deberíamos ir a ver a Lovegood.
Harry le lanzó una mirada asesina. La súbita postura de su amigo no tenía nada
que ver con su deseo de averiguar el significado de la runa triangular, estaba
clarísimo.
—No pasará lo mismo que en Godric's Hollow —insistió Ron—. Lovegood está
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de tu parte, Harry. ¡El Quisquilloso siempre ha apostado por ti y no cesa de dar
consignas a sus lectores para que te ayuden!
—Ese símbolo es importante, estoy segura —dijo Hermione con seriedad.
—Pero ¿no creéis que, si lo fuera, Dumbledore me habría hablado de él antes de
morir?
—Quizá… quizá sea algo que tienes que averiguar por ti mismo —aventuró
Hermione, y dio la impresión de quedarse sin argumentos.
—Eso es —coincidió Ron, adulador—. Tiene sentido.
—No, no lo tiene —le espetó Hermione—, pero sigo pensando que debemos
hablar con el señor Lovegood. Ese símbolo tiene relación con Dumbledore,
Grindelwald y Godric's Hollow. ¡Debemos averiguar qué significa!
—Lo decidiremos por votación —propuso Ron—. Los que estén a favor de ir a
ver a Lovegood…
Levantó una mano antes que Hermione, y a ella le temblaron sospechosamente
los labios cuando hizo otro tanto.
—Lo siento, Harry —dijo Ron, y le dio una palmada en la espalda.
—Está bien —concedió Harry, entre divertido y enojado—. Pero después de
hablar con Xenophilius intentaremos encontrar algún otro Horrocrux, ¿de acuerdo? Y
por cierto, ¿dónde viven los Lovegood? ¿Alguien lo sabe?
—Sí, yo; no muy lejos de mi casa —respondió Ron—. No sé dónde exactamente,
pero mis padres siempre señalan hacia las montañas cuando los mencionan. No nos
costará mucho encontrarlos.
Cuando Hermione hubo vuelto a su litera, Harry bajó la voz y dijo:
—Sólo le has dado la razón para que te perdone.
—En el amor y la guerra todo vale —replicó Ron alegremente—, y aquí hay un
poco de las dos cosas. ¡Anímate, Luna estará pasando las vacaciones de Navidad en
su casa!
A la mañana siguiente se aparecieron en una ventosa ladera, y desde esa
estratégica posición disfrutaron de un excelente panorama de Ottery St. Catchpole. El
pueblo ofrecía el aspecto de una colección de casas de juguete bañadas por los anchos
y sesgados rayos de sol que se filtraban entre las nubes. Haciéndose visera con la
mano, estuvieron un par de minutos contemplando La Madriguera, pero sólo lograron
distinguir los altos setos y los árboles frutales del huerto, que protegían la torcida y
desvencijada casa de las miradas de los muggles.
—Qué raro resulta estar tan cerca y no poder visitarlos —comentó Ron.
—Bueno, no será porque haga mucho tiempo que no estás con ellos. Al fin y al
cabo, has pasado la Navidad ahí —repuso Hermione con frialdad.
—¡No la he pasado en La Madriguera! —replicó Ron casi riendo—. ¿Me crees
capaz de volver a mi casa y decirle a mi familia que os había dejado tirados? Claro, a
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Fred y George les habría encantado, y Ginny se habría mostrado muy comprensiva
conmigo, sin duda.
—Entonces, ¿dónde has estado? —preguntó Hermione, sorprendida.
—En El Refugio, la casa nueva de Bill y Fleur. Bill siempre se ha portado bien
conmigo. La verdad es que no se enorgulleció de mí cuando se enteró de lo que había
hecho, pero como se dio cuenta de que estaba arrepentido, no quiso agobiarme. El
resto de mi familia no sabe que estuve en su casa, porque Bill tuvo el detalle de
decirle a nuestra madre que Fleur y él no irían a La Madriguera por Navidad, porque
eran sus primeras vacaciones de casados y querían celebrar la fiesta en la intimidad.
Creo que a Fleur no le importó. Ya sabes cómo detesta los conciertos radiofónicos de
Celestina Warbeck.
Al fin Ron le dio la espalda a La Madriguera y, echando a andar hacia la cumbre
de la colina, dijo:
—Probemos ahí arriba.
Caminaron varias horas; Harry, ante la insistencia de Hermione, lo hizo oculto
bajo la capa invisible. El macizo de colinas parecía deshabitado, pues tan sólo
encontraron una casita donde daba la impresión de que no vivía nadie.
—¿Crees que esta casa podría ser la suya? A lo mejor se han ido a pasar la
Navidad fuera y todavía no han vuelto —comentó Hermione mientras atisbaba una
pulcra y pequeña cocina por una ventana con geranios en el alféizar. Ron dio un
resoplido.
—¡Qué va! Si miraras por la ventana de la casa de los Lovegood sabrías
enseguida quién vive ahí. Probemos en el siguiente macizo.
Y se aparecieron unos kilómetros más al norte.
—¡Aja! —gritó Ron con el cabello y la ropa a los cuatro vientos. Señalaba hacia
la cima de la colina en que se habían aparecido, donde un enorme cilindro negro se
erigía en vertical destacándose contra el cielo crepuscular; detrás de ese extraño
edificio estaba suspendida la luna, fantasmagórica—. Ésa tiene que ser la casa de
Luna. ¿Quién más podría vivir en un sitio así? ¡Parece una torre de ajedrez
gigantesca!
Desconcertada, Hermione arrugó el entrecejo y contempló la construcción.
Ron tenía las piernas más largas y fue el primero en llegar a la cima de la colina.
Cuando Harry y Hermione lo alcanzaron, jadeando y con flato, estaba sonriendo de
oreja a oreja.
—Es su casa. ¡Mirad!
Había tres letreros pintados a mano, clavados con chinchetas en una desvencijada
verja. El primero rezaba: «El Quisquilloso. Director: X. Lovegood»; el segundo,
«Permitido coger muérdago»; y el tercero, «Cuidado con las ciruelas dirigibles».
La verja chirrió cuando la abrieron. En el zigzagueante sendero que conducía
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hasta la puerta principal había una gran variedad de plantas extrañas, entre ellas un
arbusto cargado de esos frutos de color naranja, con forma de rábano, que a veces
Luna usaba como pendientes. Harry creyó reconocer un snargaluff y se apartó cuanto
pudo de la marchita cepa. Retorcidos a causa del viento, dos viejos manzanos
silvestres, desprovistos de hojas pero cargados de frutos rojos del tamaño de bayas y
de espesas coronas de muérdago salpicadas de bolitas blancas, montaban guardia a
ambos lados de la puerta. Una pequeña lechuza, de cabeza achatada semejante a la de
un halcón, los observaba desde una rama.
—Será mejor que te quites la capa invisible, Harry —sugirió Hermione—. Es a ti
a quien quiere ayudar el señor Lovegood, no a nosotros.
Harry lo hizo y le dio la capa para que la guardara en el bolsito de cuentas.
Entonces ella dio tres golpes en la gruesa puerta negra, tachonada con clavos de
hierro y cuya aldaba tenía forma de águila.
Al cabo de unos diez segundos, la puerta se abrió de par en par y apareció
Xenophilius Lovegood en persona, descalzo, en camisa de dormir —manchada— y
con el largo, blanco y esponjoso cabello, sucio y despeinado. La verdad es que
Xenophilius iba mucho más pulcro y arreglado el día de la boda de Bill y Fleur.
—¿Qué ocurre? ¿Quiénes sois y qué queréis? —gritó con voz aguda y
quejumbrosa mirando primero a Hermione, luego a Ron y, por último, a Harry, pero
entonces abrió la boca formando una «o» perfecta, casi cómica.
—¡Hola, señor Lovegood! —lo saludó el muchacho, y le tendió la mano—. Soy
Harry, Harry Potter.
Xenophilius no se la estrechó, aunque enfocó rápidamente el ojo que no
bizqueaba en la cicatriz de la frente de Harry.
—¿Le importa que entremos? Queremos preguntarle una cosa.
—No sé… no sé si será conveniente —susurró Xenophilius. Tragó saliva y echó
un rápido vistazo al jardín—. Qué sorpresa, madre mía… Me temo que no debería…
—No lo entretendremos mucho —aseguró Harry, un tanto cortado por aquella
bienvenida tan poco entusiasta.
—Bueno, está bien. Pasad, deprisa. ¡Deprisa!
Apenas hubieron traspuesto el umbral, Xenophilius cerró de golpe la puerta. Se
hallaban en la cocina más rara que Harry había visto jamás: completamente circular,
daba la impresión de estar dentro de un enorme pimentero; los fogones, el fregadero y
los armarios tenían forma curvada, para adaptarse a la forma de las paredes, y en
todas partes había flores, insectos y pájaros pintados con intensos colores primarios.
A Harry le pareció reconocer el estilo de Luna; el efecto, en un espacio tan cerrado,
era ligeramente abrumador.
En medio de la cocina había una escalera de caracol de hierro forjado que
conducía a los pisos superiores, de donde provenían fuertes ruidos, y Harry se
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preguntó qué estaría haciendo Luna.
—Será mejor que subamos —propuso Xenophilius, aún incómodo, y los guió por
la escalera.
La habitación del piso superior era una combinación de salón y taller, todavía más
atestada de cosas que la cocina. Aunque era mucho más pequeña, y también circular,
recordaba la Sala de los Menesteres en aquella inolvidable ocasión en que se había
transformado en un gigantesco laberinto compuesto de objetos escondidos a lo largo
de siglos. Había montañas y montañas de libros y papeles en todas las superficies.
Del techo colgaban diversos modelos de criaturas —realizados con primor— que
agitaban las alas o batían las mandíbulas y que Harry no supo identificar.
Luna no estaba allí y lo que hacía tanto ruido era un artilugio de madera repleto
de engranajes y ruedas que giraban mediante magia; parecía el extraño resultado del
cruce de un banco de trabajo y una estantería vieja, pero Harry dedujo que debía de
ser una anticuada prensa, porque no paraba de escupir ejemplares de El Quisquilloso.
—Disculpadme —dijo Xenophilius y, dando un par de zancadas, se acercó a la
máquina, sacó un mugriento mantel de entre una montaña de libros y papeles, que
cayeron al suelo, y cubrió la prensa, con lo que los fuertes golpes y traqueteos se
amortiguaron un poco. Entonces miró a Harry y preguntó—: ¿A qué habéis venido?
Pero, antes de que el chico contestara, Hermione dio un gritito de asombro e
inquirió:
—¿Qué es eso, señor Lovegood?
Señalaba un enorme cuerno gris en forma de espiral, similar a un cuerno de
unicornio, que estaba colgado en la pared y sobresalía varios palmos hacia el centro
de la habitación.
—Es un cuerno de snorkack de cuernos arrugados —contestó Xenophilius.
—¡No puede ser! —exclamó Hermione.
—Hermione —masculló Harry—, creo que no es momento de…
—¡Es que es un cuerno de erumpent, Harry! ¡Es Material Comerciable de Clase
B, y resulta muy peligroso tenerlo en la casa!
—¿Cómo sabes que es eso? —preguntó Ron, apartándose del cuerno tan deprisa
como le permitió el desmedido revoltijo de cosas que había en la habitación.
—¡Está descrito en Animales fantásticos y dónde encontrarlos! Señor Lovegood,
tiene que deshacerse de ese cuerno enseguida, ¿no sabe que puede explotar al menor
roce?
—El snorkack de cuernos arrugados —dijo Xenophilius con claridad y testarudez
— es una criatura tímida y sumamente mágica, y sus cuernos…
—Señor Lovegood, esos surcos que hay alrededor de la base son inconfundibles.
Eso es un cuerno de erumpent, y es increíblemente peligroso. No sé de dónde lo
habrá sacado, pero…
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—Se lo compré hace dos semanas a un joven mago encantador que conocía mi
interés por los exquisitos snorkacks —explicó Xenophilius, inflexible—. Es una
sorpresa de Navidad para mi Luna. —Y dirigiéndose a Harry, le preguntó—: Bueno,
¿qué has venido a hacer aquí, Potter?
—Necesitamos ayuda —repuso el chico antes de que Hermione siguiera
protestando.
—Ah, conque ayuda… Hum. —Volvió a enfocar el ojo sano en la cicatriz de
Harry. Daba la impresión de que estaba aterrado y fascinado a la vez—. Ya, ya. El
caso es que ayudar a Harry Potter es… muy peligroso.
—¿No es usted el que divulga en esa revista suya la consigna de que el primer
deber de los magos es ayudar a Harry? —terció Ron.
Xenophilius miró la prensa, tapada con el mantel, que seguía traqueteando y
martilleando.
—Bueno… sí, he expresado esa opinión…
—¡Ah, ya entiendo! Lo dice para que lo hagan los demás, pero no usted —replicó
Ron.
Lovegood se limitó a tragar saliva y mirarlos uno a uno. A Harry le pareció que el
pobre hombre estaba librando una dolorosa lucha interior.
—¿Dónde está Luna? —preguntó Hermione—. Veamos qué opina ella.
Xenophilius tragó saliva una vez más, como si estuviera armándose de valor. Por
fin, con una voz temblorosa que apenas se oyó (ahogada por el ruido de la prensa),
dijo:
—Luna está en el arroyo pescando plimpys de agua dulce. Seguro… seguro que
se alegrará de veros. Voy a llamarla, y entonces… Sí, muy bien. Intentaré ayudarte.
Bajó por la escalera de caracol, y los chicos oyeron abrirse y cerrarse la puerta
principal mientras cruzaban miradas.
—¡Maldito cobarde! —estalló Ron—. Luna tiene diez veces más agallas que él.
—Debe de estar preocupado por lo que les pasará si los mortífagos se enteran de
que he estado aquí —conjeturó Harry.
—Yo estoy de acuerdo con Ron —dijo Hermione—. Es un hipócrita asqueroso.
Le dice a todo el mundo que te ayude, pero él intenta escurrir el bulto. Y por lo que
más quieras, Harry, apártate de ese cuerno.
El muchacho se acercó a la ventana situada al otro lado de la habitación y divisó
un riachuelo, una estrecha y reluciente franja de agua que discurría al pie de la colina.
Un pájaro pasó aleteando por delante de él mientras miraba en dirección a La
Madriguera, invisible detrás de otras colinas, a pesar de que se hallaban a gran altura.
Ginny debía de estar allí, y Harry pensó que nunca habían estado tan cerca el uno del
otro desde el día de la boda de Bill y Fleur. Aunque Ginny no podía imaginar ni por
asomo que en ese momento él miraba en dirección a la casa pensando en ella. Supuso
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que era mejor así, porque cualquiera que estuviera en contacto con él corría peligro, y
la actitud de Xenophilius lo demostraba.
Se apartó de la ventana y su mirada fue a parar sobre un extraño objeto colocado
en un abarrotado y curvado aparador. Era el busto de piedra de una bruja hermosa
pero de expresión austera, con un estrafalario tocado: a cada lado de la cabeza le salía
una especie de trompetilla dorada, y una correa de piel con un par de diminutas y
relucientes alas azules pegadas le cubría la parte superior; en la frente llevaba otra
correa con uno de aquellos rábanos de color naranja, también pegado.
—Mirad esto —dijo Harry.
—Un primor —soltó Ron—. Me sorprende que el señor Lovegood no se lo
pusiera para ir a la boda.
Entonces oyeron cerrarse la puerta principal, y un momento después Xenophilius
subió de nuevo por la escalera de caracol. Llevaba puestas unas botas de goma y
sostenía una bandeja con un variopinto surtido de tazas de té y una humeante tetera.
—¡Ah, veo que habéis descubierto mi invento favorito! —dijo y, entregándole la
bandeja a Hermione, se acercó a Harry, que continuaba junto a la figura—. Es una
reproducción muy digna de la cabeza de la hermosa Rowena Ravenclaw. «¡Una
inteligencia sin límites es el mayor tesoro de los hombres!» —Señaló los objetos que
parecían trompetillas, y explicó—: Son sifones de torposoplo; sirven para eliminar
cualquier foco de distracción del entorno inmediato de un pensador; eso —indicó las
alitas— es una hélice de billywig, que propicia un estado de ánimo elevado, y por
último —señaló el rábano naranja—, la ciruela dirigible, que mejora la capacidad de
aceptar lo extraordinario.
Lovegood se acercó a la bandeja del té, que Hermione había conseguido depositar
en precario equilibrio sobre una de las abarrotadas sillitas.
—¿Os apetece una infusión de gurdirraíz? —ofreció—. La hacemos nosotros
mismos. —Mientras servía la bebida, de un color morado tan intenso como el zumo
de remolacha, añadió—: Luna está abajo, en el Puente del Fondo; se ha emocionado
mucho al saber que estáis aquí. No creo que tarde; ya ha pescado suficientes plimpys
para preparar sopa para todos. Así que sentaos y servíos azúcar. —Retiró un
tambaleante montón de papeles de una butaca, se sentó y cruzó las piernas (todavía
no se había quitado las botas de goma). Luego preguntó—: Bueno, ¿en qué puedo
ayudarte, Potter?
—Verá… —repuso Harry mirando a Hermione, que asintió para darle ánimo— se
trata de ese símbolo que llevaba usted colgado del cuello en la boda de Bill y Fleur.
Nos gustaría saber qué significa.
—¿Te refieres al símbolo de las Reliquias de la Muerte? —inquirió Xenophilius,
extrañado.
Xenophilius Lovegood
Harry ya suponía que a Hermione no se le pasaría el enfado de la noche a la mañana,
de modo que no lo sorprendió que al día siguiente se comunicara con ellos mediante
miradas asesinas y deliberados silencios. Ron reaccionó adoptando una actitud en
extremo contrita cuando ella estaba presente, para demostrarle que seguía
arrepentido. De hecho, cuando estaban los tres juntos, Harry se sentía como un
intruso en un funeral con muy pocos dolientes. Sin embargo, durante los escasos
momentos que ambos amigos pasaban a solas cuando iban a buscar agua o setas entre
la maleza, Ron se mostraba pleno de entusiasmo.
—Alguien nos ha ayudado, Harry —decía una y otra vez—. Alguien que está de
nuestra parte envió esa cierva. ¡Y ya hemos destruido un Horrocrux, colega!
Animados por su reciente victoria contra el guardapelo, se dedicaron a debatir las
posibles ubicaciones de los otros Horrocruxes, y, aunque ya habían discutido mucho
sobre ese asunto, Harry se mostraba esperanzado y tenía la certeza de que al primer
éxito le seguirían otros. No permitiría que el malhumor de Hermione le estropeara el
optimismo, pues estaba tan contento con su repentino cambio de suerte (la aparición
de la misteriosa cierva, la recuperación de la espada de Gryffindor y, por encima de
todo, el regreso de Ron) que resultaba difícil seguir poniendo aquella cara tan seria.
A última hora de la tarde, ambos volvieron a escaparse de la torva presencia de la
chica con el pretexto de recoger moras entre los desnudos matorrales de los
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alrededores de la tienda, y siguieron intercambiando noticias. Harry ya había
conseguido contarle a su amigo toda la historia de sus andanzas con Hermione,
incluyendo lo ocurrido en Godric's Hollow; le correspondía ahora a Ron ponerlo al
día de lo que hubiera descubierto sobre el mundo mágico en las semanas que había
pasado lejos de ellos.
—¿Y cómo os habéis enterado de lo del tabú? —preguntó Ron después de relatar
los muchos y desesperados intentos de los hijos de muggles de eludir al ministerio.
—¿Enterarnos de qué?
—¡Hermione y tú ya no llamáis a Quien-tú-sabes por su nombre!
—¡Ah, ya! Bueno, es una mala costumbre que hemos cogido. Pero yo no tengo
ningún inconveniente en llamarlo Vo…
—¡¡No!! —El bramido de Ron provocó que Harry pegara un salto hacia un
arbusto, y Hermione (que estaba con la nariz pegada a un libro en la entrada de la
tienda) los miró con ceño—. Perdona —se disculpó y ayudó a su amigo a salir de las
zarzas—, pero ese nombre está embrujado. ¡Así es como le siguen la pista a la gente!
Si lo pronuncias se rompen los sortilegios protectores y provocas una especie de
alteración mágica. ¡Fue así como nos encontraron en Tottenham Court Road!
—¿O sea que se debió a que pronunciamos su nombre?
—¡Exacto! Hay que admitir que tiene su lógica. Sólo los que estaban firmemente
decididos a plantarle cara, como Dumbledore, se atrevían a emplearlo. Pero ahora lo
han convertido en tabú, y pueden dar con cualquiera que lo pronuncie. ¡Es una forma
fácil y rápida de averiguar el paradero de los miembros de la Orden! Tanto es así que
estuvieron a punto de atrapar a Kingsley, ¿sabes?
—¿Lo dices en serio?
—Sí, sí, es cierto. Bill nos dijo que lo acorraló un grupo de mortífagos, aunque él
consiguió escapar; pero ha pasado a ser un fugitivo, igual que nosotros. —Se rascó la
barbilla con la punta de la varita, pensativo—. ¿Crees que pudo ser Kingsley quien
envió a esa cierva?
—Su patronus es un lince. Lo vimos en la boda, ¿no te acuerdas?
—Sí, es verdad.
Siguieron caminando junto a la zarza, alejándose más de la tienda y de Hermione.
—Oye, Harry… ¿y si lo hubiera hecho Dumbledore?
—¿Si hubiera hecho qué?
Ron parecía un poco turbado, pero dijo en voz baja:
—Si fue él quien envió a la cierva. Porque… —observó a Harry con el rabillo del
ojo— al fin y al cabo fue el último que tuvo en su poder la espada, ¿no?
Harry no se burló porque comprendía muy bien el vivo deseo que había detrás de
esa pregunta. La idea de que Dumbledore hubiera logrado regresar y los estuviera
vigilando, habría resultado indescriptiblemente reconfortante. Sin embargo, negó con
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la cabeza.
—Dumbledore está muerto —afirmó—. Yo vi cómo lo mataban y contemplé su
cadáver. Se ha ido para siempre. Además, su patronus era un fénix, no una cierva.
—Pero los patronus pueden cambiar, como ocurrió con el de Tonks, ¿verdad?
—Sí, pero si Dumbledore estuviera vivo, ¿por qué no iba a dejarse ver y darnos la
espada en persona?
—Ni idea, tío. Quizá por la misma razón por la que no te la dio cuando todavía
vivía, o te dejó una vieja snitch a ti y un libro de cuentos infantiles a Hermione.
—¿Y qué razón es ésa? —preguntó Harry mirándolo a los ojos, ansioso por
encontrar una respuesta.
—No lo sé, colega. Mira, a veces, cuando estaba un poco deprimido, pensaba que
Dumbledore se reía de nosotros, o que sólo quería ponérnoslo más difícil. Pero no lo
creo, ya no. Él sabía lo que hacía cuando me dio el desiluminador, ¿no? Él…
bueno… —Se le enrojecieron las orejas y se quedó mirando una mata que había junto
a sus pies mientras la pateaba—. Quiero decir que él probablemente sabía que yo os
abandonaría.
—No, más bien debía de saber que querrías volver —lo corrigió Harry. Ron lo
miró entre agradecido e incómodo, y Harry, en parte para cambiar de tema, comentó
—: Y hablando de Dumbledore, ¿te has enterado de lo que Skeeter dice sobre él en su
libro?
—¡Oh, sí, la gente habla mucho de eso! Si la situación fuera diferente, sería una
gran noticia que Dumbledore hubiera sido amigo de Grindelwald, claro; pero ahora
sólo es motivo de regodeo para aquellos a quienes nunca les cayó bien el profesor, y
una bofetada para todos los que pensaban que era muy buena persona. Pero yo no
creo que haya para tanto. Dumbledore era muy joven cuando…
—Tenía nuestra edad —puntualizó Harry, inflexible, tal como había hecho con
Hermione. Ron vio que no valía la pena insistir.
En las zarzas junto a las que se hallaban, en medio de una telaraña congelada,
había una araña enorme. Harry le apuntó con la varita que Ron le había dado la noche
anterior (Hermione había accedido a examinarla y dictaminó que era de endrino).
—¡Engorgio!
La araña se estremeció un poco y rebotó ligeramente en la telaraña. Harry volvió
a intentarlo. Esta vez la araña aumentó un poco de tamaño.
—¡Para! —dijo Ron con brusquedad—. Retiro eso de que Dumbledore era muy
joven, ¿vale?
Harry había olvidado que Ron odiaba las arañas.
—¡Ay, lo siento! ¡Reducio!
Pero la araña no se encogió y Harry contempló la varita de endrino. Todos los
hechizos menores realizados con esa varita resultaban menos potentes que los que
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hacía con la suya de fénix. No estaba familiarizado con la nueva; era como tener la
mano de otra persona cosida en el extremo del brazo.
—Sólo necesitas practicar un poco —lo animó Hermione, que se les había
acercado sigilosamente y miraba, nerviosa, cómo Harry intentaba agrandar y reducir
la araña—. Todo es cuestión de confianza en uno mismo, Harry.
Él sabía que si a su amiga le interesaba tanto que la varita funcionara se debía a
que todavía se sentía culpable por haberle roto la suya. Así que reprimió el
comentario que estuvo a punto de hacerle (si tan segura estaba de que no había
diferencia, podía quedarse ella con la nueva varita) y le dio la razón, porque quería
que los tres volvieran a ser amigos. Sin embargo, cuando Ron le dirigió a Hermione
una vacilante sonrisa, ella se alejó con gesto indignado y volvió a ocultarse detrás de
su libro.
Al anochecer entraron en la tienda y Harry hizo la primera guardia. Sentado en la
entrada, intentó hacer levitar con la varita de endrino unas piedras pequeñas, pero su
magia continuó pareciendo más torpe y menos potente que antes. Tumbada en su
litera, Hermione leía, mientras que Ron, tras lanzarle varias miradas inquietas, había
sacado de su mochila una pequeña radio de madera e intentaba sintonizar una
emisora.
—Hay un programa que explica las noticias tal como son en realidad —le dijo a
Harry en voz baja—. Todos los demás están de parte de Quien-tú-sabes y siguen la
línea del ministerio, pero éste… Espera y verás, es genial, aunque no pueden
transmitir todas las noches y además tienen que hacerlo siempre desde sitios
diferentes para que no los localicen. Se necesita una contraseña para sintonizarla, y el
problema es que no me enteré de cuál era la última…
Le dio unos golpecitos a la radio con la varita, murmurando palabras al azar. De
vez en cuando miraba con disimulo a Hermione, porque temía que le diera un
arranque de ira, pero ella lo ignoraba olímpicamente. De manera que continuó dando
golpecitos y musitando, mientras ella pasaba las páginas de su libro y Harry
practicaba con la varita de endrino.
Luego, Hermione bajó de la litera. Ron se quedó quieto al instante y dijo con
inquietud:
—Si te molesta, lo dejo.
Hermione, sin dignarse contestar, se acercó a Harry y le espetó:
—Tenemos que hablar.
El muchacho miró el libro que ella tenía en la mano: se trataba de Vida y mentiras
de Albus Dumbledore.
—¿Qué pasa? —preguntó con aprensión. De pronto se le ocurrió que el libro tal
vez incluía un capítulo sobre él, y no supo si le apetecía oír la versión de Rita de su
relación con Dumbledore. No obstante, la respuesta de Hermione lo pilló por
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sorpresa:
—Quiero ir a ver a Xenophilius Lovegood.
—¿Cómo dices?
—Que quiero ir a ver a Xenophilius Lovegood, el padre de Luna, ¿vale? ¡Quiero
hablar con él!
—Pero… ¿por qué?
Hermione inspiró hondo, como si fuera a decir algo muy importante, y respondió:
—Es esa marca, la marca que aparece en Beedle el Bardo. ¡Mira esto!
Puso el libro ante los reticentes ojos de Harry, y éste contempló una fotografía de
la carta original que Dumbledore le había escrito a Grindelwald, con su inconfundible
caligrafía pulcra y estilizada. Le sentó fatal ver una prueba tan evidente de que el
profesor era el autor de esa misiva y no se trataba de una invención de Rita.
—Y ahora mira la firma —añadió Hermione—. ¡Mira la firma, Harry!
El chico obedeció, al principio sin saber a qué se refería su amiga, pero cuando
acercó la varita iluminada y miró más de cerca, vio que Dumbledore había sustituido
la «A» de Albus por una diminuta versión del símbolo triangular que aparecía en Los
Cuentos de Beedle el Bardo.
—Oye, ¿qué…? —dijo Ron con timidez, pero Hermione lo hizo callar con una
mirada y siguió hablando con Harry.
—Se repite continuamente —planteó ella—. Ya sé que Viktor dijo que era la
marca de Grindelwald, pero la vimos grabada en esa vieja tumba de Godric's Hollow,
y las fechas de la lápida eran mucho más antiguas que Grindelwald. ¡Y ahora esto!
Bueno, no podemos preguntar a Dumbledore o Grindelwald qué significa (ni siquiera
sé si éste todavía vive), pero podemos preguntárselo al señor Lovegood; a fin de
cuentas, él lucía ese símbolo en la boda. ¡Estoy segura de que es importante, Harry!
Él tardó un poco en contestar. Escudriñó el ansioso y expectante rostro de su
amiga y luego la oscuridad que los rodeaba, pensativo. Tras una larga pausa, replicó:
—No quiero que vuelva a pasarnos lo de Godric's Hollow, Hermione. Los dos
estábamos seguros de que teníamos que ir allí y…
—¡Es que aparece por todas partes, Harry! Dumbledore me legó Los Cuentos de
Beedle el Bardo: tal vez quería que averiguáramos lo que significa ese símbolo.
—¡Ya empezamos otra vez! —replicó Harry—. No cesamos de intentar
convencernos de que Dumbledore nos dejó señales secretas y pistas…
—El desiluminador ha resultado muy útil —intervino Ron—. Creo que Hermione
tiene razón; deberíamos ir a ver a Lovegood.
Harry le lanzó una mirada asesina. La súbita postura de su amigo no tenía nada
que ver con su deseo de averiguar el significado de la runa triangular, estaba
clarísimo.
—No pasará lo mismo que en Godric's Hollow —insistió Ron—. Lovegood está
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de tu parte, Harry. ¡El Quisquilloso siempre ha apostado por ti y no cesa de dar
consignas a sus lectores para que te ayuden!
—Ese símbolo es importante, estoy segura —dijo Hermione con seriedad.
—Pero ¿no creéis que, si lo fuera, Dumbledore me habría hablado de él antes de
morir?
—Quizá… quizá sea algo que tienes que averiguar por ti mismo —aventuró
Hermione, y dio la impresión de quedarse sin argumentos.
—Eso es —coincidió Ron, adulador—. Tiene sentido.
—No, no lo tiene —le espetó Hermione—, pero sigo pensando que debemos
hablar con el señor Lovegood. Ese símbolo tiene relación con Dumbledore,
Grindelwald y Godric's Hollow. ¡Debemos averiguar qué significa!
—Lo decidiremos por votación —propuso Ron—. Los que estén a favor de ir a
ver a Lovegood…
Levantó una mano antes que Hermione, y a ella le temblaron sospechosamente
los labios cuando hizo otro tanto.
—Lo siento, Harry —dijo Ron, y le dio una palmada en la espalda.
—Está bien —concedió Harry, entre divertido y enojado—. Pero después de
hablar con Xenophilius intentaremos encontrar algún otro Horrocrux, ¿de acuerdo? Y
por cierto, ¿dónde viven los Lovegood? ¿Alguien lo sabe?
—Sí, yo; no muy lejos de mi casa —respondió Ron—. No sé dónde exactamente,
pero mis padres siempre señalan hacia las montañas cuando los mencionan. No nos
costará mucho encontrarlos.
Cuando Hermione hubo vuelto a su litera, Harry bajó la voz y dijo:
—Sólo le has dado la razón para que te perdone.
—En el amor y la guerra todo vale —replicó Ron alegremente—, y aquí hay un
poco de las dos cosas. ¡Anímate, Luna estará pasando las vacaciones de Navidad en
su casa!
A la mañana siguiente se aparecieron en una ventosa ladera, y desde esa
estratégica posición disfrutaron de un excelente panorama de Ottery St. Catchpole. El
pueblo ofrecía el aspecto de una colección de casas de juguete bañadas por los anchos
y sesgados rayos de sol que se filtraban entre las nubes. Haciéndose visera con la
mano, estuvieron un par de minutos contemplando La Madriguera, pero sólo lograron
distinguir los altos setos y los árboles frutales del huerto, que protegían la torcida y
desvencijada casa de las miradas de los muggles.
—Qué raro resulta estar tan cerca y no poder visitarlos —comentó Ron.
—Bueno, no será porque haga mucho tiempo que no estás con ellos. Al fin y al
cabo, has pasado la Navidad ahí —repuso Hermione con frialdad.
—¡No la he pasado en La Madriguera! —replicó Ron casi riendo—. ¿Me crees
capaz de volver a mi casa y decirle a mi familia que os había dejado tirados? Claro, a
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Fred y George les habría encantado, y Ginny se habría mostrado muy comprensiva
conmigo, sin duda.
—Entonces, ¿dónde has estado? —preguntó Hermione, sorprendida.
—En El Refugio, la casa nueva de Bill y Fleur. Bill siempre se ha portado bien
conmigo. La verdad es que no se enorgulleció de mí cuando se enteró de lo que había
hecho, pero como se dio cuenta de que estaba arrepentido, no quiso agobiarme. El
resto de mi familia no sabe que estuve en su casa, porque Bill tuvo el detalle de
decirle a nuestra madre que Fleur y él no irían a La Madriguera por Navidad, porque
eran sus primeras vacaciones de casados y querían celebrar la fiesta en la intimidad.
Creo que a Fleur no le importó. Ya sabes cómo detesta los conciertos radiofónicos de
Celestina Warbeck.
Al fin Ron le dio la espalda a La Madriguera y, echando a andar hacia la cumbre
de la colina, dijo:
—Probemos ahí arriba.
Caminaron varias horas; Harry, ante la insistencia de Hermione, lo hizo oculto
bajo la capa invisible. El macizo de colinas parecía deshabitado, pues tan sólo
encontraron una casita donde daba la impresión de que no vivía nadie.
—¿Crees que esta casa podría ser la suya? A lo mejor se han ido a pasar la
Navidad fuera y todavía no han vuelto —comentó Hermione mientras atisbaba una
pulcra y pequeña cocina por una ventana con geranios en el alféizar. Ron dio un
resoplido.
—¡Qué va! Si miraras por la ventana de la casa de los Lovegood sabrías
enseguida quién vive ahí. Probemos en el siguiente macizo.
Y se aparecieron unos kilómetros más al norte.
—¡Aja! —gritó Ron con el cabello y la ropa a los cuatro vientos. Señalaba hacia
la cima de la colina en que se habían aparecido, donde un enorme cilindro negro se
erigía en vertical destacándose contra el cielo crepuscular; detrás de ese extraño
edificio estaba suspendida la luna, fantasmagórica—. Ésa tiene que ser la casa de
Luna. ¿Quién más podría vivir en un sitio así? ¡Parece una torre de ajedrez
gigantesca!
Desconcertada, Hermione arrugó el entrecejo y contempló la construcción.
Ron tenía las piernas más largas y fue el primero en llegar a la cima de la colina.
Cuando Harry y Hermione lo alcanzaron, jadeando y con flato, estaba sonriendo de
oreja a oreja.
—Es su casa. ¡Mirad!
Había tres letreros pintados a mano, clavados con chinchetas en una desvencijada
verja. El primero rezaba: «El Quisquilloso. Director: X. Lovegood»; el segundo,
«Permitido coger muérdago»; y el tercero, «Cuidado con las ciruelas dirigibles».
La verja chirrió cuando la abrieron. En el zigzagueante sendero que conducía
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hasta la puerta principal había una gran variedad de plantas extrañas, entre ellas un
arbusto cargado de esos frutos de color naranja, con forma de rábano, que a veces
Luna usaba como pendientes. Harry creyó reconocer un snargaluff y se apartó cuanto
pudo de la marchita cepa. Retorcidos a causa del viento, dos viejos manzanos
silvestres, desprovistos de hojas pero cargados de frutos rojos del tamaño de bayas y
de espesas coronas de muérdago salpicadas de bolitas blancas, montaban guardia a
ambos lados de la puerta. Una pequeña lechuza, de cabeza achatada semejante a la de
un halcón, los observaba desde una rama.
—Será mejor que te quites la capa invisible, Harry —sugirió Hermione—. Es a ti
a quien quiere ayudar el señor Lovegood, no a nosotros.
Harry lo hizo y le dio la capa para que la guardara en el bolsito de cuentas.
Entonces ella dio tres golpes en la gruesa puerta negra, tachonada con clavos de
hierro y cuya aldaba tenía forma de águila.
Al cabo de unos diez segundos, la puerta se abrió de par en par y apareció
Xenophilius Lovegood en persona, descalzo, en camisa de dormir —manchada— y
con el largo, blanco y esponjoso cabello, sucio y despeinado. La verdad es que
Xenophilius iba mucho más pulcro y arreglado el día de la boda de Bill y Fleur.
—¿Qué ocurre? ¿Quiénes sois y qué queréis? —gritó con voz aguda y
quejumbrosa mirando primero a Hermione, luego a Ron y, por último, a Harry, pero
entonces abrió la boca formando una «o» perfecta, casi cómica.
—¡Hola, señor Lovegood! —lo saludó el muchacho, y le tendió la mano—. Soy
Harry, Harry Potter.
Xenophilius no se la estrechó, aunque enfocó rápidamente el ojo que no
bizqueaba en la cicatriz de la frente de Harry.
—¿Le importa que entremos? Queremos preguntarle una cosa.
—No sé… no sé si será conveniente —susurró Xenophilius. Tragó saliva y echó
un rápido vistazo al jardín—. Qué sorpresa, madre mía… Me temo que no debería…
—No lo entretendremos mucho —aseguró Harry, un tanto cortado por aquella
bienvenida tan poco entusiasta.
—Bueno, está bien. Pasad, deprisa. ¡Deprisa!
Apenas hubieron traspuesto el umbral, Xenophilius cerró de golpe la puerta. Se
hallaban en la cocina más rara que Harry había visto jamás: completamente circular,
daba la impresión de estar dentro de un enorme pimentero; los fogones, el fregadero y
los armarios tenían forma curvada, para adaptarse a la forma de las paredes, y en
todas partes había flores, insectos y pájaros pintados con intensos colores primarios.
A Harry le pareció reconocer el estilo de Luna; el efecto, en un espacio tan cerrado,
era ligeramente abrumador.
En medio de la cocina había una escalera de caracol de hierro forjado que
conducía a los pisos superiores, de donde provenían fuertes ruidos, y Harry se
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preguntó qué estaría haciendo Luna.
—Será mejor que subamos —propuso Xenophilius, aún incómodo, y los guió por
la escalera.
La habitación del piso superior era una combinación de salón y taller, todavía más
atestada de cosas que la cocina. Aunque era mucho más pequeña, y también circular,
recordaba la Sala de los Menesteres en aquella inolvidable ocasión en que se había
transformado en un gigantesco laberinto compuesto de objetos escondidos a lo largo
de siglos. Había montañas y montañas de libros y papeles en todas las superficies.
Del techo colgaban diversos modelos de criaturas —realizados con primor— que
agitaban las alas o batían las mandíbulas y que Harry no supo identificar.
Luna no estaba allí y lo que hacía tanto ruido era un artilugio de madera repleto
de engranajes y ruedas que giraban mediante magia; parecía el extraño resultado del
cruce de un banco de trabajo y una estantería vieja, pero Harry dedujo que debía de
ser una anticuada prensa, porque no paraba de escupir ejemplares de El Quisquilloso.
—Disculpadme —dijo Xenophilius y, dando un par de zancadas, se acercó a la
máquina, sacó un mugriento mantel de entre una montaña de libros y papeles, que
cayeron al suelo, y cubrió la prensa, con lo que los fuertes golpes y traqueteos se
amortiguaron un poco. Entonces miró a Harry y preguntó—: ¿A qué habéis venido?
Pero, antes de que el chico contestara, Hermione dio un gritito de asombro e
inquirió:
—¿Qué es eso, señor Lovegood?
Señalaba un enorme cuerno gris en forma de espiral, similar a un cuerno de
unicornio, que estaba colgado en la pared y sobresalía varios palmos hacia el centro
de la habitación.
—Es un cuerno de snorkack de cuernos arrugados —contestó Xenophilius.
—¡No puede ser! —exclamó Hermione.
—Hermione —masculló Harry—, creo que no es momento de…
—¡Es que es un cuerno de erumpent, Harry! ¡Es Material Comerciable de Clase
B, y resulta muy peligroso tenerlo en la casa!
—¿Cómo sabes que es eso? —preguntó Ron, apartándose del cuerno tan deprisa
como le permitió el desmedido revoltijo de cosas que había en la habitación.
—¡Está descrito en Animales fantásticos y dónde encontrarlos! Señor Lovegood,
tiene que deshacerse de ese cuerno enseguida, ¿no sabe que puede explotar al menor
roce?
—El snorkack de cuernos arrugados —dijo Xenophilius con claridad y testarudez
— es una criatura tímida y sumamente mágica, y sus cuernos…
—Señor Lovegood, esos surcos que hay alrededor de la base son inconfundibles.
Eso es un cuerno de erumpent, y es increíblemente peligroso. No sé de dónde lo
habrá sacado, pero…
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—Se lo compré hace dos semanas a un joven mago encantador que conocía mi
interés por los exquisitos snorkacks —explicó Xenophilius, inflexible—. Es una
sorpresa de Navidad para mi Luna. —Y dirigiéndose a Harry, le preguntó—: Bueno,
¿qué has venido a hacer aquí, Potter?
—Necesitamos ayuda —repuso el chico antes de que Hermione siguiera
protestando.
—Ah, conque ayuda… Hum. —Volvió a enfocar el ojo sano en la cicatriz de
Harry. Daba la impresión de que estaba aterrado y fascinado a la vez—. Ya, ya. El
caso es que ayudar a Harry Potter es… muy peligroso.
—¿No es usted el que divulga en esa revista suya la consigna de que el primer
deber de los magos es ayudar a Harry? —terció Ron.
Xenophilius miró la prensa, tapada con el mantel, que seguía traqueteando y
martilleando.
—Bueno… sí, he expresado esa opinión…
—¡Ah, ya entiendo! Lo dice para que lo hagan los demás, pero no usted —replicó
Ron.
Lovegood se limitó a tragar saliva y mirarlos uno a uno. A Harry le pareció que el
pobre hombre estaba librando una dolorosa lucha interior.
—¿Dónde está Luna? —preguntó Hermione—. Veamos qué opina ella.
Xenophilius tragó saliva una vez más, como si estuviera armándose de valor. Por
fin, con una voz temblorosa que apenas se oyó (ahogada por el ruido de la prensa),
dijo:
—Luna está en el arroyo pescando plimpys de agua dulce. Seguro… seguro que
se alegrará de veros. Voy a llamarla, y entonces… Sí, muy bien. Intentaré ayudarte.
Bajó por la escalera de caracol, y los chicos oyeron abrirse y cerrarse la puerta
principal mientras cruzaban miradas.
—¡Maldito cobarde! —estalló Ron—. Luna tiene diez veces más agallas que él.
—Debe de estar preocupado por lo que les pasará si los mortífagos se enteran de
que he estado aquí —conjeturó Harry.
—Yo estoy de acuerdo con Ron —dijo Hermione—. Es un hipócrita asqueroso.
Le dice a todo el mundo que te ayude, pero él intenta escurrir el bulto. Y por lo que
más quieras, Harry, apártate de ese cuerno.
El muchacho se acercó a la ventana situada al otro lado de la habitación y divisó
un riachuelo, una estrecha y reluciente franja de agua que discurría al pie de la colina.
Un pájaro pasó aleteando por delante de él mientras miraba en dirección a La
Madriguera, invisible detrás de otras colinas, a pesar de que se hallaban a gran altura.
Ginny debía de estar allí, y Harry pensó que nunca habían estado tan cerca el uno del
otro desde el día de la boda de Bill y Fleur. Aunque Ginny no podía imaginar ni por
asomo que en ese momento él miraba en dirección a la casa pensando en ella. Supuso
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que era mejor así, porque cualquiera que estuviera en contacto con él corría peligro, y
la actitud de Xenophilius lo demostraba.
Se apartó de la ventana y su mirada fue a parar sobre un extraño objeto colocado
en un abarrotado y curvado aparador. Era el busto de piedra de una bruja hermosa
pero de expresión austera, con un estrafalario tocado: a cada lado de la cabeza le salía
una especie de trompetilla dorada, y una correa de piel con un par de diminutas y
relucientes alas azules pegadas le cubría la parte superior; en la frente llevaba otra
correa con uno de aquellos rábanos de color naranja, también pegado.
—Mirad esto —dijo Harry.
—Un primor —soltó Ron—. Me sorprende que el señor Lovegood no se lo
pusiera para ir a la boda.
Entonces oyeron cerrarse la puerta principal, y un momento después Xenophilius
subió de nuevo por la escalera de caracol. Llevaba puestas unas botas de goma y
sostenía una bandeja con un variopinto surtido de tazas de té y una humeante tetera.
—¡Ah, veo que habéis descubierto mi invento favorito! —dijo y, entregándole la
bandeja a Hermione, se acercó a Harry, que continuaba junto a la figura—. Es una
reproducción muy digna de la cabeza de la hermosa Rowena Ravenclaw. «¡Una
inteligencia sin límites es el mayor tesoro de los hombres!» —Señaló los objetos que
parecían trompetillas, y explicó—: Son sifones de torposoplo; sirven para eliminar
cualquier foco de distracción del entorno inmediato de un pensador; eso —indicó las
alitas— es una hélice de billywig, que propicia un estado de ánimo elevado, y por
último —señaló el rábano naranja—, la ciruela dirigible, que mejora la capacidad de
aceptar lo extraordinario.
Lovegood se acercó a la bandeja del té, que Hermione había conseguido depositar
en precario equilibrio sobre una de las abarrotadas sillitas.
—¿Os apetece una infusión de gurdirraíz? —ofreció—. La hacemos nosotros
mismos. —Mientras servía la bebida, de un color morado tan intenso como el zumo
de remolacha, añadió—: Luna está abajo, en el Puente del Fondo; se ha emocionado
mucho al saber que estáis aquí. No creo que tarde; ya ha pescado suficientes plimpys
para preparar sopa para todos. Así que sentaos y servíos azúcar. —Retiró un
tambaleante montón de papeles de una butaca, se sentó y cruzó las piernas (todavía
no se había quitado las botas de goma). Luego preguntó—: Bueno, ¿en qué puedo
ayudarte, Potter?
—Verá… —repuso Harry mirando a Hermione, que asintió para darle ánimo— se
trata de ese símbolo que llevaba usted colgado del cuello en la boda de Bill y Fleur.
Nos gustaría saber qué significa.
—¿Te refieres al símbolo de las Reliquias de la Muerte? —inquirió Xenophilius,
extrañado.
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