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La diadema perdida
—¡Neville! ¿Qué quiere decir esto…? ¿Cómo…?
Pero Neville acababa de ver a Ron y Hermione, y, loco de alegría, fue a
abrazarlos. Cuanto más miraba Harry al recién llegado, peor lo veía: tenía un ojo
hinchado y amoratado y varios cortes en la cara, y su aspecto desaliñado delataba que
llevaba tiempo viviendo en pésimas condiciones. Con todo, su maltrecho semblante
resplandecía de felicidad cuando soltó a Hermione y volvió a exclamar:
—¡Sabía que vendrías! ¡Ya le decía yo a Seamus que sólo era cuestión de tiempo!
—¿Qué te ha ocurrido, Neville?
—¿Por qué? ¿Lo dices por esto? —Se señaló las heridas quitándoles importancia
con un gesto—. ¡Bah, no es nada! Seamus está mucho peor que yo, ya lo verás.
Bueno, ¿nos vamos? ¡Ah! —dijo volviéndose hacia Aberforth—. Quizá lleguen un
par de personas más, Ab.
—¿Un par de personas más? —repitió Aberforth, alarmado—. ¿Qué significa eso,
Longbottom? ¡Hay toque de queda y un encantamiento maullido en todo el pueblo!
—Ya lo sé, precisamente por ese motivo se aparecerán en el bar. Envíalos por el
pasadizo cuando lleguen, ¿quieres? Muchas gracias.
Tendiéndole una mano a Hermione, Neville la ayudó a subir a la repisa de la
chimenea y a entrar en el túnel; Ron la siguió, y luego el mismo Neville se metió
también por el hueco. Harry se dirigió a Aberforth:
—No sé cómo darle las gracias. Nos ha salvado la vida dos veces.
—Pues cuida de ellos —repuso Aberforth con brusquedad—. Quizá no pueda
salvaros una tercera vez.
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Harry trepó a la repisa y se introdujo por el hueco que había detrás del retrato de
Ariana. Al otro lado se encontró unos desgastados escalones de piedra; daba la
impresión de que el pasadizo era muy antiguo. De las paredes colgaban lámparas de
latón, y el suelo de tierra estaba liso y erosionado. Los chicos se pusieron en marcha
y sus sombras se reflejaron ondulantes en las paredes.
—¿Cuánto tiempo hace que existe este túnel? —preguntó Ron—. No aparece en
el mapa del merodeador, ¿verdad, Harry? Yo creía que sólo había siete pasadizos que
conectaban el colegio con el exterior.
—Todos ésos los cerraron antes de que empezara el curso —explicó Neville—.
Ya no se puede utilizar ninguno de ellos, porque hay maldiciones en las entradas y
mortífagos y dementores esperando en las salidas. —Se puso a caminar de espaldas,
sonriente, como si no quisiera perder de vista ni un momento a sus amigos—. Pero
eso no importa ahora… Oye, ¿es verdad que entrasteis por la fuerza en Gringotts y
escapasteis montados en un dragón? Se ha enterado todo el mundo, nadie habla de
otra cosa. ¡Carrow le dio una paliza a Terry Boot por contarlo a los cuatro vientos en
el Gran Comedor a la hora de la cena!
—Sí, sí, es cierto —contestó Harry.
Neville se echó a reír con alegría y preguntó:
—¿Qué hicisteis con el dragón?
—Lo soltamos —dijo Ron—, aunque Hermione quería quedárselo como
mascota…
—¡Anda, no exageres, Ron!
—Pero ¿qué habéis estado haciendo? Había gente que decía que habías huido,
Harry, pero yo no me lo creí. Seguro que te traías algo entre manos.
—Tienes razón —dijo Harry—. Pero háblanos de Hogwarts, Neville. No sabemos
nada.
—Pues… bueno, Hogwarts ya no parece Hogwarts —afirmó el chico, y la sonrisa
se le borró de los labios—. ¿Sabes lo de los Carrow?
—¿Esos dos mortífagos que dan clases en el colegio?
—Hacen algo más que dar clases: se encargan de mantener la disciplina; les
encanta castigar.
—¿Como Umbridge?
—No; son mucho peores que ella. Los otros profesores tienen órdenes de
mandarnos ante ellos cada vez que cometemos alguna falta. Pero, si pueden evitarlo,
lo evitan. Es evidente que los odian tanto como nosotros.
»Amycus, el tipo ese, enseña lo que antes era Defensa Contra las Artes Oscuras,
aunque ahora la asignatura se llama Artes Oscuras a secas, y nos obliga a practicar la
maldición cruciatus con los alumnos castigados.
—¿Quéeee? —exclamaron Harry, Ron y Hermione a la vez, y su grito resonó por
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todo el pasadizo.
—Sí, como lo oís —confirmó Neville—. Este corte me lo gané así —añadió
señalando un tajo que tenía en la mejilla—, porque me negué a hacerlo. Aunque hay
gente que lo aprueba; a Crabbe y Goyle, por ejemplo, les encanta. Supongo que es la
primera vez que destacan en algo.
»Alecto, la hermana de Amycus, enseña Estudios Muggles, una asignatura
obligatoria para todos los alumnos. De manera que tenemos que oír cómo nos explica
que los muggles son como animales, estúpidos y sucios, que obligaron a los magos a
esconderse porque eran crueles con ellos, pero asegura que ahora va a restablecerse el
orden natural. Esto de aquí —se señaló otro corte en la cara— me lo gané por
preguntarle cuánta sangre muggle tenían ella y su hermano.
—Jo, Neville —intervino Ron—, hay momentos en que uno tiene que saber
callar.
—Eso lo dices porque no la oíste. Tú tampoco lo habrías aguantado. El caso es
que ayuda ver que la gente les planta cara; eso nos da esperanzas. Yo lo aprendí
viéndote a ti, Harry.
—Pero te han utilizado de afilador de cuchillos —dijo Ron, e hizo una mueca de
dolor cuando pasaron por una lámpara que iluminó las heridas de Neville.
—Bueno, no importa. Como no quieren derramar demasiada sangre limpia, sólo
nos torturan un poco si somos demasiado respondones, pero no llegan a matarnos.
Harry no sabía qué era peor: lo que estaba explicando Neville o la naturalidad con
que lo hacía.
—Los únicos que de verdad están en peligro son esos cuyos amigos y parientes
dan problemas en el exterior. A ésos los toman como rehenes. El viejo Xeno
Lovegood se estaba pasando con sus críticas en El Quisquilloso, y por eso se llevaron
a Luna del tren cuando volvía a casa para pasar las vacaciones de Navidad.
—Luna está bien, Neville. Nosotros la hemos visto…
—Sí, ya lo sé. Consiguió enviarme un mensaje.
Neville sacó una moneda de oro del bolsillo y Harry la reconoció: era uno de los
galeones falsos que los miembros del Ejército de Dumbledore utilizaban para
enviarse mensajes.
—Nos han ido muy bien —dijo Neville mirando sonriente a Hermione—. Los
Carrow nunca descubrieron cómo lográbamos comunicarnos, y eso los ponía
furiosos. Nos escapábamos por la noche y hacíamos pintadas en las paredes: «El
Ejército de Dumbledore sigue reclutando gente», y cosas así. Snape estaba histérico.
—¿Os escapabais? —preguntó Harry, reparando en que Neville hablaba en
pasado.
—Bueno, a medida que pasaba el tiempo cada vez era más difícil. Por Navidad
perdimos a Luna, y Ginny no volvió después de Pascua, y nosotros tres éramos los
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líderes, por decirlo así. Los Carrow debían de saber que yo estaba detrás de toda la
movida, así que empezaron a castigarme más en serio, y entonces pillaron a Michael
Córner liberando a un alumno de primer año al que habían encadenado, y se
ensañaron con él. Ese hecho asustó mucho a la gente.
—No me extraña —masculló Ron. El pasadizo ascendía un poco.
—Sí, y yo no tenía derecho a pedirle a la gente que pasara por lo que había
pasado Michael, así que dejamos de emplear ese tipo de maniobras.
»Pero seguimos luchando, trabajando en la clandestinidad, hasta hace un par de
semanas. Supongo que entonces decidieron que sólo había una forma de pararme los
pies, y fueron por mi abuela.
—¡¿Quéeee?! —exclamaron Harry, Ron y Hermione al unísono.
—Sí, así es —dijo Neville jadeando un poco, porque la pendiente del pasadizo era
cada vez más pronunciada—. No cuesta mucho imaginarse cómo piensa esa gente.
Lo de secuestrar niños para obligar a sus parientes a comportarse les había dado muy
buen resultado, y supongo que sólo era cuestión de tiempo que se dedicaran a hacerlo
al revés. El caso es —añadió volviéndose hacia sus amigos (a Harry le sorprendió ver
que sonreía)— que con mi abuela les salió el tiro por la culata. Como la vieja vive
sola, creyeron que no necesitaban enviar a nadie particularmente hábil. Pues bien —
rió muy satisfecho—, Dawlish todavía está en San Mungo, y mi abuela logró huir.
Me escribió una carta —añadió dándose unas palmadas en el bolsillo del pecho de la
túnica— diciendo que estaba orgullosa de mí, que soy el digno hijo de mis padres, y
me animó a seguir luchando.
—¡Qué guay! —comentó Ron.
—Sí, mucho —dijo Neville, la mar de contento—. Lo único malo es que cuando
comprendieron que no conseguían controlarme decidieron que Hogwarts podía pasar
sin mí. No sé si planeaban matarme o enviarme a Azkaban, pero, sea como fuere, me
di cuenta de que había llegado el momento de desaparecer.
—Pero —cuestionó Ron, confundido— ¿no vamos… no estamos volviendo a
Hogwarts?
—Sí, claro. Ya verás. Casi hemos llegado.
Doblaron una esquina y llegaron al final del pasadizo. Otros escalones conducían
hasta una puerta igual que la que había oculta detrás del retrato de Ariana. Neville la
abrió y entró. Harry lo siguió y oyó cómo el chico le anunciaba a alguien:
—¡Mirad quién ha venido! ¿No os lo decía yo?
Una vez Harry estuvo en la habitación, se oyeron gritos y exclamaciones:
—¡¡Harry!!
—¡Es Potter! ¡¡Es él!!
—¡Ron!
—¡Hermione!
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Harry percibió una confusa imagen en la que se mezclaban tapices de colores,
lámparas y caras. Un instante más tarde, los tres amigos se vieron sepultados por
cerca de una veintena de personas que los abrazaban y les daban palmadas en la
espalda, les alborotaban el pelo y les estrechaban la mano. Era como si acabaran de
ganar una final de quidditch.
—¡Bueno, bueno! ¡Calmaos! —gritó Neville, y el grupo se retiró.
Harry vio por fin dónde se encontraba. Sin embargo, no reconoció la enorme
estancia, que parecía el interior de una lujosa cabaña en lo alto de un árbol, o quizá un
gigantesco camarote de barco. Había hamacas multicolores colgadas del techo y de
un balcón que discurría por las paredes, forradas de madera oscura, sin ventanas y
cubiertas de llamativos tapices. Estos tenían distintos colores de fondo, como el
escarlata, con el león dorado de Gryffindor estampado; el amarillo, con el tejón negro
de Hufflepuff; y el azul, en el que destacaba el águila broncínea de Ravenclaw. Los
colores verde y plateado de Slytherin eran los únicos que faltaban. Asimismo había
estanterías repletas de libros, varias escobas apoyadas contra las paredes, y en un
rincón una gran radio de caja de madera.
—¿Dónde estamos?
—En la Sala de los Menesteres, ¿dónde si no? —contestó Neville—. Supera las
expectativas, ¿verdad? Verás, los Carrow me perseguían, y yo sabía que sólo había
una guarida posible, así que conseguí colarme por la puerta ¡y esto fue lo que
encontré! Bueno, cuando llegué no estaba exactamente así; era mucho más pequeña,
sólo había una hamaca y unos tapices de Gryffindor. Pero a medida que han ido
llegando miembros del Ejército de Dumbledore se ha agrandado más y más.
—¿Y los Carrow no pueden entrar? —preguntó Harry mirando alrededor en
busca de la puerta.
—No, qué va —respondió Seamus Finnigan, a quien Harry no reconoció hasta
que lo oyó hablar, porque el muchacho tenía la cara hinchada y cubierta de cardenales
—. Es una guarida perfecta: mientras uno de nosotros se quede aquí dentro, ellos no
pueden entrar, porque la puerta no se abre. Y todo gracias a Neville; él sí entiende
cómo funciona esta sala. Mira, tienes que pedirle exactamente lo que necesitas, por
ejemplo: «No quiero que entre nadie que apoye a los Carrow», y entonces lo cumple.
Tan sólo debes asegurarte de no dejar ninguna laguna. ¡Neville es un genio!
—La verdad es que es muy sencillo —dijo Neville con modestia—. Resultó que
llevaba aquí un día y medio y tenía un hambre voraz, así que pensé que me encantaría
comer algo y al punto se abrió el pasadizo que conduce hasta Cabeza de Puerco. Lo
recorrí y me encontré con Aberforth. Él nos ha suministrado comida, porque, por
algún motivo, eso es lo único que la Sala de los Menesteres no es capaz de
proporcionar.
—Ya, claro. La comida es una de las cinco excepciones de la Ley de Gamp sobre
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Transformaciones Elementales —dijo Ron para asombro de todos los presentes.
—Llevamos casi dos semanas escondidos aquí —continuó Seamus—, y siguen
apareciendo más hamacas cada vez que las necesitamos. Y cuando empezaron a
llegar chicas, la sala creó un cuarto de baño que no está nada mal…
—Es que pensamos que nos gustaría lavarnos un poco, ¿sabes? —aportó
Lavender Brown, en quien Harry no se había fijado hasta ese momento. El muchacho
recorrió la estancia con la mirada y reconoció muchas caras: las gemelas Patil, Terry
Boot, Ernie Macmillan, Anthony Goldstein, Michael Córner…
—Pero cuéntanos qué has estado haciendo —dijo Ernie—. Hemos oído muchos
rumores e intentado seguirte el rastro escuchando «Pottervigilancia». —Señaló la
radio y agregó—: ¿Es verdad que lograsteis entrar en Gringotts?
—¡Sí, es verdad! —dijo Neville—. ¡Y lo del dragón también es cierto!
Hubo una salva de aplausos y algunos gritos; Ron agradeció las felicitaciones con
una reverencia.
—¿En qué andabais metidos? —preguntó Seamus, impaciente.
Antes de que los chicos pudieran eludir esa pregunta formulando alguna otra,
Harry notó una terrible punzada en la cicatriz. Mientras se giraba rápidamente para
darles la espalda a todos aquellos rostros llenos de curiosidad y alegría, la Sala de los
Menesteres desapareció y él fue a parar a una casucha de piedra en ruinas. A sus pies,
el podrido entarimado estaba levantado y junto al agujero había una caja de oro,
abierta y vacía, que alguien había desenterrado. El grito de furia de Voldemort vibró
dentro de la cabeza del muchacho.
Haciendo un tremendo esfuerzo, Harry salió de la mente de Voldemort y volvió a
la Sala de los Menesteres, tambaleándose un poco y con la cara cubierta de sudor.
Ron lo sujetó.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Neville—. ¿Quieres sentarte? Debes de estar
cansado, ¿no?
—No, no, gracias —dijo Harry, y miró a Ron y Hermione para transmitirles que
Voldemort acababa de descubrir la desaparición de otro Horrocrux. Se les agotaba el
tiempo, porque si el Señor Tenebroso decidía ir a Hogwarts a continuación, perderían
su oportunidad—. Tenemos que espabilarnos —dijo, y por la expresión de sus dos
amigos supo que lo habían entendido.
—¿Qué vamos a hacer, Harry? —preguntó Seamus—. ¿Qué plan tienes?
—Ah, sí, un plan —repitió Harry, empleando toda su fuerza de voluntad para no
volver a sucumbir a la ira de Voldemort, con la cicatriz aún doliéndole—. Verás, Ron,
Hermione y yo tenemos que hacer una cosa, y luego saldremos de aquí.
Las risas y gritos de alegría se interrumpieron. Neville pareció desconcertado.
—¿Qué quieres decir con «saldremos de aquí»?
—No hemos venido para quedarnos, Neville —dijo Harry frotándose la dolorida
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frente—. Tenemos que hacer una cosa muy importante…
—¿De qué se trata?
—No puedo… decíroslo.
Una oleada de refunfuños se propagó entre los presentes. Neville arrugó la frente.
—¿Por qué no puedes? ¿Porque tiene relación con combatir a Quien-tú-sabes?
—Pues sí…
—Entonces te ayudaremos.
Todos los miembros del Ejército de Dumbledore asintieron con la cabeza, algunos
con entusiasmo, otros con solemnidad. Dos muchachos se levantaron de los asientos
para demostrar que estaban dispuestos a entrar en acción de inmediato.
—Perdonad, pero no lo entendéis. —Harry tenía la impresión de haber dicho eso
muchas veces en las últimas horas—. No podemos… contároslo. Tenemos que
hacerlo… solos.
—¿Por qué? —preguntó Neville.
—Porque… —Harry estaba tan ansioso por buscar el Horrocrux restante, o al
menos poder hablar en privado con Ron y Hermione para decidir por dónde
comenzar, que le costaba pensar. Y la cicatriz seguía ardiéndole—. Dumbledore nos
encomendó una misión —anunció escogiendo con cuidado las palabras—, y no
quería que se la dijéramos a nadie… Bueno, quería que lo hiciéramos nosotros tres
solos.
—Nosotros somos su ejército —repuso Neville—: el Ejército de Dumbledore.
Íbamos todos en el mismo barco y lo hemos mantenido a flote mientras vosotros tres
estabais por ahí…
—No hemos estado precisamente de merienda campestre, tío —dijo Ron.
—Yo no digo eso, pero no entiendo por qué no confiáis en nosotros. Todos los
presentes han estado combatiendo, y si se han refugiado aquí es porque los Carrow
los perseguían; todos han demostrado que son leales a Dumbledore y a ti, Harry.
—Mira… —murmuró Harry sin pensar lo que iba a decir; pero daba lo mismo
porque en ese instante la puerta del túnel se abrió detrás de él.
—¡Hemos recibido tu mensaje, Neville! ¡Hola, chicos! ¡Ya me imaginé que os
encontraría aquí! —Eran Luna y Dean.
Seamus dio un grito de júbilo y corrió a abrazar a su mejor amigo.
—¡Hola a todos! —saludó Luna con júbilo—. ¡Qué contenta estoy de haber
vuelto!
—¡Luna! —exclamó Harry, confuso—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has…?
—Yo la he llamado —dijo Neville mostrándole el galeón falso—. Les prometí a
Ginny y a ella que si volvías les avisaría. Todos creíamos que si regresabas sería para
hacer la revolución. Suponíamos que íbamos a derrocar a Snape y los Carrow.
—Pues claro que eso es lo que vamos a hacer —repuso Luna alegremente—,
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¿verdad, Harry? Los vamos a echar de Hogwarts, ¿no?
—Escuchad —dijo Harry, cada vez más asustado—. Lo siento, pero no hemos
vuelto para eso. Tenemos que hacer algo, y luego…
—¿Nos vas a dejar tirados? —preguntó Michael Córner.
—¡No! —saltó Ron—. Lo que vamos a hacer os acabará beneficiando a todos, al
fin y al cabo es para librarnos de Quien-tú-sabes…
—¡Entonces dejadnos ayudar! —insistió Neville, ceñudo—. ¡Queremos
participar!
Harry oyó otro ruido a sus espaldas y se dio la vuelta. Sintió como si dejara de
latirle el corazón: Ginny estaba entrando por el hueco de la pared, y la seguían Fred,
George y Lee Jordan. Ginny lo miró y compuso una sonrisa radiante. Harry había
olvidado lo guapa que era —o nunca se había fijado bien—, pero jamás se había
alegrado menos de verla.
—Aberforth está un poco mosqueado —dijo Fred alzando una mano para
responder a los saludos de los chicos—. Quería echar una cabezadita, pero su bar se
ha convertido en una estación de ferrocarril.
Harry se quedó con la boca abierta, porque detrás de Lee Jordan apareció su ex
novia, Cho Chang. Ella le sonrió.
—Recibí el mensaje —dijo Cho mostrándole el galeón falso, y fue a sentarse
junto a Michael Corner.
—Bueno, ¿qué plan tienes, Harry? —preguntó George.
—No tengo ningún plan —contestó el muchacho, desorientado por la repentina
aparición de todos sus compañeros e incapaz de asimilar la situación mientras la
cicatriz siguiera doliéndole tanto.
—Ah, entonces improvisaremos, ¿no? ¡Me encanta! —dijo Fred.
—¡Tienes que hacer algo para detener esto! —le dijo Harry a Neville—. ¿Por qué
les has pedido a todos que volvieran? ¡Es una locura!
—Vamos a luchar, ¿no? —dijo Dean sacando también su galeón falso—. El
mensaje decía que Harry había vuelto y que íbamos a pelear. Pero tendré que
conseguir una varita mágica…
—¿No tienes varita? —preguntó Seamus.
De pronto Ron se volvió hacia Harry y le dijo:
—¿Qué hay de malo en que nos ayuden?
—¿Cómo dices?
—Mira, son capaces de hacerlo. —Ron bajó la voz y, sin que lo oyera nadie más
excepto Hermione, que estaba entre ambos, susurró—: No sabemos dónde está y
disponemos de poco tiempo para encontrarlo. Además, no tenemos por qué revelarles
que es un Horrocrux.
Harry se quedó mirándolo y luego consultó con la mirada a Hermione, que
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murmuró:
—Creo que Ron tiene razón. Ni siquiera sabemos qué estamos buscando. Los
necesitamos. —Y al ver que Harry no parecía convencido, añadió—: No tienes por
qué hacerlo todo tú solo.
El chico intentó pensar lo más rápidamente posible, aunque todavía le dolía la
cicatriz y la cabeza volvía a amenazar con estallarle. Dumbledore le había advertido
que no hablara de los Horrocruxes con nadie, salvo Ron y Hermione. «Nosotros
crecimos rodeados de secretos y mentiras, y Albus… tenía un talento innato para
eso…» ¿Estaba haciendo él lo mismo que Dumbledore, es decir, guardarse sus
secretos, sin atreverse a confiar en nadie? Pero Dumbledore había confiado en Snape,
¿y qué había conseguido con eso? Que lo asesinaran en la cima de la torre más alta…
—De acuerdo —les dijo en voz baja—. Está bien, escuchad… —se dirigió a los
demás, que dejaron de armar jaleo.
Fred y George, que estaban contando chistes a los que tenían más cerca,
guardaron silencio, y todos miraron a Harry, emocionados y expectantes.
—Estamos buscando una cosa, una cosa que nos ayudará a derrocar a Quienvosotros-sabéis.
Está aquí, en Hogwarts, pero no sabemos dónde exactamente. Es
posible que perteneciera a Ravenclaw. ¿Alguien ha oído hablar de un objeto que
perteneciera a la fundadora de la casa, o ha visto alguna vez un objeto con el águila
dibujada, por ejemplo?
Miró esperanzado al grupito de miembros de Ravenclaw —Padma, Michael,
Terry y Cho—, pero fue Luna la que contestó, encaramada en el brazo de la butaca de
Ginny.
—Bueno, está la diadema perdida. Ya te hablé de ella, ¿lo recuerdas, Harry? La
diadema perdida de Ravenclaw. Mi padre está intentando hacer una copia.
—Sí, pero la diadema perdida —intervino Michael Córner poniendo los ojos en
blanco— se perdió, Luna. Ese es el quid de la cuestión.
—¿Cuándo se perdió? —preguntó Harry.
—Dicen que hace siglos —respondió Cho, y a Harry le dio un vuelco el corazón
—. El profesor Flitwick dice que la diadema se esfumó cuando desapareció la propia
Rowena. Mucha gente la ha buscado —añadió mirando a sus compañeros de
Ravenclaw—, pero nadie ha encontrado nunca ni rastro de ella, ¿no?
Todos negaron con la cabeza.
—Perdón, pero ¿qué es una diadema? —preguntó Ron.
—Es una especie de corona —contestó Terry Boot—. Dicen que la de Ravenclaw
tenía poderes mágicos, como el de aumentar la sabiduría de quien la llevara puesta.
—Sí, los sifones de torposoplo de mi padre…
Pero Harry interrumpió a Luna:
—¿Y nadie ha visto nunca nada parecido?
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Todos volvieron a negar con la cabeza. Harry miró a Ron y Hermione y vio su
propia decepción reflejada en sus rostros. Un objeto perdido hacía tanto tiempo (a
simple vista, sin dejar rastro) no parecía un buen candidato a ser el Horrocrux
escondido en el castillo… Antes de que formulara otra pregunta, Cho volvió a
intervenir:
—Si quieres saber cómo era esa diadema, puedo llevarte a nuestra sala común
para enseñártela, Harry. La estatua de Ravenclaw la lleva puesta.
Harry notó de nuevo una tremenda punzada en la cicatriz. Por un instante, la Sala
de los Menesteres se desdibujó y el muchacho vio cómo sus pies se separaban del
oscuro suelo de tierra, y sintió el peso de la gran serpiente sobre los hombros.
Voldemort volvía a volar, aunque Harry no sabía si iba hacia el lago subterráneo o al
castillo de Hogwarts; pero, fuera a donde fuese, a Harry le quedaba muy poco tiempo.
—Se ha puesto en marcha —les dijo en voz baja a Ron y Hermione. Echó una
ojeada a Cho y luego volvió a mirarlos—. Escuchad, ya sé que no es una pista muy
buena, pero voy a subir a ver esa estatua; al menos sabré cómo es la diadema.
Esperadme aquí y guardad bien… el otro.
Cho se había levantado, pero Ginny, muy decidida, dijo:
—No; Luna acompañará a Harry, ¿verdad, Luna?
—Será un placer —dijo la chica alegremente, y Cho se sentó con aire de
desilusión.
—¿Cómo se sale de aquí? —le preguntó Harry a Neville.
—Ven.
Condujo a Harry y a Luna hasta un rincón donde había un pequeño armario por
donde se accedía a una empinada escalera.
—Todos los días te lleva a un sitio diferente; por eso no nos han encontrado —
explicó Neville—. El único problema es que nunca sabemos dónde saldremos. Ten
cuidado, Harry; patrullan toda la noche por los pasillos.
—Tranquilo. Vuelvo enseguida.
Los dos subieron a toda prisa la larga escalera iluminada con antorchas y de
trazado imprevisible. Al fin llegaron ante lo que parecía una pared sólida.
—Métete aquí debajo —le dijo Harry a Luna, sacando la capa invisible y
cubriéndose ambos con ella. Entonces él le dio un empujoncito a la pared.
Ésta se desvaneció al instante y los dos salieron del pasadizo. Harry miró hacia
atrás y vio que la pared había vuelto a formarse al instante por sí sola. Se encontraban
en otro pasadizo. Harry tiró de Luna hacia la parte más oscura, rebuscó en el
monedero que llevaba colgado del cuello y sacó el mapa del merodeador. Se lo acercó
a los ojos y buscó hasta localizar los puntos que indicaban la posición de ambos.
—Estamos en el quinto piso —susurró mientras veía cómo Filch se alejaba de
ellos, un pasillo más allá—. ¡Vamos! ¡Por aquí!
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Y de este modo iniciaron la marcha.
Harry se había paseado muchas veces por el castillo de noche, pero el corazón
nunca le había latido tan deprisa, ni nunca algo tan importante había dependido de
que él deambulara por allí sin que lo descubrieran. Ambos jóvenes atravesaron
rectángulos de luz de luna proyectados en el suelo, pasaron junto a armaduras cuyos
cascos chirriaban acompañando el sonido de sus débiles pisadas, doblaron esquinas
detrás de las cuales podía haber cualquier cosa esperándolos. Consultaban el mapa
del merodeador siempre que la luz se lo permitía, y en dos ocasiones se detuvieron
para dejar pasar a un fantasma sin llamar la atención. Harry suponía que encontraría
un obstáculo en cualquier momento, y su peor temor era Peeves; así pues, aguzaba el
oído a cada paso por si se producía alguna señal reveladora de que se acercaba el
poltergeist.
—Por aquí, Harry —susurró Luna tirándole de la manga hacia una escalera de
caracol.
Subieron describiendo cerrados y mareantes círculos. Harry nunca había estado
allí arriba. Al final de la escalera había una lisa puerta de madera envejecida, sin
picaporte ni cerradura, pero provista de una aldaba de bronce con forma de águila.
Luna tendió una pálida y fantasmagórica mano que flotaba en el aire, como si no
estuviera conectada a su brazo. Llamó una vez y el golpe de la aldaba, en medio del
silencio, resonó como un cañonazo. El pico del águila se abrió al instante, pero en
lugar del reclamo de un pájaro, una voz suave y musical preguntó:
—¿Qué fue primero, el fénix o la llama?
—Hum… ¿Tú qué crees, Harry? —inquirió Luna, pensativa.
—¿Qué ocurre? ¿No se abre con una contraseña?
—Pues no. Tienes que responder a la pregunta —dijo Luna.
—¿Y si te equivocas?
—Entonces has de esperar a que venga alguien que la conteste correctamente. Así
uno aprende, ¿entiendes?
—Ya… El problema es que no podemos permitirnos el lujo de esperar a que
llegue alguien más, Luna.
—No, claro —repuso Luna con seriedad—. Bueno, entonces creo que la
respuesta es que el círculo no tiene principio.
—Bien razonado —dijo la voz, y la puerta se abrió.
La sala común de Ravenclaw, que estaba vacía, era una amplia estancia circular,
mucho más espaciosa y aireada que cualquiera de las que Harry había visto hasta
entonces en Hogwarts. Tenía una serie de elegantes ventanas en forma de arco, de las
que colgaban cortinajes de seda azul y bronce (de día, los miembros de Ravenclaw
disfrutaban de unas vistas espectaculares de las montañas circundantes); se veían
estrellas pintadas en el techo de forma abovedada, así como en la alfombra azul
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oscuro; y el mobiliario consistía en mesas, sillas y estanterías, y una alta estatua de
mármol blanco ocupaba un nicho enfrente de la puerta.
Harry reconoció a Rowena Ravenclaw por el busto que había visto en casa de
Luna. La estatua se hallaba junto a una puerta que debía de conducir a los dormitorios
del piso de arriba. El muchacho fue derecho hacia ella, y le dio la impresión de que lo
miraba con una sonrisa burlona y hermosa, pero ligeramente intimidante. En la
cabeza llevaba un delicado aro de mármol, parecido a la diadema que Fleur había
lucido el día de su boda, en el que había unas palabras esculpidas en letra muy
pequeña. Harry salió de debajo de la capa invisible y se subió al pedestal de la estatua
para leer la inscripción:
Una inteligencia sin límites es el mayor tesoro de los hombres.
—Lo cual significa que tú estás pelado, estúpido —dijo una voz socarrona.
Harry se dio rápidamente la vuelta, resbaló del pedestal y cayó al suelo. La
encorvada figura de Alecto Carrow se hallaba ante él, y al mismo tiempo que el
muchacho alzaba su varita mágica, la bruja apretó con un dedo regordete el cráneo y
la serpiente que llevaba grabados con fuego en el antebrazo.

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