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La Varita de Saúco
Si el mundo había terminado, ¿por qué no cesaba la batalla? ¿Por qué el castillo no
quedaba sumido en ese silencio que impone el horror y por qué los combatientes no
abandonaban las armas? La mente de Harry había entrado en caída libre, semejante a
un torbellino descontrolado, incapaz de entender lo imposible, porque Fred Weasley
no podía estar muerto, las pruebas que le evidenciaban todos sus sentidos debían de
ser falsas…
Vieron caer un cuerpo por el boquete abierto en la fachada del colegio, por donde
entraban las maldiciones que les lanzaban desde los oscuros jardines.
—¡Agachaos! —ordenó Harry bajo una lluvia de maldiciones que se estrellaban
contra la pared a sus espaldas.
Ron y él habían agarrado a Hermione y la habían obligado a echarse en el suelo,
pero Percy estaba tumbado sobre el cadáver de Fred, protegiéndolo de nuevos
ataques, y cuando Harry le gritó: «¡Vamos, Percy, tenemos que movernos!», el chico
se negó.
—¡Percy! —Harry vio cómo las lágrimas surcaban la mugre que cubría la cara de
Ron cuando éste cogió a su hermano por los hombros y tiró de él, pero Percy se
negaba a moverse—. ¡No puedes hacer nada por él! Nos van a…
En ese momento Hermione soltó un chillido. Harry no tuvo que preguntar por
qué: una monstruosa araña del tamaño de un coche pequeño intentaba colarse por el
enorme boquete de la pared; un descendiente de Aragog se había unido a la lucha.
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Ron y Harry lanzaron a la vez sus hechizos, que colisionaron, y el monstruo salió
despedido hacia atrás, agitando las patas de forma repugnante antes de perderse en la
oscuridad.
—¡Ha venido con sus amigos! —informó Harry a los demás. Asomado al boquete
que las maldiciones habían abierto en el muro, observaba cómo otras arañas gigantes
trepaban por la fachada del edificio, liberadas del Bosque Prohibido, donde debían de
haber penetrado los mortífagos.
El muchacho les lanzó hechizos aturdidores y provocó la caída de la que venía en
cabeza encima de las demás, de modo que todas rodaron edificio abajo y se perdieron
de vista. Las maldiciones continuaban pasándole tan cerca de la cabeza que le
levantaban el cabello.
—¡Larguémonos ya! —urgió.
Empujó a Hermione hacia Ron y se agachó para coger a Fred por las axilas.
Percy, al percatarse de lo que Harry intentaba hacer, dejó de aferrarse al cadáver de su
hermano y lo ayudó; juntos, agachados para esquivar los hechizos que les arrojaban
desde el exterior, sacaron a Fred de allí.
—Mira, ahí mismo —indicó Harry, y lo pusieron en un nicho desocupado por una
armadura.
No soportaba ver a Fred ni un segundo más de lo necesario, y tras asegurarse de
que el cadáver estaba bien escondido, salió corriendo detrás de Ron y Hermione.
Malfoy y Goyle se habían esfumado, pero al final del pasillo, repleto de polvo,
fragmentos de yeso y piedra y cristales rotos, había un montón de gente; unos
avanzaban y otros retrocedían, aunque Harry no pudo distinguir si eran amigos o
enemigos. Al llegar a un recodo, Percy soltó un rugido atronador diciendo
«¡¡Rookwood!!», y fue tras un individuo alto que perseguía a un par de estudiantes.
—¡Aquí, Harry! —chilló Hermione.
Ella se hallaba detrás de un tapiz sujetando a Ron. Parecía que estuvieran
forcejeando, y al principio Harry tuvo la descabellada impresión de que volvían a
besarse, pero enseguida vio que Hermione intentaba retenerlo para que no se
marchara corriendo detrás de Percy.
—¡Escúchame! ¡Escúchame, Ron!
—¡Quiero ayudar! ¡Quiero matar mortífagos!
El chico tenía la cara desencajada, manchada de polvo y humo, y temblaba de
rabia y dolor.
—¡Nosotros somos los únicos que podemos acabar con Voldemort, Ron! ¡Por
favor, escúchame! ¡Necesitamos capturar a la serpiente, tenemos que matarla! —le
decía Hermione.
Pero Harry comprendía cómo se sentía su amigo: buscar otro Horrocrux no le
proporcionaría la satisfacción de la venganza. El también quería pelear, castigar a los
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asesinos de Fred y encontrar a los otros Weasley, y por encima de todo quería
asegurarse de que Ginny no… No, no permitiría que esa idea se formara en su
mente…
—¡Lucharemos! —exclamó Hermione—. ¡Tendremos que luchar para llegar
hasta la serpiente! ¡Pero no perdamos de vista nuestro objetivo! ¡Os repito que somos
los únicos que podemos acabar con Voldemort! —Mientras hablaba, se enjugaba las
lágrimas con una manga chamuscada y desgarrada, pero respiraba hondo para
calmarse. Sin dejar de sujetar a Ron, se volvió hacia Harry y le espetó—: Tienes que
enterarte del paradero de Voldemort, porque la serpiente debe de estar con él, ¿no?
¡Hazlo, Harry! ¡Entra en su mente!
¿Por qué le resultó tan fácil? ¿Tal vez porque la cicatriz llevaba horas ardiéndole,
ansiosa por mostrarle los pensamientos del Señor Tenebroso? Cerró los ojos
obedeciendo a Hermione, y al instante los gritos, los estallidos y todos los estridentes
sonidos de la batalla fueron disminuyendo hasta quedar reducidos a un lejano rumor,
como si él estuviera lejos, muy lejos de allí…
Se hallaba en medio de una habitación que, pese a la atmósfera tétrica que
destilaba, le resultaba extrañamente familiar. Las paredes estaban empapeladas y
todas las ventanas, excepto una, cegadas con tablones, de manera que los ruidos del
asalto al castillo llegaban amortiguados. Por esa única ventana se veían destellos de
luz alrededor del colegio, pero dentro de la habitación estaba oscuro, pues sólo había
una lámpara de aceite.
Hacía rodar la varita mágica con los dedos, examinándola, mientras pensaba en la
Sala de Objetos Ocultos, esa sala secreta que sólo él había encontrado, la sala que,
como la cámara secreta, sólo si eras listo, astuto y muy curioso podías descubrir.
Estaba convencido de que el chico no hallaría la diadema, aunque el títere de
Dumbledore había llegado mucho más lejos de lo que él imaginara jamás. Demasiado
lejos…
—Mi señor —dijo una angustiada y cascada voz, y él se dio la vuelta. Allí estaba
Lucius Malfoy, sentado en el rincón más oscuro, con la ropa hecha jirones y
evidentes marcas del castigo que había recibido después de la anterior huida de
Harry; además, tenía un ojo cerrado e hinchado—. Os lo ruego, mi señor… Mi hijo…
—Si tu hijo muere, Lucius, no será por culpa mía, sino porque no acudió en mi
ayuda como los restantes miembros de Slytherin. ¿No habrá decidido hacerse amigo
de Harry Potter?
—No, no. Eso jamás —susurró Malfoy.
—Más te vale.
—¿No teméis, mi señor, que Potter muera a manos de alguien que no seáis vos?
—preguntó Malfoy con voz temblorosa—. Perdonadme, pero ¿no sería más prudente
suspender esta batalla, entrar en el castillo y… buscar vos mismo al chico?
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—No finjas, Lucius. Quieres que cese la batalla para saber qué ha sido de tu hijo.
Y yo no necesito buscar a Potter. Antes del amanecer, él habrá venido a buscarme a
mí.
Y volvió a contemplar la varita que sostenía. Le preocupaba que… Y cuando algo
preocupaba a lord Voldemort, había que solucionarlo.
—Ve a buscar a Snape.
—¿A… Snape, mi señor?
—Sí, eso he dicho. Ahora mismo. Lo necesito. Tengo que pedirle que me preste
un… servicio. ¡Ve a buscarlo!
Asustado y tambaleándose un poco en la penumbra, Lucius salió de la habitación.
Voldemort siguió allí de pie, haciendo girar de nuevo la varita entre los dedos y sin
dejar de observarla.
—Es la única forma, Nagini —susurró. Miró la larga y gruesa serpiente,
suspendida en el aire, retorciéndose con gracilidad dentro del espacio encantado y
protegido que él le había preparado: una esfera transparente y estrellada, a medio
camino entre una jaula y un terrario.
Harry sofocó una exclamación, se echó hacia atrás y abrió los ojos; al mismo
tiempo, los alaridos y gritos, los golpes y estallidos de la batalla le asaltaron los
oídos.
—Está en la Casa de los Gritos en compañía de la serpiente; la ha rodeado de
algún tipo de protección mágica. Y acaba de enviar a Lucius Malfoy a buscar a
Snape.
—¿Que Voldemort está tan tranquilo en la Casa de los Gritos? —dijo Hermione,
indignada—. ¿No está…? ¿Ni se ha dignado pelear?
—Cree que no necesita hacerlo, y está seguro de que iré a buscarlo.
—Pero ¿por qué?
—Porque ya sabe que voy tras los Horrocruxes, y como no se separa de Nagini,
no me quedará más remedio que encontrarme con él si quiero acercarme a la
serpiente.
—Vale —dijo Ron poniéndose derecho—. Pues no puedes ir. Eso es lo que él
quiere, lo que espera que hagas. Tú te quedas aquí cuidando de Hermione, y yo iré y
cogeré…
Harry lo interrumpió:
—Sois vosotros dos quienes os quedáis aquí. Yo me pondré la capa invisible, iré
allá y volveré tan pronto como…
—No —terció Hermione—, es mucho mejor que me ponga yo la capa y…
—Ni lo sueñes —le gruñó Ron.
Antes de que Hermione lograra decir algo más que «Ron, yo estoy igual de
capacitada que…», el tapiz tras el que se habían ocultado, que disimulaba el acceso a
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una escalera, se desgarró de arriba abajo.
—¡¡Potter!!
Acababan de aparecer dos mortífagos enmascarados, pero, sin darles tiempo a que
levantaran las varitas, Hermione exclamó:
—¡Glisseo!
Los peldaños de la escalera se aplanaron formando un tobogán y los tres amigos
se lanzaron por él; no podían controlar la velocidad, pero iban tan deprisa que los
hechizos aturdidores de los mortífagos les pasaban por encima de la cabeza.
Atravesaron como flechas otro tapiz que colgaba al pie de la escalera y rodaron por el
suelo hasta dar contra la pared de enfrente.
—¡Duro! —gritó Hermione apuntando con la varita al tapiz, que se volvió de
piedra, y enseguida se oyeron dos fuertes golpes cuando los mortífagos que los
perseguían se estrellaron contra él.
—¡Apartaos! —gritó entonces Ron, y los tres amigos se pegaron contra una
puerta.
Un instante después, pasó con gran estruendo una horda de pupitres galopantes
dirigidos por la profesora McGonagall, que corría delante de ellos. La profesora,
desmelenada y con un tajo en una mejilla, no vio a los chicos. Cuando dobló la
esquina, la oyeron gritar:
—¡¡A la carga!!
—Ponte tú la capa, Harry —dijo Hermione—. Nosotros no…
Pero Harry también se la echó por encima. Pese a que los tres eran muy altos, el
muchacho dudaba que alguien se fijara en sus incorpóreos pies con el abundante
polvo suspendido por todas partes, las piedras que caían del techo y el resplandor de
los hechizos.
Bajaron por la siguiente escalera y llegaron a un pasillo abarrotado de duelistas.
En los retratos que había a ambos lados de los combatientes se agolpaban figuras que
daban consejos y gritos de ánimo, mientras los mortífagos, unos con máscara y otros
sin ella, peleaban contra alumnos y profesores. Dean había conseguido una varita y se
enfrentaba a Dolohov, y Parvati luchaba contra Travers. Harry y sus dos amigos
alzaron las varitas a la vez, listos para pelear, pero los duelistas se contorsionaban de
tal modo y corrían tanto de un lado para otro que, si los chicos lanzaban alguna
maldición, podían herir a alguno de los suyos. Mientras estaban allí clavados,
esperando la oportunidad de atacar, se oyó un fuerte «¡Aaaaaah!» y Harry vio a
Peeves volando por encima de ellos y lanzándoles vainas de snargaluff a los
mortífagos, cuyas cabezas quedaron de pronto envueltas por unos tubérculos verdes
que se retorcían como gruesos gusanos.
—¡Nooo!
Un puñado de tubérculos había ido a parar sobre la cabeza de Ron, oculta bajo la
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capa invisible; las resbaladizas y verdes raíces quedaron misteriosamente suspendidas
en el aire mientras Ron intentaba librarse de ellas.
—¡Ahí hay alguien invisible! —gritó uno de los mortífagos enmascarados
apuntando hacia los chicos.
Dean aprovechó la brevísima distracción del mortífago y lo derribó con un
hechizo aturdidor. Dolohov intentó contraatacar, pero Parvati le lanzó una maldición
de inmovilidad total.
—¡¡Larguémonos!! —gritó Harry.
Los tres se ciñeron la capa invisible y echaron a correr —agachados,
zigzagueando entre los combatientes, resbalando en los charcos de jugo de snargaluff
— hacia lo alto de la escalinata de mármol con la intención de bajar hasta el
vestíbulo.
—¡Soy Draco! ¡Soy Draco Malfoy! ¡Estoy en el mismo bando que tú!
Draco se hallaba en el descansillo superior suplicándole a otro mortífago
enmascarado. Harry aturdió al mortífago al pasar por su lado; Malfoy miró alrededor,
sonriente, buscando a su salvador, y Ron le propinó un puñetazo sin sacar el brazo de
la capa. Draco cayó hacia atrás encima del mortífago, sangrando por la boca y
completamente desconcertado.
—¡Es la segunda vez que te salvamos la vida esta noche, canalla traidor! —le
gritó Ron.
Había más duelistas por la escalinata y en el vestíbulo, y Harry veía mortífagos
por todas partes: Yaxley, cerca de la puerta principal, peleaba con Flitwick, y a su
lado otro mortífago enmascarado luchaba contra Kingsley; los alumnos se
desplazaban deprisa en todas las direcciones, algunos cargando con compañeros
heridos o arrastrándolos. Harry le lanzó un hechizo aturdidor a un mortífago
enmascarado, pero no le acertó y estuvo a punto de darle a Neville, quien había
aparecido de repente blandiendo una enorme Tentacula venenosa que se enrolló,
gozosa, alrededor del primer mortífago que encontró y se dispuso a tirar de él.
Harry, Ron y Hermione bajaron veloces por la escalinata de mármol. A su
izquierda cayeron cristales, y el reloj de arena de Slytherin que registraba los puntos
de la casa derramó sus esmeraldas por el suelo; al pisarlas, la gente resbalaba y perdía
el equilibrio. Cuando los chicos llegaron al vestíbulo, dos cuerpos se precipitaron
desde la barandilla de la escalinata, y una masa de color gris que parecía un animal
trotó a cuatro patas hacia el vestíbulo y le hincó los dientes a uno de los que acababan
de caer.
—¡¡Nooo!! —chilló Hermione; su varita produjo un ensordecedor estallido y
Fenrir Greyback salió despedido hacia atrás y soltó a Lavender Brown, que quedó
tendida en el suelo, casi inmóvil.
Greyback chocó contra la barandilla de mármol y se levantó a duras penas del
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suelo; entonces hubo un reluciente y blanco chasquido y, con un fuerte golpe, una
bola de cristal le cayó en la cabeza. El hombre lobo se derrumbó y esta vez ya no se
movió.
—¡Tengo más! —gritó la profesora Trelawney desde lo alto de la balaustrada—.
¡Hay para todos! ¡Toma!
Y haciendo con el brazo un movimiento parecido a un saque de tenis, extrajo otra
enorme esfera de cristal de su bolso, agitó la varita e hizo que la bola recorriera el
vestíbulo a toda velocidad y se estrellara contra una ventana. Al mismo tiempo, las
macizas puertas de madera se abrieron de golpe y más arañas gigantes irrumpieron
por la entrada principal del castillo.
Los gritos de terror hendieron el aire, los combatientes, tanto los mortífagos como
los defensores de Hogwarts, se dispersaron y chorros de luz roja y verde volaron
hacia los monstruos recién llegados, que se sacudieron y encabritaron, más
aterradores que nunca.
—¿Cómo salimos de aquí? —preguntó Ron intentando hacerse oír por encima del
alboroto, pero antes de que Harry o Hermione le contestaran fueron derribados de un
empujón: Hagrid había bajado con gran estruendo por la escalinata, enarbolando su
paraguas rosa floreado.
—¡No les hagáis daño! ¡No les hagáis daño! —gritó.
—¡¡Quieto, Hagrid!!
Harry olvidó cualquier precaución y salió de debajo de la capa, aunque se agachó
para evitar las maldiciones que iluminaban el vestíbulo.
—¡¡Vuelve, Hagrid!!
Pero todavía le quedaba un buen tramo para alcanzar al guardabosques cuando
vio cómo éste se perdía entre las arañas. Con un aparatoso corretear, pululando de
forma repugnante, las bestias se retiraron ante la avalancha de hechizos, y Hagrid
quedó sepultado entre ellas.
—¡¡Hagrid, Hagrid!!
Harry oyó que alguien gritaba su nombre, y no le importó si era amigo o
enemigo: bajó precipitadamente los escalones de piedra de la entrada y llegó al
oscuro jardín. Las arañas se retiraban con su presa, pero el muchacho no veía al
guardabosques por ninguna parte.
—¡¡Hagrid, Hagrid!!
Le pareció atisbar un brazo enorme que se agitaba entre el enjambre de arácnidos,
pero cuando se lanzó en su persecución, se lo impidió un pie monumental que salió
de la oscuridad e hizo temblar el suelo. Al alzar la vista, comprobó que tenía ante sí a
un gigante de seis metros; ni siquiera le veía la cabeza, pues la luz que salía por la
puerta del castillo sólo le iluminaba las peludas pantorrillas, gruesas como troncos.
Con un único, brutal y fluido movimiento, el gigante golpeó con un inmenso puño
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una de las altas ventanas, y a Harry le cayó encima una lluvia de cristales que lo
obligó a retroceder y protegerse bajo el umbral de la puerta.
—¡Qué horror! —gritó Hermione.
Ron y ella alcanzaron a Harry y miraron hacia arriba; el gigante había introducido
un brazo por la ventana e intentaba agarrar a alguien.
—¡¡No lo hagas!! —bramó Ron sujetándole la mano a Hermione, que había
alzado la varita—. ¡Si lo aturdes destrozará el castillo!
—¿JAGI?
Grawp llegó dando bandazos desde la parte posterior del castillo, y Harry se
percató de que el hermanastro de Hagrid era un gigante de menor estatura. Al verlo,
el descomunal monstruo que intentaba aplastar a los combatientes de los pisos
superiores soltó un rugido, y cuando echó a andar hacia ese otro ejemplar más
pequeño de su raza, los peldaños de mármol temblaron. Grawp abrió la torcida boca,
mostrando unos dientes amarillos del tamaño de ladrillos, y los dos gigantes
embistieron uno contra otro con ferocidad propia de leones.
—¡¡Corred!! —bramó Harry.
Los gigantes forcejeaban, lanzaban gritos horrendos y se daban golpes bestiales.
El muchacho cogió de la mano a Hermione y bajó de nuevo como una exhalación los
escalones de piedra que llevaban a los jardines; Ron iba en retaguardia. Harry no
había perdido la esperanza de encontrar y salvar a Hagrid; corría tanto que casi
habían llegado al Bosque Prohibido cuando volvieron a detenerse.
De repente sintieron un frío atroz. A Harry se le cortó la respiración, como si el
aire se le hubiera solidificado en los pulmones. Unas sinuosas siluetas de concentrada
negrura se movían en la oscuridad, desplazándose como una gran ola hacia el castillo;
llevaban las caras cubiertas con capuchas y emitían un ruido vibrante al respirar.
Ron y Hermione se pegaron a Harry, y a continuación el fragor de la batalla se
amortiguó hasta casi apagarse, porque un silencio que sólo los dementores podían
producir cayó como un pesado manto cubriéndolo todo.
—¡Vamos, Harry! —lo instó Hermione desde muy lejos—. ¡Los patronus, Harry!
¡Rápido!
El muchacho levantó la varita mágica, pero lo estaba invadiendo una profunda
desesperanza: Fred estaba muerto, Hagrid correría su misma suerte si no había
sucumbido ya, ¿y cuántas bajas más habría que él todavía ignoraba? Sentía como si el
alma estuviera abandonándole el cuerpo…
—¡¡Vamos, Harry!! —insistió Hermione.
Un centenar de dementores avanzaba hacia ellos; se deslizaban sorbiendo el
espacio, atraídos por la desesperación de Harry, que era como la promesa de un
festín…
El muchacho vio surgir el terrier plateado de Ron, que brilló con una luz
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mortecina y se esfumó; luego observó cómo también se esfumaba la nutria de
Hermione, y la varita mágica le tembló en la mano. Casi agradeció la inminente
pérdida de conciencia, la invitación al vacío, a la ausencia total de sentimiento…
De pronto, una liebre, un jabalí y un zorro plateados desfilaron veloces cerca de
ellos, y los dementores se retiraron ante el avance de aquellas criaturas. Tres personas
más habían salido de la oscuridad y se situaron junto a los chicos, con las varitas en
alto, manteniendo iluminados sus patronus. Eran Luna, Ernie y Seamus.
—¡Muy bien! —los felicitó Luna, como si todavía estuvieran en la Sala de los
Menesteres y sus logros fueran sólo un ejercicio de hechizos del Ejército de
Dumbledore—. Estupendo. Vamos, Harry, piensa en algo que te haga feliz…
—¿Algo que me haga feliz? —repuso Harry con voz ronca.
—Estamos vivos —susurró ella—. Seguimos luchando. Vamos, Harry…
Hubo un chisporroteo plateado, seguido de una luz temblorosa, y entonces,
haciendo un esfuerzo sin precedentes, Harry consiguió que el ciervo surgiera de la
varita. Salió a medio galope, y los dementores se dispersaron a toda prisa.
Inmediatamente dejó de hacer frío y el estruendo de la batalla volvió a resonar en los
oídos del muchacho.
—No sé cómo daros las gracias —dijo Ron con voz temblorosa a los recién
llegados—. Nos habéis salvado…
En ese momento se produjo un temblor comparable al de un terremoto, seguido
de un fuerte bramido: otro gigante salió dando bandazos del Bosque Prohibido,
blandiendo un garrote más alto que cualquiera de los chicos.
—¡¡Corred!! —gritó Harry, pero no hizo falta que lo repitiera porque sus amigos
salieron disparados en todas las direcciones justo a tiempo: el enorme pie de aquel ser
se posó exactamente donde sólo un instante antes se hallaban los jóvenes.
Harry comprobó que Ron y Hermione lo seguían, pero los otros tres regresaron al
castillo.
—¡Nos tiene a tiro! —gritó Ron mientras el gigante balanceaba otra vez el garrote
lanzando bramidos que resonaban por los jardines, donde los estallidos de luz roja y
verde continuaban iluminando la oscuridad.
—¡Eh, el sauce boxeador! —exclamó Harry—. ¡Vamos!
Sin saber cómo, el muchacho lo encerró todo en su mente, lo apretujó en un
reducido espacio donde ya no le era posible mirar: sus sentimientos por Fred y
Hagrid y el miedo que sentía por sus seres queridos, desperdigados dentro y fuera del
castillo, tendrían que esperar, porque ahora ellos debían encontrar a la serpiente y a
Voldemort, porque, como había indicado Hermione, ésa era la única forma de poner
fin a aquella catástrofe…
Harry partió a toda prisa, como si se sintiera capaz de aventajar a la propia
muerte, ignorando los chorros de luz que surcaban la oscuridad por todas partes. Las
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aguas del lago del colegio batían contra la orilla y producían un sonido parecido al
del mar, y, pese a que no había viento, el Bosque Prohibido susurraba y crujía; se
diría que los terrenos de Hogwarts se habían sublevado también. Harry corrió tan
deprisa como no lo había hecho en su vida, y él fue quien vio primero el gran árbol
—el sauce—, de ramas como látigos, que guardaba celosamente el secreto enterrado
bajo sus raíces.
Redujo el paso, jadeando, bordeó el sauce, cuyas ramas se agitaban con violencia,
y escudriñó el grueso tronco en la oscuridad, tratando de ver aquel nudo en la corteza
del viejo árbol que permitía paralizarlo. Ron y Hermione lo alcanzaron; ella respiraba
con dificultad y casi no podía hablar.
—¿Cómo… cómo vamos a entrar? —preguntó Ron, también sin aliento—. Veo el
sitio… Si tuviéramos a Crookshanks…
—¿A Crookshanks? —masculló Hermione, doblándose por la cintura mientras se
abrazaba el pecho—. ¿Tú eres mago, o qué?
—¡Ah! Sí, claro…
Ron apuntó con la varita a una pequeña rama que había en el suelo y exclamó:
«¡Wingardium leviosa!» La ramita se elevó, giró sobre sí misma en el aire, como
atrapada por una ráfaga de viento, y se lanzó hacia el tronco atravesando las ramas
del sauce, que se agitaban amenazadoramente. Acto seguido se hincó en un punto
cerca de las raíces, y el árbol se quedó quieto de inmediato.
—¡Perfecto! —dijo Hermione.
—Esperad.
No cesaban de oírse el estruendo y las explosiones de la batalla, y Harry vaciló un
momento. Había ido hasta allí; estaba haciendo lo que Voldemort deseaba… ¿No
estaría arrastrando a sus dos amigos a una trampa?
Pero entonces se impuso la cruel realidad, la verdad pura y llana: la única forma
de seguir adelante era matar a la serpiente, y el animal estaba con Voldemort, y éste
se hallaba al final de ese túnel…
—¡Nosotros vamos contigo, Harry! ¡Métete ahí dentro de una vez! —dijo Ron
empujándolo.
El muchacho se coló por el túnel de tierra, oculto entre las raíces del árbol, y le
pareció mucho más estrecho que la última vez que lo había utilizado. El techo era
muy bajo, y si bien hacía cuatro años habían tenido que agacharse para pasar por él,
esta vez se vieron obligados a arrastrarse a cuatro patas. Harry entró primero, con la
varita iluminada, temiendo encontrar algún obstáculo, pero no fue así. Avanzaron en
silencio; Harry mantenía la vista clavada en el oscilante rayo de la varita, que
sujetaba con la mano muy prieta.
A partir de determinado punto, el túnel empezó a ascender, y un poco más allá
Harry vio un resquicio de luz. Hermione le tiró de un tobillo.
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—¡La capa! —susurró—. ¡Ponte la capa!
Harry tanteó detrás de él con la mano libre, y Hermione le puso en ella la prenda
mágica, hecha un revoltijo. El muchacho se la echó por encima con gran dificultad,
murmuró «Nox» para apagar la varita y continuó avanzando a gatas, haciendo el
menor ruido posible y aguzando todos los sentidos. Temía ser descubierto, oír una
voz fría y clara o ver un súbito destello de luz verde.
Y entonces le llegaron unas voces provenientes de la habitación que había al final
del túnel, amortiguadas por una especie de lámina de madera vieja que tapaba la
abertura por la que se accedía al cuarto. Sin atreverse apenas a respirar, avanzó hacia
allí y miró a través de la estrecha rendija entre la madera y la pared.
La habitación estaba débilmente iluminada, pero el muchacho vio a Nagini,
retorciéndose y girando como una serpiente acuática, protegida por aquella esfera
estrellada y encantada que flotaba, sin soporte alguno, en medio del cuarto. Detectó
también el borde de una mesa y una mano blanca de largos dedos que acariciaba una
varita. Entonces Snape habló, y a Harry se le cortó la respiración: el profesor se
hallaba a sólo unos centímetros de donde él estaba agachado.
—… mi señor, sus defensas se están desmoronando…
—Y sin tu ayuda —comentó Voldemort con su aguda y clara voz—. Eres un
mago muy hábil, Severus, pero a partir de ahora no creo que resultes indispensable.
Ya casi hemos llegado… casi…
—Dejadme ir a buscar al chico. Dejad que os traiga a Potter. Sé que puedo
encontrarlo, mi señor. Os lo ruego.
Snape pasó por delante de la rendija y Harry se apartó un poco, sin quitarle los
ojos de encima a Nagini. Se preguntó si habría algún hechizo capaz de destruir
aquella esfera protectora, pero no se le ocurrió ninguno. Si daba un solo paso en
falso, delataría su presencia y…
Voldemort se puso en pie y Harry lo contempló: los ojos rojos, el rostro liso con
facciones de reptil, y aquella palidez que relucía débilmente en la penumbra.
—Tengo un problema, Severus —dijo Voldemort en voz baja.
—¿Ah, sí, mi señor? —repuso Snape.
El Señor Tenebroso alzó la Varita de Saúco, sujetándola con delicadeza y
precisión, como si fuera la batuta de un director de orquesta.
—¿Por qué no me funciona, Severus?
En medio del silencio subsiguiente, a Harry le pareció oír cómo la serpiente
silbaba con suavidad mientras se enroscaba y se desenroscaba, ¿o era el sibilante
suspiro de Voldemort que se prolongaba?
—¿Qué queréis decir, mi señor? —preguntó Snape—. No lo entiendo. Habéis…
logrado extraordinarias proezas con esa varita.
—No, Severus, no. He realizado la misma magia de siempre. Yo soy
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extraordinario, pero esta varita no lo es. No ha revelado las maravillas que prometía,
ni descubro ninguna diferencia entre ella y la que me procuró Ollivander hace
muchos años.
Hablaba en un tono reflexivo y pausado, pero a Harry empezó a latirle la cicatriz
y a darle punzadas; el dolor de la frente le aumentaba, y notaba cómo una furia
controlada crecía en el interior del Señor Tenebroso.
—Ninguna diferencia —repitió Voldemort.
Snape no respondió. Harry no le veía la cara y se preguntó si el profesor habría
intuido el peligro, o si estaría buscando las palabras adecuadas para tranquilizar a su
amo.
Voldemort echó a andar por la habitación y Harry lo perdió de vista unos
segundos, pero seguía oyéndolo hablar con aquella voz comedida. Entretanto, el
dolor y la furia seguían creciendo en él.
—He estado reflexionando mucho, Severus… ¿Sabes por qué te he pedido que
dejaras la batalla y vinieras aquí?
Entonces Harry atisbo el perfil de Snape: tenía los ojos fijos en la serpiente, que
se retorcía en su jaula encantada.
—No, mi señor, pero os suplico que me dejéis volver. Permitidme que vaya a
buscar a Potter.
—Me recuerdas a Lucius. Ninguno de los dos entendéis a Potter como lo entiendo
yo. Él no necesita que vayamos a buscarlo; Potter vendrá a mí. Conozco su debilidad,
su único y gravísimo defecto: no soportará ver cómo otros caen a su alrededor,
sabiendo que él, precisamente, es el causante. Querrá impedirlo a toda costa y vendrá
a mí.
—Sí, mi señor, pero podría morir de forma accidental, podría matarlo otro que no
fuerais vos…
—He dado instrucciones muy claras a mis mortífagos: han de capturar a Potter y
matar a sus amigos (cuantos más, mejor), pero no matarlo a él… Pero es de ti de
quien quería hablar, Severus, no de Harry Potter. Me has resultado muy valioso. Muy
valioso.
—Mi señor sabe que mi único propósito es serviros. Pero… dejadme ir a buscar
al chico, mi señor. Dejad que os lo traiga. Sé que puedo…
—¡Ya he dicho que no! —lo atajó Voldemort, y Harry distinguió un destello rojo
en sus ojos cuando se dio la vuelta de nuevo, y percibió el ruido que hizo con la capa,
parecido al deslizarse de un reptil. El muchacho notaba la impaciencia del Señor
Tenebroso en la punzante cicatriz—. ¡Lo que ahora me preocupa, Severus, es qué
pasará cuando por fin me enfrente al chico!
—Pero si… Mi señor, sobre eso no puede haber ninguna duda…
—Sí la hay, Severus. Hay una duda.
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Se detuvo, y Harry volvió a verlo de frente, acariciando la Varita de Saúco con los
blancos dedos mientras miraba con fijeza a Snape.
—¿Por qué las dos varitas que he utilizado han fallado al atacar a Harry Potter?
—No… no sé responder a esa pregunta, mi señor.
—¿No sabes?
La punzada de ira fue como si le clavaran a Harry un clavo en la cabeza, y se
metió un puño en la boca para no gritar de dolor. Cerró los ojos, y de repente era
Voldemort escrutando el pálido rostro de Snape.
—Mi varita de tejo hizo todo lo que le pedí, Severus, excepto matar a Harry
Potter. Fracasó dos veces. Cuando lo sometí a tortura, Ollivander me habló de los
núcleos centrales gemelos, y me dijo que tenía que despojar a alguien de su varita.
Así lo hice, pero la varita de Lucius se rompió al enfrentarse a la de Potter.
—No tengo… explicación para eso, mi señor.
Snape no lo miraba, sino que tenía la vista clavada en la serpiente, que continuaba
retorciéndose en su esfera protectora.
—Busqué una tercera varita, Severus: la Varita de Saúco, la Varita del Destino, la
Vara Letal. Se la quité a su anterior propietario. La cogí de la tumba de Albus
Dumbledore.
Entonces Snape sí lo miró, pero su rostro parecía una mascarilla. Estaba blanco
como la cera, y tan quieto que cuando habló fue una sorpresa comprobar que había
vida detrás de aquellos inexpresivos ojos.
—Mi señor… dejad que vaya a buscar al chico…
—Llevo aquí toda esta larga noche, a punto de obtener la victoria —dijo
Voldemort con un hilo de voz—, preguntándome una y otra vez por qué la Varita de
Saúco se resiste a dar lo mejor de sí, por qué no obra los prodigios que, según la
leyenda, debería poder realizar su legítimo propietario con ella… Y creo que ya tengo
la respuesta. —Snape permaneció callado—. ¿Y tú? ¿Lo sabes ya? Al fin y al cabo,
eres inteligente, Severus. Has sido un sirviente leal, y lamento lo que voy a tener que
hacer.
—Mi señor…
—La Varita de Saúco no puede servirme como es debido, Severus, porque yo no
soy su verdadero amo. Ella pertenece al mago que mata a su anterior propietario, y tú
mataste a Albus Dumbledore. Mientras tú vivas, Severus, la Varita de Saúco no será
completamente mía.
—¡Mi señor! —protestó Snape alzando su propia varita.
—No puede ser de otro modo. Debo dominar esta varita, Severus. Si lo consigo,
venceré por fin a Potter.
Y Voldemort hendió el aire con la Varita de Saúco, aunque no le hizo nada a
Snape, que creyó que lo había indultado en el último instante; pero entonces se
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revelaron las intenciones del Señor Tenebroso: la esfera de Nagini empezó a dar
vueltas alrededor de Snape y, antes de que él pudiera hacer otra cosa que gritar, se le
encajó hasta los hombros.
—Mata —ordenó Voldemort en pársel.
Se oyó un grito espeluznante. Harry vio cómo Snape perdía el poco color que
conservaba, al mismo tiempo que abría mucho los ojos, cuando los colmillos de la
serpiente se clavaron en su cuello; pero no pudo quitarse la esfera encantada de
encima; se le doblaron las rodillas y cayó al suelo.
—Lo lamento —dijo Voldemort con frialdad, y le dio la espalda.
No sentía tristeza ni remordimiento. Había llegado la hora de abandonar aquella
cabaña y hacerse cargo de la situación, provisto de una varita que ahora sí obedecería
sus órdenes. Apuntó con ella a la estrellada jaula de la serpiente, que soltó a Snape y
se deslizó hacia arriba, y el profesor quedó tendido en el suelo, con las heridas del
cuello sangrando. Voldemort salió de la habitación sin mirar atrás, y la gran serpiente
flotó tras él, encerrada en la enorme esfera.
En el túnel, y de nuevo dueño de su mente, Harry abrió los ojos y se dio cuenta de
que se había mordido tan fuerte los nudillos para no gritar que se había hecho sangre.
Volvió a mirar por la estrecha rendija y logró ver un pie enfundado en una bota negra,
que se estremecía en el suelo.
—¡Harry! —susurró Hermione detrás de él, pero el muchacho ya había apuntado
con la varita a la lámina que le impedía ver toda la habitación. El trozo de madera se
levantó un centímetro del suelo y se apartó hacia un lado. Harry entró sigilosamente.
No sabía por qué lo hacía, por qué se acercaba al moribundo. Tampoco tuvo claro
qué sentía cuando vio el cadavérico semblante de Snape y cómo trataba de contener
la sangrante herida del cuello con los dedos. Se quitó la capa invisible y, erguido a su
lado, contempló al hombre que odiaba, cuyos ojos se desorbitaron y lo buscaron
cuando intentó hablar. Harry se inclinó sobre él, y Snape lo agarró por la túnica y tiró
de él.
De la garganta del moribundo salió un sonido áspero y estrangulado:
—Cógelo… Cógelo…
Algo que no era sangre brotaba de Snape. Una sustancia azul plateado, ni líquida
ni gaseosa, le salía por la boca, por las orejas y los ojos. Harry sabía qué era, pero no
sabía qué hacer…
Hermione hizo aparecer un frasco de la nada y se lo puso en las temblorosas
manos a Harry. Este recogió la sustancia plateada con la varita y la metió en el frasco.
Cuando lo hubo llenado hasta arriba, Snape lo miró como si no le quedara ni una sola
gota de sangre en las venas y aflojó la mano con que le agarraba la túnica.
—Mírame… —susurró.
Los ojos verdes buscaron los negros, pero un segundo más tarde, algo se
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extinguió en las profundidades de los de Snape, dejándolos clavados, inexpresivos y
vacíos. La mano que sujetaba a Harry cayó al suelo con un ruido sordo, y Snape se
quedó inmóvil

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