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El guerrero caído
—Hagrid…
Harry se levantó con esfuerzo entre la maraña de cuero y metal que lo rodeaba; al
intentar ponerse en pie, sus manos se hundieron varios centímetros en el agua
fangosa. No entendía adonde había ido Voldemort y temía verlo aparecer en la
oscuridad en cualquier momento. Notando un líquido caliente que le goteaba de la
barbilla y la frente, salió arrastrándose de la ciénaga y fue tambaleante hasta un
voluminoso bulto oscuro que había en el suelo. Era Hagrid.
—¡Hagrid! ¡Dime algo, Hagrid!
Pero el bulto no se movió.
—¿Quién está ahí? ¿Eres Potter? ¿Eres Harry Potter?
Harry no reconoció aquella voz de hombre. Entonces una mujer gritó:
—¡Se han estrellado, Ted! ¡Se han estrellado en el jardín!
A Harry le daba vueltas la cabeza.
—Hagrid… —repitió como atontado, y se le doblaron las rodillas.
Cuando volvió en sí, estaba tumbado boca arriba sobre algo que parecían cojines,
con las costillas y un brazo doloridos. El diente que se le había saltado le había vuelto
a crecer, pero todavía notaba un dolor punzante en la cicatriz de la frente.
—Hagrid… —murmuró.
Abrió por fin los ojos y comprobó que se hallaba tendido en un sofá, en un salón
que no conocía, iluminado por una lámpara. Su mochila estaba en el suelo, a escasa
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distancia, mojada y manchada de barro, y un individuo rubio y barrigudo lo
observaba con preocupación.
—Hagrid se encuentra bien, hijo —dijo el desconocido—; mi mujer está con él.
¿Cómo te encuentras? ¿Te has roto algo más? Te he arreglado las costillas, el diente y
el brazo. ¡Ah, por cierto, soy Ted! Ted Tonks, el padre de Dora.
Como Harry se incorporó demasiado deprisa, vio un montón de estrellitas y se
mareó.
—Voldemort…
—Tranquilo, muchacho, tranquilo —susurró Ted Tonks. Le puso una mano en el
hombro y lo empujó suavemente para que se recostara en los cojines—. Ha sido una
caída brutal. Pero ¿qué ha pasado? ¿Un fallo de la motocicleta? Arthur Weasley ha
vuelto a pasarse de la raya, seguro. ¡Él y sus cacharros muggles!
—No, no… —dijo Harry, y la cicatriz le latió como una herida abierta—.
Mortífagos, montones de mortífagos… Nos perseguían…
—¿Mortífagos, dices? —se extrañó Ted—. ¿Cómo que mortífagos? Tenía
entendido que no sabían que íbamos a trasladarte esta noche; creía que…
—Lo sabían —lo interrumpió Harry.
Ted Tonks alzó la vista como si pudiera ver el cielo a través del techo y afirmó:
—Bueno, eso significa que nuestros encantamientos protectores funcionan, ¿no?
De modo que, en teoría, los mortífagos no pueden acercarse a esta casa en un radio de
cien metros, desde ninguna dirección.
Entonces Harry comprendió por qué se había desvanecido Voldemort: la
motocicleta había traspasado la barrera de los encantamientos de la Orden. Deseó con
ansia que éstos siguieran siendo efectivos e imaginó a Voldemort volando a cien
metros de altura mientras ellos hablaban, buscando la forma de atravesar lo que el
muchacho visualizó como una gran burbuja transparente.
Bajó las piernas del sofá; necesitaba ver a Hagrid con sus propios ojos para creer
que estaba vivo. Sin embargo, apenas se hubo puesto en pie, se abrió una puerta y el
guardabosques entró en el salón; tenía la cara cubierta de barro y sangre y cojeaba un
poco, pero estaba milagrosamente vivo.
—¡Harry!
Hagrid derribó dos mesitas y una aspidistra, recorrió la distancia que los separaba
en dos zancadas y abrazó al muchacho tan fuerte que casi le partió las recién
reparadas costillas.
—Caray, Harry, ¿cómo has conseguido librarte de ésta? Pensé que íbamos a
palmarla los dos.
—Sí, yo también. No puedo creer que… —Se interrumpió al ver a la mujer que
había entrado en la habitación detrás de Hagrid—. ¡Es usted! —exclamó, y metió
rápidamente una mano en el bolsillo, pero estaba vacío.
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—Tu varita está aquí, hijo —intervino Ted dándole unos golpecitos con ella en el
brazo—. Estaba en el suelo, a tu lado, y yo la recogí. Y esa mujer a la que estás
gritando es mi esposa.
—Oh… lo siento…
Cuando la señora Tonks se les acercó, quedó patente que el parecido con su
hermana Bellatrix era menos acusado, pues tenía el cabello castaño claro y los ojos,
más grandes, reflejaban mayor bondad. Sin embargo, se mostró un poco altiva tras la
exclamación de Harry.
—¿Qué le ha pasado a nuestra hija? —preguntó—. Hagrid dice que os han
tendido una emboscada. ¿Dónde está Nymphadora?
—No lo sé. Ignoramos qué ha sido de los demás.
Ted y su esposa se miraron. Al observar su expresión, se apoderó de Harry una
mezcla de miedo y remordimiento: si había muerto algún miembro de la Orden, sería
culpa suya y sólo suya. El había dado su consentimiento al plan y entregado los
cabellos que necesitaban para preparar la poción…
—¡El traslador! —exclamó de pronto, recordándolo todo de golpe—. Tenemos
que ir a La Madriguera y averiguar… Entonces podremos enviarles noticias, o… No,
Tonks se las enviará cuando…
—Seguro que Dora está bien, Dromeda —la tranquilizó Ted—. Sabe lo que hace;
ha realizado muchas misiones peligrosas con los aurores. El traslador está por aquí —
le indicó a Harry—. Si queréis utilizarlo, se marcha dentro de tres minutos.
—Sí, nos vamos —dijo Harry. Cogió su mochila y se la colgó a la espalda—.
Yo… —Miró a la señora Tonks; quería disculparse por el estado de temor en que la
dejaba y del que tan responsable se sentía, pero sólo se le ocurrían frases vanas o
superficiales—. Le diré a Tonks… a Dora… que les envíe noticias en cuanto…
Gracias por ayudarnos, gracias por todo. Yo…
Sintió un gran alivio cuando salió de la habitación y siguió a Ted Tonks por un
corto pasillo que daba a un dormitorio. Hagrid fue tras ellos y tuvo que agacharse
para no golpearse la cabeza con el dintel de la puerta.
—Ahí está, hijo. Eso es el traslador. —Señalaba un pequeño cepillo de pelo de
plata encima del tocador.
—Gracias —dijo Harry; estiró un brazo y puso un dedo sobre el cepillo, listo para
partir.
—Espera un momento —terció Hagrid mirando alrededor—. ¿Dónde está
Hedwig?
—Le… le dieron. —El recuerdo de lo ocurrido lo golpeó fuerte; Harry se
avergonzó de sí mismo y sus ojos se anegaron en lágrimas. La lechuza había sido su
compañera, su único vínculo con el mundo mágico cada vez que se veía obligado a
volver a casa de los Dursley.
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Hagrid le dio unas palmadas de ánimo en el hombro.
—No importa, no importa —dijo con brusquedad—. Tuvo una buena vida…
—¡Atento, Hagrid! —lo previno Ted Tonks al ver que el cepillo emitía una luz
azulada, y el hombretón le puso un dedo encima justo a tiempo.
Harry notó una sacudida debajo del ombligo, como si le hubieran dado un tirón
con un gancho y una cuerda invisibles, y se sintió lanzado al vacío, girando sobre sí
mismo de forma incontrolada, con un dedo pegado al traslador. Ambos se alejaron a
toda velocidad del señor Tonks. Unos segundos más tarde, Harry tocó suelo firme y
cayó a cuatro patas en el patio de La Madriguera. Oyó gritos. Apartó el cepillo, que
ya no brillaba, se levantó trastabillando un poco y vio a la señora Weasley y a Ginny
bajando a toda prisa los escalones de la puerta trasera, mientras Hagrid, que también
había caído al aterrizar, se ponía trabajosamente en pie.
—¿Harry? ¿Eres el Harry auténtico? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están los otros? —
gritó la señora Weasley, ansiosa.
—¿Cómo que dónde están? —preguntó Harry jadeando—. ¿No ha vuelto nadie?
La respuesta se leía claramente en el pálido rostro de la señora Weasley. Entonces
Harry explicó:
—Los mortífagos nos estaban esperando. Nos rodearon en cuanto levantamos el
vuelo; sabían que iba a ser esta noche. Pero ignoro qué les ha ocurrido a los demás.
Nos persiguieron cuatro mortífagos y nos costó mucho librarnos de ellos. Y después
nos alcanzó Voldemort.
Harry se dio cuenta de que su voz tenía un deje suplicante, como si intentara
justificarse o hacerle entender a Molly por qué no sabía qué suerte habían corrido sus
hijos, pero…
—Por suerte estás bien —dijo ella, y le dio un abrazo que el muchacho no creía
merecer.
—¿Tienes un poco de coñac, Molly? —preguntó Hagrid, algo tembloroso—. Es
para fines medicinales…
La señora Weasley habría podido hacerlo aparecer mediante magia, pero cuando
se apresuró hacia la torcida casa, Harry comprendió que no quería que le vieran la
cara. Entonces miró a Ginny, y ella respondió de inmediato a las preguntas que el
muchacho no había formulado.
—Ron y Tonks deberían haber sido los primeros en regresar, pero se les escapó el
traslador, que llegó sin ellos —dijo señalando una lata de aceite oxidada que había en
el suelo—. Y ése —añadió mostrando una vieja zapatilla de lona— era el traslador de
mi padre y Fred, que deberían haber sido los siguientes. Hagrid y tú erais los terceros,
y… —Consultó su reloj—. Si lo han conseguido, George y Lupin deberían llegar
dentro de un minuto.
La señora Weasley regresó con una botella de coñac y se la dio a Hagrid. El
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guardabosques la destapó y bebió un largo sorbo.
—¡Mira, mamá! —gritó Ginny señalando a cierta distancia.
En la oscuridad había surgido una luz azulada que fue agrandándose y
volviéndose más intensa, y entonces aparecieron Lupin y George, girando sobre sí
mismos hasta caer al suelo. Harry comprendió enseguida que algo iba mal, porque
Lupin sujetaba a George, que estaba inconsciente y tenía la cara cubierta de sangre.
Corrió hacia ellos y le cogió las piernas a George. Entre Lupin y él lo llevaron a
la casa, pasaron por la cocina y fueron al salón. Una vez allí, lo tumbaron en el sofá.
Cuando la luz de la lámpara le iluminó la cabeza, Ginny sofocó un grito y Harry notó
un vuelco en el estómago: a George le faltaba una oreja. Tenía un lado de la cabeza y
el cuello empapados de sangre, de un rojo asombrosamente intenso.
Tan pronto la señora Weasley se inclinó sobre su hijo, Lupin agarró con
brusquedad a Harry por el brazo y lo arrastró hasta la cocina, donde Hagrid todavía
estaba intentando hacer pasar su enorme cuerpo por la puerta trasera.
—¡Eh! —chilló Hagrid, indignado—. ¡Suéltalo! ¡Suelta a Harry!
Lupin no le hizo caso.
—¿Qué criatura había en el rincón de mi despacho en Hogwarts la primera vez
que Harry Potter vino a verme? —preguntó al muchacho zarandeándolo ligeramente
—. ¡Contesta!
—Un… grindylow dentro de un depósito de agua, ¿no?
Lupin soltó a Harry y se apoyó contra un armario de la cocina.
—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó Hagrid.
—Lo siento, Harry, pero tenía que asegurarme —se disculpó Lupin—. Nos han
traicionado. Voldemort sabía que íbamos a trasladarte esta noche, y las únicas
personas capaces de decírselo estaban directamente implicadas en el plan. Podrías
haber sido un impostor.
—¿Y a mí por qué no me preguntas nada? —protestó Hagrid jadeando, aún sin
conseguir pasar por la puerta.
—Tú eres un semigigante. La poción multijugos sólo la usan los humanos.
—Ningún miembro de la Orden puede haberle revelado a Voldemort que ibais a
trasladarme esta noche —dijo Harry. Esa idea le parecía espantosa; no concebía que
ninguno de ellos lo hubiera hecho—. Voldemort no me ha alcanzado hasta el final, y
eso significa que no sabía a quién tenía que perseguir. Si hubiera estado al corriente
del plan, habría sabido desde el principio que yo era quien iba con Hagrid.
—¿Que Voldemort te ha alcanzado? —saltó Lupin—. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo
has logrado escapar?
Harry le explicó brevemente que los mortífagos se habían percatado de que él era
el Harry auténtico; entonces dejaron de ir tras ellos y debieron de avisar a Voldemort,
que apareció cuando Hagrid y él estaban a punto de llegar al refugio de la casa de los
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Tonks.
—¿Dices que te reconocieron? Pero ¿cómo? ¿Qué has hecho?
—Yo… —Harry intentó recordar, pero todo el trayecto le resultaba un barullo de
pánico y confusión—. Vi a Stan Shunpike… ya sabes, el revisor del autobús
noctámbulo. Traté de desarmarlo en lugar de… porque no sabe lo que hace, seguro.
Debe de estar bajo la maldición imperius.
—¡Harry! —exclamó Lupin, mirándolo horrorizado—. ¡Los encantamientos de
desarme han pasado a la historia! ¡Esa gente intentaba capturarte y matarte! ¡Si no
estás preparado para matar, al menos atúrdelos!
—¡Estábamos a mucha altura del suelo! ¡Stan no sabe lo que hace, y si lo hubiera
aturdido y se hubiera caído, el resultado habría sido el mismo que el de una maldición
asesina! El encantamiento de desarme me salvó de Voldemort hace dos años —
añadió desafiante. Lupin le recordaba a Zacharias Smith, el desdeñoso alumno de
Hufflepuff que se había burlado de él porque pretendía enseñar a los miembros del
Ejército de Dumbledore a hacer encantamientos de desarme.
—Sí, Harry —repuso Lupin haciendo un esfuerzo por contenerse—, y muchos
mortífagos te vieron hacerlo. Perdona que te lo diga, pero fue una acción muy inusual
en aquellas circunstancias, bajo una amenaza inminente de muerte. Y repetirla esta
noche delante de unos mortífagos que presenciaron la primera ocasión, o han oído
hablar de ella, ha sido casi suicida.
—Entonces, ¿crees que debería haber matado a Stan Shunpike?
—¡Por supuesto que no! Pero para los mortífagos… bueno, para la mayoría de la
gente, francamente… ¡lo lógico habría sido que contraatacaras! El Expelliarmus es
un hechizo muy útil, Harry, pero por lo visto los mortífagos piensan que es tu
distintivo, y te ruego que no permitas que se convierta en eso.
Lupin estaba logrando que Harry se sintiera idiota, pero el muchacho mantuvo
una actitud desafiante.
—No pienso ir por ahí matando a todo el que se interponga en mi camino —
declaró—. Así es como actúa Voldemort.
Lo que replicó entonces Lupin no llegó a oírse porque Hagrid, que finalmente
había conseguido pasar por la puerta, fue tambaleándose hasta una silla y, al sentarse,
ésta se rompió bajo su peso. Haciendo caso omiso de las palabrotas y las disculpas
del guardabosques, Harry se dirigió de nuevo a Lupin:
—¿Qué le ha pasado a George? ¿Se pondrá bien?
Esa pregunta hizo que toda la frustración que Harry le había hecho sentir a Lupin
se esfumara de golpe.
—Creo que sí, aunque no podrá recuperar la oreja, porque se la han arrancado con
una maldición.
Se oyó un correteo fuera de la casa. Lupin se lanzó hacia la puerta trasera y Harry,
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saltando por encima de las piernas de Hagrid, echó a correr hacia el patio.
Habían aparecido dos figuras. Al acercarse, Harry se percató de que se trataba de
Hermione, que estaba recuperando su aspecto normal, y Kingsley; ambos asían una
torcida percha para la ropa. Hermione se lanzó a los brazos de Harry, pero Kingsley
no pareció alegrarse mucho de verlos. Por encima del hombro de Hermione, Harry
vio cómo levantaba su varita y apuntaba al pecho de Lupin.
—¿Cuáles fueron las últimas palabras que nos dijo Albus Dumbledore?
—«Harry es nuestra única esperanza. Confiad en él» —respondió Lupin con
serenidad.
Acto seguido, Kingsley apuntó con la varita a Harry, pero Lupin dijo:
—Es él. Ya lo he comprobado.
—De acuerdo —aceptó Kingsley, y se guardó la varita bajo la capa—. Pero
alguien nos ha traicionado. ¡Lo sabían! ¡Sabían que iba a ser esta noche!
—Eso parece —concedió Lupin—, pero por lo visto no sabían que habría siete
Harrys.
—¡Qué gran consuelo! —gruñó Kingsley—. ¿Quién más ha vuelto?
—Sólo Harry, Hagrid, George y yo.
Hermione ahogó un grito tapándose la boca con una mano.
—¿Qué os ha pasado? —le preguntó Lupin a Kingsley.
—Nos siguieron cinco, logramos herir a dos y creo que maté a uno —recitó
Kingsley de un tirón—. Y también vimos a Quien-tú-sabes. Se unió a la persecución
hacia la mitad, pero no tardó mucho en esfumarse. Remus, él puede…
—… volar —intervino Harry—. Yo también lo vi. También nos persiguió a
Hagrid y a mí.
—¡Por eso se marchó! ¡Para seguirte a ti! —exclamó Kingsley—. No entendí por
qué se había esfumado. Pero ¿por qué cambió de objetivo?
—Harry fue demasiado considerado con Stan Shunpike —explicó Lupin.
—¿Stan? —se extrañó Hermione—. ¿No estaba en Azkaban?
—Hermione, es obvio que se ha producido una fuga masiva que el ministerio ha
preferido no divulgar —replicó Kingsley y soltó una amarga risotada—. A Travers se
le resbaló la capucha cuando le lancé una maldición, y se supone que él también
estaba en Azkaban. ¿Y a ti, Remus, qué te ha pasado? ¿Dónde está George?
—Ha perdido una oreja —dijo Lupin.
—¿Que ha perdido…? —terció Hermione con voz chillona.
—Ha sido Snape —explicó Lupin.
—¿Snape? —saltó Harry—. No sabía que…
—También se le cayó la capucha durante la persecución. A Snape siempre se le
dio bien el Sectumsempra. Me gustaría poder decir que le he pagado con la misma
moneda, pero tenía que sujetar a George para que no cayera de la escoba, pues estaba
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perdiendo mucha sangre.
Los cuatro guardaron silencio y miraron el cielo. No había ni rastro de
movimiento; las estrellas brillaban en lo alto, impasibles, indiferentes, pero no vieron
a ninguno de sus amigos. ¿Dónde estaba Ron? ¿Dónde Fred y el señor Weasley, y
Bill, Fleur, Tonks, Ojoloco y Mundungus?
—¡Échame una mano, Harry! —pidió Hagrid con voz ronca desde la puerta,
donde había vuelto a quedar atascado.
El muchacho se alegró de tener algo que hacer y lo ayudó a pasar. Luego cruzó la
cocina y regresó al salón, donde la señora Weasley y Ginny seguían ocupándose de
George. Molly ya había controlado la hemorragia, y la luz de la lámpara permitió a
Harry ver un limpio agujero en el sitio donde antes George tenía la oreja.
—¿Cómo está?
La señora Weasley volvió la cabeza y contestó:
—No puedo hacérsela crecer otra vez, porque se la han arrancado mediante magia
oscura. Pero habría podido ser mucho peor… Al menos está vivo.
—Sí —coincidió Harry—. Por suerte.
—Me ha parecido oír a alguien más en el patio —dijo Ginny.
—Sí, Hermione y Kingsley —confirmó Harry.
—Menos mal… —susurró Ginny.
Se miraron. A Harry le dieron ganas de abrazarla; ni siquiera le importaba mucho
que la señora Weasley estuviera allí, pero antes de dejarse llevar por el impulso se
oyó un fuerte estruendo proveniente de la cocina.
—¡Te demostraré quién soy cuando haya visto a mi hijo, Kingsley! ¡Y ahora te
aconsejo que te apartes!
Harry jamás había oído gritar de esa forma al señor Weasley, que irrumpió en el
salón con la calva perlada de sudor y las gafas torcidas. Fred iba detrás de él y ambos
estaban pálidos pero ilesos.
—¡Arthur! —sollozó la señora Weasley—. ¡Por fin!
—¿Cómo está?
El señor Weasley se arrodilló junto a George. Por primera vez desde que Harry lo
conocía, Fred no supo qué decir; miraba boquiabierto la herida de su hermano gemelo
por encima del respaldo del sofá, como si no pudiera creer lo que veían sus ojos.
George se movió un poco, despertado quizá por la llegada de Fred y su padre.
—¿Cómo te encuentras, Georgie? —susurró su madre.
George se palpó la cabeza con la yema de los dedos.
—Echo de menos mi lenteja —murmuró.
—¿Qué le pasa? —preguntó Fred con voz ronca, al parecer profundamente
consternado—. ¿Tiene afectado el cerebro?
—Lenteja, oreja… —explicó George abriendo los ojos y mirando a su hermano
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—. ¿No lo pillas, Fred?
Los sollozos de la señora Weasley se intensificaron, mientras el color volvía al
pálido rostro de Fred, que dijo:
—Patético. ¡Patético! Con el amplio abanico de posibilidades que ofrece la
palabra «oreja», ¿tú vas y eliges «lenteja»?
—Bueno —dijo George sonriéndole a su llorosa madre—. Ahora ya podrás
distinguirnos, mamá. —Volvió la cabeza y añadió—: Hola, Harry. Porque eres Harry,
¿no?
—Sí, soy yo. —Y se acercó más al sofá.
—Bueno, al menos hemos logrado traerte sano y salvo —dijo George—. ¿Cómo
es que ni Ron ni Bill han acudido a mi lecho de convaleciente?
—Todavía no han vuelto, George —repuso su madre. La sonrisa del chico se
borró de sus labios.
Harry miró a Ginny y le indicó que lo acompañara fuera. Cuando atravesaban la
cocina, Ginny dijo en voz baja:
—Ron y Tonks ya deberían haber regresado. Su trayecto no era muy largo; la casa
de tía Muriel no está lejos de aquí.
Harry no contestó. Desde que llegara a La Madriguera había intentado mantener
su miedo a raya, pero ahora éste lo invadía: lo sentía trepar por la piel, vibrarle en el
pecho y atascarle la garganta. Bajaron los escalones de la puerta trasera y salieron al
oscuro patio. Ginny le cogió la mano.
Kingsley iba de un lado para otro a grandes zancadas y miraba el cielo cada vez
que daba media vuelta. Harry se acordó de tío Vernon paseándose por el salón y tuvo
la sensación de que esa imagen pertenecía a un pasado muy remoto. Hagrid,
Hermione y Lupin estaban de pie, hombro con hombro, mirando también el cielo.
Ninguno de ellos se volvió cuando Harry y Ginny se les unieron en esa muda
vigilancia.
Los minutos transcurrían con una lentitud insoportable. De repente, un leve
susurro los sobresaltó, y todos se giraron para comprobar si se había movido algún
arbusto o un árbol, con la esperanza de ver asomar entre su follaje, ileso, a otro
miembro de la Orden.
De pronto, justo encima de sus cabezas se materializó una escoba y descendió
como una centella.
—¡Son ellos! —exclamó Hermione.
Tonks aterrizó con un prolongado derrape, salpicando tierra y guijarros en todas
direcciones.
—¡Remus! —gritó la bruja al mismo tiempo que se apeaba de la escoba.
Tambaleándose, fue a abrazar a Lupin, quien, pálido y serio, era incapaz de articular
palabra.
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Ron fue dando trompicones hacia Harry y Hermione.
—¡Estás sana y salva! —farfulló antes de que Hermione se abalanzara sobre él y
lo abrazara con fuerza.
—Creí… creí…
—Estoy bien —dijo Ron dándole unas palmaditas en la espalda—. Estoy bien.
—Ron se ha comportado de una manera espectacular —explicó Tonks con
entusiasmo, y soltó a Lupin—. Impresionante. Le ha lanzado un hechizo aturdidor a
un mortífago, directo a la cabeza, y ya sabéis que apuntar a un objetivo en
movimiento desde una escoba en vuelo…
—¿Eso has hecho? —se asombró Hermione mirando a Ron, a quien todavía tenía
abrazado por el cuello.
—Siempre ese tono de sorpresa —refunfuñó él soltándose—. ¿Somos los
últimos?
—No —respondió Ginny—. Todavía estamos esperando a Bill y Fleur y a
Ojoloco y Mundungus. Voy a decirles a mamá y papá que estás bien, Ron. —Y entró
corriendo en la casa.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué os ha retenido? —preguntó Lupin a Tonks, casi con
enfado.
—Bellatrix, ni más ni menos —contestó ella—. Me odia tanto como a Harry; ha
hecho todo lo posible por matarme. Ojalá la hubiera pillado, porque se la debo. Pero
al menos herimos a Rodolphus. Luego fuimos a casa de la tía de Ron, pero se nos
escapó el traslador; tía Muriel estaba muy preocupada por nosotros…
Lupin, a quien le temblaba un músculo del mentón, sólo consiguió asentir.
—Y a vosotros ¿qué os ha ocurrido? —preguntó Tonks volviéndose hacia Harry,
Hermione y Kingsley.
Cada uno relató su historia, pero daba la impresión de que la tardanza de Bill,
Fleur, Ojoloco y Mundungus los había recubierto de una especie de escarcha, y cada
vez les costaba más ignorar el frío que les imbuía.
—Tengo que volver a Downing Street; hace una hora que debería estar allí —dijo
Kingsley tras echar un último vistazo al cielo—. Avisadme cuando vuelvan.
Lupin asintió. Kingsley se despidió de los demás con un ademán y echó a andar
hacia la verja del oscuro patio. A Harry le pareció oír un débil ¡paf! cuando el mago
se desapareció, justo detrás de las lindes de La Madriguera.
Los Weasley bajaron corriendo los escalones de la puerta trasera, seguidos por
Ginny. Abrazaron a Ron y luego se dirigieron a Lupin y Tonks.
—Gracias por devolvernos a nuestros hijos —dijo la señora Weasley.
—No digas tonterías, Molly —replicó Tonks.
—¿Cómo se encuentra George? —preguntó Lupin.
—¿Qué le pasa a George? —inquirió Ron.
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—Ha perdido…
Pero unos repentinos gritos de júbilo ahogaron la respuesta de la señora Weasley,
porque un thestral acababa de aparecer en el cielo. Tras descender a gran velocidad,
se posó a escasa distancia del reducido grupo. Bill y Fleur, despeinados pero ilesos,
se apearon del animal.
—¡Bill! ¡Menos mal! ¡Benditos los ojos que te ven!
La señora Weasley fue hacia ellos, pero Bill sólo la abrazó de pasada. Miró a su
padre y anunció:
—Ojoloco ha muerto.
Nadie dijo nada, nadie se movió. Harry notó que algo se desplomaba en su
interior, como si algo se le cayera y, atravesando el suelo, lo abandonara para
siempre.
—Lo hemos visto con nuestros propios ojos —explicó Bill. Fleur asintió; la luz
proveniente de la cocina iluminaba los surcos que las lágrimas le dejaban en las
mejillas—. Ocurrió justo después de que saliéramos del círculo; Ojoloco y Dung
estaban cerca de nosotros y también iban hacia el norte. Voldemort puede volar,
¿sabéis?, y fue derecho hacia ellos. Oí gritar a Dung, que se dejó dominar por el
pánico; Ojoloco intentó detenerlo, pero se desapareció. Entonces la maldición de
Voldemort le dio a Ojoloco en pleno rostro; cayó hacia atrás y… No pudimos hacer
nada, nada. Nos perseguían una docena de mortífagos… —Se le quebró la voz.
—Claro que no pudisteis hacer nada —lo consoló Lupin.
Se quedaron todos allí plantados, mirándose. Harry no era capaz de asimilarlo:
Ojoloco, muerto; no podía ser. Ojoloco, tan fuerte, tan valiente, el superviviente por
excelencia…
Al final todos cayeron en la cuenta, aunque nadie lo dijera, de que ya no tenía
sentido seguir esperando en el patio, de modo que siguieron en silencio a los Weasley
y fueron al salón de La Madriguera, donde encontraron a Fred y George riendo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Fred escudriñando sus rostros—. ¿Qué ha pasado?
¿Quién…?
—Se trata de… de Ojoloco —dijo su padre—. Ha muerto.
Las sonrisas de los gemelos se convirtieron en muecas de conmoción; parecía que
nadie sabía qué hacer. Tonks lloraba en silencio tapándose la cara con un pañuelo
(Harry sabía que la bruja estaba muy unida al mago, pues era su favorita y su
protegida en el Ministerio de Magia), y Hagrid, que se había sentado en el rincón más
despejado del suelo, se enjugaba las lágrimas con un pañuelo del tamaño de un
mantel.
Bill fue al aparador y sacó una botella de whisky de fuego y unos vasos pequeños.
—Brindemos —propuso, y con una sacudida de la varita hizo volar los doce
vasos llenos por la habitación hasta cada uno de los presentes; cogió el suyo y lo
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levantó—. ¡Por Ojoloco!
—¡Por Ojoloco! —repitieron todos, y bebieron.
—¡Por Ojoloco! —brindó Hagrid con retraso, hipando.
El whisky de fuego le abrasó la garganta a Harry, pero fue como si le devolviera
la sensibilidad, disipando el entumecimiento y la sensación de irrealidad e
infundiéndole algo similar al coraje.
—Conque Mundungus ha desaparecido, ¿eh? —masculló Lupin, que había
vaciado su vaso de un trago.
El ambiente cambió de inmediato: todos se pusieron tensos, observándolo. A
Harry le pareció que querían oír más pero, al mismo tiempo, temían escuchar lo que
Lupin opinase al respecto.
—Sé lo que piensas —dijo Bill—, y yo también me lo he preguntado cuando
venía hacia aquí, porque pareció ciertamente que los mortífagos nos estaban
esperando. Pero Mundungus no puede habernos traicionado. No sabían que habría
siete Harrys y eso los desconcertó cuando nos vieron aparecer. Por si lo has olvidado,
fue Mundungus quien propuso nuestro ardid. Así que, dime, ¿por qué no iba a
revelarles el dato más importante? Lo que pasa es que a Dung le entró pánico, así de
sencillo. Él no quería venir, pero Ojoloco lo obligó, y Quien-tú-sabes fue directo
hacia ellos; eso habría bastado para aterrorizar a cualquiera.
—Quien-tú-sabes ha actuado exactamente como Ojoloco previo que haría —
repuso Tonks con desdén—. Moody nos dijo que El-que-no-debe-ser-nombrado
supondría que el Harry auténtico iría con los aurores más fuertes y expertos. Así que
primero persiguió a Ojoloco y, cuando Mundungus se delató, fue a buscar a Kingsley.
—Sí, todo eso está muy bien —intervino Fleur—, pego no explica cómo sabían
que íbamos a tgasladag a Hagy esta noche, ¿no? Alguien debe de habeg tenido algún
descuido. A alguien se le ha debido escapag la fecha hablando con algún intguso. Es
la única explicación de que los mogtífagos supiegan la fecha del plan.
Los miró uno por uno a la cara —todavía conservaba el rastro de las lágrimas en
sus hermosas mejillas—, desafiándolos en silencio a contradecirla. Nadie lo hizo. El
único sonido que interrumpió el silencio fue el de los hipidos de Hagrid, que seguía
tapándose la cara con el pañuelo. Harry lo miró; Hagrid era quien acababa de
arriesgar su vida para salvarlo; Hagrid, a quien quería y en quien confiaba, aquel al
que en una ocasión habían engañado para que le diera a Voldemort una información
crucial a cambio de un huevo de dragón…
—No, no puede ser —dijo Harry con decisión, y todos lo miraron sorprendidos.
El whisky de fuego parecía amplificarle la voz—. Es decir… si alguien ha cometido
algún error y revelado algún detalle del plan, estoy convencido de que no fue su
intención. No es culpa de nadie —aseguró con un tono más fuerte del que habría
empleado normalmente—. Tenemos que confiar los unos en los otros. Yo confío en
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todos vosotros y no creo que ninguno fuera capaz de venderme a Voldemort.
Se produjo otro silencio. Todos contemplaron a Harry, que, acalorado, bebió otro
sorbo de whisky de fuego sólo por hacer algo. Entonces pensó en Ojoloco, que
siempre había sido muy mordaz respecto a la buena disposición de Dumbledore a
confiar en la gente.
—Bien dicho, Harry —soltó de pronto Fred.
—¡Eso! ¿Lo habéis oído todos? Yo sólo a medias —bromeó George mirando de
soslayo a Fred, que tuvo que contener una sonrisa.
Lupin miró a Harry con una extraña expresión de desdén, casi de lástima.
—¿Crees que estoy loco? —le preguntó Harry.
—No, lo que creo es que eres igual que James, que habría considerado que
desconfiar de sus amigos era la peor deshonra.
Harry sabía a qué se refería Lupin: a su padre lo había traicionado uno de sus
amigos, Peter Pettigrew. Sintió una rabia irracional. Quiso discutir, pero Lupin, que
ya no lo miraba, dejó su vaso en una mesita y le dijo a Bill:
—Tenemos trabajo. Puedo pedirle a Kingsley que…
—No —lo interrumpió Bill—. Iré yo.
—¿Adónde? —preguntaron Tonks y Fleur a la vez.
—A buscar el cadáver de Ojoloco —contestó Lupin—. Debemos recuperarlo.
—Pero ¿eso no puede…? —musitó la señora Weasley mirando suplicante a su
hijo Bill.
—¿Esperar? No, madre, a menos que prefieras que se lo lleven los mortífagos.
Nadie replicó. Lupin y Bill se despidieron y salieron de la habitación.
Los demás se dejaron caer en las sillas, todos excepto Harry que permaneció de
pie. Lo repentino e irremediable de la muerte los acompañaba como una presencia.
—Yo también tengo que marcharme —anunció.
Diez pares de ojos se clavaron en él.
—No digas tonterías, Harry —dijo la señora Weasley—. ¿De qué estás hablando?
—No puedo quedarme aquí. —El muchacho se frotó la frente; volvía a sentir
pinchazos en la cicatriz; no le dolía tanto desde hacía más de un año—. Mientras yo
esté aquí, todos correréis peligro. No quiero que…
—¡No seas tonto! —saltó la señora Weasley—. El principal objetivo de esta
noche era traerte aquí sano y salvo, y por suerte lo hemos logrado. Y como Fleur ha
decidido casarse aquí en vez de en Francia, lo hemos organizado todo para estar
juntos y vigilarte…
Molly no entendía que con esas palabras sólo conseguía que Harry se sintiera aún
peor.
—Si Voldemort descubre que estoy aquí…
—Pero ¿cómo va a descubrirlo? —replicó ella.
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—Podrías estar en un montón de sitios, Harry —arguyó su marido—. Él no tiene
manera de saber en qué casa protegida te hemos escondido.
—¡No estoy preocupado por mí! —protestó Harry.
—Ya lo imaginamos —repuso el señor Weasley con calma—, pero, si te marchas,
todo el esfuerzo que hemos hecho esta noche habrá sido en vano.
—Tú no vas a ninguna parte —gruñó Hagrid—. ¡Jo, Harry! ¡Con lo que nos ha
costado traerte aquí!
—Sí, ¿qué me dices de mi oreja? —intervino George incorporándose un poco.
—Ya sé que…
—A Ojoloco no le habría gustado que…
—¡YA LO SÉ! —bramó Harry.
Se sentía acosado y chantajeado. ¿Acaso pensaban que no era consciente de lo
que habían hecho por él? ¿No comprendían que precisamente por eso quería
marcharse, para que no tuvieran que sufrir más por su culpa? Hubo un largo e
incómodo silencio (durante el cual siguió notando punzadas en la cicatriz) que por fin
rompió la señora Weasley preguntándole con diplomacia:
—¿Dónde está Hedwig, Harry? Si quieres, podemos llevarla con Pigwidgeon y
darle algo de comer.
El estómago se le cerró como un puño. No era capaz de decir la verdad, de modo
que se bebió el resto del whisky de fuego para no tener que contestar.
—Ya verás cuando se sepa que has vuelto a conseguirlo, Harry —dijo Hagrid—.
¡Espera a que todo el mundo se entere de que lo rechazaste cuando ya casi te tenía!
—No fui yo —replicó Harry con voz cansina—. Fue mi varita mágica; actuó por
su cuenta.
Al cabo de unos instantes, Hermione dijo con dulzura:
—Eso es imposible. Querrás decir que hiciste magia sin proponértelo, o que
reaccionaste de forma instintiva.
—No, no —insistió Harry—. La motocicleta estaba cayendo en picado y yo no
sabía dónde estaba Voldemort, pero mi varita giró en mi mano, lo encontró y le lanzó
un hechizo, un hechizo que ni siquiera reconocí. Yo nunca he hecho aparecer llamas
doradas.
—A veces —explicó el señor Weasley—, cuando uno se encuentra en una
situación muy comprometida, hace una magia con la que nunca había soñado. Los
niños pequeños, por ejemplo, antes de recibir formación…
—No, no fue eso —masculló Harry apretando los dientes. Le dolía mucho la
cicatriz, y le costaba disimular su enfado y frustración; detestaba la idea de que todos
estuvieran imaginando que él tenía un poder comparable al de Voldemort.
Nadie insistió, pero Harry sabía que no le creían. Y la verdad era que nunca había
oído decir que una varita hiciera magia por su cuenta.
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El dolor de la cicatriz era cada vez más intenso y ya apenas podía contener los
gemidos. Dijo que necesitaba tomar el aire, dejó su vaso y salió de la habitación.
Cuando cruzó el oscuro patio, el enorme y esquelético thestral levantó la cabeza,
agitó sus inmensas alas de murciélago y continuó paciendo. Harry se detuvo ante la
verja que daba al jardín y contempló la maleza mientras se frotaba la dolorida frente y
pensaba en Dumbledore.
Estaba convencido de que éste le habría creído. Él habría sabido cómo y por qué
la varita de Harry había actuado por sí sola, porque él tenía respuestas para todo;
además, entendía mucho de varitas y le había explicado a Harry la extraña relación
que existía entre su varita y la de Voldemort… Pero Dumbledore —como Ojoloco,
Sirius, sus padres y su pobre lechuza— se había marchado y Harry nunca volvería a
hablar con él. Entonces notó un ardor en la garganta que no tenía nada que ver con el
whisky de fuego.
Y de pronto el dolor de la cicatriz alcanzó su punto álgido. Harry se llevó las
manos a la frente y cerró los ojos, mientras una voz le gritaba en la cabeza:
—¡Me aseguraste que el problema se solucionaría si se empleaba la varita de
otro!
En su mente surgió la imagen de un anciano escuálido que, envuelto en harapos,
yacía en un suelo de piedra; el anciano soltó un grito horrible y prolongado, un grito
de insoportable agonía…
—¡No! ¡No! Se lo suplico, se lo suplico…
—¡Mentiste a lord Voldemort, Ollivander!
—No, yo no… Juro que no…
—¡Querías ayudar a Potter, ayudarlo a huir de mí!
—Juro que yo no… Creí que si utilizaba otra varita…
—Entonces explícame qué ha pasado. ¡La varita de Lucius ha quedado destruida!
—No lo entiendo. La conexión… sólo existe… entre esas dos varitas…
—¡Mientes!
—Por favor… se lo suplico…
Harry vio cómo la blanca mano levantaba la varita, sintió brotar el odio de
Voldemort y vio cómo el frágil anciano que yacía en el suelo se retorcía de dolor…
—¡Harry!
Las imágenes desaparecieron con la misma rapidez con que habían aparecido. El
muchacho estaba plantado en la oscuridad, temblando, aferrado a la verja del jardín;
el corazón le palpitaba y todavía notaba un hormigueo en la cicatriz. Tardó un poco
en darse cuenta de que Ron y Hermione estaban a su lado.
—Volvamos dentro, Harry —le susurró Hermione—. Supongo que no seguirás
pensando en marcharte, ¿verdad?
—Tienes que quedarte, colega —dijo Ron dándole una fuerte palmada en la
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espalda.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Hermione, que se había acercado para verle la
cara—. ¡Tienes muy mal aspecto!
—Bueno —repuso Harry con voz temblorosa—, seguro que tengo mejor aspecto
que Ollivander.
Cuando terminó de contarles lo que acababa de ver, Ron se quedó consternado,
pero Hermione, completamente aterrada, exclamó:
—¡Pero si eso había dejado de pasarte! La cicatriz… ¡se suponía que no te
sucedería nunca más! No debes permitir que vuelva a abrirse esa conexión, Harry.
¡Dumbledore quería que cerraras tu mente! —Y como él no contestaba, lo agarró por
el brazo y le advirtió—: ¡Se está apoderando del ministerio, de los periódicos y de
medio mundo mágico, Harry! ¡No permitas que invada también tu mente!

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