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El ghoul en pijama
En La Madriguera todos estaban muy afectados por la muerte de Ojoloco. Harry creía
que en cualquier momento lo vería irrumpir por la puerta trasera como hacían los
otros miembros de la Orden, que entraban y salían continuamente para transmitir o
recibir noticias. Del mismo modo, creía que sólo pasando a la acción aliviaría su
dolor y su sentimiento de culpabilidad, de manera que tenía que emprender cuanto
antes la misión de encontrar y destruir los Horrocruxes.
—Bueno, no puedes hacer nada respecto a los… —Ron articuló la palabra
«Horrocruxes» sin pronunciarla— hasta que cumplas diecisiete años. Todavía tienes
activado el Detector. Y aquí podemos diseñar nuestro plan igual que en cualquier otro
sitio, ¿no? —Bajó la voz y susurró—: ¿O crees que ya sabes dónde están las cosas
ésas?
—No, no lo sé —admitió Harry.
—Me parece que Hermione ha hecho algunas indagaciones. Me dijo que
reservaba los resultados para cuando llegaras.
Ambos estaban sentados a la mesa del desayuno; el señor Weasley y Bill
acababan de marcharse al trabajo, la señora Weasley había ido al piso de arriba a
despertar a Hermione y Ginny, y Fleur se estaba dando un baño.
—El Detector dejará de funcionar el día treinta —dijo Harry—. Eso significa que
sólo necesito esperar aquí cuatro días más. Después podré…
—Cinco días —lo corrigió Ron—. Tenemos que quedarnos para la boda. Si no
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asistimos, nos matarán. —Harry dedujo que ese plural se refería a Fleur y la señora
Weasley—. Sólo es un día más —añadió al ver que Harry ponía cara de contrariedad.
—¿Es que no se dan cuenta de lo importante que…?
—Claro que no se dan cuenta; no tienen ni idea. Y ahora que lo mencionas, quería
hablar contigo de eso. —Miró hacia la puerta del recibidor para comprobar que su
madre todavía no había bajado, y luego se acercó más a su amigo—. Mi madre ha
intentado hacernos hablar a mí y a Hermione; pretendía sonsacarnos qué estábamos
tramando. Ahora lo intentará contigo, así que prepárate. Mi padre y Lupin también
nos lo preguntaron, pero cuando respondimos que Dumbledore te había pedido que
no lo contaras a nadie más que a nosotros, dejaron de insistir. Pero mi madre no; ella
está decidida a descubrir de qué se trata.
La predicción de Ron se confirmó unas horas más tarde. Poco antes de la comida,
la señora Weasley pidió a Harry que la ayudara a identificar un calcetín de hombre
desparejado que tal vez había caído de su mochila. Una vez en el lavadero, lo miró
con fijeza y, con tono despreocupado, le dijo:
—Por lo visto, Ron y Hermione creen que ninguno de vosotros tres irá a
Hogwarts este año.
—Hum… Bueno, sí. Es verdad.
El rodillo de escurrir la ropa giró espontáneamente y arrojó una camiseta del
señor Weasley.
—¿Te importa decirme por qué habéis decidido abandonar los estudios?
—Verá, señora, Dumbledore me dejó… trabajo —masculló Harry—. Ron y
Hermione lo saben, y quieren ayudarme.
—¿Qué clase de «trabajo»?
—Lo siento, pero no puedo…
—¡Pues creo que Arthur y yo tenemos derecho a saberlo, y estoy segura de que
los señores Granger estarán de acuerdo conmigo!
Su reacción sorprendió a Harry, que se esperaba un ataque estilo «madre
preocupada». Se esforzó en mirarla a los ojos y se percató de que eran exactamente
del mismo color castaño que los de Ginny. Pero esa constatación no lo ayudó a
concentrarse.
—Dumbledore no quería que lo supiera nadie más, señora Weasley. Lo siento.
Pero su hijo y Hermione no están obligados a acompañarme, son libres de decidir…
—¡Pues no sé por qué tienes que ir tú! —le espetó ella—. ¡Apenas habéis
alcanzado la mayoría de edad! ¡Es una estupidez! Si Dumbledore necesitaba que le
hicieran algún trabajo, tenía a toda la Orden a su disposición. Seguramente lo
entendiste mal, Harry. Lo más probable es que te dijera que había que hacer algo, y
que tú interpretaras que quería que lo hicieras…
—No, no lo entendí mal. He de hacerlo yo. —Harry le devolvió el calcetín
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desparejado (de juncos dorados estampados) que supuestamente tenía que identificar
—. Y el calcetín no es mío. Yo no soy seguidor del Puddlemere United.
—No, claro que no —repuso Molly recuperando con asombrosa facilidad un tono
afable y despreocupado—. Debí imaginarlo. Bueno, Harry, mientras todavía estés en
casa, no te importará ayudarme con los preparativos de la boda de Bill y Fleur,
¿verdad? Todavía quedan muchas cosas por hacer.
—Por supuesto, con mucho gusto —dijo Harry, desconcertado por ese repentino
cambio de tema.
—Eres un cielo —replicó ella; le sonrió y salió del lavadero.
A partir de ese momento, la señora Weasley mantuvo a Harry, Ron y Hermione
tan ocupados con los preparativos de la boda que los chicos casi no tuvieron tiempo
ni para pensar. La explicación más benévola de ese comportamiento habría sido que
quería distraerlos para que no pensaran en Ojoloco ni en los terrores de su reciente
aventura. Sin embargo, cuando ya llevaban dos días limpiando cuberterías, agrupando
por colores un montón de adornos, lazos y flores, desgnomizando el jardín y
ayudándola a preparar grandes bandejas de canapés, Harry sospechó que la madre de
Ron tenía otras motivaciones, ya que todas las tareas que les asignaba los mantenían
separados. Tanto fue así que Harry no tuvo ocasión de volver a hablar con sus dos
amigos a solas desde la primera noche, después de contarles que había visto cómo
Voldemort torturaba a Ollivander.
—Me parece que mi madre confía en que si consigue impedir que estéis juntos y
hagáis planes, podrá retrasar vuestra partida —comentó Ginny en voz baja mientras
preparaban la mesa para cenar la tercera noche después de su llegada.
—¿Y qué cree que va a pasar entonces? —murmuró Harry—. ¿Que alguien
matará a Voldemort mientras ella nos tiene aquí preparando volovanes? —Lo dijo sin
pensar y vio que Ginny palidecía.
—Entonces, ¿es verdad? ¿Es eso lo que pretendéis hacer?
—Yo no… Lo he dicho en broma —rectificó, evasivo.
Sus miradas se cruzaron y Harry detectó algo más que sorpresa en el rostro de
Ginny. De pronto él cayó en la cuenta de que era la primera vez que estaba a solas
con ella desde aquellos momentos robados en rincones apartados de los jardines de
Hogwarts, y tuvo la certeza de que Ginny también lo estaba pensando. Ambos dieron
un respingo cuando se abrió la puerta y entraron el señor Weasley, Kingsley y Bill.
Esos días solían ir otros miembros de la Orden a cenar con ellos, ya que La
Madriguera había sustituido al número 12 de Grimmauld Place como cuartel general.
El señor Weasley les había explicado que, después de la muerte de Dumbledore —
Guardián de los Secretos de la Orden—, cada una de las personas a quienes el
anciano profesor revelara la ubicación de Grimmauld Place se había convertido a su
vez en Guardián de los Secretos.
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—Y como somos unos veinte, eso reduce mucho el poder del encantamiento
Fidelio. Los mortífagos tienen veinte veces más posibilidades de sonsacarle el secreto
a alguno de nosotros. Por eso, no podemos esperar que el encantamiento aguante
mucho más tiempo.
—Pero si a estas alturas Snape ya les habrá revelado la dirección a los mortífagos,
¿no? —comentó Harry.
—Verás, Ojoloco puso un par de maldiciones contra Snape por si volvía a
aparecer por allí. Suponemos que serán lo bastante poderosas para no dejarlo entrar y
amarrarle la lengua si intenta hablar de la casa, pero no podemos estar seguros.
Habría sido una locura seguir utilizando la casa como cuartel general ahora que sus
defensas están tan mermadas.
Esa noche había tanta gente en la cocina que resultaba difícil manipular los
tenedores y cuchillos. Harry se encontraba apretujado al lado de Ginny, y todo
aquello que no habían llegado a decirse mientras preparaban la mesa le hizo desear
que hubiera varios comensales entre ambos. Tenía que esforzarse tanto para no
rozarle el brazo, que apenas podía cortar el pollo.
—¿No se sabe nada de Ojoloco? —le preguntó a Bill.
—No, nada.
No se había celebrado ningún funeral por Moody, porque Bill y Lupin no habían
recuperado el cadáver. Además, debido a la oscuridad y la violencia de la batalla, les
costó mucho determinar dónde podría haber caído.
—El Profeta no ha dicho ni mu acerca de su muerte, ni de que hayan encontrado
su cadáver —continuó Bill—. Pero eso no significa nada, porque últimamente no
explica gran cosa.
—¿Todavía no han fijado una vista por la magia que utilicé al escapar de los
mortífagos siendo todavía menor de edad? —le preguntó Harry desde el otro extremo
de la mesa al señor Weasley, y éste negó con la cabeza—. ¿Será porque saben que fue
un caso de legítima defensa, o porque no desean que todo el mundo mágico se entere
de que Voldemort me atacó?
—Supongo que por lo segundo. Scrimgeour no quiere reconocer que Quien-túsabes
es tan poderoso como en realidad es, ni que ha habido una fuga masiva en
Azkaban.
—Ya. Total, ¿para qué contarle la verdad a la gente? —musitó Harry, aferrando el
cuchillo con tanta fuerza que las finas cicatrices del dorso de la mano derecha se le
destacaron sobre la piel: «No debo decir mentiras.»
—¿Es que no hay nadie en el ministerio dispuesto a plantarle cara? —refunfuñó
Ron.
—Claro que sí, Ron, pero la gente está muerta de miedo —respondió su padre—.
Temen ser los siguientes en desaparecer, o que sus hijos sean atacados. Circulan
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rumores muy desagradables. Yo, por ejemplo, no creo que la profesora de Estudios
Muggles de Hogwarts haya dimitido, pero hace semanas que nadie la ve. Entretanto,
Scrimgeour continúa encerrado todo el día en su despacho; espero que esté
elaborando algún plan.
Hubo una pausa. La señora Weasley, mediante magia, recogió los platos sucios y
sirvió la tarta de manzana.
—Hemos de pensag cómo vamos a disfgazagte, Hagy —dijo Fleur cuando todos
tuvieron el postre—. Paga la boda —explicó al ver el desconcierto del chico—. No
hemos invitado a ningún mogtífago, pog supuesto, pego tampoco podemos
gagantizag que a algún invitado no se le escape algo después de bebegse unas copas
de champagne.
Harry comprendió que Fleur todavía sospechaba de Hagrid.
—Sí, tienes razón —corroboró la señora Weasley mientras, sentada a la cabecera
de la mesa con las gafas en la punta de la nariz, repasaba la interminable lista de
tareas que había anotado en un largo pergamino—. A ver, Ron, ¿ya has limpiado a
fondo tu habitación?
—¿Por qué? —exclamó éste y, dejando bruscamente la cuchara en el plato, miró a
su madre—. ¿Por qué tengo que limpiar a fondo mi habitación? ¡A Harry y a mí nos
gusta como está!
—Dentro de unos días, jovencito, tu hermano va a casarse en esta casa…
—¡Por el pellejo de Merlín! ¿Acaso va a casarse en mi habitación? —se
soliviantó el chico—. ¡Pues no! Entonces ¿por qué…?
—No le hables así a tu madre —zanjó el señor Weasley con firmeza—. Y haz lo
que te ordenan.
Ron miró ceñudo a sus padres y luego atacó el resto de su tarta de manzana.
—Ya te ayudaré. Yo también la he ensuciado —le comentó Harry, pero la señora
Weasley lo oyó y dijo:
—No, Harry, querido. Prefiero que ayudes a Arthur a limpiar el gallinero. Y a ti,
Hermione, te estaría muy agradecida si cambiaras las sábanas para monsieur y
madame Delacour; ya sabes que llegan por la mañana, a las once.
Pero resultó que en el gallinero no había mucho trabajo.
—Preferiría que no se lo comentaras a Molly —le dijo el señor Weasley antes de
entrar en el gallinero—, pero… Ted Tonks me ha enviado los restos de la motocicleta
de Sirius y… la tengo escondida… es decir, la tengo guardada aquí. Es fantástica:
tiene una cañería de escape (creo que se llama así), una batería magnífica y me
ofrecerá una gran oportunidad de averiguar cómo funcionan los frenos. Quiero ver si
puedo montarla otra vez cuando Molly no esté… bueno, cuando tenga tiempo.
Cuando volvieron a la casa, Harry no encontró a la señora Weasley por ninguna
parte, así que subió al dormitorio de Ron, en el desván.
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—¡Estoy en ello! ¡Estoy en ello!… Ah, eres tú —resopló Ron, aliviado al ver que
era su amigo, y volvió a tumbarse en la cama de la que acababa de levantarse.
El cuarto continuaba tan desordenado como lo había estado toda la semana; el
único cambio era que Hermione se hallaba sentada en un rincón, con su suave y
sedoso gato de pelaje anaranjado, Crookshanks, a sus pies, separando libros en dos
montones enormes. Harry observó que algunos ejemplares eran suyos.
—¡Hola, Harry! —lo saludó Hermione, y él se sentó en su cama plegable.
—¿Cómo has conseguido escapar?
—Es que la madre de Ron no se ha acordado de que ayer nos pidió a Ginny y a
mí que cambiáramos las sábanas —explicó Hermione, y puso Numerología y
gramática en un montón y Auge y caída de las artes oscuras en el otro.
—Estábamos hablando de Ojoloco —dijo Ron—. Yo opino que podría haber
sobrevivido.
—Pero si Bill vio cómo lo alcanzaba una maldición asesina —repuso Harry.
—Sí, pero a Bill también lo estaban atacando. ¿Cómo puede estar tan seguro de lo
que vio?
—Aunque esa maldición asesina no diera en el blanco, Ojoloco cayó desde una
altura de unos trescientos metros —razonó Hermione mientras sopesaba con una
mano Equipos de quidditch de Gran Bretaña e Irlanda.
—A lo mejor utilizó un encantamiento escudo.
—Fleur afirma que la varita se le cayó de la mano —comentó Harry.
—Está bien, si preferís que esté muerto… —gruñó Ron, y palmeó su almohada
para darle forma.
—¡Claro que no preferimos que esté muerto! —saltó Hermione con súbita
consternación—. ¡Es terrible que haya muerto! Pero hemos de ser realistas.
Por primera vez, Harry imaginó el cuerpo sin vida de Ojoloco, inerte como el de
Dumbledore, aunque con el ojo mágico todavía girando velozmente en su cuenca.
Sintió una punzada de repugnancia mezclada con unas extrañas ganas de reír.
—Seguramente los mortífagos lo recogieron antes de irse, y por eso no lo han
encontrado —conjeturó Ron.
—Sí —coincidió Harry—. Como hicieron con Barty Crouch, a quien convirtieron
en hueso y enterraron en el jardín de la cabaña de Hagrid. Lo más probable es que a
Ojoloco lo hayan transfigurado, disecado y luego…
—¡Basta! —chilló Hermione y rompió a llorar sobre un ejemplar del Silabario
del hechicero.
Harry dio un respingo.
—¡Oh, no! —exclamó levantándose con esfuerzo de la vieja cama plegable—.
Hermione, no quería disgustarte.
Con un sonoro chirrido de muelles oxidados, Ron bajó de un salto de la cama y
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llegó antes que Harry. Rodeó con un brazo a Hermione, rebuscó en el bolsillo de sus
vaqueros y sacó un asqueroso pañuelo que había utilizado para limpiar el horno. Pero
cogió rápidamente su varita, apuntó al pañuelo y dijo: «¡Tergeo!»
La varita absorbió casi toda la grasa. Satisfecho, Ron le ofreció el humeante
pañuelo a su amiga.
—¡Ay, gracias, Ron! Lo siento… —Se sonó la nariz e hipó un poco—. Es que es
te… terrible, ¿no? Ju… justo después de lo de Dumbledore. Ja… jamás imaginé que
Ojoloco llegara a morir. ¡Parecía tan fuerte!
—Sí, lo sé —replicó Ron, y le dio un achuchón—. Pero ¿sabes qué nos diría si
estuviera aquí?
—«¡A… alerta permanente!» —balbuceó Hermione mientras se enjugaba las
lágrimas.
—Exacto —asintió Ron—. Nos diría que aprendiéramos de su propia experiencia.
Y lo que yo he aprendido es que no tenemos que confiar en ese cobarde asqueroso de
Mundungus.
Hermione soltó una débil risita y se inclinó para coger dos libros más. Un
segundo después, El monstruoso libro de los monstruos cayó sobre un pie de Ron. Al
libro se le soltó la cinta que lo mantenía cerrado y le dio un fuerte mordisco en el
tobillo.
—¡Ay, cuánto lo siento! ¡Perdóname! —exclamó Hermione mientras Harry lo
arrancaba de un tirón de la pierna de Ron y volvía a cerrarlo.
—Por cierto, ¿qué estás haciendo con todos esos libros? —preguntó Ron, y
volvió cojeando a su cama.
—Intento decidir cuáles nos llevaremos cuando vayamos a buscar los
Horrocruxes.
—Ah, claro —replicó Ron, y se dio una palmada en la frente—. Olvidaba que
iremos a dar caza a Voldemort en una biblioteca móvil.
—Muy gracioso —refunfuñó Hermione contemplando la portada del Silabario
del hechicero—. No sé si… ¿Creéis que necesitaremos traducir runas? Es posible.
Creo que será mejor que nos lo llevemos, por si acaso.
Puso el silabario en el montón más grande y cogió Historia de Hogwarts.
—Escuchad… —dijo Harry, que se había enderezado. Ron y Hermione lo
miraron con una mezcla de resignación y desafío—. Ya sé que después del funeral de
Dumbledore dijisteis que queríais acompañarme, pero…
—Ya empezamos —le dijo Ron a Hermione, y puso los ojos en blanco.
—Tal como temíamos —suspiró ella, y siguió con los libros—. Mirad, creo que sí
me llevaré Historia de Hogwarts. Aunque no vayamos al colegio, me sentiría muy
rara si no lo…
—¡Escuchad! —insistió Harry.
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—No, Harry, escucha tú —replicó Hermione—. Vamos a ir contigo. Eso lo
decidimos hace meses. Bueno, en realidad hace años.
—Pero es que…
—Cierra el pico, Harry —le aconsejó Ron.
—¿Estáis seguros de que lo habéis pensado bien? —perseveró Harry.
—Mira —replicó Hermione, y lanzó Recorridos con los trols al montón de libros
descartados al tiempo que le echaba una mirada furibunda—, llevo días preparando el
equipaje, así que estamos listos para marcharnos en cuanto nos lo digas. Pero has de
saber que, para conseguirlo, he tenido que hacer magia muy difícil, por no mencionar
que he robado todas las existencias de poción multijugos pertenecientes a Ojoloco
delante de las narices de la señora Weasley.
»También les he modificado la memoria a mis padres, para convencerlos de que
se llaman Wendell y Monica Wilkins y que su mayor sueño era irse a vivir a
Australia, lo cual ya han hecho. Así Voldemort lo tendrá más difícil para encontrarlos
e interrogarlos sobre mí… o sobre ti, ya que, desgraciadamente, les he hablado
mucho de ti.
»Si salgo con vida de nuestra caza de los Horrocruxes, iré a buscarlos y anularé el
sortilegio. De lo contrario… bueno, creo que el encantamiento que les he hecho los
mantendrá seguros y felices. Porque Wendell y Monica Wilkins no saben que tienen
una hija.
Las lágrimas volvieron a los ojos de la chica. Ron se levantó, la abrazó de nuevo
y miró a Harry con ceño, como reprochándole su falta de tacto, y éste no supo qué
decir, en parte porque era muy inusual que su amigo le diera lecciones de diplomacia.
—Yo… Hermione… Lo siento… No sabía que…
—¿No sabías que Ron y yo somos perfectamente conscientes de lo que puede
pasarnos si te acompañamos? Bueno, pues lo sabemos. Enséñale a Harry lo que has
hecho, Ron.
—No… acaba de comer.
—¡Enséñaselo! ¡Tiene que saberlo!
—Está bien. Ven, Harry.
Ron retiró el brazo de los hombros de Hermione por segunda vez y fue hacia la
puerta pisando fuerte.
—¡Vamos!
—¿Qué pasa? —preguntó Harry, y siguió a su amigo hasta el diminuto rellano.
—¡Descendo! —murmuró Ron apuntando al bajo techo con la varita mágica,
donde de inmediato se abrió una trampilla por la que se deslizó una pequeña escalera
que descendió hasta los pies de los chicos. Por el hueco rectangular de la trampilla
salió un tremebundo ruido, entre gemido y sorbetón, junto con un desagradable olor a
cloaca.
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—Es vuestro ghoul, ¿no? —preguntó Harry, que nunca había visto a la criatura
que a veces alteraba el silencio nocturno de La Madriguera.
—Sí, es el ghoul —confirmó Ron, y se dispuso a subir—. Ven y échale un
vistazo.
Harry lo siguió hacia el diminuto altillo. Ya había metido cabeza y hombros por el
hueco cuando vio a la criatura acurrucada en la penumbra a escasos palmos de él,
profundamente dormida y con su enorme boca abierta.
—Pero si parece… ¿Todos los ghouls llevan pijama?
—No —dijo Ron—. Y tampoco son pelirrojos ni tienen tantas pústulas.
Harry contempló aquella cosa repugnante de forma y tamaño humanos, y cuando
la vista se le acostumbró a la oscuridad, comprobó que el pijama era uno viejo de
Ron. Hasta ese momento estaba convencido de que normalmente los ghouls eran
viscosos y calvos, en lugar de peludos y cubiertos de enormes ampollas moradas.
—Soy yo. ¿No lo entiendes? —comentó Ron.
—No, no lo entiendo.
—Ya te lo explicaré en la habitación. Este olor me da náuseas.
Bajaron por la escalerilla. Ron la recogió y ambos se reunieron con Hermione,
que seguía seleccionando libros.
—Cuando nos marchemos, el ghoul bajará a mi dormitorio y vivirá aquí —
explicó Ron—. Creo que lo está deseando. Bueno, es difícil saberlo porque lo único
que hace es gemir y babear, pero cuando se lo menciono, mueve afirmativamente la
cabeza. En fin, el ghoul será yo aquejado de spattergroit. Una idea genial, ¿verdad?
—Harry estaba perplejo—. ¡Es una idea genial! —insistió Ron, frustrado porque su
amigo no captara lo inteligente que era su plan—. Mira, cuando nosotros tres no
aparezcamos en Hogwarts a principio de curso, todo el mundo pensará que Hermione
y yo estamos contigo, ¿no? Eso significa que los mortífagos visitarán a nuestras
familias en busca de información sobre nuestro paradero.
—Si todo sale bien, parecerá que yo me he ido con mis padres; últimamente
muchos hijos de muggles se están planteando esconderse —aportó Hermione.
—Como es lógico, no podemos esconder a toda mi familia, porque resultaría
sospechoso y, además, mi padre no puede dejar su empleo —explicó Ron—. Así que
haremos correr la trola de que estoy muy enfermo de spattergroit y por eso no he
vuelto al colegio. Si alguien viene aquí a husmear, mi padre o mi madre le enseñarán
al ghoul en mi cama, cubierto de pústulas. Como es una enfermedad muy contagiosa,
nadie se atreverá a acercarse a él. Además, no importa que el ghoul no diga nada
porque, por lo visto, cuando el hongo se extiende por la campanilla te quedas afónico.
—Y tus padres ¿están al corriente de este plan? —preguntó Harry.
—Mi padre, sí. Fue él quien ayudó a Fred y George a transformar al ghoul. Mi
madre… bueno, ya sabes cómo es; no aceptará que nos vayamos hasta que nos
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hayamos ido.
A continuación se produjo un silencio sólo interrumpido por los débiles ruidos
sordos producidos por los libros que Hermione continuaba lanzando a uno u otro
montón. Ron se sentó a contemplarla. Harry miraba alternativamente a sus amigos,
sin saber qué decir. Las medidas que habían adoptado para proteger a sus respectivas
familias, más que cualquier otra acción que hubieran emprendido, le hicieron
comprender que estaban decididos a acompañarlo sabiendo con exactitud lo peligroso
que resultaría. Le habría gustado expresarles cuánto significaba eso para él, pero no
encontraba palabras lo bastante solemnes.
En medio de ese silencio, oyeron los gritos amortiguados de la señora Weasley,
cuatro pisos más abajo.
—Seguro que Ginny se ha dejado una mota de polvo en algún maldito servilletero
—dijo Ron—. No entiendo por qué los Delacour tienen que venir dos días antes de la
boda.
—La hermana de Fleur será dama de honor, de modo que tiene que estar aquí
para el ensayo general, y es demasiado joven para venir sola —explicó Hermione
mientras examinaba, indecisa, Recreo con la banshee.
—Bueno, tener invitados no va a ayudar a reducir el estrés de mi madre —
masculló Ron.
—Lo que debemos decidir —apostilló Hermione mientras desechaba Teoría de
defensa mágica y cogía Evaluación de la educación mágica en Europa— es adónde
vamos a ir cuando salgamos de aquí. Ya sé que dijiste que primero querías visitar
Godric's Hollow, Harry, y lo entiendo, pero… no sé… ¿no deberíamos dar prioridad a
los Horrocruxes?
—Si supiéramos dónde están los Horrocruxes te daría la razón —repuso Harry,
que no creía que Hermione comprendiera de verdad su deseo de ir a Godric's Hollow.
No obstante, la tumba de sus padres no era lo único que lo atraía, pues tenía el claro
aunque inexplicable presentimiento de que ese lugar le depararía algunas respuestas.
Quizá fuera sencillamente porque era allí donde él había sobrevivido a la maldición
asesina de Voldemort, pero, ahora que se enfrentaba al reto de repetir esa hazaña, se
sentía atraído por el lugar donde había sucedido, con la esperanza de entenderlo
mejor.
—¿No crees que cabe la posibilidad de que Voldemort esté vigilando Godric's
Hollow? —preguntó Hermione—. Quizá sospeche que irás a visitar la tumba de tus
padres cuando tengas libertad de movimientos, ¿no?
Eso no se le había ocurrido a Harry. Mientras buscaba una respuesta convincente,
Ron intervino siguiendo el hilo de sus propias ideas.
—Ese tal «R.A.B.»… ya sabéis, el que robó el guardapelo auténtico.
—Ya… En la nota ponía que iba a destruirlo, ¿no? —observó Hermione.
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Harry se acercó la mochila y sacó el falso Horrocrux que todavía contenía la nota
firmada por «R.A.B.».
—«He robado el Horrocrux auténtico y lo destruiré en cuanto pueda» —leyó.
—¿Y si es verdad que ese hombre lo destruyó? —aventuró Ron.
—O esa mujer —puntualizó Hermione.
—Lo que sea, hombre o mujer. ¡Así tendríamos uno menos que buscar!
—Sí, pero de cualquier forma tendremos que encontrar el guardapelo auténtico,
¿no? —observó la chica—. Para saber si lo destruyó o no.
—Y una vez que has hallado un Horrocrux, ¿cómo lo destruyes? —preguntó Ron.
—Bueno —dijo Hermione—, he estado investigando.
—¿Cómo? —preguntó Harry—. Creía que en la biblioteca no había ningún libro
sobre Horrocruxes.
—No, no los había —admitió Hermione sonrojándose—. Dumbledore se los llevó
todos de allí, pero… no los destruyó.
Ron se enderezó y enarcó las cejas.
—¡Por los calzones de Merlín! ¿Cómo has conseguido echarles el guante a esos
libros sobre Horrocruxes?
—¡No los he robado! —se defendió Hermione mirando a sus amigos con cierta
aprensión—. Esos libros todavía pertenecían a la biblioteca, aunque Dumbledore los
hubiera retirado de los estantes. Además, si de verdad no hubiera querido que nadie
los encontrara, estoy segura de que habría hecho que fuera mucho más difícil…
—¡Ve al grano! —exigió Ron.
—Fue muy sencillo —repuso Hermione con un hilo de voz—. Sólo tuve que
hacer un encantamiento convocador. Ya sabéis: «¡Accio!» Salieron volando por la
ventana del despacho de Dumbledore y… fueron derecho al dormitorio de las chicas.
—Pero ¿cuándo hiciste eso? —preguntó Harry mirándola con una mezcla de
admiración e incredulidad.
—Justo después del… del funeral de Dumbledore —confesó ella con voz aún
más débil—. Precisamente después de que acordamos no volver al colegio e ir en
busca de los Horrocruxes. Cuando subí a buscar mis cosas, se me ocurrió que cuanto
más supiera sobre ellos, mejor. Y como estaba sola, lo probé… y dio resultado.
Entraron volando por la ventana y… los metí en mi baúl. —Tragó saliva y añadió—:
No creo que Dumbledore se hubiera enfadado, porque nosotros no vamos a utilizar
esa información para hacer un Horrocrux, ¿no?
—¿Acaso has oído que nos quejáramos? —inquirió Ron—. Pero, oye, ¿dónde
están esos libros?
Hermione rebuscó un momento y sacó del montón un grueso tomo encuadernado
en piel negra y gastada. Lo miró con cara de repulsión y lo sujetó con la punta de los
dedos, como si fuera un bicho muerto.
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—Éste es el que da instrucciones explícitas de cómo hacer un Horrocrux: Los
secretos de las artes más oscuras. Es un libro horrible, espantoso, lleno de magia
maligna. Me gustaría saber cuándo lo retiró Dumbledore de la biblioteca. Si no lo
hizo hasta que lo nombraron director del colegio, supongo que Voldemort sacó de
aquí toda la información que necesitaba.
—Pero si ya había leído el libro, ¿por qué tuvo que preguntarle a Slughorn cómo
se hacía un Horrocrux? —se extrañó Ron.
—Voldemort sólo acudió a Slughorn para averiguar qué podía pasar si dividía su
alma en siete partes —aclaró Harry—. Dumbledore estaba convencido de que Ryddle
ya sabía cómo hacer un Horrocrux cuando habló con Slughorn sobre ellos. Me parece
que tienes razón, Hermione: es muy probable que haya sacado de ahí la información.
—Y cuanto más leo sobre ellos —prosiguió la muchacha—, más horribles me
parecen y más me cuesta creer que Voldemort hiciera seis. En este libro te advierten
de lo poco sólido que queda el resto del alma cuando se divide, y eso creando sólo un
Horrocrux…
Harry recordó que en una ocasión Dumbledore le había dicho que la maldad de
Voldemort no conocía límites.
—¿Y no hay ninguna forma de volver a juntar las partes? —preguntó Ron.
—Sí —afirmó Hermione con una sonrisa forzada—, pero eso resultaría
terriblemente doloroso.
—¿Por qué? ¿Cómo se hace? —preguntó Harry.
—Arrepintiéndote —respondió Hermione—. Tienes que arrepentirte de verdad de
lo que has hecho. Hay una nota a pie de página, ¿sabéis? Por lo visto, el dolor que
sientes al hacerlo podría destruirte. Pero, no sé por qué, no me imagino a Voldemort
intentándolo. ¿Y vosotros?
—No, yo tampoco —opinó Ron antes que Harry—. Entonces, ¿en ese libro se
explica qué hay que hacer para destruir un Horrocrux?
—Sí, en efecto —respondió Hermione, y pasó las frágiles páginas como si
examinara entrañas podridas—, porque hace hincapié en lo potentes que han de ser
los sortilegios que les hagan los magos tenebrosos. Por lo que he leído, deduzco que
lo que Harry le hizo al diario de Ryddle es una de las pocas maneras verdaderamente
infalibles de destruir un Horrocrux.
—¿Ah, sí? ¿Clavarle un colmillo de basilisco? —preguntó Harry.
—Pues menos mal que tenemos una gran provisión de colmillos de basilisco,
¿no? —dijo Ron con sarcasmo—. Me preguntaba qué íbamos a hacer con ellos.
—No tiene que ser necesariamente un colmillo de basilisco —explicó Hermione
sin impacientarse—, pero sí algo tan destructivo que el Horrocrux no pueda repararse
por sí mismo. El veneno de basilisco sólo tiene un antídoto, y es increíblemente
escaso…
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—Lágrimas de fénix —musitó Harry asintiendo.
—Exacto —confirmó Hermione—. Nuestro problema es que hay muy pocas
sustancias tan destructivas como el veneno de basilisco, y además resulta muy
peligroso manejarlas y transportarlas. Esa es una dificultad que tendremos que
resolver, porque no basta con partir, aplastar ni machacar un Horrocrux, sino que
debe quedar tan destrozado que no pueda repararse ni mediante magia.
—Pero, aunque destrocemos el objeto en que vive, ¿por qué no puede el
fragmento de alma alojarse en otro objeto? —cuestionó Ron.
—Porque un Horrocrux es todo lo contrario de un ser humano. —Al ver que
Harry y Ron se quedaban desconcertados, se apresuró a añadir—: Mira, si ahora
mismo cogiera una espada, Ron, y te atravesara con ella, no le haría ningún daño a tu
alma.
—Y seguro que eso sería un gran consuelo para mí —ironizó Ron.
Harry rió.
—Pues debería serlo. Pero lo que quiero decir es que le hagas lo que le hagas a tu
cuerpo, tu alma sobrevivirá intacta. En cambio, con un Horrocrux pasa todo lo
contrario: para sobrevivir, el fragmento de alma que alberga depende de su
continente, de su cuerpo encantado. Sin él no puede existir.
—Podría decirse que ese diario murió cuando le clavé el colmillo —reflexionó
Harry recordando la tinta que manaba como sangre de sus perforadas hojas, y los
gritos del fragmento de alma de Voldemort al esfumarse.
—Eso es. Y una vez destruido el diario, al fragmento de alma que se escondía en
él ya no le fue posible seguir existiendo. Ginny intentó deshacerse del diario antes
que tú, tirándolo por el retrete; pero el diario, como es lógico, no sufrió ningún daño.
—Espera un momento —intervino Ron frunciendo el entrecejo—. El fragmento
de alma que había en ese diario poseyó a Ginny, ¿no es así? No lo entiendo. ¿Cómo
funciona eso?
—Verás, mientras el continente mágico sigue intacto, el fragmento de alma que
hay dentro puede entrar y salir con facilidad de alguien que se haya acercado
demasiado al objeto. No, no me refiero a cogerlo; no tiene nada que ver con el hecho
de tocarlo —añadió Hermione antes de que Ron la interrumpiera—. Me refiero a
acercarse emocionalmente. Ginny vertió su corazón en ese diario, y eso la convirtió
en un ser supervulnerable. Es decir, te pones en peligro si le tomas demasiado cariño
al Horrocrux, o si estableces una fuerte dependencia de él.
—Me intriga saber qué hizo Dumbledore para destruir el anillo —comentó Harry
—. ¿Por qué no se lo pregunté? La verdad es que nunca…
No terminó la frase; estaba pensando en todas las cosas que debería haberle
preguntado y en la impresión que tenía, desde la muerte del director de Hogwarts, de
haber desaprovechado muchas oportunidades de averiguar más cosas, de averiguarlo
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todo…
El silencio fue interrumpido por la puerta del dormitorio al abrirse con gran
estrépito. Hermione dio un chillido y soltó Los secretos de las artes más oscuras;
Crookshanks se metió debajo de la cama, bufando indignado; Ron se levantó de un
brinco de la cama, resbaló con un envoltorio de rana de chocolate que había en el
suelo y se golpeó la cabeza contra la pared, y Harry buscó instintivamente su varita
mágica antes de darse cuenta de que tenía delante a la señora Weasley, con el pelo
alborotado y un humor de perros.
—Lamento mucho interrumpir esta agradable tertulia —dijo con voz temblorosa
—. Ya sé que todos necesitáis descansar, pero en mi habitación hay un montón de
regalos de boda que deben clasificarse, y se me ha ocurrido que a lo mejor querríais
ayudarme.
—Sí, claro —repuso Hermione con cara de susto, y al ponerse en pie dispersó los
libros en todas direcciones—. Vamos enseguida, lo sentimos mucho…
Angustiada, miró a sus amigos y salió de la habitación detrás de la señora
Weasley.
—Me siento como un elfo doméstico —se lamentó Ron por lo bajo, frotándose la
cabeza, cuando Harry y él salieron del dormitorio—. Pero sin la satisfacción de tener
un empleo. ¡Qué contento me voy a poner cuando mi hermano se haya casado!
—Sí, tienes razón, entonces no tendremos otra cosa que hacer que buscar los
Horrocruxes. Será como unas vacaciones, ¿verdad?
Ron se echó a reír, pero se calló de golpe al ver la montaña de regalos de boda
que los esperaba en la habitación de la señora Weasley.
Los Delacour llegaron a la mañana siguiente a las once en punto. Harry, Ron,
Hermione y Ginny estaban un poco resentidos con la familia de Fleur; por ello, Ron
subió refunfuñando a su habitación a cambiarse los calcetines desparejados, y Harry
intentó peinarse también de mala gana. Cuando la señora Weasley consideró que
todos ofrecían un aspecto presentable, desfilaron por el soleado patio trasero para
recibir a sus invitados.
Harry jamás había visto el patio tan ordenado: los calderos oxidados y las viejas
botas de goma que normalmente estaban tirados en los escalones de la puerta trasera
habían desaparecido, siendo sustituidos por dos arbustos nerviosos, uno a cada lado
de la puerta en sendos tiestos enormes. Aunque no corría brisa, las hojas se mecían
perezosamente, ofreciendo una agradable sensación de vaivén. Habían encerrado las
gallinas, barrido el patio y podado, rastrillado y arreglado el jardín. No obstante,
Harry, a quien le gustaba más cuando presentaba aquel aspecto de abandono, tuvo la
sensación de que, sin su habitual contingente de gnomos saltarines, el jardín tenía un
aire tristón.
El muchacho ya había perdido la cuenta de los sortilegios de seguridad que la
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Orden y el ministerio le habían hecho a La Madriguera; lo único que sabía seguro era
que ya nadie podía viajar directo hasta allí mediante magia. Por eso el señor Weasley
había ido a esperar a los Delacour a la cima de una colina cercana, donde los
depositaría un traslador. Los alertó de su llegada una estridente risa que resultó ser del
señor Weasley, a quien poco después vieron llegar a la verja, cargado de maletas y
precediendo a una hermosa mujer, rubia y con túnica verde claro, que sólo podía ser
la madre de Fleur.
—Maman! —gritó ésta, y corrió a abrazarla—. Papa!
Monsieur Delacour no era tan atractivo como su esposa, ni mucho menos; era
bastante más bajo que ella y muy gordo, y lucía una pequeña y puntiaguda barba
negra. Sin embargo, parecía bonachón. Calzado con botas de tacón, se dirigió hacia la
señora Weasley y le plantó dos besos en cada mejilla, dejándola aturullada.
—Ya sé que se han tomado muchas molestias pog nosotgos —dijo con su grave
voz—. Fleug nos ha dicho que han tenido que tgabajag mucho.
—¡Bah, no es para tanto! —replicó Molly—. ¡Lo hemos hecho encantados!
Ron se desahogó dándole una patada a un gnomo que había asomado la cabeza
por detrás de un arbusto nervioso.
—¡Queguida mía! —exclamó radiante monsieur Delacour, todavía sosteniendo la
mano de la señora Weasley entre las suyas regordetas—. ¡La inminente unión de
nuestgas familias es paga nosotgos un gan honog! Pegmítame pgesentagle a mi
esposa, Apolline.
Madame Delacour avanzó con elegancia y se inclinó para besar a la señora
Weasley.
—Enchantée —saludó—. Su esposo nos ha contado unas histoguias
divegtidísimas.
El señor Weasley soltó una risita histriónica, pero su esposa le lanzó una mirada y
él se puso muy serio, como si estuviera en el entierro de un amigo.
—Y ésta es nuestga hija pequeña, Gabguielle —dijo monsieur Delacour.
Gabrielle, una niña de once años de cabello rubio plateado hasta la cintura, era
una Fleur en miniatura; obsequió a la señora Weasley con una sonrisa radiante y la
abrazó, y a continuación le lanzó una encendida mirada a Harry pestañeando. Ginny
carraspeó.
—¡Pero pasen, pasen, por favor! —invitó la señora Weasley con entusiasmo, e
hizo entrar a los Delacour con un derroche de disculpas y cumplidos: «¡No, por
favor!», «¡Usted primero!», «¡Sólo faltaría!».
Los Delacour resultaron unos invitados nada exigentes y muy amables. Todo les
parecía bien y se mostraron dispuestos a ayudar con los preparativos de la boda.
Monsieur Delacour aseguró que todo, desde la disposición de los asientos hasta los
zapatos de las damas de honor, era charmant! Madame Delacour era una experta en
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hechizos domésticos y dejó el horno impecable en un periquete, y Gabrielle seguía a
todas partes a su hermana mayor, intentando colaborar en todo y hablando muy
deprisa en francés.
El inconveniente era que La Madriguera no estaba preparada para alojar a tanta
gente, de modo que, tras acallar las protestas de los Delacour e insistir en que
ocuparan su dormitorio, los Weasley dormían en el salón; Gabrielle lo hacía con Fleur
en el antiguo dormitorio de Percy, y Bill compartiría habitación con Charlie, su
padrino, cuando éste llegara de Rumania. Las oportunidades para tramar planes
juntos eran casi inexistentes, y, desesperados, Harry, Ron y Hermione se ofrecían
voluntarios para dar de comer a las gallinas sólo para huir de la abarrotada casa.
—¡Nada, no hay manera de que nos deje tranquilos! —refunfuñó Ron al ver que
su segundo intento de charlar en el patio con sus amigos quedaría frustrado: su madre
se acercaba cargada con un gran cesto de ropa para tender.
—¡Ah, qué bien! Ya habéis dado de comer a las gallinas —dijo la señora Weasley
—. Será mejor que volvamos a encerrarlas antes de que lleguen mañana los operarios.
Sí, los empleados que van a instalar la carpa para la boda —explicó, y se apoyó
contra el gallinero. Parecía agotada—. Entoldados Mágicos Millamant; son muy
buenos. Bill se encargará de escoltarlos. Será mejor que te quedes dentro mientras
ellos montan la carpa, Harry. La verdad es que todos esos hechizos defensivos están
complicando mucho la organización de la boda.
—Lo siento —se disculpó Harry.
—¡No seas tonto, hijo! No he querido decir… Mira, tu seguridad es lo más
importante. Por cierto, hace días que quiero preguntarte cómo te gustaría celebrar tu
cumpleaños. Vas a cumplir diecisiete; es una fecha importante.
—No quiero mucho jaleo —respondió Harry, imaginándose la tensión adicional
que eso supondría para todos—. En serio, señora Weasley, prefiero una cena
tranquila. Piense que será el día antes de la boda.
—Bueno, como quieras, cielo. Invitaré a Remus y Tonks, ¿no? ¿Y qué me dices
de Hagrid?
—Me parece muy bien. Pero no se tome muchas molestias, por favor.
—No te preocupes. No es ninguna molestia.
La mujer le lanzó una mirada escrutadora; luego sonrió con cierta tristeza y se
alejó. Harry vio cómo agitaba la varita mágica delante del tendedero y cómo la ropa
salía volando del cesto y se tendía sola, y de pronto sintió un profundo remordimiento
por los inconvenientes y el sufrimiento que estaba causándole.

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