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La boda
A las tres en punto de la tarde del día siguiente, Harry, Ron, Fred y George se
plantaron frente a la gran carpa blanca, montada en el huerto de árboles frutales,
esperando a que llegaran los invitados de la boda. Harry se había tomado una
abundante dosis de poción multijugos y convertido en el doble de un muggle pelirrojo
del pueblo más cercano, Ottery St. Catchpole, a quien Fred le había arrancado unos
pelos utilizando un encantamiento convocador. El plan consistía en presentar a Harry
como «el primo Barny» y confiar en que los numerosos parientes de la familia
Weasley lo camuflaran.
Los cuatro chicos tenían en la mano un plano de la disposición de los asientos,
para ayudar a los invitados a encontrar su sitio. Hacía una hora que había llegado una
cuadrilla de camareros, ataviados con túnicas blancas, y una orquesta cuyos
miembros vestían chaquetas doradas; y ahora todos esos magos se hallaban sentados
bajo un árbol cercano, envueltos en una nube azulada de humo de pipa.
Desde la entrada de la carpa se veían en su interior hileras e hileras de frágiles
sillas, asimismo doradas, colocadas a ambos lados de una larga alfombra morada; y
los postes que sostenían la carpa estaban adornados con flores blancas y doradas.
Fred y George habían atado un enorme ramo de globos (cómo no, dorados) sobre el
punto exacto donde Bill y Fleur se convertirían en marido y mujer. En el exterior, las
mariposas y abejas revoloteaban perezosamente sobre la hierba y el seto. Como hacía
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un radiante día estival, Harry se sentía muy incómodo, pues la túnica de gala que
llevaba puesta le apretaba y le daba calor; el chico muggle cuyo aspecto había
adoptado estaba un poco más gordo que él…
—Cuando yo me case —dijo Fred tirando del cuello de su túnica—, no armaré
tanto jaleo. Podréis vestiros como os apetezca, y le haré una maldición de
inmovilidad total a nuestra madre hasta que haya terminado todo.
—Esta mañana no se ha portado demasiado mal, a fin de cuentas —la defendió
George—. Ha llorado un poco por la ausencia de Percy, pero, bah, ¿para qué lo
necesitamos? ¡Vaya, preparaos! ¡Ya vienen!
Unos personajes vestidos con llamativas ropas multicolores iban apareciendo, uno
a uno, por el fondo del patio. Pasados unos minutos, ya se había formado una
procesión que serpenteó por el jardín en dirección a la carpa. En los sombreros de las
brujas revoloteaban flores exóticas y pájaros embrujados, mientras que preciosas
gemas destellaban en las corbatas de muchos magos. A medida que se aproximaban,
el murmullo de voces emocionadas fue intensificándose, hasta ahogar el zumbido de
las abejas.
—Estupendo; me ha parecido ver algunas primas veelas —comentó George
estirando el cuello para ver mejor—. Necesitarán ayuda para entender nuestras
costumbres inglesas; yo me ocuparé de ellas.
—No corras tanto, Desorejado —replicó Fred y, pasando rápidamente junto al
grupo de brujas de mediana edad que encabezaban la procesión, indicó a un par de
guapas francesas—: Por aquí… Permettez-moi assister vous. —Las chicas rieron y se
dejaron acompañar al interior de la carpa.
George se quedó atendiendo, pues, a las brujas de mediana edad, y Ron se
encargó de Perkins, el antiguo colega del ministerio del señor Weasley, mientras que
a Harry le tocó una pareja de ancianos bastante sordos.
—Eh, ¿qué hay? —dijo una voz conocida cuando Harry volvió a salir de la carpa:
Lupin y Tonks, que se había teñido de rubio para la ocasión, presidían la cola—.
Arthur nos ha chivado que eras el del pelo rizado. Perdona lo de anoche —añadió la
bruja en voz baja cuando Harry enfiló con ellos el pasillo—. Últimamente, el
ministerio no se muestra muy amable con los hombres lobo, y creímos que nuestra
presencia no te beneficiaría.
—No os preocupéis, ya me hago cargo —repuso Harry dirigiéndose más a Remus
que a Tonks.
Lupin compuso una sonrisa fugaz, pero cuando Harry se separó de ellos, vio que
el semblante se le ensombrecía de nuevo. No comprendía qué le pasaba a Lupin, pero
no era momento para ahondar en el asunto, pues Hagrid estaba provocando un buen
alboroto: el guardabosques había entendido mal las indicaciones de Fred, y en lugar
de instalarse en el asiento reforzado y agrandado mediante magia que le habían
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preparado en la última fila, se había sentado en cinco sillas normales que se habían
convertido en un gran montón de palillos dorados.
Mientras el señor Weasley trataba de arreglar el estropicio y Hagrid se disculpaba
a gritos con todo el mundo, Harry regresó a toda prisa a la entrada y encontró a Ron
hablando con un mago de aspecto sumamente excéntrico: un poco bizco, de pelo
cano, largo hasta los hombros y de una textura semejante al algodón de azúcar,
llevaba un birrete cuya borla le colgaba delante de la nariz y una túnica de un
amarillo que hería la vista; de la cadena que le colgaba del cuello pendía un extraño
colgante que simbolizaba una especie de ojo triangular.
—Xenophilius Lovegood —se presentó tendiéndole la mano a Harry—; mi hija y
yo vivimos al otro lado de esa colina. Los Weasley han sido muy amables
invitándonos. Así, ¿dices que conoces a mi hija Luna? —preguntó a Ron.
—En efecto. ¿No ha venido con usted?
—Sí, sí, pero se ha entretenido en ese precioso jardincillo saludando a los
gnomos. ¡Qué maravillosa plaga! Muy pocos magos se dan cuenta de lo mucho que
podemos aprender de esas sabias criaturas, cuyo nombre correcto, por cierto, es
Gernumbli gardensi.
—Los nuestros saben unas palabrotas excelentes —comentó Ron—, pero creo
que se las han enseñado Fred y George. —A continuación acompañó a un grupo de
magos a la carpa, y en ese momento llegó Luna.
—¡Hola, Harry! —saludó.
—Me llamo Barny —repuso el muchacho, desconcertado.
—Ah, ¿también te has cambiado el nombre? —preguntó ella alegremente.
—¿Cómo has sabido…?
—Bueno, por tu expresión.
Luna llevaba una túnica igual que la de su padre y, como complemento, un gran
girasol en el pelo. Cuando uno lograba acostumbrarse al resplandor de su atuendo, el
efecto general resultaba agradable; al menos no llevaba rábanos colgando de las
orejas…
Xenophilius, enfrascado en una conversación con un conocido suyo, no oyó el
diálogo entre Luna y Harry; poco después se despidió de su amigo y se volvió hacia
su hija, que levantó un dedo y dijo:
—¡Mira, papá! ¡Uno de esos gnomos me ha mordido y todo!
—¡Qué maravilla! ¡La saliva de gnomo es sumamente beneficiosa, hija mía! —
exclamó el señor Lovegood, cogiendo el dedo que Luna le mostraba, y examinó los
pinchazos sangrantes—. Luna, querida, si hoy sintieras nacer en ti algún talento
(quizá un irresistible impulso de cantar ópera o declamar en sirenio), ¡no lo reprimas!
¡Es posible que los Gernumblis te hayan obsequiado con un don!
En ese momento Ron pasaba por su lado en la dirección opuesta, y soltó una
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risotada.
—Ron quizá lo encuentre gracioso —comentó Luna con serenidad, mientras
Harry los acompañaba hasta sus asientos—, pero mi padre lleva años estudiando la
magia de los Gernumblis.
—¿En serio? —Hacía mucho tiempo que había decidido no contradecir las
peculiares opiniones de Luna y su progenitor—. Oye, ¿seguro que no quieres ponerte
algo en esa mordedura?
—No, no es nada, de verdad —repuso ella chupándose el dedo con aire soñador y
mirando a Harry de arriba abajo—. ¡Estás muy elegante! Ya le advertí a papá que la
mayoría de la gente vestiría túnica de gala, pero él cree que a las bodas hay que ir
vestido de los colores del sol. Ya sabes, da buena suerte.
Luna fue a sentarse con su padre, y entonces reapareció Ron con una bruja muy
anciana cogida de su brazo. La picuda nariz, los párpados de bordes rojizos y el
sombrero rosa con plumas le conferían el aspecto de un flamenco enojado.
—…y tienes el pelo demasiado largo, Ronald; al principio te he confundido con
Ginevra. ¡Por las barbas de Merlín! ¿Cómo se ha vestido Xenophilius Lovegood?
Parece una tortilla. ¿Y tú quién eres? —le espetó a Harry.
—¡Ah, sí! Tía Muriel, te presento a nuestro primo Barny.
—¿Otro Weasley? Vaya, os reproducís como gnomos. ¿Y Harry Potter? ¿No ha
venido? Esperaba conocerlo. Creía que era amigo tuyo, Ronald. ¿O sólo alardeabas?
—No, es que… no ha podido venir.
—Mmm. Habrá dado alguna excusa, ¿no? Eso significa que no es tan idiota como
aparenta en las fotografías de los periódicos. ¡He estado enseñándole a la novia cómo
tiene que llevar mi diadema! —le gritó a Harry—. Es una pieza de artesanía de los
duendes, ¿sabes?, y pertenece a mi familia desde hace siglos. Esa chica es muy mona
pero… francesa. Bueno, búscame un buen asiento, Ronald; tengo ciento siete años y
no me conviene estar mucho rato de pie.
Ron le lanzó una elocuente mirada a Harry al pasar junto a él, y tardó un rato en
reaparecer. Cuando los dos amigos volvieron a coincidir en la entrada de la carpa,
Harry ya había ayudado a buscar su asiento a una docena de invitados más. La carpa
estaba casi llena, y por primera vez no había cola fuera.
—Tía Muriel es una pesadilla —se quejó Ron enjugándose la frente con la manga
—. Antes venía todos los años por Navidad, pero afortunadamente se ofendió porque
Fred y George le pusieron una bomba fétida en la silla nada más sentarnos a cenar.
Mi padre siempre dice que debe de haberlos desheredado. ¡Como si a ellos les
importara eso! Al ritmo que van, se harán más ricos que cualquier otro miembro de la
familia… ¡Atiza! —Parpadeó al ver a Hermione, que corría hacia ellos—. ¡Estás
espectacular!
—Siempre ese tonito de sorpresa —se quejó Hermione, pero sonrió. Lucía un
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vaporoso vestido de color lila con zapatos de tacón a juego, y el cabello liso y
reluciente—. Pues tu tía abuela Muriel no opina como tú. Me la he encontrado en la
casa cuando fue a darle la diadema a Fleur, y ha dicho: «¡Cielos! ¿Ésta es la hija de
muggles?», y añadió que tengo «mala postura y los tobillos flacuchos».
—No te lo tomes como algo personal. Es grosera con todo el mundo —dijo Ron.
—¿Estáis hablando de Muriel? —preguntó George, que en ese momento salía con
Fred de la carpa—. A mí acaba de decirme que tengo las orejas asimétricas. ¡Menuda
arpía! Ojalá viviera todavía el viejo tío Bilius; te tronchabas con él en las bodas.
—¿No fue vuestro tío Bilius el que vio un Grim y murió veinticuatro horas más
tarde? —preguntó Hermione.
—Bueno, sí. Al final de su vida se volvió un poco raro —concedió George.
—Pero antes de que se le fuera la olla siempre era el alma de las fiestas —
observó Fred—. Se bebía de un trago una botella entera de whisky de fuego, iba
corriendo a la pista de baile, se recogía la túnica y se sacaba ramilletes de flores del…
—Sí, por lo que dices debió de ser un verdadero encanto —ironizó Hermione
mientras Harry reía a carcajadas.
—Nunca se casó, no sé por qué —añadió Ron.
—Eres increíble —comentó Hermione.
Todos reían y ninguno se fijó en el invitado que acababa de llegar, un joven
moreno de gran nariz curvada y pobladas cejas negras, hasta que entregó su
invitación a Ron y dijo mirando a Hermione:
—Estás preciosa.
—¡Viktor! —exclamó ella, y soltó su bolsito bordado con cuentas, que al caer al
suelo dio un fuerte golpe, desproporcionado para su tamaño. Se agachó ruborizada
para recogerlo y balbuceó—: No sabía que… Vaya, me alegro de verte. ¿Cómo estás?
A Ron se le habían puesto coloradas las orejas. Tras leer la invitación de Krum
como si no creyera ni una sola palabra de lo que ponía, preguntó con voz demasiado
alta:
—¿Cómo es que has venido?
—Me ha invitado Fleur —respondió Krum arqueando las cejas.
Harry, que no le guardaba ningún rencor, le estrechó la mano; luego, creyendo
que sería prudente apartarlo de Ron, se ofreció para indicarle cuál era su asiento.
—Tu amigo no se ha alegrado mucho de verme —comentó Viktor cuando entró
con Harry en la carpa, ya abarrotada—. ¿O sois parientes? —preguntó fijándose en el
cabello rojizo y rizado de Harry.
—Somos primos —masculló Harry, pero Krum ya no le prestaba atención. Su
aparición estaba causando un gran revuelo, sobre todo entre las primas veelas; al fin y
al cabo, era un famoso jugador de quidditch.
Mientras la gente todavía estiraba el cuello para verlo mejor, Ron. Hermione,
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Fred y George avanzaron apresuradamente por el pasillo.
—Tenemos que sentarnos —le dijo Fred a Harry—, o nos atropellará la novia.
Harry, Ron y Hermione ocuparon sus asientos en la segunda fila, detrás de Fred y
George. Hermione tenía las mejillas sonrosadas, y Ron, las orejas escarlatas. Pasados
unos momentos, éste le murmuró a Harry:
—¿Has visto qué barbita tan ridícula se ha dejado?
Harry emitió un gruñido evasivo.
En la carpa, muy caldeada, reinaba una atmósfera de expectación y de vez en
cuando una risotada nerviosa rompía el murmullo general. Los Weasley aparecieron
por el pasillo, desfilando sonrientes y saludando con la mano a sus parientes; Molly
llevaba una túnica nueva de color amatista con el sombrero a juego.
Unos instantes después, Bill y Charlie se pusieron en pie en la parte delantera de
la carpa; ambos vestían túnicas de gala, con sendas rosas blancas en el ojal; Fred
soltó un silbido de admiración y se oyeron unas risitas ahogadas de las primas veelas.
Entonces sonó una música que al parecer salía de los globos dorados, y todos
callaron.
—¡Ooooh! —exclamó Hermione al volverse en el asiento para mirar hacia la
entrada.
Los magos y las brujas emitieron un gran suspiro colectivo cuando monsieur
Delacour y su hija enfilaron el pasillo; ella caminaba como si se deslizara y él iba
brincando, muy sonriente. Fleur llevaba un sencillo vestido blanco que irradiaba un
resplandor plateado. Normalmente, su hermosura eclipsaba a cuantos la rodeaban,
pero ese día, en cambio, su belleza contagiaba. Ginny y Gabrielle, ataviadas con
sendos vestidos dorados, parecían incluso más hermosas de lo habitual, y cuando
Fleur llegó junto a Bill, dejó de parecer que en el pasado éste se las hubiera visto con
Fenrir Greyback.
—Damas y caballeros… —dijo una voz cantarina, y Harry se llevó una ligera
impresión al ver al mismo mago bajito y de cabello ralo que había presidido el
funeral de Dumbledore, de pie frente a Bill y Fleur—. Hoy nos hemos reunido para
celebrar la unión de dos almas nobles…
—Sí, mi diadema le da realce a la escena —observó tía Muriel con un susurro que
se oyó perfectamente—. Sin embargo, he de decir que el vestido de Ginevra es
demasiado escotado.
Ginny volvió la cabeza, sonriente, le guiñó un ojo a Harry y volvió a mirar al
frente. Él se sintió transportado hasta aquellas tardes vividas con Ginny en rincones
solitarios de los jardines del colegio, que se le antojaban muy lejanas; siempre le
habían parecido demasiado maravillosas para ser ciertas, como si hubiera estado
robándole horas de una felicidad insólita a la vida de una persona normal, una
persona sin una cicatriz con forma de rayo en la frente…
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—William Arthur, ¿aceptas a Fleur Isabelle…?
En la primera fila, la señora Weasley y madame Delacour sollozaban en silencio y
se enjugaban las lágrimas con pañuelos de encaje. Unos trompetazos provenientes del
fondo de la carpa hicieron comprender a todos que Hagrid había utilizado también
uno de sus pañuelos tamaño mantel. Hermione se giró y, sonriendo, miró a Harry; ella
también tenía lágrimas en los ojos.
—… Así pues, os declaro unidos de por vida.
El mago del cabello ralo alzó la varita por encima de las cabezas de los novios y,
acto seguido, una lluvia de estrellas plateadas descendió sobre ellos trazando una
espiral alrededor de sus entrelazadas figuras. Fred y George empezaron a aplaudir y,
entonces, los globos dorados explotaron, dejando escapar aves del paraíso y
diminutas campanillas doradas que, volando y flotando, añadieron sus cantos y
repiques respectivos al barullo. A continuación, el mago dijo:
—¡Damas y caballeros, pónganse en pie, por favor!
Todos obedecieron, aunque tía Muriel rezongó sin miramientos. Entonces el
hombrecillo agitó su varita mágica: los asientos de los invitados ascendieron con
suavidad al mismo tiempo que se desvanecían las paredes de la carpa. De pronto se
hallaron bajo un toldo sostenido por postes dorados, gozando de una espléndida vista
del patio de árboles frutales y los campos bañados por el sol. Luego, un charco de oro
fundido se extendió desde el centro de la carpa y formó una brillante pista de baile;
las sillas, suspendidas en el aire, se agruparon alrededor de unas mesitas con manteles
blancos y, con la misma suavidad con que habían subido, descendieron hasta el suelo,
mientras los músicos de las chaquetas doradas se aproximaban a una tarima.
—¡Qué pasada! —dijo Ron, admirado.
Entonces aparecieron camareros por todas partes; algunos llevaban bandejas de
plata con zumo de calabaza, cerveza de mantequilla y whisky de fuego; y otros,
tambaleantes montañas de tartas y bocadillos.
—¡Tenemos que ir a felicitarlos! —dijo Hermione poniéndose de puntillas para
ver a Bill y Fleur, que habían desaparecido en medio de una multitud de invitados que
se habían acercado a darles la enhorabuena.
—Ya habrá tiempo para eso —replicó Ron y cogió tres vasos de cerveza de
mantequilla de la bandeja de un camarero que pasaba cerca; le dio uno a Harry—.
Coge esto, Hermione. Vamos a buscar una mesa. ¡No, ahí no! ¡Lo más lejos posible
de tía Muriel!
Ron guió a sus amigos por la vacía pista de baile, sin dejar de mirar a derecha e
izquierda, y Harry tuvo la seguridad de que vigilaba por si veía a Krum. Cuando
consiguieron llegar al otro extremo de la carpa, casi todas las mesas estaban llenas; la
más vacía era la que ocupaba Luna, sola.
—¿Te importa que nos sentemos contigo? —le preguntó Ron.
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—No, qué va. Mi padre ha ido a darles su regalo a los novios.
—¿Qué es? ¿Una provisión inagotable de gurdirraíces? —quiso saber Ron.
Hermione le lanzó un puntapié por debajo de la mesa, pero no le dio a Ron sino a
Harry, quien, lagrimeando de dolor, perdió momentáneamente el hilo de la
conversación.
La orquesta había atacado un vals. Los novios fueron los primeros en dirigirse a
la pista de baile, secundados por un fuerte aplauso. Al cabo de un rato, el señor
Weasley guió hasta allí a madame Delacour, y los siguieron la señora Weasley y el
padre de Fleur.
—Me gusta esa canción —comentó Luna meciéndose, y segundos más tarde se
levantó y fue a la pista de baile, donde se puso a evolucionar con los ojos cerrados y
agitando los brazos al compás de la música.
—¿Verdad que esa chica es genial? —comentó Ron sonriendo con admiración—.
Siempre tan lanzada.
Pero la sonrisa se le borró rápidamente, porque Viktor Krum acababa de sentarse
en la silla de Luna. Hermione se aturulló un poco, aunque esta vez Krum no había ido
a dedicarle halagos. Con el entrecejo fruncido, el muchacho preguntó:
—¿Quién es ese hombre que va de amarillo chillón?
—Xenophilius Lovegood, el padre de una amiga nuestra —contestó Ron con tono
cortante, indicando que no estaban dispuestos a burlarse del personaje, pese a la clara
incitación de Krum—. Vamos a bailar —le dijo con brusquedad a Hermione.
Ella se sorprendió, pero asintió complacida y se levantó. La pareja no tardó en
perderse de vista en la abarrotada pista de baile.
—¿Salen juntos? —preguntó Krum.
—Pues… más o menos —respondió Harry.
—¿Quién eres tú?
—Barny Weasley.
Se estrecharon la mano.
—Oye, Barny, ¿conoces bien a ese tal Lovegood?
—No, acabo de conocerlo. ¿Por qué?
Krum miró por encima de su vaso a Xenophilius, que charlaba con unos magos al
otro lado de la pista.
—Porque, si no me hubiera invitado Fleur, lo retaría a duelo ahora mismo por
llevar ese repugnante símbolo colgado del cuello.
—¿Repugnante símbolo? —se extrañó Harry mirando también a Lovegood.
Aquel extraño ojo triangular le brillaba sobre el pecho—. ¿Por qué? ¿Qué significa?
—Tiene que ver con Grindelwald. ¡Es el símbolo de Grindelwald!
—¿Te refieres al mago tenebroso que fue derrotado por Dumbledore?
—Exacto; ése mismo. —Krum movía la mandíbula como si mascara chicle.
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Añadió—: Grindelwald mató a mucha gente, ¿sabes? A mi abuelo, por ejemplo.
Aunque ya sé que nunca tuvo mucho poder en este país; dicen que le temía a
Dumbledore, y con razón, en vista de cómo terminó. Pero eso… —Apuntó con un
dedo a Xenophilius—. Ése es su símbolo, lo he reconocido al instante. Grindelwald
lo grabó en una pared de Durmstrang cuando estudiaba allí. Algunos idiotas lo
copiaron en sus libros y su ropa; querían impresionar, darse aires… Hasta que un
grupo de los que habíamos perdido a algún familiar a manos de ese individuo les
dimos una lección.
Krum hizo crujir los nudillos amenazadoramente y fulminó con la mirada a
Lovegood. Harry estaba perplejo. Parecía muy improbable que el padre de Luna fuera
partidario de las artes oscuras, y que nadie más de los que se encontraban en la carpa
hubiera reconocido aquella forma triangular que recordaba a una runa.
—¿Estás seguro de que es el símbolo de…?
—No me equivoco —afirmó Krum con frialdad—. Pasé por delante de ese
símbolo muchos años; lo conozco muy bien.
—Bueno, es posible que Xenophilius no conozca su significado —aventuró Harry
—. Los Lovegood son un poco… raros. No me extrañaría que lo hubiera encontrado
por ahí y creyera que se trata del corte transversal de la cabeza de un snorkack de
cuernos arrugados, o vete tú a saber qué.
—¿Un corte transversal de qué?
—Yo no sé qué son, pero, al parecer, él y su hija fueron de vacaciones en busca
de… —Harry reparó en que no estaba trazando un perfil muy positivo de Luna y su
padre—. Mira, es ésa —añadió señalando a la chica, que seguía bailando sola,
agitando los brazos como si intentara ahuyentar moscas.
—¿Por qué hace eso?
—Creo que trata de deshacerse de un torposoplo —contestó Harry que había
reconocido los síntomas.
Krum pareció sospechar que Harry se estaba burlando de él. Entonces sacó su
varita mágica de la túnica y se dio unos golpecitos amenazadores en el muslo; del
extremo de la varita salieron chispas.
—¡Gregorovitch! —exclamó Harry emocionado, y sobresaltó a Viktor. Al ver la
varita de éste se había acordado del momento en que Ollivander la cogió y la
examinó con detenimiento, antes del Torneo de los Tres Magos.
—¿Qué pasa con ese hombre? —preguntó Viktor con recelo.
—¡Es un fabricante de varitas!
—Eso ya lo sé.
—¡Es quien confeccionó la tuya! Por eso pensé… el quidditch…
—¿Cómo sabes que Gregorovitch hizo mi varita? —Cada vez desconfiaba más.
—Pues… creo que lo leí en algún sitio. En… en una revista de tus admiradoras
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—improvisó Harry y Viktor se aplacó un poco.
—No recuerdo haber hablado de eso con mis admiradoras.
—Oye, ¿dónde vive Gregorovitch ahora?
El otro puso cara de desconcierto y replicó:
—Se retiró hace años. Fui de los últimos que le compró una varita. Son las
mejores, aunque ya sé que vosotros los británicos tenéis muy bien considerado a
Ollivander.
Harry no contestó y fingió observar a los bailarines, igual que Krum, aunque en
realidad estaba sumido en sus pensamientos. Conque Voldemort buscaba a un célebre
fabricante de varitas… No tuvo que devanarse mucho los sesos para encontrar la
razón: seguramente se debía al comportamiento de su varita la noche en que
Voldemort lo había perseguido por el cielo. La varita de acebo y pluma de fénix había
vencido a la varita prestada, algo que Ollivander no había previsto ni sabido explicar.
¿Encontraría Gregorovitch otra solución? ¿Sería verdad que era más experto que
Ollivander y conocía secretos sobre las varitas que éste ignoraba?
—Esa chica es muy guapa —comentó Krum, sacando de su ensimismamiento a
Harry. Señalaba a Ginny, que acababa de acercarse a Luna—. ¿También es pariente
tuya?
—Sí —contestó Harry con irritación—. Y sale con un chico. Un tipo muy celoso,
por cierto. Y enorme. No te aconsejo que lo provoques.
Krum soltó un gruñido.
—¿Qué gracia tiene ser un jugador internacional de quidditch —dijo vaciando su
vaso y poniéndose en pie— si todas las chicas guapas ya tienen novio?
Y se alejó a grandes zancadas. Harry cogió un bocadillo de la bandeja de un
camarero que pasaba y bordeó la concurrida pista de baile. Quería encontrar a Ron
para contarle lo de Gregorovitch, pero su amigo estaba bailando con Hermione en el
centro de la pista. Harry se apoyó contra una columna dorada y se dedicó a observar a
Ginny, que bailaba con Lee Jordan, el amigo de George y Fred, tratando de no
arrepentirse de la promesa hecha a Ron.
Era la primera vez que el muchacho iba a una boda, de modo que no podía juzgar
en qué se diferenciaban las celebraciones de los magos de las de los muggles, aunque
estaba convencido de que en las de éstos no había pasteles nupciales coronados con
dos aves fénix en miniatura, que echaban a volar cuando cortaban el pastel, ni
botellas de champán que flotaban entre los invitados sin que nadie las sujetara. A
medida que anochecía y se veían palomillas revoloteando bajo el toldo, iluminado
ahora con flotantes farolillos dorados, el jolgorio se fue descontrolando. Ya hacía rato
que Fred y George habían desaparecido en la oscuridad con un par de primas de
Fleur; por su parte, Charlie, Hagrid y un mago rechoncho que lucía un sombrerito
morado cantaban Odo el héroe en un rincón.
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Harry deambuló entre el gentío para huir de un tío de Ron que estaba borracho y
dudaba si él era su hijo o no, y se fijó en un anciano mago sentado solo a una mesa:
una nube de cabello blanco le confería el aspecto de una flor de diente de león,
mientras que un apolillado fez le coronaba la cabeza. Aquel individuo le resultó
vagamente familiar; se estrujó los sesos y, de pronto, cayó en la cuenta de que era
Elphias Doge, miembro de la Orden del Fénix y autor de la nota necrológica de
Dumbledore.
Harry se acercó a él y le dijo:
—¿Puedo sentarme?
—Por supuesto, muchacho —repuso Doge con su voz aguda y entrecortada.
Una vez se hubo sentado, Harry se inclinó hacia el mago y le susurró:
—Señor Doge, soy Harry Potter.
Doge sofocó un grito y exclamó:
—¡Hijo mío! Arthur me ha dicho que estabas aquí, disfrazado. ¡Cuánto me
alegro! ¡Es un honor! —Entusiasmado, Doge se apresuró a servirle una copa de
champán—. Quería escribirte —añadió en voz baja—. Después de lo de
Dumbledore… ¡Qué conmoción! Y para ti debió de ser… —Los ojillos se le
anegaron en lágrimas.
—Vi la nota necrológica que escribió para El Profeta —repuso Harry—. No sabía
que conociera usted tan bien al profesor Dumbledore.
—Mejor que nadie —replicó Doge enjugándose las lágrimas con una servilleta—.
Al menos, era el que lo conocía desde hacía más tiempo, dejando de lado a Aberforth.
Y, no sé por qué, la gente suele dejar de lado a Aberforth.
—Hablando de El Profeta… No sé si vio usted, señor Doge…
—¡Llámame Elphias, por favor!
—Está bien, Elphias. No sé si leyó usted su entrevista con Rita Skeeter sobre
Dumbledore.
Doge enrojeció de rabia.
—Sí, Harry, la leí. Esa mujer (aunque sería más acertado decir ese buitre) no dejó
de acosarme hasta que accedí a su entrevista. Me avergüenza reconocer que fui muy
grosero con ella; le dije que era una arpía y una entrometida, y, como quizá hayas
comprobado, eso la animó a poner en entredicho mi cordura.
—Ya. En esa entrevista Rita Skeeter insinuaba que, en su juventud, el profesor
Dumbledore anduvo metido en las artes oscuras.
—¡No te creas ni una palabra de esa mujer! ¡Ni una sola, Harry! ¡No permitas que
empañe tu recuerdo de Albus!
El chico observó el serio y afligido semblante del mago y en lugar de
tranquilizarse se sintió frustrado. ¿Acaso aquel hombre creía que eso era tan fácil, que
a él le resultaba sencillo no dar crédito a semejantes acusaciones? ¿Tal vez no
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entendía que él necesitaba estar seguro y saberlo todo?
Doge pareció adivinarle los sentimientos, porque puso cara de preocupación y se
apresuró a añadir:
—Harry, Rita Skeeter es una espantosa…
Pero lo interrumpió una estridente risa:
—¿Has mencionado a Rita Skeeter? ¡Ah, me encanta! ¡Leo todos sus artículos!
Harry y Doge volvieron la cabeza y vieron a tía Muriel plantada ante ellos, con
una copa de champán en la mano y las plumas del sombrero revoloteando.
—¿Sabíais que ha escrito un libro sobre Dumbledore?
—Hola, Muriel —la saludó Doge—. Sí, precisamente estábamos hablando…
—¡Oye, tú! ¡Cédeme tu silla; tengo ciento siete años!
Otro primo pelirrojo de los Weasley se levantó de un brinco de la silla, alarmado;
tía Muriel le dio la vuelta con sorprendente vigor y se sentó en ella, entre Doge y
Harry.
—Hola otra vez, Barry, o comoquiera que te llames —le dijo a Harry—. A ver,
¿qué estabas diciendo de Rita Skeeter, Elphias? ¿Sabes que ha escrito una biografía
de Dumbledore? Estoy impaciente por leerla; a ver si me acuerdo de encargarla en
Flourish y Blotts.
Ante semejante comentario, Doge se puso tenso y muy serio, pero tía Muriel se
limitó a vaciar su copa de un trago y chascó los huesudos dedos para que un camarero
que pasaba le sirviera otra. Bebió un nuevo trago de champán, eructó y dijo:
—¡No hace falta que me miréis como dos ranas disecadas! Antes de que se
convirtiera en una persona tan decente, tan respetada y tal, circulaban ciertos rumores
extraños sobre Albus.
—Chismes no contrastados —aseguró Doge, y volvió a enrojecer como un
tomate.
—No me extraña que digas eso, Elphias —repuso tía Muriel riendo
socarronamente—. Ya vi cómo esquivabas los temas peliagudos en esa nota
necrológica que escribiste.
—Lamento que pienses así —se defendió el mago, todavía con más frialdad—.
Te aseguro que la escribí con el corazón.
—Sí, todos sabemos que lo adorabas. Apuesto a que seguirás pensando que era
un santo, aunque resulte que es verdad que mató a su hermana, la squib.
—¡Muriel! —exclamó Doge.
Un frío que no tenía nada que ver con el champán helado estaba invadiendo el
pecho de Harry.
—¿Qué quiere decir? —le preguntó a Muriel—. ¿Quién opinaba que su hermana
era una squib? Yo creía que estaba enferma.
—Pues andabas equivocado, Barry —afirmó ella, encantada con el efecto logrado
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—. Además, ¿qué vas a saber tú de toda esa historia? Sucedió muchos años antes de
que nacieras, querido, y la verdad es que los que entonces vivíamos nunca llegamos a
averiguar qué pasó en realidad. Por eso estoy deseando saber qué ha descubierto
Skeeter. ¡Dumbledore mantuvo silencio sobre su hermana mucho tiempo!
—¡Falso! —farfulló Doge—. ¡Absolutamente falso!
—Nunca me dijo que su hermana fuera una squib —murmuró Harry sin darse
cuenta; todavía tenía el frío metido en el cuerpo.
—¿Y por qué chantre iba a decírtelo? —chilló Muriel oscilando un poco en la
silla mientras intentaba enfocar a Harry.
—La razón por la que Albus nunca hablaba de Ariana —terció Elphias con voz
emocionada— es, creo yo, evidente: su muerte lo dejó tan destrozado que…
—Pero ¿por qué nadie la vio jamás, Elphias? —le espetó Muriel—. ¿Por qué la
mayoría de nosotros ni siquiera conocía su existencia hasta que sacaron su ataúd de la
casa y celebraron un funeral por ella? ¿Dónde se hallaba el venerable Albus mientras
Ariana se consumía encerrada en ese sótano? ¡Pues estaba luciéndose en Hogwarts, y
nunca le importó lo que sucedía en su propia casa!
—¿Cómo que encerrada en un sótano? —preguntó Harry—. ¿Qué significa todo
esto?
Doge estaba consternado. Tía Muriel volvió a soltar una estridente risotada y
contestó:
—La madre de Dumbledore era una mujer temible, sencillamente temible; hija de
muggles, aunque creo que ella pretendía no serlo…
—¡Nunca pretendió nada parecido! Kendra era una buena mujer —susurró Doge
con tristeza, pero tía Muriel no le hizo caso.
—… orgullosa y muy dominante, la clase de bruja que se habría avergonzado de
haber dado a luz a una squib…
—¡Ariana no era una squib! —resolló Doge.
—Eso lo dices tú, Elphias, pero entonces explícame por qué nunca fue a
Hogwarts. —Y se volvió hacia Harry—: En aquella época, a los squibs se los
escondía. Pero llevar las cosas al extremo de encarcelar a una niñita en casa y hacer
como si no existiera…
—¡Te digo que eso no ocurrió así! —insistió Doge, pero la anciana continuó
como una apisonadora, dirigiéndose a Harry.
—Enviaban a los squibs a colegios de muggles y los animaban a integrarse en su
comunidad. Esa solución era mucho más altruista que intentar buscarles un lugar en
el mundo mágico, donde siempre habrían sido individuos de segunda clase; pero,
como es lógico, Kendra Dumbledore jamás habría enviado a su hija a un colegio de
muggles…
—¡Ariana estaba delicada! —la interrumpió Doge a la desesperada—. Su mala
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salud nunca le permitió…
—¿Nunca le permitió salir de casa? —soltó Muriel con sorna—. Sin embargo,
nunca la llevaron a San Mungo, ni le pidieron a ningún sanador que la visitara.
—¿Cómo puedes saber tú, Muriel, si…?
—Por si no lo sabías, Elphias, mi primo Lancelot era sanador de San Mungo en
esa época, y le dijo a mi familia (en la más estricta confidencialidad) que nunca
habían visto a Ariana por allí. ¡Lancelot consideraba que todo era muy, pero que muy
sospechoso!
Doge estaba al borde del llanto. Tía Muriel, que por lo visto estaba disfrutando de
lo lindo, chasqueó otra vez los (ledos para que le sirvieran más champán. Mientras
escuchaba como atontado, Harry pensó en los Dursley, que lo habían recluido,
encerrado y mantenido en secreto por el único delito de ser mago. ¿Había sufrido la
hermana de Dumbledore el mismo destino pero al revés: la habían encerrado por no
ser capaz de hacer magia? ¿Y de verdad la había abandonado Dumbledore a su suerte
mientras él se iba a Hogwarts para demostrar lo brillante y genial que era?
—Mira, si Kendra no hubiera muerto primero —continuó Muriel—, habría
pensado que fue ella la que acabó con Ariana…
—¿Cómo puedes decir eso, Muriel? —gimió Doge—. ¿Cómo puedes acusar a
una madre de matar a su propia hija? ¡Piensa en lo que estás diciendo!
—Si la madre en cuestión fue capaz de encarcelar a su hija años y años, ¿por qué
no? —aventuró encogiéndose de hombros—. Pero, como digo, eso no puede ser,
porque Kendra murió antes que Ariana. De qué, nunca se supo, por cierto…
—¡Ah, la mató Ariana, sin duda! —se burló Doge con valentía—. ¿Por qué no?
—Sí, es posible que Ariana, desesperada, decidiera escapar y matara a Kendra en
el intento —musitó la anciana, pensativa—. ¡Niégalo cuanto quieras, Elphias! Tú
estuviste en el funeral de Ariana, ¿verdad?
—Sí, estuve allí —confirmó Doge con labios temblorosos—. Y no recuerdo otra
ocasión más triste. Albus tenía el corazón destrozado.
—Mmm… No sólo el corazón. ¿Aberforth no le rompió la nariz en plena
ceremonia?
Hasta ese momento, la expresión de Doge había sido de consternación, pero de
pronto reflejó verdadero horror, como si Muriel lo hubiera apuñalado. La bruja soltó
una risa socarrona y bebió otro sorbo de champán, que le chorreó por la barbilla.
—¿Cómo te atreves…? —dijo Doge con voz ronca.
—Mi madre era amiga de Bathilda Bagshot —explicó tía Muriel alegremente—,
y ésta se lo contó todo mientras yo escuchaba detrás de la puerta. ¡Una pelea al borde
mismo de la tumba! Según Bathilda, Aberforth acusó a Albus de ser el culpable de la
muerte de Ariana, y le dio un puñetazo en la cara. Y también según Bathilda,
Dumbledore ni siquiera se defendió, lo cual me extraña mucho, porque habría podido
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matar a su hermano en un duelo aunque hubiera tenido las manos atadas a la espalda.
Muriel siguió bebiendo champán. Daba la impresión de que ir desgranando esos
viejos escándalos le divertía en la misma medida en que horrorizaba a Doge. Harry
no sabía qué pensar ni qué creer; quería conocer la verdad, pero Doge se limitaba a
permanecer allí sentado y gimotear que Ariana estaba enferma. El chico se resistía a
admitir que Dumbledore no interviniera si semejante crueldad hubiera estado
cometiéndose en su propia casa, pero, aun así, no cabía duda de que en esa historia
había algo extraño.
—Y te diré otra cosa —prosiguió Muriel, hipando un poco al dejar la copa en la
mesa—: creo que Bathilda le descubrió el pastel a Rita Skeeter, porque todas las
insinuaciones de ésta en la entrevista acerca de una fuente de información importante
y próxima a los Dumbledore… ¡Precisamente Bathilda estuvo allí mientras ocurría
todo eso, así que no me extrañaría!
—¡Bathilda jamás hablaría con Rita Skeeter! —susurró Doge.
—¿Os referís a Bathilda Bagshot, la autora de Historia de la magia? —preguntó
Harry. Ese nombre aparecía en la tapa de uno de sus libros de texto, aunque es verdad
que no le había prestado demasiada atención.
—En efecto, muchacho —afirmó Doge aferrándose a su pregunta como a un
clavo ardiendo—. Una historiadora de la magia de gran talento y vieja amiga de
Albus.
—He oído decir que ya chochea —aseguró tía Muriel con desparpajo.
—¡Si así fuera, sería todavía más deshonroso por parte de Skeeter haberse
aprovechado de ella, y no se podría confiar en nada de lo que hubiera dicho la pobre
mujer!
—Bueno, existen maneras de rescatar los recuerdos, y estoy segura de que Rita
Skeeter las conoce todas. Pero, aunque Bathilda esté chalada del todo, también estoy
segura de que todavía conserva fotografías, quizá incluso cartas. Conocía bien a los
Dumbledore. Yo diría que valía la pena hacer el viaje hasta Godric's Hollow.
Harry, que estaba bebiendo un sorbo de cerveza de mantequilla, se atragantó.
Doge le dio unas palmadas en la espalda mientras el chico tosía, mirando a tía Muriel
con ojos llorosos. Cuando recuperó la voz, preguntó:
—¿Bathilda Bagshot vive en Godric's Hollow?
—¡Sí, claro! ¡Lleva allí una eternidad! Los Dumbledore se fueron a vivir a ese
lugar cuando encarcelaron a Percival, y ella era su vecina.
—¿Los Dumbledore vivían en Godric's Hollow?
—Sí, Barry, eso es lo que acabo de decir —remachó tía Muriel con impaciencia.
Harry se sentía vacío. En seis años, Dumbledore no le había dicho ni una sola vez
que ambos habían vivido y perdido a sus seres queridos en Godric's Hollow. ¿Por
qué? ¿Estarían los padres de Harry enterrados cerca de la madre y la hermana del
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anciano profesor? ¿Habría visitado éste las tumbas de su familia, y pasado quizá al
lado de las de Lily y James? Sea como fuere, jamás se lo había mencionado a Harry,
jamás se había molestado en decírselo.
Y aunque el muchacho no habría sabido explicar —ni siquiera a sí mismo— por
qué dichas cuestiones eran tan importantes, tenía la impresión de que el hecho de no
haberle revelado que ese lugar y esas experiencias les eran comunes equivalía a una
mentira.
Así pues, se quedó sentado con la vista al frente. No se dio cuenta de que
Hermione había abandonado la pista hasta que arrastró una silla y se sentó a su lado.
—No puedo seguir bailando ni un minuto más —resopló, y se quitó un zapato
para frotarse la planta del pie—. Ron ha ido a buscar más cervezas de mantequilla.
Uy, qué raro; acabo de ver a Viktor darle la espalda bruscamente al padre de Luna,
como si hubieran estado discutiendo. —Bajó la voz y, mirándolo a los ojos, preguntó
—: ¿Te encuentras bien, Harry?
Él no sabía por dónde empezar a explicarle las novedades, pero no importó
porque en ese momento una figura enorme y plateada descendió desde el toldo hasta
la pista de baile. Grácil y brillante, el lince se posó con suavidad en medio de un
corro de asombrados bailarines. Todos los invitados se giraron para mirarlo y los que
se hallaban más cerca se quedaron petrificados en posturas absurdas. Entonces el
patronus abrió sus fauces y habló con la fuerte, grave y pausada voz de Kingsley
Shacklebolt:
—El ministerio ha caído. Scrimgeour ha muerto. Vienen hacia aquí.
La boda
A las tres en punto de la tarde del día siguiente, Harry, Ron, Fred y George se
plantaron frente a la gran carpa blanca, montada en el huerto de árboles frutales,
esperando a que llegaran los invitados de la boda. Harry se había tomado una
abundante dosis de poción multijugos y convertido en el doble de un muggle pelirrojo
del pueblo más cercano, Ottery St. Catchpole, a quien Fred le había arrancado unos
pelos utilizando un encantamiento convocador. El plan consistía en presentar a Harry
como «el primo Barny» y confiar en que los numerosos parientes de la familia
Weasley lo camuflaran.
Los cuatro chicos tenían en la mano un plano de la disposición de los asientos,
para ayudar a los invitados a encontrar su sitio. Hacía una hora que había llegado una
cuadrilla de camareros, ataviados con túnicas blancas, y una orquesta cuyos
miembros vestían chaquetas doradas; y ahora todos esos magos se hallaban sentados
bajo un árbol cercano, envueltos en una nube azulada de humo de pipa.
Desde la entrada de la carpa se veían en su interior hileras e hileras de frágiles
sillas, asimismo doradas, colocadas a ambos lados de una larga alfombra morada; y
los postes que sostenían la carpa estaban adornados con flores blancas y doradas.
Fred y George habían atado un enorme ramo de globos (cómo no, dorados) sobre el
punto exacto donde Bill y Fleur se convertirían en marido y mujer. En el exterior, las
mariposas y abejas revoloteaban perezosamente sobre la hierba y el seto. Como hacía
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un radiante día estival, Harry se sentía muy incómodo, pues la túnica de gala que
llevaba puesta le apretaba y le daba calor; el chico muggle cuyo aspecto había
adoptado estaba un poco más gordo que él…
—Cuando yo me case —dijo Fred tirando del cuello de su túnica—, no armaré
tanto jaleo. Podréis vestiros como os apetezca, y le haré una maldición de
inmovilidad total a nuestra madre hasta que haya terminado todo.
—Esta mañana no se ha portado demasiado mal, a fin de cuentas —la defendió
George—. Ha llorado un poco por la ausencia de Percy, pero, bah, ¿para qué lo
necesitamos? ¡Vaya, preparaos! ¡Ya vienen!
Unos personajes vestidos con llamativas ropas multicolores iban apareciendo, uno
a uno, por el fondo del patio. Pasados unos minutos, ya se había formado una
procesión que serpenteó por el jardín en dirección a la carpa. En los sombreros de las
brujas revoloteaban flores exóticas y pájaros embrujados, mientras que preciosas
gemas destellaban en las corbatas de muchos magos. A medida que se aproximaban,
el murmullo de voces emocionadas fue intensificándose, hasta ahogar el zumbido de
las abejas.
—Estupendo; me ha parecido ver algunas primas veelas —comentó George
estirando el cuello para ver mejor—. Necesitarán ayuda para entender nuestras
costumbres inglesas; yo me ocuparé de ellas.
—No corras tanto, Desorejado —replicó Fred y, pasando rápidamente junto al
grupo de brujas de mediana edad que encabezaban la procesión, indicó a un par de
guapas francesas—: Por aquí… Permettez-moi assister vous. —Las chicas rieron y se
dejaron acompañar al interior de la carpa.
George se quedó atendiendo, pues, a las brujas de mediana edad, y Ron se
encargó de Perkins, el antiguo colega del ministerio del señor Weasley, mientras que
a Harry le tocó una pareja de ancianos bastante sordos.
—Eh, ¿qué hay? —dijo una voz conocida cuando Harry volvió a salir de la carpa:
Lupin y Tonks, que se había teñido de rubio para la ocasión, presidían la cola—.
Arthur nos ha chivado que eras el del pelo rizado. Perdona lo de anoche —añadió la
bruja en voz baja cuando Harry enfiló con ellos el pasillo—. Últimamente, el
ministerio no se muestra muy amable con los hombres lobo, y creímos que nuestra
presencia no te beneficiaría.
—No os preocupéis, ya me hago cargo —repuso Harry dirigiéndose más a Remus
que a Tonks.
Lupin compuso una sonrisa fugaz, pero cuando Harry se separó de ellos, vio que
el semblante se le ensombrecía de nuevo. No comprendía qué le pasaba a Lupin, pero
no era momento para ahondar en el asunto, pues Hagrid estaba provocando un buen
alboroto: el guardabosques había entendido mal las indicaciones de Fred, y en lugar
de instalarse en el asiento reforzado y agrandado mediante magia que le habían
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preparado en la última fila, se había sentado en cinco sillas normales que se habían
convertido en un gran montón de palillos dorados.
Mientras el señor Weasley trataba de arreglar el estropicio y Hagrid se disculpaba
a gritos con todo el mundo, Harry regresó a toda prisa a la entrada y encontró a Ron
hablando con un mago de aspecto sumamente excéntrico: un poco bizco, de pelo
cano, largo hasta los hombros y de una textura semejante al algodón de azúcar,
llevaba un birrete cuya borla le colgaba delante de la nariz y una túnica de un
amarillo que hería la vista; de la cadena que le colgaba del cuello pendía un extraño
colgante que simbolizaba una especie de ojo triangular.
—Xenophilius Lovegood —se presentó tendiéndole la mano a Harry—; mi hija y
yo vivimos al otro lado de esa colina. Los Weasley han sido muy amables
invitándonos. Así, ¿dices que conoces a mi hija Luna? —preguntó a Ron.
—En efecto. ¿No ha venido con usted?
—Sí, sí, pero se ha entretenido en ese precioso jardincillo saludando a los
gnomos. ¡Qué maravillosa plaga! Muy pocos magos se dan cuenta de lo mucho que
podemos aprender de esas sabias criaturas, cuyo nombre correcto, por cierto, es
Gernumbli gardensi.
—Los nuestros saben unas palabrotas excelentes —comentó Ron—, pero creo
que se las han enseñado Fred y George. —A continuación acompañó a un grupo de
magos a la carpa, y en ese momento llegó Luna.
—¡Hola, Harry! —saludó.
—Me llamo Barny —repuso el muchacho, desconcertado.
—Ah, ¿también te has cambiado el nombre? —preguntó ella alegremente.
—¿Cómo has sabido…?
—Bueno, por tu expresión.
Luna llevaba una túnica igual que la de su padre y, como complemento, un gran
girasol en el pelo. Cuando uno lograba acostumbrarse al resplandor de su atuendo, el
efecto general resultaba agradable; al menos no llevaba rábanos colgando de las
orejas…
Xenophilius, enfrascado en una conversación con un conocido suyo, no oyó el
diálogo entre Luna y Harry; poco después se despidió de su amigo y se volvió hacia
su hija, que levantó un dedo y dijo:
—¡Mira, papá! ¡Uno de esos gnomos me ha mordido y todo!
—¡Qué maravilla! ¡La saliva de gnomo es sumamente beneficiosa, hija mía! —
exclamó el señor Lovegood, cogiendo el dedo que Luna le mostraba, y examinó los
pinchazos sangrantes—. Luna, querida, si hoy sintieras nacer en ti algún talento
(quizá un irresistible impulso de cantar ópera o declamar en sirenio), ¡no lo reprimas!
¡Es posible que los Gernumblis te hayan obsequiado con un don!
En ese momento Ron pasaba por su lado en la dirección opuesta, y soltó una
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risotada.
—Ron quizá lo encuentre gracioso —comentó Luna con serenidad, mientras
Harry los acompañaba hasta sus asientos—, pero mi padre lleva años estudiando la
magia de los Gernumblis.
—¿En serio? —Hacía mucho tiempo que había decidido no contradecir las
peculiares opiniones de Luna y su progenitor—. Oye, ¿seguro que no quieres ponerte
algo en esa mordedura?
—No, no es nada, de verdad —repuso ella chupándose el dedo con aire soñador y
mirando a Harry de arriba abajo—. ¡Estás muy elegante! Ya le advertí a papá que la
mayoría de la gente vestiría túnica de gala, pero él cree que a las bodas hay que ir
vestido de los colores del sol. Ya sabes, da buena suerte.
Luna fue a sentarse con su padre, y entonces reapareció Ron con una bruja muy
anciana cogida de su brazo. La picuda nariz, los párpados de bordes rojizos y el
sombrero rosa con plumas le conferían el aspecto de un flamenco enojado.
—…y tienes el pelo demasiado largo, Ronald; al principio te he confundido con
Ginevra. ¡Por las barbas de Merlín! ¿Cómo se ha vestido Xenophilius Lovegood?
Parece una tortilla. ¿Y tú quién eres? —le espetó a Harry.
—¡Ah, sí! Tía Muriel, te presento a nuestro primo Barny.
—¿Otro Weasley? Vaya, os reproducís como gnomos. ¿Y Harry Potter? ¿No ha
venido? Esperaba conocerlo. Creía que era amigo tuyo, Ronald. ¿O sólo alardeabas?
—No, es que… no ha podido venir.
—Mmm. Habrá dado alguna excusa, ¿no? Eso significa que no es tan idiota como
aparenta en las fotografías de los periódicos. ¡He estado enseñándole a la novia cómo
tiene que llevar mi diadema! —le gritó a Harry—. Es una pieza de artesanía de los
duendes, ¿sabes?, y pertenece a mi familia desde hace siglos. Esa chica es muy mona
pero… francesa. Bueno, búscame un buen asiento, Ronald; tengo ciento siete años y
no me conviene estar mucho rato de pie.
Ron le lanzó una elocuente mirada a Harry al pasar junto a él, y tardó un rato en
reaparecer. Cuando los dos amigos volvieron a coincidir en la entrada de la carpa,
Harry ya había ayudado a buscar su asiento a una docena de invitados más. La carpa
estaba casi llena, y por primera vez no había cola fuera.
—Tía Muriel es una pesadilla —se quejó Ron enjugándose la frente con la manga
—. Antes venía todos los años por Navidad, pero afortunadamente se ofendió porque
Fred y George le pusieron una bomba fétida en la silla nada más sentarnos a cenar.
Mi padre siempre dice que debe de haberlos desheredado. ¡Como si a ellos les
importara eso! Al ritmo que van, se harán más ricos que cualquier otro miembro de la
familia… ¡Atiza! —Parpadeó al ver a Hermione, que corría hacia ellos—. ¡Estás
espectacular!
—Siempre ese tonito de sorpresa —se quejó Hermione, pero sonrió. Lucía un
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vaporoso vestido de color lila con zapatos de tacón a juego, y el cabello liso y
reluciente—. Pues tu tía abuela Muriel no opina como tú. Me la he encontrado en la
casa cuando fue a darle la diadema a Fleur, y ha dicho: «¡Cielos! ¿Ésta es la hija de
muggles?», y añadió que tengo «mala postura y los tobillos flacuchos».
—No te lo tomes como algo personal. Es grosera con todo el mundo —dijo Ron.
—¿Estáis hablando de Muriel? —preguntó George, que en ese momento salía con
Fred de la carpa—. A mí acaba de decirme que tengo las orejas asimétricas. ¡Menuda
arpía! Ojalá viviera todavía el viejo tío Bilius; te tronchabas con él en las bodas.
—¿No fue vuestro tío Bilius el que vio un Grim y murió veinticuatro horas más
tarde? —preguntó Hermione.
—Bueno, sí. Al final de su vida se volvió un poco raro —concedió George.
—Pero antes de que se le fuera la olla siempre era el alma de las fiestas —
observó Fred—. Se bebía de un trago una botella entera de whisky de fuego, iba
corriendo a la pista de baile, se recogía la túnica y se sacaba ramilletes de flores del…
—Sí, por lo que dices debió de ser un verdadero encanto —ironizó Hermione
mientras Harry reía a carcajadas.
—Nunca se casó, no sé por qué —añadió Ron.
—Eres increíble —comentó Hermione.
Todos reían y ninguno se fijó en el invitado que acababa de llegar, un joven
moreno de gran nariz curvada y pobladas cejas negras, hasta que entregó su
invitación a Ron y dijo mirando a Hermione:
—Estás preciosa.
—¡Viktor! —exclamó ella, y soltó su bolsito bordado con cuentas, que al caer al
suelo dio un fuerte golpe, desproporcionado para su tamaño. Se agachó ruborizada
para recogerlo y balbuceó—: No sabía que… Vaya, me alegro de verte. ¿Cómo estás?
A Ron se le habían puesto coloradas las orejas. Tras leer la invitación de Krum
como si no creyera ni una sola palabra de lo que ponía, preguntó con voz demasiado
alta:
—¿Cómo es que has venido?
—Me ha invitado Fleur —respondió Krum arqueando las cejas.
Harry, que no le guardaba ningún rencor, le estrechó la mano; luego, creyendo
que sería prudente apartarlo de Ron, se ofreció para indicarle cuál era su asiento.
—Tu amigo no se ha alegrado mucho de verme —comentó Viktor cuando entró
con Harry en la carpa, ya abarrotada—. ¿O sois parientes? —preguntó fijándose en el
cabello rojizo y rizado de Harry.
—Somos primos —masculló Harry, pero Krum ya no le prestaba atención. Su
aparición estaba causando un gran revuelo, sobre todo entre las primas veelas; al fin y
al cabo, era un famoso jugador de quidditch.
Mientras la gente todavía estiraba el cuello para verlo mejor, Ron. Hermione,
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Fred y George avanzaron apresuradamente por el pasillo.
—Tenemos que sentarnos —le dijo Fred a Harry—, o nos atropellará la novia.
Harry, Ron y Hermione ocuparon sus asientos en la segunda fila, detrás de Fred y
George. Hermione tenía las mejillas sonrosadas, y Ron, las orejas escarlatas. Pasados
unos momentos, éste le murmuró a Harry:
—¿Has visto qué barbita tan ridícula se ha dejado?
Harry emitió un gruñido evasivo.
En la carpa, muy caldeada, reinaba una atmósfera de expectación y de vez en
cuando una risotada nerviosa rompía el murmullo general. Los Weasley aparecieron
por el pasillo, desfilando sonrientes y saludando con la mano a sus parientes; Molly
llevaba una túnica nueva de color amatista con el sombrero a juego.
Unos instantes después, Bill y Charlie se pusieron en pie en la parte delantera de
la carpa; ambos vestían túnicas de gala, con sendas rosas blancas en el ojal; Fred
soltó un silbido de admiración y se oyeron unas risitas ahogadas de las primas veelas.
Entonces sonó una música que al parecer salía de los globos dorados, y todos
callaron.
—¡Ooooh! —exclamó Hermione al volverse en el asiento para mirar hacia la
entrada.
Los magos y las brujas emitieron un gran suspiro colectivo cuando monsieur
Delacour y su hija enfilaron el pasillo; ella caminaba como si se deslizara y él iba
brincando, muy sonriente. Fleur llevaba un sencillo vestido blanco que irradiaba un
resplandor plateado. Normalmente, su hermosura eclipsaba a cuantos la rodeaban,
pero ese día, en cambio, su belleza contagiaba. Ginny y Gabrielle, ataviadas con
sendos vestidos dorados, parecían incluso más hermosas de lo habitual, y cuando
Fleur llegó junto a Bill, dejó de parecer que en el pasado éste se las hubiera visto con
Fenrir Greyback.
—Damas y caballeros… —dijo una voz cantarina, y Harry se llevó una ligera
impresión al ver al mismo mago bajito y de cabello ralo que había presidido el
funeral de Dumbledore, de pie frente a Bill y Fleur—. Hoy nos hemos reunido para
celebrar la unión de dos almas nobles…
—Sí, mi diadema le da realce a la escena —observó tía Muriel con un susurro que
se oyó perfectamente—. Sin embargo, he de decir que el vestido de Ginevra es
demasiado escotado.
Ginny volvió la cabeza, sonriente, le guiñó un ojo a Harry y volvió a mirar al
frente. Él se sintió transportado hasta aquellas tardes vividas con Ginny en rincones
solitarios de los jardines del colegio, que se le antojaban muy lejanas; siempre le
habían parecido demasiado maravillosas para ser ciertas, como si hubiera estado
robándole horas de una felicidad insólita a la vida de una persona normal, una
persona sin una cicatriz con forma de rayo en la frente…
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—William Arthur, ¿aceptas a Fleur Isabelle…?
En la primera fila, la señora Weasley y madame Delacour sollozaban en silencio y
se enjugaban las lágrimas con pañuelos de encaje. Unos trompetazos provenientes del
fondo de la carpa hicieron comprender a todos que Hagrid había utilizado también
uno de sus pañuelos tamaño mantel. Hermione se giró y, sonriendo, miró a Harry; ella
también tenía lágrimas en los ojos.
—… Así pues, os declaro unidos de por vida.
El mago del cabello ralo alzó la varita por encima de las cabezas de los novios y,
acto seguido, una lluvia de estrellas plateadas descendió sobre ellos trazando una
espiral alrededor de sus entrelazadas figuras. Fred y George empezaron a aplaudir y,
entonces, los globos dorados explotaron, dejando escapar aves del paraíso y
diminutas campanillas doradas que, volando y flotando, añadieron sus cantos y
repiques respectivos al barullo. A continuación, el mago dijo:
—¡Damas y caballeros, pónganse en pie, por favor!
Todos obedecieron, aunque tía Muriel rezongó sin miramientos. Entonces el
hombrecillo agitó su varita mágica: los asientos de los invitados ascendieron con
suavidad al mismo tiempo que se desvanecían las paredes de la carpa. De pronto se
hallaron bajo un toldo sostenido por postes dorados, gozando de una espléndida vista
del patio de árboles frutales y los campos bañados por el sol. Luego, un charco de oro
fundido se extendió desde el centro de la carpa y formó una brillante pista de baile;
las sillas, suspendidas en el aire, se agruparon alrededor de unas mesitas con manteles
blancos y, con la misma suavidad con que habían subido, descendieron hasta el suelo,
mientras los músicos de las chaquetas doradas se aproximaban a una tarima.
—¡Qué pasada! —dijo Ron, admirado.
Entonces aparecieron camareros por todas partes; algunos llevaban bandejas de
plata con zumo de calabaza, cerveza de mantequilla y whisky de fuego; y otros,
tambaleantes montañas de tartas y bocadillos.
—¡Tenemos que ir a felicitarlos! —dijo Hermione poniéndose de puntillas para
ver a Bill y Fleur, que habían desaparecido en medio de una multitud de invitados que
se habían acercado a darles la enhorabuena.
—Ya habrá tiempo para eso —replicó Ron y cogió tres vasos de cerveza de
mantequilla de la bandeja de un camarero que pasaba cerca; le dio uno a Harry—.
Coge esto, Hermione. Vamos a buscar una mesa. ¡No, ahí no! ¡Lo más lejos posible
de tía Muriel!
Ron guió a sus amigos por la vacía pista de baile, sin dejar de mirar a derecha e
izquierda, y Harry tuvo la seguridad de que vigilaba por si veía a Krum. Cuando
consiguieron llegar al otro extremo de la carpa, casi todas las mesas estaban llenas; la
más vacía era la que ocupaba Luna, sola.
—¿Te importa que nos sentemos contigo? —le preguntó Ron.
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—No, qué va. Mi padre ha ido a darles su regalo a los novios.
—¿Qué es? ¿Una provisión inagotable de gurdirraíces? —quiso saber Ron.
Hermione le lanzó un puntapié por debajo de la mesa, pero no le dio a Ron sino a
Harry, quien, lagrimeando de dolor, perdió momentáneamente el hilo de la
conversación.
La orquesta había atacado un vals. Los novios fueron los primeros en dirigirse a
la pista de baile, secundados por un fuerte aplauso. Al cabo de un rato, el señor
Weasley guió hasta allí a madame Delacour, y los siguieron la señora Weasley y el
padre de Fleur.
—Me gusta esa canción —comentó Luna meciéndose, y segundos más tarde se
levantó y fue a la pista de baile, donde se puso a evolucionar con los ojos cerrados y
agitando los brazos al compás de la música.
—¿Verdad que esa chica es genial? —comentó Ron sonriendo con admiración—.
Siempre tan lanzada.
Pero la sonrisa se le borró rápidamente, porque Viktor Krum acababa de sentarse
en la silla de Luna. Hermione se aturulló un poco, aunque esta vez Krum no había ido
a dedicarle halagos. Con el entrecejo fruncido, el muchacho preguntó:
—¿Quién es ese hombre que va de amarillo chillón?
—Xenophilius Lovegood, el padre de una amiga nuestra —contestó Ron con tono
cortante, indicando que no estaban dispuestos a burlarse del personaje, pese a la clara
incitación de Krum—. Vamos a bailar —le dijo con brusquedad a Hermione.
Ella se sorprendió, pero asintió complacida y se levantó. La pareja no tardó en
perderse de vista en la abarrotada pista de baile.
—¿Salen juntos? —preguntó Krum.
—Pues… más o menos —respondió Harry.
—¿Quién eres tú?
—Barny Weasley.
Se estrecharon la mano.
—Oye, Barny, ¿conoces bien a ese tal Lovegood?
—No, acabo de conocerlo. ¿Por qué?
Krum miró por encima de su vaso a Xenophilius, que charlaba con unos magos al
otro lado de la pista.
—Porque, si no me hubiera invitado Fleur, lo retaría a duelo ahora mismo por
llevar ese repugnante símbolo colgado del cuello.
—¿Repugnante símbolo? —se extrañó Harry mirando también a Lovegood.
Aquel extraño ojo triangular le brillaba sobre el pecho—. ¿Por qué? ¿Qué significa?
—Tiene que ver con Grindelwald. ¡Es el símbolo de Grindelwald!
—¿Te refieres al mago tenebroso que fue derrotado por Dumbledore?
—Exacto; ése mismo. —Krum movía la mandíbula como si mascara chicle.
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Añadió—: Grindelwald mató a mucha gente, ¿sabes? A mi abuelo, por ejemplo.
Aunque ya sé que nunca tuvo mucho poder en este país; dicen que le temía a
Dumbledore, y con razón, en vista de cómo terminó. Pero eso… —Apuntó con un
dedo a Xenophilius—. Ése es su símbolo, lo he reconocido al instante. Grindelwald
lo grabó en una pared de Durmstrang cuando estudiaba allí. Algunos idiotas lo
copiaron en sus libros y su ropa; querían impresionar, darse aires… Hasta que un
grupo de los que habíamos perdido a algún familiar a manos de ese individuo les
dimos una lección.
Krum hizo crujir los nudillos amenazadoramente y fulminó con la mirada a
Lovegood. Harry estaba perplejo. Parecía muy improbable que el padre de Luna fuera
partidario de las artes oscuras, y que nadie más de los que se encontraban en la carpa
hubiera reconocido aquella forma triangular que recordaba a una runa.
—¿Estás seguro de que es el símbolo de…?
—No me equivoco —afirmó Krum con frialdad—. Pasé por delante de ese
símbolo muchos años; lo conozco muy bien.
—Bueno, es posible que Xenophilius no conozca su significado —aventuró Harry
—. Los Lovegood son un poco… raros. No me extrañaría que lo hubiera encontrado
por ahí y creyera que se trata del corte transversal de la cabeza de un snorkack de
cuernos arrugados, o vete tú a saber qué.
—¿Un corte transversal de qué?
—Yo no sé qué son, pero, al parecer, él y su hija fueron de vacaciones en busca
de… —Harry reparó en que no estaba trazando un perfil muy positivo de Luna y su
padre—. Mira, es ésa —añadió señalando a la chica, que seguía bailando sola,
agitando los brazos como si intentara ahuyentar moscas.
—¿Por qué hace eso?
—Creo que trata de deshacerse de un torposoplo —contestó Harry que había
reconocido los síntomas.
Krum pareció sospechar que Harry se estaba burlando de él. Entonces sacó su
varita mágica de la túnica y se dio unos golpecitos amenazadores en el muslo; del
extremo de la varita salieron chispas.
—¡Gregorovitch! —exclamó Harry emocionado, y sobresaltó a Viktor. Al ver la
varita de éste se había acordado del momento en que Ollivander la cogió y la
examinó con detenimiento, antes del Torneo de los Tres Magos.
—¿Qué pasa con ese hombre? —preguntó Viktor con recelo.
—¡Es un fabricante de varitas!
—Eso ya lo sé.
—¡Es quien confeccionó la tuya! Por eso pensé… el quidditch…
—¿Cómo sabes que Gregorovitch hizo mi varita? —Cada vez desconfiaba más.
—Pues… creo que lo leí en algún sitio. En… en una revista de tus admiradoras
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—improvisó Harry y Viktor se aplacó un poco.
—No recuerdo haber hablado de eso con mis admiradoras.
—Oye, ¿dónde vive Gregorovitch ahora?
El otro puso cara de desconcierto y replicó:
—Se retiró hace años. Fui de los últimos que le compró una varita. Son las
mejores, aunque ya sé que vosotros los británicos tenéis muy bien considerado a
Ollivander.
Harry no contestó y fingió observar a los bailarines, igual que Krum, aunque en
realidad estaba sumido en sus pensamientos. Conque Voldemort buscaba a un célebre
fabricante de varitas… No tuvo que devanarse mucho los sesos para encontrar la
razón: seguramente se debía al comportamiento de su varita la noche en que
Voldemort lo había perseguido por el cielo. La varita de acebo y pluma de fénix había
vencido a la varita prestada, algo que Ollivander no había previsto ni sabido explicar.
¿Encontraría Gregorovitch otra solución? ¿Sería verdad que era más experto que
Ollivander y conocía secretos sobre las varitas que éste ignoraba?
—Esa chica es muy guapa —comentó Krum, sacando de su ensimismamiento a
Harry. Señalaba a Ginny, que acababa de acercarse a Luna—. ¿También es pariente
tuya?
—Sí —contestó Harry con irritación—. Y sale con un chico. Un tipo muy celoso,
por cierto. Y enorme. No te aconsejo que lo provoques.
Krum soltó un gruñido.
—¿Qué gracia tiene ser un jugador internacional de quidditch —dijo vaciando su
vaso y poniéndose en pie— si todas las chicas guapas ya tienen novio?
Y se alejó a grandes zancadas. Harry cogió un bocadillo de la bandeja de un
camarero que pasaba y bordeó la concurrida pista de baile. Quería encontrar a Ron
para contarle lo de Gregorovitch, pero su amigo estaba bailando con Hermione en el
centro de la pista. Harry se apoyó contra una columna dorada y se dedicó a observar a
Ginny, que bailaba con Lee Jordan, el amigo de George y Fred, tratando de no
arrepentirse de la promesa hecha a Ron.
Era la primera vez que el muchacho iba a una boda, de modo que no podía juzgar
en qué se diferenciaban las celebraciones de los magos de las de los muggles, aunque
estaba convencido de que en las de éstos no había pasteles nupciales coronados con
dos aves fénix en miniatura, que echaban a volar cuando cortaban el pastel, ni
botellas de champán que flotaban entre los invitados sin que nadie las sujetara. A
medida que anochecía y se veían palomillas revoloteando bajo el toldo, iluminado
ahora con flotantes farolillos dorados, el jolgorio se fue descontrolando. Ya hacía rato
que Fred y George habían desaparecido en la oscuridad con un par de primas de
Fleur; por su parte, Charlie, Hagrid y un mago rechoncho que lucía un sombrerito
morado cantaban Odo el héroe en un rincón.
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Harry deambuló entre el gentío para huir de un tío de Ron que estaba borracho y
dudaba si él era su hijo o no, y se fijó en un anciano mago sentado solo a una mesa:
una nube de cabello blanco le confería el aspecto de una flor de diente de león,
mientras que un apolillado fez le coronaba la cabeza. Aquel individuo le resultó
vagamente familiar; se estrujó los sesos y, de pronto, cayó en la cuenta de que era
Elphias Doge, miembro de la Orden del Fénix y autor de la nota necrológica de
Dumbledore.
Harry se acercó a él y le dijo:
—¿Puedo sentarme?
—Por supuesto, muchacho —repuso Doge con su voz aguda y entrecortada.
Una vez se hubo sentado, Harry se inclinó hacia el mago y le susurró:
—Señor Doge, soy Harry Potter.
Doge sofocó un grito y exclamó:
—¡Hijo mío! Arthur me ha dicho que estabas aquí, disfrazado. ¡Cuánto me
alegro! ¡Es un honor! —Entusiasmado, Doge se apresuró a servirle una copa de
champán—. Quería escribirte —añadió en voz baja—. Después de lo de
Dumbledore… ¡Qué conmoción! Y para ti debió de ser… —Los ojillos se le
anegaron en lágrimas.
—Vi la nota necrológica que escribió para El Profeta —repuso Harry—. No sabía
que conociera usted tan bien al profesor Dumbledore.
—Mejor que nadie —replicó Doge enjugándose las lágrimas con una servilleta—.
Al menos, era el que lo conocía desde hacía más tiempo, dejando de lado a Aberforth.
Y, no sé por qué, la gente suele dejar de lado a Aberforth.
—Hablando de El Profeta… No sé si vio usted, señor Doge…
—¡Llámame Elphias, por favor!
—Está bien, Elphias. No sé si leyó usted su entrevista con Rita Skeeter sobre
Dumbledore.
Doge enrojeció de rabia.
—Sí, Harry, la leí. Esa mujer (aunque sería más acertado decir ese buitre) no dejó
de acosarme hasta que accedí a su entrevista. Me avergüenza reconocer que fui muy
grosero con ella; le dije que era una arpía y una entrometida, y, como quizá hayas
comprobado, eso la animó a poner en entredicho mi cordura.
—Ya. En esa entrevista Rita Skeeter insinuaba que, en su juventud, el profesor
Dumbledore anduvo metido en las artes oscuras.
—¡No te creas ni una palabra de esa mujer! ¡Ni una sola, Harry! ¡No permitas que
empañe tu recuerdo de Albus!
El chico observó el serio y afligido semblante del mago y en lugar de
tranquilizarse se sintió frustrado. ¿Acaso aquel hombre creía que eso era tan fácil, que
a él le resultaba sencillo no dar crédito a semejantes acusaciones? ¿Tal vez no
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entendía que él necesitaba estar seguro y saberlo todo?
Doge pareció adivinarle los sentimientos, porque puso cara de preocupación y se
apresuró a añadir:
—Harry, Rita Skeeter es una espantosa…
Pero lo interrumpió una estridente risa:
—¿Has mencionado a Rita Skeeter? ¡Ah, me encanta! ¡Leo todos sus artículos!
Harry y Doge volvieron la cabeza y vieron a tía Muriel plantada ante ellos, con
una copa de champán en la mano y las plumas del sombrero revoloteando.
—¿Sabíais que ha escrito un libro sobre Dumbledore?
—Hola, Muriel —la saludó Doge—. Sí, precisamente estábamos hablando…
—¡Oye, tú! ¡Cédeme tu silla; tengo ciento siete años!
Otro primo pelirrojo de los Weasley se levantó de un brinco de la silla, alarmado;
tía Muriel le dio la vuelta con sorprendente vigor y se sentó en ella, entre Doge y
Harry.
—Hola otra vez, Barry, o comoquiera que te llames —le dijo a Harry—. A ver,
¿qué estabas diciendo de Rita Skeeter, Elphias? ¿Sabes que ha escrito una biografía
de Dumbledore? Estoy impaciente por leerla; a ver si me acuerdo de encargarla en
Flourish y Blotts.
Ante semejante comentario, Doge se puso tenso y muy serio, pero tía Muriel se
limitó a vaciar su copa de un trago y chascó los huesudos dedos para que un camarero
que pasaba le sirviera otra. Bebió un nuevo trago de champán, eructó y dijo:
—¡No hace falta que me miréis como dos ranas disecadas! Antes de que se
convirtiera en una persona tan decente, tan respetada y tal, circulaban ciertos rumores
extraños sobre Albus.
—Chismes no contrastados —aseguró Doge, y volvió a enrojecer como un
tomate.
—No me extraña que digas eso, Elphias —repuso tía Muriel riendo
socarronamente—. Ya vi cómo esquivabas los temas peliagudos en esa nota
necrológica que escribiste.
—Lamento que pienses así —se defendió el mago, todavía con más frialdad—.
Te aseguro que la escribí con el corazón.
—Sí, todos sabemos que lo adorabas. Apuesto a que seguirás pensando que era
un santo, aunque resulte que es verdad que mató a su hermana, la squib.
—¡Muriel! —exclamó Doge.
Un frío que no tenía nada que ver con el champán helado estaba invadiendo el
pecho de Harry.
—¿Qué quiere decir? —le preguntó a Muriel—. ¿Quién opinaba que su hermana
era una squib? Yo creía que estaba enferma.
—Pues andabas equivocado, Barry —afirmó ella, encantada con el efecto logrado
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—. Además, ¿qué vas a saber tú de toda esa historia? Sucedió muchos años antes de
que nacieras, querido, y la verdad es que los que entonces vivíamos nunca llegamos a
averiguar qué pasó en realidad. Por eso estoy deseando saber qué ha descubierto
Skeeter. ¡Dumbledore mantuvo silencio sobre su hermana mucho tiempo!
—¡Falso! —farfulló Doge—. ¡Absolutamente falso!
—Nunca me dijo que su hermana fuera una squib —murmuró Harry sin darse
cuenta; todavía tenía el frío metido en el cuerpo.
—¿Y por qué chantre iba a decírtelo? —chilló Muriel oscilando un poco en la
silla mientras intentaba enfocar a Harry.
—La razón por la que Albus nunca hablaba de Ariana —terció Elphias con voz
emocionada— es, creo yo, evidente: su muerte lo dejó tan destrozado que…
—Pero ¿por qué nadie la vio jamás, Elphias? —le espetó Muriel—. ¿Por qué la
mayoría de nosotros ni siquiera conocía su existencia hasta que sacaron su ataúd de la
casa y celebraron un funeral por ella? ¿Dónde se hallaba el venerable Albus mientras
Ariana se consumía encerrada en ese sótano? ¡Pues estaba luciéndose en Hogwarts, y
nunca le importó lo que sucedía en su propia casa!
—¿Cómo que encerrada en un sótano? —preguntó Harry—. ¿Qué significa todo
esto?
Doge estaba consternado. Tía Muriel volvió a soltar una estridente risotada y
contestó:
—La madre de Dumbledore era una mujer temible, sencillamente temible; hija de
muggles, aunque creo que ella pretendía no serlo…
—¡Nunca pretendió nada parecido! Kendra era una buena mujer —susurró Doge
con tristeza, pero tía Muriel no le hizo caso.
—… orgullosa y muy dominante, la clase de bruja que se habría avergonzado de
haber dado a luz a una squib…
—¡Ariana no era una squib! —resolló Doge.
—Eso lo dices tú, Elphias, pero entonces explícame por qué nunca fue a
Hogwarts. —Y se volvió hacia Harry—: En aquella época, a los squibs se los
escondía. Pero llevar las cosas al extremo de encarcelar a una niñita en casa y hacer
como si no existiera…
—¡Te digo que eso no ocurrió así! —insistió Doge, pero la anciana continuó
como una apisonadora, dirigiéndose a Harry.
—Enviaban a los squibs a colegios de muggles y los animaban a integrarse en su
comunidad. Esa solución era mucho más altruista que intentar buscarles un lugar en
el mundo mágico, donde siempre habrían sido individuos de segunda clase; pero,
como es lógico, Kendra Dumbledore jamás habría enviado a su hija a un colegio de
muggles…
—¡Ariana estaba delicada! —la interrumpió Doge a la desesperada—. Su mala
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salud nunca le permitió…
—¿Nunca le permitió salir de casa? —soltó Muriel con sorna—. Sin embargo,
nunca la llevaron a San Mungo, ni le pidieron a ningún sanador que la visitara.
—¿Cómo puedes saber tú, Muriel, si…?
—Por si no lo sabías, Elphias, mi primo Lancelot era sanador de San Mungo en
esa época, y le dijo a mi familia (en la más estricta confidencialidad) que nunca
habían visto a Ariana por allí. ¡Lancelot consideraba que todo era muy, pero que muy
sospechoso!
Doge estaba al borde del llanto. Tía Muriel, que por lo visto estaba disfrutando de
lo lindo, chasqueó otra vez los (ledos para que le sirvieran más champán. Mientras
escuchaba como atontado, Harry pensó en los Dursley, que lo habían recluido,
encerrado y mantenido en secreto por el único delito de ser mago. ¿Había sufrido la
hermana de Dumbledore el mismo destino pero al revés: la habían encerrado por no
ser capaz de hacer magia? ¿Y de verdad la había abandonado Dumbledore a su suerte
mientras él se iba a Hogwarts para demostrar lo brillante y genial que era?
—Mira, si Kendra no hubiera muerto primero —continuó Muriel—, habría
pensado que fue ella la que acabó con Ariana…
—¿Cómo puedes decir eso, Muriel? —gimió Doge—. ¿Cómo puedes acusar a
una madre de matar a su propia hija? ¡Piensa en lo que estás diciendo!
—Si la madre en cuestión fue capaz de encarcelar a su hija años y años, ¿por qué
no? —aventuró encogiéndose de hombros—. Pero, como digo, eso no puede ser,
porque Kendra murió antes que Ariana. De qué, nunca se supo, por cierto…
—¡Ah, la mató Ariana, sin duda! —se burló Doge con valentía—. ¿Por qué no?
—Sí, es posible que Ariana, desesperada, decidiera escapar y matara a Kendra en
el intento —musitó la anciana, pensativa—. ¡Niégalo cuanto quieras, Elphias! Tú
estuviste en el funeral de Ariana, ¿verdad?
—Sí, estuve allí —confirmó Doge con labios temblorosos—. Y no recuerdo otra
ocasión más triste. Albus tenía el corazón destrozado.
—Mmm… No sólo el corazón. ¿Aberforth no le rompió la nariz en plena
ceremonia?
Hasta ese momento, la expresión de Doge había sido de consternación, pero de
pronto reflejó verdadero horror, como si Muriel lo hubiera apuñalado. La bruja soltó
una risa socarrona y bebió otro sorbo de champán, que le chorreó por la barbilla.
—¿Cómo te atreves…? —dijo Doge con voz ronca.
—Mi madre era amiga de Bathilda Bagshot —explicó tía Muriel alegremente—,
y ésta se lo contó todo mientras yo escuchaba detrás de la puerta. ¡Una pelea al borde
mismo de la tumba! Según Bathilda, Aberforth acusó a Albus de ser el culpable de la
muerte de Ariana, y le dio un puñetazo en la cara. Y también según Bathilda,
Dumbledore ni siquiera se defendió, lo cual me extraña mucho, porque habría podido
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matar a su hermano en un duelo aunque hubiera tenido las manos atadas a la espalda.
Muriel siguió bebiendo champán. Daba la impresión de que ir desgranando esos
viejos escándalos le divertía en la misma medida en que horrorizaba a Doge. Harry
no sabía qué pensar ni qué creer; quería conocer la verdad, pero Doge se limitaba a
permanecer allí sentado y gimotear que Ariana estaba enferma. El chico se resistía a
admitir que Dumbledore no interviniera si semejante crueldad hubiera estado
cometiéndose en su propia casa, pero, aun así, no cabía duda de que en esa historia
había algo extraño.
—Y te diré otra cosa —prosiguió Muriel, hipando un poco al dejar la copa en la
mesa—: creo que Bathilda le descubrió el pastel a Rita Skeeter, porque todas las
insinuaciones de ésta en la entrevista acerca de una fuente de información importante
y próxima a los Dumbledore… ¡Precisamente Bathilda estuvo allí mientras ocurría
todo eso, así que no me extrañaría!
—¡Bathilda jamás hablaría con Rita Skeeter! —susurró Doge.
—¿Os referís a Bathilda Bagshot, la autora de Historia de la magia? —preguntó
Harry. Ese nombre aparecía en la tapa de uno de sus libros de texto, aunque es verdad
que no le había prestado demasiada atención.
—En efecto, muchacho —afirmó Doge aferrándose a su pregunta como a un
clavo ardiendo—. Una historiadora de la magia de gran talento y vieja amiga de
Albus.
—He oído decir que ya chochea —aseguró tía Muriel con desparpajo.
—¡Si así fuera, sería todavía más deshonroso por parte de Skeeter haberse
aprovechado de ella, y no se podría confiar en nada de lo que hubiera dicho la pobre
mujer!
—Bueno, existen maneras de rescatar los recuerdos, y estoy segura de que Rita
Skeeter las conoce todas. Pero, aunque Bathilda esté chalada del todo, también estoy
segura de que todavía conserva fotografías, quizá incluso cartas. Conocía bien a los
Dumbledore. Yo diría que valía la pena hacer el viaje hasta Godric's Hollow.
Harry, que estaba bebiendo un sorbo de cerveza de mantequilla, se atragantó.
Doge le dio unas palmadas en la espalda mientras el chico tosía, mirando a tía Muriel
con ojos llorosos. Cuando recuperó la voz, preguntó:
—¿Bathilda Bagshot vive en Godric's Hollow?
—¡Sí, claro! ¡Lleva allí una eternidad! Los Dumbledore se fueron a vivir a ese
lugar cuando encarcelaron a Percival, y ella era su vecina.
—¿Los Dumbledore vivían en Godric's Hollow?
—Sí, Barry, eso es lo que acabo de decir —remachó tía Muriel con impaciencia.
Harry se sentía vacío. En seis años, Dumbledore no le había dicho ni una sola vez
que ambos habían vivido y perdido a sus seres queridos en Godric's Hollow. ¿Por
qué? ¿Estarían los padres de Harry enterrados cerca de la madre y la hermana del
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anciano profesor? ¿Habría visitado éste las tumbas de su familia, y pasado quizá al
lado de las de Lily y James? Sea como fuere, jamás se lo había mencionado a Harry,
jamás se había molestado en decírselo.
Y aunque el muchacho no habría sabido explicar —ni siquiera a sí mismo— por
qué dichas cuestiones eran tan importantes, tenía la impresión de que el hecho de no
haberle revelado que ese lugar y esas experiencias les eran comunes equivalía a una
mentira.
Así pues, se quedó sentado con la vista al frente. No se dio cuenta de que
Hermione había abandonado la pista hasta que arrastró una silla y se sentó a su lado.
—No puedo seguir bailando ni un minuto más —resopló, y se quitó un zapato
para frotarse la planta del pie—. Ron ha ido a buscar más cervezas de mantequilla.
Uy, qué raro; acabo de ver a Viktor darle la espalda bruscamente al padre de Luna,
como si hubieran estado discutiendo. —Bajó la voz y, mirándolo a los ojos, preguntó
—: ¿Te encuentras bien, Harry?
Él no sabía por dónde empezar a explicarle las novedades, pero no importó
porque en ese momento una figura enorme y plateada descendió desde el toldo hasta
la pista de baile. Grácil y brillante, el lince se posó con suavidad en medio de un
corro de asombrados bailarines. Todos los invitados se giraron para mirarlo y los que
se hallaban más cerca se quedaron petrificados en posturas absurdas. Entonces el
patronus abrió sus fauces y habló con la fuerte, grave y pausada voz de Kingsley
Shacklebolt:
—El ministerio ha caído. Scrimgeour ha muerto. Vienen hacia aquí.
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